lunes, 12 de octubre de 2009

Mi vida en Budapest

Todo es retratable

Farola típica

Es la única ciudad de Europa, fuera de España, Portugal e Italia, donde he visto una tasca. Sólo había hombres. Se acodaban en la barra y hablaban a voces. La decoración era escasa y el camarero tenía la camisa abierta hasta el ombligo. Budapest: la unión de dos ciudades, Buda y Pest, separadas por el rio más ancho que he visto jamás.

Puente de las cadenas de noche
El parlamento desde el Bastión de los pescadores

Funicular del monte de Buda
Travía de la línea 2, siempre a la vera del Danubio

No se trata de hacer turismo. Tampoco de ir de “tiraos”. Consiste en integrarse: en probar un goulash, charlar con los oriundos, conocer la noche y sus garitos, ver "2046" en la tele húngara, comprar su ropa. El mundo es grande. Coincidimos tres veces en un día con unos argentinos. Al final nos hicimos colegas. Los “bares de ruinas" son como los centros sociales de Roma: edificios abandonados que constituyen algo más que un bar: una propuesta cultural, una experiencia, una "hasta las tantas".

Postre típico y licor típico, Unicum
Jardín simple, el más interesante de los "bares de ruinas"

By night

Trileros fuleros que creyeron que me chupaba el dedo. Escribiré un relato aparte sobre este episodio.

Bar mesetario

Cinco días dan para mucho. Son una eternidad, una vida dentro de tu vida. El trazado de Budapest es muy similar al de París. Los precios no. Emborracharse es un derecho. Los húngaros son gente voluntariosa, como Raúl; suplen una eventual carencia de talento con esfuerzos ímprobos, dignos de admiración. Gustan de copiar y de beber en la calle. El parlamento es una suerte de réplica del de Londres. Son gente tranquila y afable, fáciles de convencer. Aun siguen fumando en cualquier parte, como nosotros hace tan sólo unos años. En muchos aspectos me recuerda a aquella España que chupaba de los fondos europeos, al Madrid de las vallas rojiblancas que marcaban las obras del metro, al bacheado asfalto de la A-5. La diferencia es cultural, en nuestro país los indigentes no pasan sus horas muertas leyendo novelas en los bancos.

Resquicios del comunismo

El mítico Trabi, motor de la industria húngara socialista.

Taquilla de la estación de tren.

Lo más difícil, en Budapest, es cruzar las avenidas. En algunas zonas es mucho más peligroso que perderte en una callejón de Ciudad Juárez. Lo más fácil es abrir las aletas y respirar los resquicios del Pacto de Varsovia: los Trabi, los bloques de edificios para obreros, la solidaridad y la disciplina. Es una sensación que te retrotrae a décadas pasadas. Budapest anticipó la Primavera de Praga, pero la literatura húngara nunca tuvo la misma repercusión que la checa. Es una ciudad enorme y agotadora donde el tranvía es una extensión de las piernas. Aún sigo sin saber dónde se compran los billetes. Es una gozada, viajar en tranv.

Termas húngaras. Lo mejor del viaje, me sentí como un emperador romano.

Termas exteriores. El agua estaba a 40ºC, la calle a 15.

Habíamos planeado, en un principio, ir a Bratislava, pero al final ajustamos gastos y esfuerzos. A cambio hemos vivido Hungría sin prisas. Hemos paseado, con Cicerone incluido, por su Biblioteca Nacional, nos hemos relajado en sus termas, nos hemos reído en su Metro, hemos sentido el rojo apolillado de la hoz y el martillo y hemos disfrutado de sus tremendos contrastes. Por unos días me he sentido un húngaro más, un Bártok, un Lugosi, un Puskas. Lo único que me sabe mal es que, debido a esa extraña lengua, el magyar, no logro recordar cómo se decía: GRACIAS.