martes, 20 de octubre de 2009

Mao II, Don Delillo


Si me preguntasen por mi escritor favorito tendría que contestar con varios nombres. Pero si estuviera obligado a dar una sola respuesta, si la vida de alguien dependiese de ello, entonces diría, sin dudarlo, Don DeLillo. Es la quinta novela que leo del autor americano. De DeLillo no hay mucho que decir, las sensaciones que obtengo leyéndolo son difíciles de narrar, prefiero recomendarle a la gente que lea sus novelas y que experimente lo que yo, si es que a todo el mundo le ocurre lo mismo, claro.
Mao II, publicada en América en 1991, anticipa los problemas de la sociedad de masas del S.XXI a través de la historia de un escritor que vive recluido del mundo y cuyo rostro nadie conoce. Lo digo sin documentarme, pero intuyo que la inspiración proviene de Thomas Pynchon, uno de los autores más difíciles, densos y misteriosos, del S.XX. Acabo de empezar su primera obra, “V”.
DeLillo juega con el vocabulario, cada frase suya, cada metro de ritmo que construye, posee una personalidad propia que convierte la lectura en una experiencia estética, al modo que Platón consideraba la estética: como disfrute de la belleza. Frases y diálogos que acompañan unas descripciones perfectas a las que ni sobra ni falta nada. DeLillo es, para mí, el Hitchcock de la literatura: la perfección técnica, intelectual y formal, disfrazada de entretenimiento.

“En estas sociedades reducidas a la indiferencia y la opulencia, el terror constituye el único acto que aún conserva sentido. Hay demasiado de todo; hay más cosas, más significados y más mensajes de los que podemos asimilar en diez mil vidas. Inercia-histeria. ¿Es posible la historia? ¿Hay alguien serio? ¿A quién tomamos en serio? Tan sólo al creyente mortífero, a la persona que muere y mata por su fe. El artista ha sido absorbido, el loco callejero se haya absorbido, procesado y asimilado. Dale un dólar, contrátale para un anuncio de televisión. Sólo el terrorista se mantiene aparte”.