martes, 20 de octubre de 2009

La sociedad de la (des)información

Me reúno con un grupo de opositores en una cafetería del centro de Madrid. Pido una caña, cerveza con limón. Charlamos sobre la oposición, el sacrifico, el esfuerzo, la encerrona, los pros y los contras. Uno de ellos, un hombre con aspecto de cura, me dice, Muy mal así, así vas muy mal. No entiendo a qué se refiere y pregunto. Muy mal, repite mirando hacia la caña de cerveza. Estamos en un bar de no fumadores y, por si eso fuera poco, me miran como a un bicho raro por el hecho de pedirme una caña, una simple cervecita para quitar la sed. Alucino.
La sociedad de la información ha desembocado en un torrente de datos mal procesados, mal asumidos, una radicalización. Ahora está mal visto fumar; echar humo por la boca empieza a resultar algo equivalente a pincharse en las venas, en la España de los ochenta. Pero si tomar una caña es también motivo de prejuicio, es que la sociedad de la información, en vez de habernos servido para avanzar, para comprender dónde residen las trampas del sistema, ha estimulado el puritanismo conservador más reaccionario.
Esto me lleva a la conclusión de que el problema no está en la sociedad en sí misma, que en su vertiente informativa aparece desnuda, sino en el propio ser humano, que demuestra ser, en líneas generales, más ignorante de lo que la naturaleza pretendía.
Aunque, quién sabe, tal vez el raro sea yo, porque, claro, mi madre fumaba durante el embarazo.

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