lunes, 26 de octubre de 2009

El perfume de He-Man

Han sido varias las personas que, debido a mi fina memoria olfativa, han llegado a compararme con el protagonista de El perfume. Es una virtud natural, un don que no sirve para ganarse la vida, una habilidad similar a la que tienen algunos futbolistas a la hora de darle toques al balón sin que se les caiga al suelo. Esta mañana, al entrar al aseo de caballeros de la institución donde trabajo, he sufrido un nuevo ataque de memoria olfativa. Digo ataque porque la sensación que obtengo, una vez he procesado el olor, es como un arrebato nostálgico de grado 2. Yo creo en los viajes en el tiempo; el cuerpo, cárcel del alma para los pitagóricos y todos sus derivados platónicos, no debe ser óbice a la hora de fragmentar la secuencia espacio-tiempo. El otro día estuve en Bath (Inglaterra). No tuve necesidad de viajar con la siempre incómoda y chapucera Ryan Air, una colonia con fragancia de coco me bastó para transportarme a mi antigua casa en el número 7 de King Edward Road, impregnada siempre de ese olor a colonia semi-barata que venden en el supermercado. Hace pocos días me di una vuelta por la España de los ochenta. Fue una experiencia desagradable, el mal olor de un aliento hali-tóxico me retrotrajo a un época de gafas de pasta gruesas y camisas azules desteñidas. Y, como digo, esta mañana, en el baño de caballeros, lugar que siempre desprende un horrible hedor que mezcla la fragancia de las cañerías con el olor de las heces y el sudor de la gente que no se ducha por las mañanas, he obtenido un recuerdo agradable, tanto para mi nariz como para mi vena nostáligica. Olía a goma. A goma o plástico blando o a ambas cosas a la vez. Tardé un rato en despegar, en iniciar mi viaje al pasado. Y tras unos minutos aterricé en Zamora, a principios de los ochenta, en el colegio donde estudié y me crié como un gamberro común. Allí jugábamos con aquellos muñecos llamados Másters del universo, unos tíos super-cachas que representaban lo que casi todas las historias representan: la dualidad entre el bien y el mal. He-Man era el bueno y Skelletor el malo. Y, por cierto, vivían en una cuarta dimensión. El baño, por la razón que fuese (intuyo que higiénica), olía como los Másters del universo. Como su cabeza, exactamente, que era de goma. Salí del baño con un buen recuerdo, con ganas de coger los muñecos y jugar con mis compañeros. Pero la mayoría de ellos, me temo, han perdido ya la capacidad de fabular, de viajar al pasado, porque al futuro se viaja por poco dinero,

con las cremas de colágeno.