domingo, 25 de octubre de 2009

Agora, de Alejandro Amenábar


Miles y miles de copos de palomitas tirados por el suelo de gres, pisados sobre la moqueta. Eso es lo que más me llamó la atención de mi mañana dominical de cine. Odio las ciudades del cine llenas de palomitas y Coca-Cola, pero me encantan las matinales... No obstante, me llevé una gran alegría al ver que la cola llegaba hasta la calle. ¡Como en los viejos tiempos! Yo saqué las entradas en la máquina, eso sí... Los Yelmo ofrecían a los malditos bastardos en versión doblada, así que decidimos ver Agora.
La coincidencia de Tarantino y Amenábar en la pantalla ha resultado ser un terreno abonado para el repunte de público en las salas españolas, tan de capa caída en los últimos tiempos. Eso es lo mejor que ha hecho Amenábar, favorecer con sus producciones el producto español. Y, nos guste o no, es de agradecer.

Agora es una de esas películas que no serían ni la mitad de lo que son sin el Dolby Surround. Un despliegue de acción y entretenimiento. Sí, eso es: Agora es una buena peli para pasar una tarde de domingo en el cine. Una producción comercial de buena factura en la realización. Pero no tiene nada más. No hay que buscar más, ni restos del cine europeo ni resquicios de la originalidad del primer Amenábar, porque Agora pasará a la historia del cine como un buen rato de acción que transcurre en el S.IV d.C. en la bibllioteca de Alejandría. Un patrón americano de buena comercialización. Un poco de aire para las pantallas españolas.

La historia de la filósofa (Rachel Weisz) está bien trazada, no merece ni un reproche, pero el conjunto de la estructura del guión, con un conflicto religioso que abraza el conflicto del personaje femenino principal y los dos hombres que están enamorados de ella, podría manejar mejor el drama, llegar más al corazón, emocionar más de lo que consigue hacer (en mi caso nada). Ese es para mí el reproche. Si tuviera que sacar uno de esos titulares que destacan los periódicos en sus críticas diría: Tan perfecta que resulta fría.