miércoles, 23 de septiembre de 2009

La impaciencia del corazón


A veces creemos que leer obras clásicas es algo anacrónico, que es poco moderno, que no va con nuestro tiempo. Las grandes obras hay que leerlas, creo yo, sobre todo, porque perviven más allá del tiempo y el espacio, porque son atemporales, porque lo que cuentan es extrapolable a cualquier época. Pudiera parecer que estoy haciendo una tesis sobre Zweig, pero nada más lejos de la realidad, sólo quería ponerme al día de sus escritos o, al menos, de los más importantes. Esta es la primera novela extensa que leo del escritor austriaco. Es bastante densa, pero creo ha merecido la pena. ¡Qué coño!; claro que ha merecido la pena... En ocasiones, cuando acabas un libro extenso, una narración que tardas semanas en leer, te sumerges en una especia de nostalgia, te da pena acabar de leer y dar carpetazo, pasan los días y aún te acuerdas de algunos pasajes, de los nombres de los personajes y sus interrelaciones. Y ese poso es el que, al final, marca un punto de inflexión en tu vida lectora. Esas son las grandes obras, las que se pasan el concepto tiempo por el forro y perduran en nuestro imaginario individual gracias a frases como ésta:

Los enamorados poseen una inquietante clarividencia para la verdadera dicha del amado, y puesto que el amor, conforme a su esencia más íntima, aspira siempre a lo infinito, todo lo limitado le resulta odioso e insoportable. En toda inhibición y en toda represión sospecha una resistencia y en toda falta de correspondencia ve, con razón una defensa oculta.

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