martes, 15 de septiembre de 2009

La báscula que pondera la muerte sin pesar el alma

Ayer me pareció verlo, subido al toro mecánico. Nunca hablé con él. Sólo nos saludábamos al cruzarnos por los pasillos. Hasta luego-Hasta luego. Tenía un nombre común, algo así como José, y fumaba como un cosaco. Uno tras otro. Era verano y muchos compañeros estaban de vacaciones. Alguien, desde dirección, envió un mail notificando la muerte de José. Estaba en la playa, disfrutando, y sufrió un ataque al corazón. Era un mozo de almacén, un peón, un obrero, un operario. Nada más. Un mail. Eso fue todo. Ni un homenaje, ni una esquela, ni un minuto de silencio, ni una flor, ni una maldita muestra de afecto hacia una persona que desempeñó tantos años su labor profesional entre nosotros. Era personal externo, estaba subcontratado por una empresa de transporte. Si hubiera sido funcionario, jefe de servicio, de departamento, si hubiera estado en una oficina, sentado, jugando al buscaminas mientras esperaba, con calma, la paga extra del verano, si se hubiera llamado José María o hubiese tenido un apellido compuesto, si hubiese estado afiliado a algún partido o sindicato, entonces, habría tenido su merecido respeto. Pero no, un simple mail notificó su fallecimiento. Nadie decía conocerlo, y si lo he visto, alguna vez, no me acuerdo, me dijo un funcionario. Ayer me pareció verlo en el toro mecánico. Pero resultó ser que no, que no era él, era su sustituto, un hombre de similar complexión física. Un hombre, que, cuando muera, será, también, un José más, un simple obrero que, tras pegarse media vida doblando el lomo, tendrá que morir durante su periodo vacacional.