miércoles, 12 de agosto de 2009

Paseando entre las piedras del Castillo


Tras unos días de asueto, alejado del aire contaminado de Madrid, regreso a mi tierra para agotar mi periodo vacacional. Siento curiosidad por ver la remodelación del Castillo, en cuyos jardines pasé horas y horas de infancia y juventud. Al ver la nueva disposición obtengo una sensación extraña, me da la impresión de estar viajando al futuro: parece que aquel lugar salvaje, anacrónico y dejado de la mano de Dios, que yo conocí, pertenecía a otra época, a un tiempo remoto en el que no existían los bienes de interés cultural ni el patrimonio histórico.El castillo no es la única herencia comprometida que hemos recibido los zamoranos. Algunas de las aberraciones urbanísticas que se dieron en el primer cuarto del siglo XX dejaron un reguero de torpezas que, amparadas por el vacío legal de entonces y el aislamiento geográfico de siempre, lejos de construir un ensanche coherente, un paso cerebral de la sociedad agrícola a la urbana, configuraron un trazado urbano ecléctico y poco funcional. Los paños de muralla pertenecientes al segundo y tercer recinto son un claro ejemplo. Aunque a finales del siglo XX y principios del XXI se produjeron otros “delitos” urbanos, como la conversión de la Plaza de la Marina en un solar o la brillante idea especulativa de construir un edificio de dos plantas junto al Carmen de San Isidoro.Y los zamoranos paseamos en masa por nuestro nuevo Castillo, orgullos, henchidos, con la cabeza bien alta. Aprovechando la jornada de puertas abiertas entramos y salimos, subimos y bajamos, nos identificamos con nuestra historia mostrando una media sonrisa que se mueve entre la satisfacción y la pena. Pena por llegar siempre tarde, por saber que la recuperación de la fortaleza podría haberse hecho mucho antes. Metros de tierra escavada que nos hablan de nuestro pasado, que esconden los vestigios del Cerco, su foso, recuerdo vivo de aquella “Revolución” medieval que se produjo en nuestra tierra. Tierra que cubre lo mejor de nuestra historia, metros de dejadez y desazón, niveles de un suelo al que le hemos permitido esconder algunos de nuestros mejores tesoros. Recorro el perímetro de la fortaleza despistado, creyendo ver algo nuevo, como si esos muros nunca hubieran estado ahí. La mirada limpia me lleva a ver las arcadas del patio como elementos arquitectónicos primitivos, y no como la fachada de la Escuela de Artes que yo conocí. Subido en uno de los torreones, me apoyo en el muro que da a los jardines y me paro a observar el conjunto. Mis conciudadanos son parte de él. Dispersos entre las piedras, me hacen ver la parte más amarga de mi paseo por el Castillo: la media de edad de los allí presentes supera, con creces, los sesenta años. Pero éste es un tema aparte. El otro punto negativo, aunque tal vez necesario, sea el hecho de que los jardines se cierren por la noche. Tal vez sea un arrebato nostálgico, no digo que no, pero Zamora necesita de este tipo de espacios. El parque del Castillo ha sido siempre un sitio tranquilo, con pocos incidentes nocturnos en su haber.El hecho de tener que cambiar sobre la marcha la hoja de ruta del antiguo proyecto del Museo Lobo, ha sido, a mi entender, un hecho positivo en el resultado final. La remodelación integra perfectamente los elementos arquitectónicos contemporáneos con el viejo edificio. Respeta las estructuras y sólo se inventa el foso, algo necesario. La unanimidad es total, las críticas brillan por su ausencia: el Castillo ha quedado precioso, un espacio con gusto que destila clase por los cuatro lados de su rombo. Pero lo que más me ha llamado la atención no es la obra en sí misma, si no el entusiasmo mostrado por los zamoranos con su símbolo, con su herencia; una ilusión que este pueblo necesita, una implicación popular que no veía desde que el Zamora C.F. jugó contra el Linares en la fase de ascenso a Segunda A. Entonces había más jóvenes, pero es posible que el hecho cultural, la remodelación del castillo, nos devuelva un análisis más objetivo de la realidad. Tal vez las piedras sean una buena metáfora de la situación social. Pero, como dije arriba, esto es un tema aparte.

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