viernes, 21 de agosto de 2009

Ola de calor


Cerveza con limón. Es lo único que me refresca. La terraza es pequeña. Pliego el tendedero, aparto los cubos de basura y coloco la silla. Levanto un palmo por encima de la barandilla. Fumo. Es de noche y corre el aire. Son las diez de la noche, pero nadie camina por la calle. Un coche tuneado rompe el silencio. A mi derecha un edificio de cuatro plantas. A mi izquierda, más allá de la rotonda, uno de cinco. El primero es un edificio viejo, el ladrillo lo identifica como una vivienda de protección oficial franquista. En el primer piso un anciano fuma un Ducados. Uno más. Tose, se acoda en la barandilla y saca la cabeza fuera para escupir una asquerosa flema que aprecio con detalle desde la distancia. Miro hacia el otro lado. Todos los pisos tienen luz excepto uno, el primero. En su terraza un hombre sentado, a oscuras, contempla la calle. Más arriba las persianas bajadas filtran luz. En el balcón un aparato de aire acondicionado. En el tercero, un piso de estudiantes. Chico y chica se besan, tienen la camiseta puesta. Yo estoy en calzoncillos. Alguien más vive con ellos. Está sentado frente a una pantalla de ordenador, en la habitación contigua. Sin camiseta. Sale y veo, por la otra ventana, como entra en el salón. Apuro la cerveza y creo estar dentro de La ventana indiscreta. Me siento como Cary Grant, esbozo su media sonrisa. Sus calzoncillos no eran Unno. Un piso por encima una familia de africanos. Son veinte y la madre, que cobija varios retoños. Otra mujer cocina en el hogar. El mobiliario no es viejo, es anacrónico. El ático parece vacío. Habrán salido a tomar algo. No hay nadie por la calle. El infierno también tiene vistas. Mañana tengo que trabajar. Vuelvo al tercero. Los chicos de la casa de estudiantes discuten. Me incorporo. El que no tiene camiseta agarra a su compañero de piso de la suya. Lo lleva a hacia él y termina por sujetarlo por el cuello. La chica entra en escena. Se abalanza sobre el chico del pecho descubierto. Lo tira al suelo. Él se revuelve. La golpea en la mandíbula. El otro chico blande un arma. Apunta a su compañero desde arriba. Me parece haber cambiado de canal, ahora estoy viendo Reservoir Dogs. En el suelo y sin camiseta. El disparo ilumina la estancia. Es un momento, un segundo. Después nada. El silencio. La energía desprendida aún flotando entre las partículas del aire. Apago el cigarro. El hombre del otro edifico ha desaparecido. Llamo a la policía. El chico de la pistola se pega un tiro. Llegan las asistencias y bajo a la calle. Un vecino comenta que no tenían aire acondicionado.

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