lunes, 17 de agosto de 2009

Malas calles

Me gusta pasear por la DVDteca del FNAC. Las colecciones son bizarras. También caras. Los títulos no son fáciles de conseguir. Los hay clásicos. De autor. También clásicos modernos. El otro día compré el último título de Angelopoulos: para algunos un peñazo, para otros una forma distinta de hacer cine. Wong Kar-Wai es otro de los autores fetiche. Son varias las colecciones. Kim Ki-Duk, Tarkovski, Cronemberg. Adquirí también, por unos siete euros, un título mítico: Malas Calles (Mean Streets) de Martin Scorsese. Una de esas pelis que ves de pequeño y luego dices: ah, sí, la he visto, pero, en realidad, no te acuerdas de nada y deseas volver a visionarla desde la madurez cinéfila y desde el análisis cinematográfico. Y te pones a verla y te das cuenta de que la narración, como peli de Scorsese que es, te absorbe, y casi no te das cuenta de la técnica y la visionas como un espectador más y la disfrutas y el tiempo de proyección se te pasa volando. Me he dado cuenta de que Malas Calles es puro neorrealismo italiano con un añadido efectista en el tratamiento de la luz, con abundancia de filtros azules y contrastes tenebristas. Las interpretaciones, geniales, a cargo de De Niro y Keitel, se basan, consistentemente, en el paradigma Stanislavski, en la creación de psicologías internas que se acerquen al realismo de esos personajes callejeros que juegan a mafiosos de barrio imponiendo su chulería por encima de la de los demás. El desarrollo de los personajes es excelente en el desarrollo del film, caminando en un tempo que nos acerca a lo irremediable, al final de la trama, a lo que casi todos los espectadores están esperando. No recordaba el final, y me ha encantado. La volveré a ver algún día. Pero sólo para analizarla, para desglosarla plano a plano y ver, en su estudio, cómo se realiza una historia mítica, magistral y de culto. En otras palabras: una peli de Scorsese.