viernes, 28 de agosto de 2009

Eleni, de Theo Angelopoulos


Eleni (2004) es la primera película de la trilogía en la que el director pretende recorrer la historia del S.XX. Es realmente difícil, para mí, hacer un análisis crítico de una obra tan compleja como ésta. Requiere un estudio detallado y minucioso de todas sus partes y todos sus respectivos elementos, una especie de tesina universitaria para la que no tengo tiempo, ni tal vez conocimiento, suficiente. Así que prefiero hablar de Theo Angelopuolos antes que de una de sus obras, porque, al fin y al cabo, el griego es uno de esos autores que practican la cinematografía personal, que afrontan el hecho cinematográfico como una reflejo de su personalidad, lo que conduce a que algunos críticos les acusen de autocomplacencia, de hacer siempre la misma película (Bergman, Woody Allen). Pero yo no estoy, para nada, de acuerdo. Angelopoulos me recuerda mucho, en su forma de narrar, a Víctor Erice: fino, esteta, minucioso, trascendente. Los encuadres están medidos al milímetro, como la iluminación y las coreografías, perfectamente coordinadas con los constantes movimientos de cámara. Los planos secuencia son una constante, el movimiento de cámara es lento, lentísimo. Pero ¿cómo puede hacer cine un lírico? Desde luego que el montaje vertiginoso no sería nada acorde a las historias del ateniense. Es posible que sus películas de casi tres horas, a un ritmo tan pausado, aburran a muchos espectadores, pero eso no significa que sean aburridas, puesto que a otros muchos les fascina. Bucear en el interior de los personajes, en sus conflictos, hasta el punto que lo hace el eleno, requiere un respeto estético y formal que esté a la altura del contenido. Angelopoulos trata a sus personajes con la misma delicadeza que un pintor. Parece que es su mano lenta la que va moviendo la cámara y construyendo la película. Angelopoulos, como Erice, Kiarostami, Bergman, Buñuel o Antonioni, entre otros, no sólo hace cine, también enseña a hacer cine. Para mí, son los considerados maestros.