viernes, 10 de julio de 2009

Perdón por existir

El niño al que le pegaban en el colegio se comparaba conmigo.
El pelele de turno, el pardillo, el tonto al que le han quitado el bocadillo.

El niño al que pegaban en el colegio fue al instituto.
No le pegaban tanto, pero seguía siendo un pardillo,
vivía apartado y se comparaba conmigo.
Luego, de mayor, quiso ser algo,
y se comparaba conmigo,
quiso ser ingeniero, piloto, médico, algo, quiso ser algo…
Y lo consiguió. Porque el niño pardillo
tenía habilidad para estudiar ¡Algo tendrá que tener, el tonto éste!,
decía el malote de la clase.
El niño al que le pegaban en el colegio, ya adulto, vive en mi ciudad,
ha estado en Eslovaquia, Francia y Portugal,
pero no se ha enterado de nada.
Allí, como turista,
seguía siendo, también, el niño pardillo.
Su cámara de fotos, la pobrecita de su mujer y un racimo de sueños
difusos
y nublados.

El niño pardillo, hoy, es mi jefe, mi mando, mi superior,
pero sabe, y lo sabe de sobra,
que las personas valen lo que vale su vida. Y la suya,
la del niño al que le pegaban en el colegio,
ha pasado sin sucesos, sin chispa, sin alma, sin pena ni gloria.
Y por eso,
supongo que sólo por eso,
mantiene sus complejos, frustraciones y odios
y lo paga conmigo, todo conmigo,
como si tuviera yo
que pedir perdón
por el mero hecho de existir.

Y sabe, como le he dicho,
que aquí, moralmente, el jefe soy yo, que me lo he currado,
que él, con tanto puesto y tanto estudio,
sigue aspirando, como mucho, a chuparme la polla,
como ha hecho siempre, el niño pardillo,
ése que se comparaba conmigo,
por la simple razón de que yo,
valiente y libre,
le entraba a todas las tías

y alguna caía...

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