martes, 21 de julio de 2009

Metro de Madrid


Sólo son piernas, pero me llevan a fabular, a inventar rostros, historias. Los movimientos son autónomos, no dependen del cuerpo. Los pies tienen su personalidad, y hasta su psicología, propia. Movimientos cortos, rítmicos, danzantes, desplazamientos elegantes que se cruzan, en el mismo zócalo, con otros toscos, desaboríos, tristes y de modorro caminar.
Yo lo veo todo por el rabillo del ojo, mientras leo. Controlo, sin levantar la vista del papel, los movimientos de todos los pies y piernas que circundan mi alrededor, mi asiento. El Metro es un universo propio, un mundo de seres anónimos, de autómatas despersonalizados cuya alma queda inhibida por el metal, frío, del vagón, hasta que salen a la superficie, de nuevo, y retoman su existencia.
Pero las piernas también hablan, dicen cosas de la gente; hay una ciencia que estudia las pisadas de las personas, al igual que la grafología define perfiles en función de la manera de escribir. Yo estudio pies y piernas. Saco sus historias, sus vidas, las penas y miserias que hay tras esos zapatos raídos, las penurias que esconden las zapatillas Kaike, una burda imitación de la multinacional americana, cuya ropa tantos aspiran a vestir. Veo los tacones, veo la pisada, la forma de andar, veo a la golfilla de oficina, al ejecutivo engordado con pienso en las cenas de negocios, veo, en verano, uñas pintadas y pelillos en las falanges de los pies, y, veo, en definitiva, cómo es la gente.
Alguna vez, pero sólo alguna, únicamente en casos excepcionales, levanto la vista y miro a la cara al dueño o dueña de las piernas. Les miro a los ojos y confirmo, sin haberme imaginado un rostro, que el perfil es el que había pensado. Porque ya lo dice el refrán:

dime cómo andas
y te diré quién eres

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