martes, 2 de junio de 2009

TNT de Vendetta I

Durante nuestra estancia en Roma, mi amigo Antonio y yo habitamos en tres pisos distintos. El primero, en Anagnina, fue la iniciación, el último, en Numidio Quadrato, significó nuestra Dolce Vita particular y el intermedio, en Vía Portuense, fue el precio que tuvimos que pagar por aquellos últimos seis meses de felicidad.
Para Antonio y para mí, Vía Portuense significaba un buen precio y un ticket regalo. Dos en una habitación por el precio de uno. Compartíamos casa con un español y con la arrendataria del piso, una rumana llamada Daniela, a la que poco después se uniría un hombrecillo con el pelo rojo y rizado que se hacía llamar Rosario y que venía de las profundidades de Sicilia. Rosario dormía en la misma habitación que Daniela, en una mini cama de 160 centímetros. El ambiente era muy raro. Igual que la decoración de las paredes, con sus horribles cuadros.
Pocos días después de aterrizar nosotros, la casa se convirtió un freak show. Una supuesta amiga de Daniela, Nadia, se unía a la fiesta. No dormía en el apartamento, pero era un habitante más, un mueble de la cocina, un objeto que echaba humo por la nariz y lloraba en soledad.
El ambiente empezaba a ser irrespirable. Había mucha gente en muy poco espacio. Nos quejamos a Daniela. Pero dijo que era su casa y que podía hacer lo que quisiera. Se puso chula, adopto una actitud mafiosa y tiránica. Muy a nuestro pesar, la guerra había empezado.

Las discusiones eran constantes. Un día me echó la bronca por abandonar la casa dejando la lavadora puesta. Lo peor es que tenía razón. Al centrifugar, la máquina había avanzado unos metros por sí sola, como si tuviera patas, dejando un reguero de agua tras de sí. Y así cada día… problema tras problema, disputa tras disputa, movida tras movida… La presencia de Daniela era una pulsión negativa constante, una mala sensación.
Tras varias enganchandas, su novio entró en escena. Se paseaba por el salón con aire desafiante. Antonio y yo a lo nuestro… Por las noches comenzamos a meter gente en casa: invitábamos a cenar a nuestros colegas y a algunos compañeros de clase, veíamos pelis en manada, bebíamos, fumábamos… Conseguimos que Rosario, el pequeño siciliano, se pusiera de nuestra parte. Una Nastro Azzurro fue suficiente para convencerlo. Desde entonces tomábamos cada noche el salón y nos mostrábamos como los dueños de la vivienda. Daniela empezaba a estar de muy mal rollo. Y su novio cada vez se dejaba ver con más frecuencia. Él también daba mala espina, con tanto anillo y tanta cadena de oro. El español de la habitación de al lado no pudo soportar la presión y abandonó la casa.
Entonces llegó lo peor. Nadia ocupó su puesto.
Con el paso de las semanas, Nadia también se pasó a nuestro bando; la guerra intestina se había convertido en un intento de revolución. Los buenos contra la tiranía de los malos. Pero Daniela no era la primera en el escalafón, no era el enemigo contra el que luchar, sólo era un simple sargento. Por encima de ella estaba el propietario de la casa, su supuesto amante… Era un romano de unos sesenta años. Pelo blanco, rasgos marcados y mirada hostil. Se parecía al guardaespaldas de Michael Corleone, en El padrino II. Un tipo extraño y agresivo que nos amenazó con expulsarnos de inmediato. Le plantamos cara, utilizamos a Nadia, su ilegalidad, la ausencia de contrato, la posibilidad de acudir a la Policía. El guardaespaldas y novio de Daniela se tranquilizó. Había tensión. En aquel momento, lo que más me apetecía era agredirle violentamente, aunque sólo fuera por aplicarle unas dosis de su propia medicina, pero lo mejor era largarnos de allí y cerrar el asunto. Nos dio una semana para abandonar la casa. Si todo estaba en orden nos devolvería la fianza.
Continuará...