jueves, 4 de junio de 2009

TNT de Vendetta II


Nadia lloraba a diario y nos contaba sus problemas: las vejaciones a las que la sometían, las humillaciones, los sobornos… El asunto estaba cada vez más claro. Daniela y su novio eran dos malditos proxenetas. Nos habíamos metido en la boca del lobo.
En Italia la policía puede estar de tu parte o puede estar más embarrada que tú. Depende del cuerpo y depende de los agentes. En determinados aspectos, el concepto de democracia se parece más al de un régimen presidencialista sudamericano que al de un estado miembro. Decidimos que la Policía no era una buena opción; y es que, a pesar de ser europeos, seguíamos siendo dos pobres guiris en un país extraño y corrupto. ¿Quién sabe lo que había detrás de ese mafiosote romano de medio pelo?
Yo seguía pensando que el diálogo no era una buen opción para con esa gentuza. Destrozamos la casa y salimos por patas, le dije a Antonio, medio en broma medio en serio. Pero lo mejor era estar tranquilos. No quería abrir más la boca y verme un día con el frío metal de un cañón rozando la campanilla. Okay, vamos a dejarlo estar: Lascia perdere
Y así fue. Quedaban pocos días para acabar el mes y por tanto nuestra estancia en esa apestosa y mal comunicada vivienda. Sólo teníamos que esperar. Un día llegamos pronto de la Universidad y acudimos al mercado. El pescado y el marisco estaban baratos. Compramos dos sepias, una de ellas enormes. Era la primera vez en mi vida que cocinaba dicho cefalópodo. En realidad, era Antonio quien cocinaba, mi misión se reducía únicamente a limpiarla. Y así me dispuse. Hay que sacarle la espina y separar la cabeza, me dijo. Y ten cuidado con el depósito de tinta, añadió. No sabía muy bien de qué me estaba hablando. Cogí las tijeras de cocina e incidí. La primera en la frente: nada más pinchar reventé el maldito depósito. La explosión fue brutal, fue como una deflagración, un estallido que en vez de lanzar metralla lanzaba motas de tinta negra que se pegaban por cada rincón de la cocina. TiNTa. TNT. Una obra de arte abstracta que hubiera firmado el mismísimo Pollock.
La parte del alicatado no era un problema, aplicando agua, la tinta resbalaría y podríamos borrarla. Nuestra ropa tampoco era un problema general, era nuestro problema. Pero las manchas de la pared y el techo eran un jodido problema. La víbora de Daniela nos haría pagar toda la pintura. No sólo necesitábamos nuestra fianza para el piso nuevo, sino que, sobre todo, no nos apetecía lo más mínimo que esa pareja de sinvergüenzas se quedara con lo que no era suyo. Teníamos media hora para arreglar ese desaguisado. Media hora justa, que era más o menos lo que ella tardaría en salir de su supuesto trabajo. Necesitábamos trazar un plan rápido y eficiente. Comenzamos con el alicatado. Era lo más visible. Un 75% del total. Un trapo húmedo y muchos miligramos de adrenalina eran nuestras armas. No tardamos demasiado en quitar lo más destacado. El problema, como digo, residía en la pared y el techo. ¿Cómo borrar la tinta si estaba incrustada en la pintura cual tatuaje en la piel? No salía de ninguna manera: ni con un trapo, ni con un estropajo, ni con una goma de borrar. Había manchas por todas partes, cientos y cientos de manchas. Y sólo nos quedaban veinticinco minutos. Una espátula. La solución se llamaba espátula; si conseguíamos quitar la primera capa de pintura, el rastro de tinta desaparecería. Y así fue: cuando quedaban diez minutos para la llegada de la rumana, Antonio y yo habíamos conseguido quitar toda la tinta del alicatado y la mitad de la que había en la pared. Con dos herramientas podríamos ir más rápido, pero no había. Un cuchillo. No estábamos como para dejar el trabajo pulido. Cinco minutos y aún unas docenas de manchas en el techo. Mi brazo trabajaba tan revolucionado como una motosierra. Una máquina de pulir, una máquina de matar. Las zonas más complicadas, como los vértices y las molduras, las dejamos para el final. Estaba subido en una silla, limpiando la parte alta de la puerta, cuando oí la llave dentro de la cerradura. ¡Ciaoooo!, dijo gritando. Salté del taburete y, justo cuando entró en la cocina, me metí la espátula en los calzoncillos y pateé la banqueta hasta dejarla en su sitio. ¿Tutto a posto?, preguntó. Había manchas, aún había manchas en el techo. Yo estaba intranquilo, no sabía cómo disimular. Antonio cortaba cebolla con el cuchillo que había usado para raspar la pared. Daniela dio un grito y yo me asusté. Creí que nos había pillado. Pero no. Se me había olvidado que, en mi ansia por tocarle los cojones, había llenado la botella de agua con grappa, un licor de más de 40º. Llegó sedienta, metió el morro, absorbió y luego escupió y gritó como una marrana parturienta. Se fue corriendo al baño y yo aproveché para terminar el trabajito mientras Antonio, a toda prisa, barría la pintura caída. Cuando volvió, le pedí perdón por no haberle advertido que habíamos cambiado la botella de agua. Lo aceptó, renunciando así a un nuevo altercado. Dejó que el árbitro pitara el final. La fianza era nuestra.

Continuará...

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