martes, 23 de junio de 2009

El hombre del salto

Anticipar. No sé si les ha pasado alguna vez. Anticipar. Ir por delante. Problema: que no sabes si tu visión, corazonada, impulso, es correcta o no. Hasta que no lo ves, claro. Algo parecido me ha sucedido a mí con este libro de Don DeLillo (Seix Barrall, 2007). Tras leer Cosmópolis, yo mismo pensé en la evolución del estilo del escritor. Para mí es una influencia, este tío. Y, curiosamente, antes de leer El hombre del salto yo había escrito algo, de estructura similar, fragmentado de manera parecida. También hay una catástrofe, todo converge. Porque la vida parece eso, el conjunto de los distintos puntos de vista. Y la sabiduría, tal vez, consista en comprenderlos todos, en ser capaz de empatizar, de meterse en el cuerpo y la piel de todos los que interactúan en nuestras vidas. A veces pienso que si hubiera nacido en África tendría más sentido del ritmo y sería menos exigente y, probablemente, un poco más feliz. Pero dejemos África, para el año que viene, para el Mundial 2010, y centrémonos en esta obra maestra de la literatura. La técnica, exquisita, excelente, sublime, evolucionada sobre la suya propia. Decálogo sobre el uso rítmico de la coma, sobre la musicalidad, sobre el manejo del narrador. Una historia que transcurre en el antes, durante y después del 11-S. Una historia de contrapuntos, una metafísica liviana y nada cargante, una reflexión, lecciones de vida, momentos... Todo esto subyace al hilo conductor de la historia de Keith Neudecker, un superviviente a los ataques de las torres, que se entrelaza con otras, su exmujer, su hijo, un artista callejero conocido como El hombre del salto, uno de los terroristas, Mohamed Atta. Y polvo, mucho polvo y cascotes, cuando caen las torres. Porque DeLillo consigue, con su peiricia narrativa, que vivamos el momento, el salto…

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