jueves, 11 de junio de 2009

De cuando me reía del autobús desde la vía del tren

Y esto es España, dicen: si el asiento reclinable no funciona, el revisor arregla el de enfrente, y lo deja mal, y ellos, algunos, se ríen, otro no. La señora del asiento averiado se queda, a la de enfrente la cambian, creyendo que su asiento está mal. Y un calor seco e insoportable derrite a unas canarias que no cantan, que sólo viajan, como el gallego que intenta entablar conversación conmigo, que soy majo, que le ayudo a subir las maletas. Y el revisor sigue a lo suyo, haciendo el paripé, y la gente de pie, esperando que cambie el sentido, de las agujas, para bajar en Medina, para fumar un cigarro. Y sentados en la barra del bar, charlamos, en la cafetería, con dos latas de cerveza, en una agradable velada, mientras viajamos, mientras nos llevan en una máquina de acero que rompe y percute España desde su interior, desde dentro. Y el autobús sigue atascado, pienso, y ojalá siempre pudiera viajar en tren, y ojalá que este país recuperara las vías ferroviarias, porque en el tren no sólo se viaja, también se vive, las vivencias de sus pasajeros se mezclan e intercambian en charlas y amistades efímeras que provocan que, a diferencia de otros viajes, nunca quieras llagar a tu destino. Y es que parece que el tren es tu propio destino, aunque sea un viejo TALGO, aunque sea un bicho raro, una excepción, aunque sea un tren español.

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