miércoles, 20 de mayo de 2009

Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera

De las películas de Kim Ki-duk estrenadas en España distingo entre dos tipos: las urbanas y las bucólicas. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2004) pertenece al segundo tipo. Esta cinta fue la que consolidó al coreano internacionalmente. La temática que aborda es que la que siempre toca el director, la espiritualidad. Cargada de simbolismo y retórica, la imagen nos acompaña en un viaja hacia el interior, hacia nosotros mismos. Narrar algo tan abstracto no es tarea fácil y requiere de una maestría visual y una paciencia al alcance de muy pocos.

El concepto cíclico de la vida, las pasiones, el yo y el tiempo, conforman los puntos clave sobre los que pasa el hilo conductor de los cinco capítulos que estructuran la película. En la línea religiosa de las películas de Deepa Metha, Kim Ki-duk huye de lo discursivo para sugerir sensaciones que entran por el ojo para trabajar el alma.

Toda la acción sucede en un templo que flota en medio de un lago, donde un venerable maestro yogui instruye a su pequeño alumno, un niño abandonado allí. La sabiduría que destila la narración es capaz de imponerse a la preciosa fotografía, cuidada hasta hacerla sublime. El valor de esta cinta se encuentra también en la dificultad de rodar en el agua durante todo un año, valor que se potencia con la modestia de la producción. Una obrita de arte que no alcanza la solidez de la que para mí es la obra maestra de Kim Ki-duk: Hierro-3, pero que merece la pena conservar en la retina.

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