martes, 5 de mayo de 2009

La eternidad y un día


La eternidad y un día (Theo Angelopoulos, 1998) es un precioso retrato lírico del último día de vida un escritor. La cámara acompaña a el protagonista Alexandros (Bruno Ganz: El cielo sobre Berlín) durante las más de dos horas de metraje, ofreciéndonos una visión objetiva de su existencia a través de una concatenación de sucesos que se mezclan en el pasado y el presente sin atenerse al concepto tiempo. Angelopoulos no corta la secuencia espacio-temporal, hace convivir presente y pasado en el mismo plano-secuencia. Los lentos movimientos de cámara, lejos de ser un decálogo sobre el uso de la grúa, inmiscuyen al espectador en la escena, ya que éste se sorprende y reacciona al mismo tiempo que el protagonista.

Alexandros vaga por las calles de Salónica en su último día de vida, camina con las manos en los bolsos como una sombra gris, como un alma arrepentida que quiere volver atrás a sabiendas de que ya no podrá hacerlo. Unas cartas de su mujer (fallecida antes que él) serán el mapa para volver atrás en el tiempo. De la mano de un niño albanés que vive en la calle y al que salva de la policía, nuestro héroe griego vivirá su último día como si toda su vida se hubiese comprimido en él.

El guión se articula entorno a un encuentro: el de Alexandros y el niño. Encuentro que da sentido a la filosofía que subyace a la narración: el concepto de circularidad. Se trata de una historia de 360º en la que el tiempo no avanza porque no existe… tan sólo se retroalimenta. La película fue Palma de oro en Cannes y aparte de su seriedad general, que la acerca a la linde de las obras maestras, posee detalles y secuencias de esas que se graban en la retina para siempre. La escena del autobús podría ser un ejemplo; en ella un manifestante que se sube al vehículo con una bandera roja, se queda inmediatamente dormido, con la bandera apoyada en el hombro, nada más sentarse; clara metáfora sobre la izquierda europea, profundamente dormida a finales de los noventa. Otro ejemplo podría ser la inclusión de la figura del poeta Solomos que, aunque en ocasiones pueda parecer algo forzado en el guión, termina por rematar con maestría: Alexandros compra palabras para poder acabar su poema, emulando a Solomos, un poeta griego del siglo XIX, quien al regresar de su exilio había olvidado su lengua madre y necesitaba comprar palabras para poder acabar su obra. La idea de lo inacabado, de la eternidad, de la muerte, de ese mañana que no sabemos qué será, es lo que nos transmite esta joya del cine europeo.
¿Qué es el mañana?. La eternidad y un día...

No hay comentarios: