domingo, 10 de mayo de 2009

Death proof


No acudí al cine a ver ninguna de las dos películas del proyecto conjunto Tarantino/Rodríguez, y después de ver una de las partes, Death Proof, creo que puedo afirmar que no me arrepiento.
Con Tarantino me ocurre como con Almodóvar o Woody Allen, les tengo tanto respeto que, aunque la historia que cuenten me parezca una chorrada, siempre soy capaz de sacar alguna virtud que convierta la obra en merecedora de mi atención: una secuencia, un personaje, un diálogo… Tarantino, como los otros dos autores que he citado, parece haber llegado a un punto de su carrera en el que ha pensado: soy Tarantino… voy a hacer lo que me dé la real gana…
Death Proof
(2008) cuenta una historia chorra e intrascendente. Pretende ser un homenaje a las películas de los setenta que se proyectaban en unas salas cutres llamadas grindhouse. Eran unas pelis de bajísimo presupuesto con un único leitmotiv: violencia por doquier; al género se le conocía como exploitation. Pero la reinterpretación de Tarantino se queda en el carisma de un personaje (un resucitado Kurt Russell) y dos historias, similares pero antagónicas, de dos grupos de chicas que debido al abuso del discurso, en ocasiones brillantes en ocasiones aburrido, llevan al tedio y a la previsible espera de acontecimientos o, más bien, del acontecimiento, de lo inevitable.
Un batido postmoderno que remezcla los ingredientes de una road movie con la filosofía de Crash (David Cronemberg, 1994) y con toda la iconografía tarantiniana. Un pastiche que no cuenta nada serio y que en su afán de homenajear a las películas
exploitation construye una casi peor que cualquiera de éstas. Gratuidad total y absoluta, derroche visual del vacío narrativo, música diegética para el lucimiento de la fotografía, una persecución rodada de manera magistral pero cuyo montaje se podría haber reducido basatante, un final más seco y triste que el que se anticipaba. En resumen, un preocupante bajón de lo que se debería exigir Tarantino a sí mismo. Aún con todo, la película deja algunos de los destellos geniales del director: el diálogo entre en el Sheriff y su hijo, el acento tejano, el personaje del propio Tarantino, la secuencia del accidente desde varios puntos de vista, los movimientos de cámara, la fotografía, la dirección artística, el homenaje a los especialistas y su importancia en la historia.
Una película que podría haberse reducido a un mediometraje y contar mucho más de lo que cuenta, un derroche que te hace reír sin saber muy bien si debido a su humor o a su patetismo.

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