martes, 14 de abril de 2009

Sobre el éxito


Mucho se habla del éxito en esta sociedad tan competitiva del siglo XXI, pero es uno de esos términos con una amplitud peligrosamente subjetiva, como arte o amor. Y es que, de hecho, el uso exagerado de la palabra ha provocado su total desvirtuación.
Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, éxito es el resultado feliz de un negocio, actuación, etcétera. Si a esta definición le añadimos la etimología de la palabra, que procede del latín exitus, es decir, fin, podemos concluir sin miedo a equivocarnos que la palabra éxito encierra en su concepto semántico la idea de fin, de realización, de terminación. De hecho, los sajones usaron la nomenclatura latina para referirse a la acción de salir: exit.
Estudia, consigue un buen empleo, cásate, ten niños… sé feliz. Bajo la perspectiva de una sociedad tradicional al uso, éste sería el éxito al que todo el mundo aspira en la vida, es decir, el triunfo a alcanzar antes de finalizar el camino, de morir. Aunque, como dijo Ralph Waldo Emerson: "El éxito consiste en obtener lo que se desea. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene”. Partiendo de la premisa de esta cita y si tenemos en cuenta el tiempo que se emplea en conseguir ese teórico éxito que la sociedad nos vende desde pequeños, llegamos a una conclusión que podemos explicar maquiavélicamente: los medios no dejan tiempo suficiente para disfrutar del fin. Y aquí surge la duda ¿qué interesa más: entender tu realización personal como éxito e intentar ser feliz al margen de lo establecido o hipotecar todo para conseguir ese supuesto éxito lo antes posible y así tener más tiempo para disfrutar de él?
Repito que las premisas que planteo son el estereotipo del triunfo social, pero no garantizan ni el éxito, por ser éste tan relativo, ni la felicidad, por ser ésta tan difícil de conseguir. Esto nos da pie a pensar que el éxito no puede ser en ningún caso social, y que en caso de serlo, sería falso: maquillado. Para Churchill el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Y me parece una cita muy acertada, porque el éxito que un individuo en concreto pueda buscar en la sociedad, otro distinto podría buscarlo en sí mismo o, al menos, introspectivamente, evitando buscar de cara a la galería.
Un empresario, un opositor, un artista, un deportista… todos buscan el éxito en sus respectivos campos. Pero, como decíamos antes, si el término encierra en sí un concepto de finalización, de acabado, ¿qué podemos hacer después de obtenerlo? La respuesta es sencilla: buscar otro éxito. Si un cantante compone un tema exitoso, intentará que la siguiente composición obtenga, como poco, el mismo resultado. Ese primer éxito le facilitará las cosas para poder alcanzar otro, pero si da por finalizada su búsqueda, su carrera estará casi acabada. Ya dice el refrán que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Este círculo vicioso del éxito conduce irremisiblemente a un solo camino: el de la insatisfacción. En este mundo no vale con conseguir un triunfo, una victoria, necesitas un éxito diario, el alimento necesario para ascender la escalera social que nos obligan a subir. Y a este respecto me permito parafrasear a Gabriel y Galán cuando decía que el éxito nunca es definitivo ni el fracaso perenne. ¿Y entonces qué?
Entonces estamos perdidos, como siempre que nos dejamos manipular por quiénes imponen los cánones y las pautas de comportamiento social. Antiguamente la Iglesia, hoy el Dinero.
Basándonos en el desarrollo tautológico que he seguido en este texto, no es difícil pensar, vista la carencia de respuestas seguras ante las preguntas que se nos plantean sobre el tema, que el éxito, como Dios (sea el Dios que sea), como el Universo, sólo se pueden encontrar en uno mismo. La coherencia fortalece la personalidad y ésta lleva a la libertad individual. Si ésta se alcanza, el significado de éxito encaja dentro de lo que suponemos que es, una finalización, exitosa, un triunfo. Y es que el éxito que nos venden, como decía Víctor Hugo, es una cosa bastante repugnante, ya que su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres.

NOTA: Este artículo estaba pensado para ser publicado, pero debido a su cariz filosófico he decidido subirlo a un lugar más íntimo: aquí.