miércoles, 1 de abril de 2009

Perdidos

La posición del hombre en el universo, es decir, el desconocimiento que la mente humana tiene sobre ésta, se ha apoyado siempre en mitologías y religiones, en una explicación didáctica sobre todo lo que nuestra mente no puede procesar sin referencias racionalmente inteligibles. No entendemos la vida sin la muerte, pero no sabemos que es la muerte mientras estamos vivos, por tanto, tampoco sabemos bien lo que es la vida.
La explicación metafísica de la distintas culturas se ha fundamentado siempre sobre una base común a todas ellas: la existencia de un ser superior que controla el mecanismo energético universal. Unos lo han llamado Dios, otros Yahvé, otros Alá, otros Energía… y casi todas han intentado imponer su razón sobre las demás. Especialmente la cristiana, por haber sido siempre la más mayoritaria. Luego llegó la ciencia, Darwin, pero no pudo quitar la venda del todo. No sólo era doloroso, sino también inútil, porque donde acaba la ciencia sólo queda la fe.
En cualquier caso, con el paso de los siglos, las teorías sobre la existencia y su misterio no han hecho más que dar vueltas y vueltas al mismo asunto. Lo han contado de varias maneras, lo han explicado con sus referencias, sus mitos y sus historias, pero el común de los mortales aún sigue perdido, sin saber si hay algo más allá de lo que entendemos por vida.
Resulta curioso observar como una serie de televisión ha conseguido estimular, a través de la intriga, la conciencia metafísica de medio mundo. Se trata de una serie americana de la cadena ABC, que a lo largo de sus cinco temporadas ha ido desentrañando muchas de estas cuestiones existenciales. Y además, con gran sutileza, escondiendo las claves en el trasfondo que subyace a una trama basada en las relaciones que establecen los personajes: los pasajeros de un avión accidentado, quienes, perdidos en una isla que no sale en los mapas, intentan formar una sociedad. La física cuántica, la existencia de una fuerza superior, el eterno retorno, el artificio del tiempo, el empirismo, el materialismo histórico… Todo eso y mucho más ponen sobre la mesa los guionistas de Perdidos, un éxito de audiencia en casi todo el mundo. Y digo casi todo porque en España TVE abandonó su emisión por la falta de acogida de los telespectadores. Aunque Cuatro tomará el testigo en la quinta temporada.
Es de agradecer que una serie vista en medio mundo intente (aunque sea con sutiles pinceladas) hacer pensar al hombre desde la caja tonta. Pensar por uno mismo otorga libertad, sabiduría y experiencia vital. Evita que otros te utilicen, te dirijan y te digan cómo deben ser las cosas, sus cosas.
La manifestación contra la reforma de la ley del aborto, organizada por asociaciones ultra católicas que, al igual que la serie Perdidos, vi por televisión, me hizo creer que estaba contemplando una ficción, una serie. Una historia utópica donde la sociedad debate sobre la vida y la muerte sin saber muy bien de qué está hablando.
La protesta era lícita, por supuesto. Lo que no me parece tan lícito es que un sector de la sociedad se crea con autoridad moral suficiente como para intentar imponer su ética al resto de los mortales, para decidir, entre otras muchas cosas, lo que una mujer debe hacer con su útero.
No entiendo el fanatismo radical promovido por algunas de estas asociaciones. No entiendo a quienes pretender hacer cómplices de asesinato a todos los que no piensan como ellos. No entiendo su falta de moral al utilizar términos tan rotundos como asesino y asesinato. No entiendo que su moral se tenga que imponer a la mía por ser la “oficial”. No entiendo que alguien que nunca ha usado un preservativo pretenda controlar mi voluntad sobre el uso de éstos. Pero sobre todo, no entiendo como en el S. XXI podemos estar aún tan Perdidos.

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