lunes, 20 de abril de 2009

Once


Alguien nos recomendó Once (John Carney, 2007) como una buena película indie irlandesa. Me dijeron: sí, fue premio del público en Sundance, y tal... Controla mucho de cine independiente, me comentó mi acompañante, seguro que tiene razón...
La sacamos de la biblioteca. Miré la contracubierta y lo primero que vi fue lo que me temía: la vendían como tal, como indie. Respeto mucho a cualquiera que emprenda un proyecto independiente, pero creo que entre el blanco y el negro hay una amplia gama de colores. Y no es por meterme con la técnica, que no es mucho mejor que la de Odio, sino por que las armas que utiliza esta película respecto al arte de la cinematografía la convierten en algo que no es exactamente cine.

Eso de ser independiente está muy bien, te puedes permitir lujos, puedes arriegar, te puedes meter la cámara hasta por los agujeros corporales; si yo no digo que no, pero vamos a hablar con propiedad, la narración cinematográfica es diferente a la publicitaria y a la de los video clips. Cuando voy al cine me encanta ver productos arriesgados, pero narrados en imágenes (porque si no, no voy al cine) y no a través de la música diegética. La música es importante, pero como elemento dramático en el que se apoyan las imágenes, porque si las canciones (que, por cierto, abarcan un 80% de la película) son más importantes que lo visual, entonces es que estamos ante un vídeo clip musical. Y la sensación que me dio al final fue esa, que había visto un decálogo de vídeos musicales del mismo grupo. La historia... ah, sencilla: una historia de amistad, un amor frustrado y un músico callejero con talento que consigue grabar en un estudio.
Al menos la banda sonora es muy buena...

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