jueves, 23 de abril de 2009

Nadia, por ejemplo

Se trata de una persona de carne y hueso, no de una simple fantasía, como pudiera parecer. Es camarera en una de las muchas cafeterías del centro de Madrid. Desconozco su nombre, pero preguntárselo echaría a perder su encanto, el misterio que esconden sus ojos…

Prefiero imaginarla, prefiero imaginar que se llama Nadia, por ejemplo. Porque lo que sí tengo claro es su nacionalidad: es rusa. Y como la mayor parte de mujeres de ese país, posee una belleza única, propia, incomparable. Un cuerpo que tal vez no sea de diez, pero que bien podría ser de ocho y medio o nueve. Lo mejor es el busto, propio de una Venus de Fidias. Me sonríe con sinceridad, igual que yo a ella, y luego pregunta por la orden del día, generalmente café y sándwich mixto. Ya me había fijado antes en sus ojos. Son verdes y preciosos, pero su contorno, las ojeras, a veces me cuentan cosas tristes. Ayer llegué a alarmarme... Verán, sufro una especie de hermosa filantropía... Aún sin conocerla he conseguido preocuparme por ella, por el ser humano que hay detrás de la camarera, por los sentimientos que se esconden bajo la camisa y el mandil.

Para conseguir el tipo de ojeras rojas que Nadia presentaba ayer, hay varias opciones, a saber: que no haya dormido durante las diez últimas noches; que haya estado llorando más de quince horas seguidas; que le hayan pegado.

Muchos pensaréis, al leer estos párrafos, que escribo desde el punto de vista de un tonto enamorado, pero nada más lejos de la realidad. Aparte de que estoy felizmente emparejado, acabo de terminar un libro de Paul Auster que, básicamente, narra la importancia que tiene la magia de contar historias, ya sea de manera oral o escrita. Y eso es precisamente lo que hago yo con Nadia: inventar un mundo mejor para ella.

Su vida debe ser dura: me la imagino saliendo de su jornada de doce horas, abatida, cansada de ser servicial, de sonreír al público sin ganas. Me la imagino yendo a buscar a su hija a casa de una compatriota que también tiene niños de esa edad. Me la imagino pintándose los labios, aplicándose más colorete en los pómulos, disimulando las muescas de la vida. Me la imagino en manos de un ruso despótico que actúa como chulo y padre de la criatura y que llega borracho de vodka a casa y le pega, y le hace sufrir, y le humilla, le veja, le despoja de todo.

Este sería su relato de no-ficción (como diría David González), pero ella se merece algo más, se merece un cuento de hadas con carroza, un vestido de princesa, un sombrero de prestidigitador, un poco de magia... Y ese es el mundo que invento yo para ella, para que se refugie en él cuando la vida enrojezca sus ojeras, para que descanse tranquila y feliz en los brazos de alguien que la quiera, de alguien que acepte a la pequeña Irina como su hija, de alguien con corazón que esté en situación de darle a Nadia más que lo poco que yo puedo ofrecerle: Una sonrisa y un texto que jamás leerá...

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