martes, 31 de marzo de 2009

La vida de Van Gogh


En el Van Gogh Café suelo sentarme a leer mientras espero. Pido en la barra, acato las normas abonando mi consumación al instante, como dicen las reglas, y me siento tras la cristalera. Es un local agradable. Está cerca de Moncloa y la mayor parte de su clientela la conforman estudiantes. Hasta hace poco no lo sabía, pero resulta que es un lugar histórico, el antiguo Café Galaxia, lleno de anécdotas que contar: En 1978, Tejero e Ynestrillas se reunieron allí para ultimar los detalles de uno de los golpes de estado abortados antes del 23-F: la Operación Galaxia.
Una caña y un cigarro de liar me acompañan en las primeras páginas de lectura. Y últimas. El movimiento de la calle me hipnotiza. La contemplación de la belleza de la que hablaba Platón me absorbe por completo. Me deja pegado al cristal. No miro por encima de las caderas. Sólo veo piernas. Y éstas me sugieren el resto. No es nada erótico, es tan sólo vital. Las piernas son autónomas, un ente independiente del cuerpo, las piernas representan la vida, el paso del tiempo, el caminar. Y todas andan; atléticas y deformadas, todas andan.

Hace poco cité a un familiar en el Van Gogh Café, venía de una capital de provincia, de Castilla y León, y estuvimos charlando un rato. Luego callamos, los dos, y nos quedamos mirando a la calle, absortos


¿Qué te pasa?, -le dije-.
Nada, -contestó-… es sólo que…

por primera vez en mucho tiempo,
estaba viendo pasar la vida


y no la muerte.