domingo, 15 de marzo de 2009

Gran Torino

Le hemos cogido el gustillo a esto de las matinales… bueno, las siestales. Los domingos son días raros, con cambio de horarios, sin prisas ni limitaciones. Las 15.30 es una hora donde puedes ver Gran Torino (Clint Eastwood) con veinte espectadores en la sala. Para nosotros era un matinal, las 12.30 es demasiado pronto.
Y hablo de las matinales porque el visionado de esta película (perdón, peliculón) me recordó a mis años de infancia y adolescencia. A aquéllas películas que me metían de lleno en la psicología del personaje, en el celuloide. Las casi dos horas se me pasaron volando y, por primera vez en mucho mucho tiempo, he podido ver una película desde el punto de vista del espectador. Dejándome llevar por la narración, la trama y el humor, olvidándome de la técnica, las interpretaciones y mi proceso de formación autodidacta. Vamos, que con los 116 minutos de Gran Torino, la he gozado como hacía tiempo.
Eastwood es un clásico, no engaña a nadie. Piezas colocadas en su sitio, marcando la batuta, completando las pinceladas. Y así se construye una película medida, casi milimétrica.
Un viejo cascarrabias que por momentos recuerda a Luis Aragonés, pero veterano de la Guerra de Corea en vez de veterano del Atlético de Madrid (que en ocasiones hace sufrir a los suyos como soldados en Corea), vive solo en un barrio lleno de emigrantes asiáticos. Desprecia el materialismo de sus hijos, que viven fuera, y es reacio a cualquier cambio desconocido, lo que en ocasiones le hace parecer racista. Pero las motivaciones del personajes varían cuando los sucesos le obligan a intimidar con sus vecinos tailandeses. La relación paterno-filial que establecerá con el pequeño de la familia, le permitirá ajustar cuentas consigo mismo, hasta llegar al maravilloso final...
Su cámara clásica nos enseña a hacer cine, a marcar el eje de acción y jugar con él, usando sus múltiples posibilidades. La metáfora del coche, el Ford Gran Torino de 1972, que además articula la película como nexo no humano, es un símbolo de la nostalgia, del tiempo parado y de la falta de evolución. Kowalski jamás conduce el coche, ni se pone la medalla que ganó en Corea matando niños, simplemente deja todo en su sitio antes de despedirse… de la pantalla.
Un compendio de la cinematografía de Eastwood, un guiño optimista y positivo capaz de levantar una sonrisa hasta en los momentos más dramáticos, una gran visión sobre la vida y la muerte. Como hizo mi compadre Barrueco en su crítica, voy a parafrasear a Boyero: No se muera nunca, señor Eastwood.

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