martes, 17 de marzo de 2009

El almuerzo desnudo

El mundo aparentemente paranoico de William. S. Burroughs encaja perfectamente en la visión del cine del canadiense David Cronemberg. Un tándem perfecto que tardó años en encontrarse. Adaptar una novela como El almuerzo desnudo parece, a simple vista, una locura. Y el resultado es ese: una locura; la narración de una especie de paranoia que actúa como sátira de la sociedad en todas sus facetas. Una historia kafkiana donde humanos e insectos tienen las mismas depravaciones.
Cuando David Refoyo me propuso adaptar al cine su poemario Odio, pensé en cómo adaptar la poesía en imágenes sin perder la visión de la libre interpretación conceptual de ésta. Un experimento. El guión era un experimento. Cronemberg, maestro del guión que siempre funciona, coge las pinceladas conceptuales de esta novela musical y poética, las junta a otras de la vida del escritor, y las usa para construir una historia, la historia de una paranoia, muy bien sujeta por la excepcional ambientación del universo yonqui y esquizoide de Burroughs. Perfecta. Nada que ver con la mía, claro. Una adaptación perfecta, poblada de unos efectos especiales que sumergen al espectador en el globazo de estos yonquis de los años cincuenta, que se chutaban hasta el matarratas.
La historia del exterminador da pie a una acción y a unos personajes definidos para el cine, que tienen en el doctor Benway al enemigo de las voluntades. La psicológica es la forma de control total, según Burroughs. Él viaje de Bill Lee (alter ego del escritor) por los recovecos de su mente, gracias al impulso de las drogas, le convierte en un yonqui sin apenas dignidad social pero con suficiente autoridad moral como para satirizar las estúpidas contradicciones de las sociedades. La película se construye a base planos muy cerrados que parecen cerrarse aún más gracias a lo dramático de la iluminación. Una luz que busca modelar los volúmenes de la afilada cara del protagonista.
Una máquina de escribir-cucaracha que habla por una especie de esfínter es el nexo entre el personaje y su alucinación, que construye una lisérgica trama digna de absorber con el hipotálamo mientras la pantalla nos atrapa (como en Videodrome). Creo que es una de las mejores películas de Cronemberg, por ser una de las más difíciles, pero es una de las que menos me ha gustado, por cuestión de gustos.

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