domingo, 1 de febrero de 2009

Nieve de domingo


Me levanto, preparo un café bien cargado y me dispongo para leer entre el sueño y la realidad. El esfuerzo tenístico de ayer me produce los típicos pinchazos conocidos como agujetas. Ellas me obligan a cambiar de postura. Dejo de leer y enciendo la tele. Nadal y Federer intercambian cañonazos de un lado a otro de la pista. El borde de dispositivo LCD, negro brillante, refleja lo acontece a través de la ventana: nieva. Nieva copiosamente, caen copos enormes, del tamaño de un puño, del tamaño de la pelota de tenis que Federer acaba de colocar en la esquina. Disperso mi mirada y me quedo absorto, contemplando la caída de los copos blancos a través del reflejo de la tele negra. Bajo la vista. Nadal acaba de romper el servicio de Federer. Yo acabo de romper el mío… es lo que tiene el vientre de los domingos… Sigue nevando en Madrid, nadie lo predijo. Tal vez esta vez no fuera necesario. La nieve, como el fuego de una chimenea, como los deportes en la tele, deberían ser siempre en domingo, cuando hay tiempo para disfrutarla.

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