domingo, 11 de enero de 2009

Sensación de morir


Me entero de que están emitiendo en los Estados Unidos la nueva versión de la serie que causó sensación (nunca mejor dicho) en el Telecinco español de los años noventa y la noticia me retrotrae a un relato que escribí hace unos meses, Le café des 2 moulins, en el que hacía una crítica a la falsa correción de los valores que intentaba inculcar la serie a aquella generación de acné y faldas largas, a la que aún le costaba asumir ciertas relaciones. Me acordé del relato porque hablaba de la serie como algo del pasado, pero a tenor de la noticia, de pasado nada: la sensación es que los vamos a ver morir. Y luego harán la parte 3, The final cut, narrando la vida de todos, desde su nacimiento sin dolor en el parto (son así de perfectos), hasta que llegan al instituto, y todo eso… El capítulo más patético fue uno en el que a Donna la expulsan del centro por llegar borracha a la cena de graduación. Había bebido la friolera de una copa. Y se cayó al suelo, borracha. Deberían haber introducido un flashback donde se viera a un desconocido espolvoreando tetrazepam en el champán de la pobre Donna; pobrecita ella, fíjate. El alcohol es malo, niños, no bebáis una copa, bebed dos o tres, mínimo. Si os sienta mal vosotros mismos os daréis cuenta de la diferencia entre salir a pasarlo bien y salir a pasarlo mal, si os lo digo yo, mi discurso puede resultar, además de manido, moralista, y por ende llamar a vuestra rebeldía natural. El caso es que a Donna la echaron del Instituto por semejante despropósito. Y no recuerdo más. Hoy, al ver la noticia de que Donna vuelve a la versión 2.0 de Sensación de vivir 90210, pienso “¿Todavía estará en el instituto como los actores de Al salir de clase, que tenían 25 años de media?”. Pues no. Resulta que Donna, Brenda y demás pijitas, además de pasar el tiempo comprando trapitos de CarolinaJerreraNiuYork en Rodeo Drive, han procreado. Sí, ahora sus niños van al instituto, conducen sus Mustang y se meten en líos gilipollas, propios de gente que tiene mucho tiempo libre para hacer el gilipollas. Brandon jugaba al hockey y los demás intentaban jugar a guays, quedándose en chachis. Sobre todo aquél que se parecía a Luis Enrique en la época en la que a Luis Enrique le partió la nariz un italiano llamado Tassoti, o sea, en el Mundial del 94. La derrota más amarga, la pubertad y las hormonas de la gilipollez. Menos mal que Dylan McKey estaba allí. Él era el único de toda la maldita serie (extras incluidos) con el que me hubiera tomado unas cañas, el único anti-héroe.

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