lunes, 19 de enero de 2009

Materia y Alma


Homenaje a Barbara Hepworth (Tomás Crespo Rivera, 1976)


Supongo que nunca te he escrito nada porque llevo tus genes. Lo que mi madre resume con un “ha salido a ti”. Sí, lo digo porque tú nunca me has hecho un retrato, ni un busto. Pero no es un reproche ¿eh? Sólo quiero decir que sé por qué nunca me lo has hecho. Tampoco te lo he pedido.
El otro día entré en tu estudio yo solo, con mis llaves, para observar con calma tus últimos trabajos, para que ver qué te traes entre manos. Noté una evolución del estilo. Supongo que la edad te hace nadar y guardar la ropa, no lo sé, yo nunca he tenido edad, pero tú has cambiado la curva por el sosiego de la línea recta. Y la esencia sigue ahí. Materia y alma. Como el poema de Claudio Rodríguez. Desconocía quién era. Bueno, en realidad, desconocía lo que significaba para la literatura cuando una vez, siendo niño, me dio una palmadita con la mano que el cigarro le dejaba libre y me dijo algo así como: “¡cómo has crecido, chaval!”. No sé como explicarlo… me cayó bien, me pareció majo a simple vista. De mayor, tras leer sus poemas, me cayó aún mejor.
Yo crecí entre esculturas, entre gubias y cinceles, jugando con el barro fresco del arcón, con el que me manchaba las manos haciendo figuras. Crecí entre obras de arte y no aprendí nada de ellas. Aprender, aprendí más contigo. Aprendí que la calidad no está relacionada con el triunfo, aprendí que la existencia de Pollock, Arman y los Premios Turner, es necesaria para que existan los buenos artistas: éstos crean, aquéllos generan dinero. Descubrí lo que era la verdad, la derrota relativa y
aprendí, sobre todo, que eso no importaba lo más mínimo, que la creación era una necesidad casi fisiológica, nuestra naturaleza. Y aquí estamos...
Ayer me puse a hojear una antología de Claudio
Rodríguez. Poca cosa, cuatro poemas. Él, a diferencia de tu hijo, sí que te escribió algo:

MATERIA Y ALMA

Y cuando la materia se hace espacio
en la madera intima en el barro
temblando entre los dedos, llega al cobre,
aquí,
a la curva de la ola quieta, al claro
regazo que acompaña, alivia, ampara,
sin apenas aristas,
junto a la geometría intemporal, el límite
de la esperanza y del dolor del hombre,
con tanta soledad y con tanta alegría silenciosa.


He aquí como se alza y nos modela
el secreto fecundo, sonoro casi, de
nuestra vida. Aquí, en susurro
material, entrizo, como en mirada abierta,
sin turbiedad ni caos, con un orden
vibrante, el bronce habla,
nos acuna y nos mece, y ya nos lleva
hacia el escorzo, la espiral, el óvalo:
hacia lo genital. Estamos viendo
materia ardida, bronce que nos camina
hacia el alma. ¿Hacia el mar?
¿Hacia el recogimiento de nuestro aire
o a la esbeltez de la cúpula
de nuestra catedral, de nuestra historia?
¿O acaso hacia la curva,
íntima de compañía, abierta hacia la luz,
del cabeceo audaz de los sembrados
de nuestra tierra?


La obra humana esta aquí, entregada y dolida.
Y esta materia es alma,
Ventana transparente: cuerpo y sueño.
Y abierta está. Abrámonos. No hay noche
En el latido de este bronce en flor.



Claudio Rodríguez. Poema dedicado a Tomás Crespo Rivera.

No hay comentarios: