lunes, 1 de diciembre de 2008

El club de la buena estrella

El simple hecho de caminar por la vía vital, de vivir, requiere de una máscara adaptable al punto más débil de cada personalidad, pero a todos nos llega la hora... Y no, no me refiero a la muerte, ni tampoco os voy a recitar de memoria las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, tan sólo quiero decir que por diversas razones todos, en algun momento de nuestra vida, nos vemos obligados a parar para reflexionar sobre esas cosas irreversibles, sobre esos errores irreparables, sobre el sufrimiento causado, sobre el ostracismo al que a veces, egoístamente, condenamos a la gente más cercana a nosotros, a nuestro entorno más cercano.
Sirva esta introducción para resumir la espiral narrativa que forma El club de la buena estrella (Wayne Wang, 1993), que nos sumerge en las historias de ocho mujeres chinas pertenecientes a dos generaciones distintas, pero unidas por un algo común: la esperanza. Se trata de cuatro madres emigradas de la China prerrevolucionaria (las fundadoras del Club de la buena estrella) y sus
respectivas hijas (también miembros del mismo).
Ni voy a hacer una sinopsis ni voy a detenerme en los aspectos técnicos de la obra de esta especie de Almodóvar chino llamado Wayne Wang (aunque sí me gustaría destacar la pulcra fotografía, la compleja estructura y el espectacular vestuario de las escenas históricas) porque lo importante de este filme es su capacidad de reflexión, su ancestral sabiduría oriental y su extrema sensibilidad, tan alta que es capaz de hacer sonar una melodía con las fibras de nuestras arterias.

¿Que de qué va esta película basada en el exitoso best-seller de Amy Tan? Pues de la vida… mejor dicho, de vivir, sí, de cómo nuestra existencia nos obliga a vivir suceda lo que suceda en nuestro camino. Y perdón por la sentencia pero: aunque no considero ni mucho menos que se trate de una gran obra, creo que todo el mundo debería verla alguna vez en su vida.

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