domingo, 30 de noviembre de 2008

Samaritan girl


Cruda historia… Bueno, rebobinemos y empecemos de nuevo: Crudas historias las narradas por el surcoreano Kim Ki-Duk (김기덕) en Samaritan Girl (2004). Digo historias porque el guión da tres giros tan sumamente radicales que podemos considerar que en su hora y media de metraje coexisten tres películas en una.
Al principio se narra la relación que mantienen dos amigas adolescentes que comienzan a inmiscuirse, a través de los contactos de Internet, en la prostitución. Una arregla las citas, la otra pone sus órganos sexuales a disposición del cliente. Su fin es comprar unos billetes de avión para Europa, pero no sabemos muy bien con qué motivo: quedarse allí, ir de vacaciones, simplemente huir… no queda claro… Pero tras el suicidio de una de ellas (donde tampoco queda muy definido el por qué de tan drástica decisión) su amiga intenta expiarla, avanzando irremisiblemente hacia un mundo quijotesco en el que empieza a interpretar el papel de su amiga pero a la inversa (ella devuelve el dinero a los clientes). De repente, y sin esperarlo, la historia da un nuevo giro (en este caso magistralmente contado a través de la imagen): el padre de la niña, un policía, descubre a lo que se dedica su hija y pasa a convertirse sin más dilación en el nuevo personaje principal del filme, emprendiendo una lucha contra lo inevitable, haciendo justicia como en el viejo oeste y/o como los antiguos samurais (nótese que el western bebe del cine japonés... y que Tarantino lo supo plasmar perfectamente en Kill Bill) hasta desembocar en el final...
Dibujada con breves diálogos, la imagen nos introduce en el fuero interno de los personajes que van alternando el protagonismo. Valores plasmados con pinceladas de introspección psicológica que resultan a la postre lo más absorbible de la cinta.
Me gusta la historia, me gusta su crudeza, la presentación del entorno urbano como jungla, la representación de las miserias sociales y morales, la culpa y la expiación… y hasta el trasfondo religioso en que se basa, pero el guión… el guión… tiene demasiadas hebras sueltas que no cierran el tapiz por completo. Quiero decir con esto que, aunque me encanta el cine oriental por su poder de sugestión (porque no muestra, porque es implícito por su elegancia a la hora de jugar con el fuera de campo), la obsesión por sugerir, en este caso, me parece un gran error, al estar arraigada también en el guión; porque la visualidad es muy estética e interesante pero la historia, a veces, se queda coja, sin presentación, sin explicación, casi sin lugar a la especulación, demasiado suelta.

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