martes, 21 de octubre de 2008

Por bulerías

Undos, undostres, cuatrocincoseis, sieteochonuevediez. Undos…

Pudiera parecer que desde la muerte de Camarón no existe en el flamenco un referente claro que mueva a las masas más allá de la comercialidad de Pitingo o José Mercé. Los viejos rockeros se van acabando, apagando, enfermando. Lebrijano y El Cabrero son un ejemplo. Voces como la de Poveda y guitarras como la de Niño Josele empujan con fuerza y enseñan la cabeza sin caer en lo comercial. Pero cuando alguien me pregunta por mi favorito del momento no puedo evitar hablarles de Duquende. Un artista que siempre me gustó pero que ahora, alcanzada su madurez vocal, me descoloca los sentidos cada vez que lo oigo. Con mención especial para su interpretación de la bulería y el tango, en las tarantas, en los fandangos o en las soleares, la voz camaroniana de Duquende sale de las cuerdas vocales transfigurada en alma. Alma que quema, rasga y desgarra a quien la siente. Alma.

Este pequeño fragmento de minuto y medio de un palo de fiesta como la bulería te rasga la sensibilidad si es que ésta pasa por una fase de debilidad inmunológica. Absténganse de oírlo personas sensibles al duende flamenco.

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