lunes, 29 de septiembre de 2008

Knowing Scandinavia II (El viaje I)

No podía levantarme de la cama. Estaba realmente jodido. La noche anterior había sido normal. Pero la semana se había hecho larga y dura. Una de las más duras de los últimos meses. Eran las 6.15 y el despertador no paraba de sonar. Cada cinco minutos, como le tengo dicho. Un café bien cargado y un par de galletas. Otro café bien cargado. A veces, como último recurso, tomo Red Bull. Pero no es un producto que suela tener en la nevera. No te da alas pero sí te dopa lo suficiente para aguantar las cinco primeras horas de trabajo cuando llegas con tres horas de sueño. Pero hoy no tenía que trabajar.
Hora punta en Madrid. Cercanías+Atocha+Cercanías+Metro=T4. No necesitaba facturar equipaje. Viaje rápido y limpio. No me iba exactamente de vacaciones… bueno técnicamente sí, pero… digamos que … iba a aprovechar una oportunidad... Me hice con la tarjeta de embarque en una de esas máquinas que evitan las colas de facturación. Hasta puedes elegir asiento. Mi estómago me decía que tenía que desayunar y mi reloj que tenía tiempo para hacerlo. American breakfast. Large coffe with bacon and eggs. A todo esto… en el McDonalds.
Retomadas las pertinentes fuerzas me dispuse a fumar el primer cigarrillo del día en unas de esas cabinas para yonkis del tabaco que hay en los aeropuertos. En la T4 hay varios. En las terminales de otros países puedes ver colillas flotando en el váter.
Me senté a leer las primeras páginas de El País. Las de geopolítica. Levante la vista porque me pareció ver un rostro conocido. Volví al periódico. Levanté la vista y reconocí a Julio Llamazares. Tuve la intención de ir a saludarle. Por respeto y por admiración. Pero el hecho de tener que interrumpir su conversación en un grupo para presentarme cual fan con cara de idiota, me hizo sentirme como a una vulgar gruppi de David Bisbal. Así que deseché la opción y me fume otro cigarro.
Puntualidad en el embarque e incomodidad en los asientos. Simpatía en las azafatas y sobriedad en el caballero inglés que se sentó a mi lado. Tras pasar unas pocas hojas del libro de Benedetti, La Tregua, y quedarme dormido... me acabo de despertar con un punzante dolor de cuello.
El inglés está roncando y el resto del pasaje mata como puede las aún dos horas de vuelo que quedan hasta llegar a Estocolmo.


Necesitaba cafeína. En vez de tocar el timbre me he levantado a estirar las piernas y de paso le he pedido un café a la siempresonriente azafata. Me han astillado la friolera de dos euros. Pero hubiera pagado incluso tres. Es la primera vez que escribo volando y tal vez una de las pocas en las que mi imaginación está en la tierra. O en el agua. En poco más de dos horas me reuniré contigo. Allí, donde quedamos... ¿te acuerdas? Allí, donde no hay fronteras.
A las 5 en la T-Centralen.

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