miércoles, 10 de septiembre de 2008

El Sabor de las Cerezas


El sabor de las Cerezas (Abbas Kiarostami, 1997). Un hombre subido a su Land-Rover recorre desesperado las calles y montañas de Teherán buscando a alguien que le ayude en su delicadísimo propósito: que alguien entierre su cuerpo bajo tierra una vez que se suicide. Primero lo intenta con un soldado kurdo, luego con un estudiante de teología islámica. Ambos le disuaden de su propósito. Finalmente encuentra en un hombre normal que ya quiso hacer lo mismo: intentó ahorcarse en un árbol, pero al agarrarse a una rama aplastó con su mano los frutos del árbol, unas sabrosas cerezas que tornaron sus deseos suicidas en necesidad de seguir viviendo. (Filmaffinity)
Kiarostami lleva su particular lenguaje visual hasta el extremo, en pos de conseguir su propósito de realizar poesía visual pura. Una vez que aparece el plano que nos introduce al protagonista dentro de su coche, el espectador ya no puede abandonar el visionado (a menos que sea por aburrimiento) del drama que sufre el personaje. Queda atrapado dentro del filme a través de sus ojos. Las calles y montañas de Irán y sus habitantes serán los extras que interactúen y compongan el puzzle visual de esta retórica de la vida y la muerte. El director, además, tuvo que arriesgar mucho para tratar un tema tan polémico en Irán como el del suicidio.
El lenguaje del iraní se aleja definitivamente de la narración a la que estamos acostumbrados. Kiarostami hace el espectador partícipe de la tragedia a través de sumergirlo en la objetividad, prescindiendo de contraplanos de los que sólo se oye el off. Digamos que usa al espectador como plano de complemento. La utilización de planos generales muy largos nos muestran lo sublime de la naturaleza y nos presentan el ambiente en crudo, sin trucos ni alardes. Sus constantes guiños al cine junto a un final rebosante de retórica vital, nos demuestran que la vida puede ser mejorable a través del ojo de la lente.
Una obra maestra.

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