lunes, 15 de septiembre de 2008

Arrebato


Arrebato (Iván Zulueta, 1979). Convertida hoy en película de culto y casi en una leyenda, representó en su día un claro ejemplo del ostracismo al que se ha condenado siempre a cualquier producción española con vocación experimental. Su distribución fue escasísima. El metraje de Iván Zulueta, realizado con un presupuesto ínfimo, demuestra que la marginalidad del cine español ha aportado siempre mucho más originalidad, talento y arte, que los burdos intentos de acercar el cine español a un circuito de realización comercial plagiado burdamente de Hollywood.
En Arrebato se presenta la vida como imagen. Las imágenes son el todo. La imagen como pensamiento, como abstracción, como espiritualidad, como forma de vida. El cine a través del cine. Zulueta narra de manera magistral el poder de la fuerza creativa, una fuerza que encierra en sí misma todo lo demás: el dolor, el sufrimiento, el amor, la espiritualidad de las drogas, el sexo. La creación encierra dentro de cada individuo un sinfín de variantes potenciales que desconocemos; la creación nos enseña partes de nosotros mismos que no podríamos descubrir sin expresarlas; la creación es el camino hacia el interior de uno mismo; la creación convierte a cualquier hombre en Demiurgo. Pero encontrar el camino no es fácil, como demuestra Pedro (Will More) en el metraje.
Película paranoide y abstracta que se asemeja al lenguaje de Lynch, Cronemberg o Ferrara y que se basa en una visualidad frenética que lleva al espectador por los rincones más recónditos de su mente. Una apuesta valiente que contó con la colaboración de un genial Eusebio Poncela, una jovencísima Cecilia Roth y un Will More que representa la parte delirante del film, la clave que hace entendible que el más loco sea el más cuerdo. Imprescindible.