domingo, 17 de agosto de 2008

Cafe des 2 moulins ¿III?

Un error del dueño del hostal creó el primer momento de tensión. Un cambio de alojamiento. Un nuevo emplazamiento a dos manzanas. Una discusión en medio del barrio africano. Un alejamiento de Montmartre. Empezó a llover y hacía frío. Malas vibraciones. El recepcionista me pidió que le diera el visto bueno a la chambre. Abrí la puerta y el pomo cayó al suelo por ambos lados. Encendí la luz del angosto baño. Allí estaba. Era una pastilla de jabón envuelta en un papel que rezaba: Bienvenue à Paris. Era la tasa que teníamos que pagar por encontrar-nos en un cuento. Era la tasa de realidad. Salimos de noche y encontramos un botellón en las escaleras del Sacré Coeur. El ambiente había cambiado. Charlamos con unas francesas. Me quité el suéter, me quedé en manga corta.
Hace un mes escribí una serie de dos textos, dos relatos cortos que titulé Cafe des 2 moulins (I, y II). Escogí ese título por algo. Todo ocurre por algo. Casualidades no, causalidades, más bien. Esos textos encerraban cierto simbolismo personal pero también cierto eclecticismo universal; el del retrato de un mundo con una espiritualidad donde todo vale. La after-postmodernidad, para quien guste de etiquetar las cosas.


Tras dejar el Sacré Coeur a la derecha y caminar unos doscientos metros por las Abbesses, me vi dentro de la fábula. ¿O era la fábula la que estaba dentro de mí? Rue Lepic. Estábamos a la altura del 54, justo en el lugar donde Van Gogh pasó mil miserias en pos de legarle al hombre uno de los tesoros más valiosos de la historia de la pintura. Pero nadie se lo supo reconocer en vida. Supongo que estaba condenado a no tener suerte. Todo pasa por algo, todos los coches de la autopista tienen que pagar un peaje para seguir viajando. Si la mayoría viaja en coche siempre hay sitio en el tren. Sabía que en el número 15 me esperaba Amélie Poulain. La protagonista, la ternura, la sonrisa pícara de quien está por encima de la hostilidad natural del hombre. Un momentáneo mundo feliz. Un cuento absorbido por la realidad.
Amélie Poulain, tras una infancia desgraciada, construye en su interior un mundo mágico en donde todo son fabulaciones. Amélie encuentra, no por casualidad, una caja escondida por un niño cuarenta años antes mientras oye, no por casualidad, la noticia de la muerte de Lady Di. Tras entregar la caja a su dueño y conseguir que se reencuentre a sí mismo, se propone hacer feliz a todo su entorno. El escritor fracasado existe para que otros puedan no serlo. El Gnomo de jardín viaja a Moscú, pero es un truco. El cascarrabias del bar, tras conseguir el amor, es feliz
durante sólo unos días. El hombre que aparece en fotos de carné repartidas por todos los fotomatones de la ciudad no es un fantasma, como cree Amélie, es el técnico de la máquina. Guiño al cine. Todo encaja, todo es real. Causalidad. Es el destino de Amélie. Ella intenta rechazarlo, seguir encerrada en su mundo personal, pero el viejo pintor la convence. Al final se encuentran. Su destino y ella. Incluso su maravilloso mundo vuelve a la realidad. Encuentra la otra mitad de su mutilado corazón. J’etaime.
Paramos en un quiosco. Me puse a ojear un periódico. Los titulares sobre la guerra del Cáucaso captaron mi atención. Proseguimos la marcha. Desconocía que Le Café des 2 Moulins estaba en bajada. ¡Zas! Primera bofetada y vuelta a la realidad. “¡Sal de la fábula!”, me dijo. Allí estaba yo… tan solitario… tan natural. Camareros con riñoneras que pululaban a duras penas por la estrecha terraza. Una cajera. El estrés típico de un bar a esas horas. C’est la vie. Había una mesa libre. Me convencieron para sentarnos a tomar una cerveza. Lié un cigarrillo mientras esperábamos por el camarero de la riñonera. Fumé el cigarrillo. No nos dirigimos una palabra. Sólo esperamos. Realidad o fantasía. Eso estábamos pensando… supongo… El camarero seguía sin salir. También atendía las mesas de dentro. La realidad es más fuerte que nada. Sólo es posible escapar un rato, después pagas el peaje. No fue en metálico. Causalidad. El camarero de la riñonera estaba ocupado. De Ella ni rastro. Era el momento de aceptarlo. El resto del viaje salió a pedir de boca. Yo tengo mi propia Amélie.
J’etaime. Nos levantamos y nos fuimos caminando calle abajo. No miré hacia atrás.

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