jueves, 19 de junio de 2008

Muerte entre las flores

El Thompson, especialmente el modelo 1921, poseía una cadencia de fuego bastante elevada, un poco más de 900 disparos por minuto, superior a la de muchos otros subfusiles automáticos de menor calibre. Esta tasa de fuego, combinada con un apretón fuerte del gatillo y un cargador que se vaciaba rápidamente, aumentaban la tendencia del arma a alejarse del blanco en modo automático.*

*Wikipedia

Cualquiera que vea este subfusil, lo asociará con los gángsteres de la Ley Seca. Es un icono, un símbolo de la violencia y corrupción imperantes durante la Prohibición. La secuencia que aparece abajo (Muerte entre las Flores. Joel y Ethan Cohen, 1990) es para mi gusto, una de las más completas, técnicas y soberbias de la historia del cine. Especialmente el primer plano-secuencia. Ethan coloca los elementos. Joel se preocupa de que formen un conjunto perfecto. Los Cohen bros. no pretenden emular el cine negro americano. Tampoco quieren copiar y pegar. Sencillamente lo reinterpretan a través de un fotografía insuperable. No sólo los diálogos rozan intencionadamente lo grotesco, también lo hacen los personajes. En la secuencia que muestro abajo, Leo (Albert Finney), el gran capo del Hampa, empuña y levanta la Thompson como símbolo. El arma la empezó a usar la policía y se promocionó en su tiempo como instrumento contra el crimen organizado (en la imagen de arriba). Pero como dice el tópico, la realidad supera la ficción. Ginés, el Sheriff de Coslada, podría haber hecho lo mismo. La ciudad era suya. Igual que Miller’s Crossing es de Leo en la película. Los Cohen se burlan con razón. Tras acabar con sus verdugos, Leo, se descuelga del tejado emulando a Nadia Comaneci y finaliza la secuencia fulminando al coche desde el que le acaban de disparar unas 300 balas de las cuales ninguna le da. Espectacular y violentamente exagerada. Los Cohen juegan y bromean con la realidad a través del cine. Evitan la pulcritud en el trato habitual del cine negro. Pero eso es sólo un enfoque, el leit motiv de la película se esconde en la acción. Lo que nos enseña su antihéroe (un espectacular Gabriel Byrne) es que la moral sirve para algo. Todos los mafiosos están condenados de entrada porque precisamente carecen de ética. Aunque el detonante de la violencia será una pasión, los celos, o sea, el amor. Todos los instintos y bajas pasiones que llevamos los humanos sólo pueden ser controladas por la ética. Eso es lo que pondrá a cada uno en su sitio. La cerrada y sutil forma de tratarlo en la narración hace de esta cinta una auténtica obra maestra.

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