jueves, 5 de junio de 2008

Menos que cero.


Bret Easton Ellis. Es una novelita bastante fácil de leer. Pero he estado tan liado en las últimas dos semanas que no la he podido terminar hasta ayer. Tampoco tengo tiempo para escribir. Tengo ganas de volver a los relatos, a los artículos, a la novela. Pero leer un rato cada día se antoja casi necesario. Siempre hay horas muertas. Casi todas en el Cercanías, por desgracia. El caso es que, aunque en líneas generales me ha gustado, me esperaba un diamante más pulido, menos tosco. La descripción llega a ser por momentos cargante, con tanta conjunción seguida. Pero eso aporta hasta cierto punto el dinamismo necesario y la originalidad prevista para el tema. Lo malo de la descripción es su cariz continuo de diario. Tan espontánea que roza lo chapucero.
Creo que tuvo mucho éxito en su tiempo. No me extraña teniendo en cuenta su punto de vista, tan fresco que llega a ser frívolo. Se narra un verano en la vida de un adolescente que regresa a Los Angeles para pasar el periodo estival junto a sus amigos. Clay, que así se llama, pertenece a una elite social millonaria cuya frivolidad llega hasta puntos moralmente
escandalosos (para el que tenga moral, claro). Un entorno de millonarios perdidos por la facilidad para todo. Para drograrse, para prostituirse, para follar sin haber hecho nunca el amor. Lo que más me gusta es la parte final. Más bien las últimas 50 páginas, cuando la hasta entonces inexistente trama comienza a desarrollarse vertiginosamente. Pero sobre todo cuando se plantea el trasfondo del libro, la frialdad de la existencia de Clay, el desconocimiento del amor. La ignorancia sobre todo lo que está fuera de su reducido mundo, incluida la de su especie de novia, Blair, quien podría haberle redimido de no haber llevado el propio destino escrito en la frente. En definitiva, una historia de unos adolescentes condenados por sus adultos.
El interior del personaje recuerda mucho al de El guardián entre el centeno. Ambas han sido novelas que han marcado a una generación. Yo ya pasé esa generación y es difícil que esta novela me marque. Aunque he de reconocer que algunos pasajes derrochan una fuerza narrativa que atrapa. También creo que uno de sus valores reside en las aparentes carencias estructurales, detalles que pulidos hubieran aportado estética, contexto y concepto. Pero en su naturalidad reside también su valor.

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