lunes, 9 de junio de 2008

La palabra pintada


Mientras mi madre daba a luz a su primer vástago, Jean-Fraçois Lyotard publicaba su obra cumbre, “La Condición Postmoderna”. En ella criticaba a la sociedad del dinero, capaz de adaptarse a cualquier cosa que tenga poder de compra. Con la muerte de los ismos se propone una pluralidad en la que todo vale, lo que se conoció como el “everything goes”. Casi treinta años después aún no le hemos quitado la etiqueta al traje. Todo vale y todo ha de ser encasillado. El postmodernismo en como un saco enorme cuyo interior posee una serie de bolsas laterales. Bolsitas “after”. After-pop, after-punk, chocolates After-Eight… Todo. Evertything. La muerte del arte es en parte la muerte de los críticos, de los que orquestaban los ismos. De aquellos que encumbraban a Pollock y despreciaban a Van Gogh. ¿Quién teme al Bahuaus feroz?, preguntó Tom Wolfe. Nadie le contestó. Y la cosa fue a peor. Algunos han abusado de la etiqueta. Se amparan en la amplitud postmoderna para juntar letras, para formar batiburrillos estilísticos carentes de todo contenido, para vender, para comprar… Estamos perdidos. Picasso, Cezanne, Mondrian, ellos lo hicieron todo. Los Pistolettos, Kosuth y demás buscadores de tesoros no son más que copias de Duchamp. El mérito lo tuvo él. Los demás sólo vendieron el producto cuando el liberalismo ya estaba ultra-engrasado en todo occidente. La postmodernidad es un saco incomprensible. Las etiquetas también. Los ismos no. Porque de un ismo te podías salir si evolucionabas, a la postmodernidad no escapa nadie que quiera crear algo. Hemos caído en saco roto. Hay más libertad, pero “la palabra pintada” de Tom Wolfe sigue existiendo. Ahora ya no se llama Greemberg, ni Rosemberg, se llama La Caixa, Cajamadrid, Telefónica… Siempre volvemos al punto de partida. Tal vez eso sea en realidad la postmodernidad.

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