lunes, 9 de junio de 2008

06/06/08, El día de la independencia


Eran aproximadamente las cuatro de la tarde del viernes cuando me tumbé en la cama. Sobre las siete mi hermano vino a despertarme. "Vamos, que hemos quedado para colocar el proyector”, dijo. “Hostias, me he quedado dormido”. Recuerdo que el año en que Alex Crivillé ganó el Mundial de Motociclismo, se comentó que justo antes de la carrera decisiva se había echado a dormir. “Que tranquilidad”, pensé yo. Creí que cuando uno era el centro de todas las miradas, los nervios le atenazaban. Incluso cuando esas miradas son a nivel local. La reina de las fiestas del pueblo, los quintos de turno, el premio de final de carrera, un partido de tenis. No importa el nivel mediático que tenga. Da igual que sean tres o trescientas. El caso es que todas las miradas se dirigen a ti. Es una situación incómoda. Máxime teniendo en cuenta que vivimos en un país donde el tiro al muñeco es un deporte nacional. Que se lo pregunten a Fernando Alonso. Pero es parte del juego. Supongo que así hay que asumirlo. Incluso tiene su gracia. Te da la medida de la sinceridad de la gente que te rodea. De su cinismo a la hora de ensalzarte, de su vanidad a la hora de compararte, de su nobleza y honestidad. Todo depende. Sólo tienes que mirarles a los ojos.

A las nueve nos fuimos a tomar unas cañas. A las diez menos cuarto, Pablo y yo estábamos en el cine. Ya había unas 30 personas esperando. Nos dirigimos a la sala y cuando me disponía a poner una cinta en los asientos reservados para el equipo, la masa ya había intentado quitarme dichas butacas. La masa es peligrosa. Sólo pude guardar siete asientos. Tres miembros del equipo se quedaron fuera. Mirian entre ellos. Que discreta eres, darling. A esas alturas ya no había siesta, ni tranquilidad, ni parsimonia, sólo tensión, nervios y caos. Me encanta hacer cine, pero ODIO organizar eventos.

La boca seca, el discurso olvidado, la improvisación aflorando. Primer discurso. Primer pase. The End. Nada. Ni un aplauso. Pasan los créditos. Nada. Ni un aplauso. Estiro mi pie derecho y golpeo el del autor del libro, David Refoyo, sito dos asientos más allá. Nos miramos. Nada. Ni un aplauso. Y cuando por mi frente resbalaba una enorme gota de sudor frío, las luces se encendieron. Entonces el público rompió en una cerrada ovación. Todos de pie, como en el teatro. Después de 150 besos, 230 abrazos y 125 apretones de mano, pasamos a la siguiente sesión. Clifor se tuvo que quedar de pie. No cabía un alfiler. Un público mucho más joven aplaudía a rabiar nada más concluir el film. Gracias. Para nuestra sorpresa aún había fuera un numeroso grupo de gente a la que no podíamos dejar fuera, así que dimos un tercer e improvisado pase. Otro éxito.

Sobre las 11.30 un nutrido grupo de personas afines a Odio tomábamos unas cañas en el bar de enfrente. Todo muy distendido. El partido había acabado.

Cuando alguien dice “hola”, en el momento pronuncia la segunda sílaba, la primera ya pertenece al pasado. Vivimos un constante presente. Odio está presente pero ya es pasado. Pronto remataré el guión de la próxima locura. Y retomaré mis estudios de oposición. Y pienso terminar mi novelita. Y volveré a los artículos. ¿Cómo me va a dar tiempo para todo? No lo sé. Supongo que porque vivo un constante presente que toma tiempo del pasado y del futuro. El tiempo es como el dinero, no existe; tan sólo es una forma de que la anti-abstracta mente humana cuantifique sus cosas en pos de no evaporarse en el sentido metafísico del mundo.

Odio ha sido toda una experiencia. Sacaremos, conclusiones, aprenderemos de los errores, lucharemos por tener mejores medios, pero lo más importante de todo es que Odio ha parado el tiempo, su tiempo. Y quedará ahí para siempre, como una obra, como lo que es, un producto cinematográfico que viniendo de la más absoluta de las independencias se proyectó al lado de el paradigma de la industria, Indiana Jones.

Aunque suene burdo, es la expresión más adecuada para resumir todo este texto: “con dos cojones”.

Gracias.

No hay comentarios: