martes, 13 de mayo de 2008

Mis hermanos

Llego a Atocha a las 7.45. No cabe un alfiler. Que manera más lamentable de empezar la mañana. Me ahogo. Me asfixio. Me falta el aire. La gente me rodea. Me pisa. Me golpea. Reduce mi espacio. Pero lo noto. Lo noto más que nunca. Estoy solo. Más solo que la una. Es lo que tienen estas ciudades monstruosas. La soledad es irreversible. Ayer vinieron a vernos unos amigos íntimos. A su vez nos juntamos con otros amigos íntimos residente aquí, en Madrid (mítica frase de los concursos televisivos). La reunión de ayer (aunque hoy me caiga de sueño) sirvió para paliar un mes de soledad. O más. A estas edades es muy difícil hacer amigos íntimos, hermanos. Pero saber que al menos los tienes y que puedes verlos de vez en cuando, es algo altamente reconfortante. Se trata de gente que sabes que te va a guardar lealtad siempre. Que va a hacer piña. Que no te van a fallar ni a traicionar. La gente que conoces de mayor tiene sus vicios cogidos. Sus manías. Su perspectiva adulta de las cosas. Los amigos de toda la vida aún son capaces de mirarte con la inocencia infantil. Con la mirada limpia. Pura. Como hermanos. Como cómplices de un desfile en el que ambos nos encontramos hace ya mucho tiempo. El desfile de la vida.
Gracias, chicos.

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