miércoles, 21 de mayo de 2008

Impossible is nothing


Once. Tal vez doce. Unos doce añitos tendría yo cuando presenté delante de un puñado de amigos mi primer manuscrito. Narraba una aventura de chiquillos en la que todos nos vimos implicados. Gustó. Me refiero al texto. Bueno, sí, la aventura también gustó, claro. Vivíamos de eso. De la adrenalina. El caso es que vi clara una cosa: mi necesidad de expresarme. En ese mismo sesgo de edad descubrí el cine. No como espectáculo, puesto que mi madre me llevaba a las matinés infantiles desde mucho antes, sino como medio de expresión más completo. Y más complejo. Entonces escribí mi primer guión. Lo redacté en mi mente. En la unidad C:(erebro). Aún lo conservo. Con los años, piano piano, fui intentando transformar mi sueño en realidad. Hacer cine. Pero el cine no se hacía con un papel y un boli, como la literatura. Eso sólo era un paso previo. El cine requiere una industria. Y una industria requiere personal. Y el personal se consigue con dinero. Me devolvieron los guiones, me ignoraron, pasaron de mí. Empresas, instituciones y particulares. [Hola, Concejala]. Entonces lo vi claro. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma. Y tras unos vídeos chapuceros de entrenamiento, aquí estamos. Trabajando románticamente. Rodeado de esproncedas y bécqueres que están igual de locos que yo. Da igual el resultado, dan igual los detalles, da igual que ganemos Cannes o no; lo único importante es haber llegado hasta aquí. Tener el honor de decir “lo hemos hecho”. Y ya es la segunda vez. Y se esperan más. Si quieres, puedes. Es cierto: Imposibble is nothing. Pero tienes que querer de verdad. Con todo tu alma. Con tu corazón. Rozando peligrosamente la obsesión; Impossible is nothing.

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