sábado, 3 de mayo de 2008

Asfalto, vino, y rosas

Abro los ojos. No recordaba donde estaba. En que lugar, en que momento. Una enorme extensión de cepas se abre ante mi. Vino. Tinta de Toro. Debemos haber entrado ya en la provincia de Zamora. Vuelvo a quedarme dormido. La cabeza apoyada en el cristal. Repicando a misa. Toc, toc, toc. De repente las revoluciones del motor decrecen. A dos-mil-quinien-tas. Mil. Cero. Estamos parados. Hay un accidente en la carretera. Un coche volcado. Sangre. Tinta de Toro. Agresiva. Vigorosa. Densa. Sangre de Toro es un vino catalán. De Bodegas Torres. No es el caso. Es otra tipo de uva. Hay que asistir a los heridos. Hay que inmunizarse ante el efecto del vino. De lo dionisiaco. De la tragedia griega. Y esta lo es. Llegadas las asistencias nos percatamos de que uno de los ocupantes del vehículo ha fallecido. Alguien deposita un rosa a su lado. Y allí estamos; sufriendo la metafísica, planteándonos lo desconocido. La muerte es una extraña. Sobre todo cuando la ves de cerca. No te acostumbras, no la quieres mirar a los ojos. Unas copitas de vino en Toro. Una rosa en la carretera. Una vida en el cielo. Un cuerpo inerte en el asfalto. Un error más del ser humano. Una imperfección de la evolución. La carretera, el vino, y las rosas. Drogas, noche, y coche. Y allí, allí encontraste tu destino. Una pena, my friend.

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