domingo, 23 de marzo de 2008

Relato Semanasantero

Hoy sale publicado en La Opinión de Zamora este artículo mío sobre la Semana Santa. En la edición digital se encuentra en la cuarta página del archivo pdf http://media.epi.es/www.laopiniondezamora.es/media/especiales/
2008-03-25_ESP_2008-03-24_01_20_01_cssemanasantaza.pdf

RELATO SEMANASANTERO

Cada cierto tiempo, más o menos una vez al mes, voy a Zamora para pasar el fin de semana. Estuve allí hace unos días. Ahora que se acaba el invierno, que los almendros empiezan a florecer, que se respira ese ambiente tan especial que trae la primavera, se percibe también ese aura tan peculiar del que se imbuye la ciudad en estas fechas, ese ambiente semanasantero que, como la primavera, trae la vida a la ciudad.

Eso me ha hecho recordar un pasaje que me ocurrió en Semana Santa, unos años atrás, y que, guste o no, creo que sirve para expresar conceptualmente lo que significa para Zamora su Semana Santa.

Resulta que vino a visitarme un amigo francés. Yo vivía en Salamanca, por entonces, pero pasamos el Lunes y el Martes Santo en Zamora, ya que el miércoles él partía hacia París. Cedric, que así se llama, quería ver que era eso de las procesiones. Que era ese misterio que hacía que una celebración tan austera se convirtiera en la fiesta más grande de una pequeña capital de provincias, cuyo pueblo se implicaba durante esa semana mucho más que en sus fiestas patronales.

Fuimos a ver el Vía Crucis a la Plaza de Santa Lucía junto a dos amigos míos. Mientras esperábamos en la fila la llegada del desfile, estalló una acalorada discusión entre mis dos acompañantes. Discutían si una marcha tan folclórica como La Saeta debería sonar en los austeros desfiles zamoranos. Uno abogaba por el progreso y la alegría, el otro por lo tradicional y lo austero. La conversación declinó en los aplausos. Si son procedentes durante el desfile o no. De nuevo las posturas se enfrentaron. El debate estaba empezando a parecer un debate político. Progresistas y conservadores, izquierda y derecha, rojos y azules. La eterna historia de un país de contrastes, de blancos y negros. Las dos españas.

Mi amigo el francés, Doctor en Ciencias Políticas, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Se le veía en la cara. Estaba anonadado. Antes de que él o yo pudiéramos intervenir en la charla, llegó el desfile. Entonces, se hizo el silencio.

Al llegar a casa, a la hora de cenar, me dijo Cedric: “Conozco bien España y he llegado a entender muchas de sus costumbres, pero la discusión de hoy, tan enconada como un debate pre-electoral, no llego a entenderla ¿Cómo es posible que viváis tan profundamente una celebración religiosa cuando ninguno de vosotros practicáis la religión?”. Y aún a sabiendas de la dificultad que entrañaba, me dispuse a explicarle al francés lo que significa la Semana Santa para muchos zamoranos. Más o menos le expliqué lo siguiente:

En este país la religión lo empapa todo. Aún perdura una enorme herencia que se manifiesta en todos los actos socio-culturales. Sin ir más lejos los dos chicos con los que estabas hablando se llaman Jesús y Santiago. La Semana Santa en nuestra tierra es eso, una conmemoración religiosa que ha trascendido a lo cultural y a lo popular. La mayor parte de la población la celebra con gran devoción, aún no siendo uno católico. Es una celebración religiosa, sí, como tantas, pero al fin y al cabo es nuestra fiesta. El pueblo se implica a su manera, como lo puede hacer un gaditano con sus carnavales o un pamplonica con sus encierros (salvando las distancias). Para un francés debe ser difícil de comprender que la fiesta mayor de una ciudad sea la de las procesiones estas, con hombres vestidos de nazarenos, conmemorando el sacrificio que el hijo de Dios en la tierra hizo por los hombres. Pero aquí casi nadie lo ve así. Para nosotros es un importante acto popular, declarado de interés turístico internacional. Recuerdo que cuando era niño esperaba ansioso la llegada del Viernes de Dolores. Ese día empezaba una nueva realidad: la ciudad se llenaba de gente, me pasaba el día en la calle, familiares y amigos regresaban a la ciudad, quería salir en todas las procesiones, cargar los pasos, participar…

Cedric me preguntó porque ya no participaba en la Semana Santa. Le explique que había perdido la ilusión, que lo veía de otra manera, desde la distancia, casi como un recuerdo. Pero mucha otra gente, la mayoría, seguía viviéndolo igual que siempre.

Tal vez gracias a una visión tan lejana y neutra como la mía, Cedric entendió lo que supone la Semana Santa para Zamora. Entonces me dijo con su acento francés: “Es curiosa la paradoja de que la conmemoración de una muerte traiga la vida a esta ciudad. Pero es más paradójico aún que cuando se conmemora la resurrección, el último domingo, la ciudad vuelva a morir”.

Y en efecto, el francés dio en el clavo. Por desgracia, el destino mortecino al que parece estar abocada Zamora, sólo se torna realmente vital en esta Semana que, nos guste o no, debemos cuidar, o al menos respetar, como uno de los bienes más preciados que poseemos. Porque, parafraseando a Eugeni D’ors, “lo que no es tradición, es plagio”. Es posible que la solución al debate de Jesús y Santiago se hubiera resuelto en esta frase, tan sencilla como amplia.



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