viernes, 28 de diciembre de 2007

La Lluvia amarilla

Este artículo sobre el preocupante tema de la despoblación debería haber salido hace tiempo en La Opinión de Zamora. Como no sale lo subo aquí para que no se pierda.
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La Lluvia Amarilla es una espléndida novela de Julio Llamazares que narra, a través de un monólogo, la última noche del último habitante de un pueblo del Pirineo oscense. La lluvia amarilla es una metáfora de la caída de las hojas en otoño, del fluir del tiempo, del origen de la tristeza, de la pérdida de algo que nació, creció y se desarrollo para finalmente, desaparecer en la condena del ostracismo.Pocas veces nos planteamos la importancia que tiene la desaparición de un pueblo, el despoblamiento de una región, la muerte de una lengua… Cuando esto sucede todo se tiñe del amarillo, todo toma la tonalidad de la nostalgia y la melancolía, la de la destrucción y, por ende, la del olvido.La provincia de Zamora puede equiparse con la tonalidad amarilla de Ainielle, el pueblo del pirineo aragonés donde Andrés, el protagonista de la novela, agota sus últimas horas. El problema zamorano no ha alcanzado aún el dramatismo que narra Llamazares en su novela, pero si no queremos que de aquí a un tiempo nos veamos en la obligación de emprender una repoblación, deberíamos empezar a poner las bases de la renovación generacional.En Zamora existe una generación perdida. Una generación a la que pertenezco de lleno y que engloba un sesgo poblacional que oscila entre los 20 y los 40 años.Cuando finalicé el desaparecido C.O.U y comencé mi carrera universitaria, las hojas del otoño comenzaron a desprenderse de los árboles y, por desgracia, aún no he visto llegar la primavera. El zamorano cuando es niño vive en la ciudad que le ha visto nacer. Allí se cría, forma su personalidad y se hace parte del entorno, el cual le marcará para siempre. Después, a la hora de estudiar en la universidad, el zamorano tiene que salir, irse fuera. Salamanca, Madrid, Valladolid… ¡que más da! El caso es que se va, comienza su diáspora. Una vez acabada la carrera, el zamorano, se ha de forjar, de buscarse la vida… y es muy posible que ni siquiera tenga la posibilidad de elegir hacerlo en la ciudad que le vio nacer. Entonces la diáspora es irreversible, el exilio llama a tu puerta y una vez que comienzas a trabajar, ya es muy difícil volver. Después, en la fase media de la vida, a partir de los 40 años, el zamorano vuelve a sentir la nostalgia amarilla, la melancolía de su tierra, la tierra a la que nunca pudo volver y de la que se siente exiliado. Entonces intenta regresar de alguna manera, ya sea ésta un traslado, una excedencia, emprendiendo un negocio… El zamorano sabe que para agotar sus últimos años, no existe un lugar mejor que Zamora.Todo esto que narro conforma un, a día de hoy, preocupante vacío generacional, una mutilación poblacional vergonzosa e injusta, la de la generación perdida zamorana, la nuestra, la de los emigrantes de la diáspora, los de Madrid, los de Valladolid, los de Barcelona…Todos  miramos desde la distancia como Zamora se amarillea, se caduca, se envejece de manera cruel. Pero ¿qué podemos hacer nosotros?La vuelta de la primavera no depende de las hojas de los árboles, ellas, obedientes, siguen las reglas que le marca la naturaleza. Del mismo modo, los zamoranos poco podemos hacer para darle la vuelta a la tortilla y conseguir sustituir y renovar a la generación que más abunda hoy en Zamora, la de los mayores de 50 años. Porque ¿qué pasará si perdemos una generación? Si el presente ya es duro ¿Qué pasará en el futuro? ¿Cómo saldremos adelante con estas carencias de población joven, de niños, de estudiantes?El panorama se presenta negro para el futuro, Zamora se ha convertido en un pozo para muchos jóvenes zamoranos que quieren quedarse y no pueden. Que ven que Zamora ya no da más de sí. Y es misión de quienes nos gobiernan, tanto desde la administración nacional, como la regional y provincial, ponerle puertas al campo para evitar la estampida. Es misión de ellos y de nadie más pensar y buscar soluciones a medio y largo plazo para que, de este modo, haya coches que circulen por la flamante Autovía del Duero, para que haya gente que se acerque hasta el futuro Museo Baltasar Lobo y justifique su magna obra, para que salgan zamoranos de éxito en el mundo de la investigación, la cultura, el deporte… En resumen, para que todo tenga sentido. Si el conformismo y el aburguesamiento siguen impidiendo la denuncia, me temo mucho que las tonalidades ocres que ahora se ciñen sobre nosotros se convertirán en un amarillo agresivo que nunca más se volverá a tornar en verde. Señores gobernantes: hagan algo antes de que empiece a llover.

2 comentarios:

Clifor dijo...

Lloverá. Y luego será demasiado tarde.

No puedo estar más de acuerdo.

Mario dijo...

Yo creo que ya está lloviendo...