jueves, 20 de diciembre de 2007

La chispa

Ella entro en la sala con su habitual aspecto desaliñado, el bolso colgando, el pelo sucio ¡que tía más guarra! Pensaba yo.

La tenía entre ceja y ceja, no la soportaba. Su indolencia, su mirada de superioridad, su metro y medio de distancia de seguridad, la que mantenía al hablar con los currelas, con la plebe.
La empresa no es suya, no. Sabe que todo el mundo la odia, pero le gusta marcar jeraquías, le gusta ser alguien.

Venía acompañada del nuevo empleado. Un carguito, un lameculos, un abrazafarolas de tres al cuarto. Creo que estaba metido en política, en las Juventudes de algún partido. El caso es que ella estaba allí, con su bolso del Rastro, con su carencia de clase, la clase que quería aparentar con los galones, y empezó a presentar al nuevo. Hizo una presentación piramidal, jerárquica. Y al final estaba yo. Un chavalín, recién llegado hace seis meses. Me presentó como “el nuevo” y me dio la espalda al hablar para el grupo. Me quede sólo, aislado.

La odiaba. Yo era consciente de que no está bien sentir repulsión por alguién, es malo para uno mismo, pero la odiaba. Le deseaba lo peor. Se lo merecía.

Fuimos a fumar un cigarro abajo, a la calle. Dicen que hay unos ceniceros pero yo siempre tiro la colilla al suelo. Es como añadir más mierda a la empresa... no sé. El caso es que ella bajo, a fumar.
Allí estabamos todos: Sally la camarera, Gladis la limpiadora, Arnaldo el conserje, Luna la jefecilla de sección, Paloma la secretaría del director, Ruth la administrativo y yo. Todos iguales. Personas. Fumadores.
Uno a uno se fueron subiendo. Hacía frío en la calle. Sólo quedamos los tres. La administrativo, ella y yo. La administrativo y yo charlabamos, nos llevamos bien, nos tratamos como personas y no como objetos de productividad.
Ella estaba sóla, aislada. Intentaba encender el mechero pero no le funcionaba. Tal vez no tenía piedra. Le faltaba chispa. El caso es que ella nos miro. La mire. Nos miramos. Quería fuego pero no se quería rebajar a pedirlo. Por una vez, yo tenía la sartén por el mango. Si quieres fuego lo tendrás que pedir, chata. Aquí en la calle todos somos iguales. Ya no hay jerárquias, sólo necesidades.

Ya no la odio. Incluso he visto su lado humano. No es que lo tenga, no, pero se tuvo que rebajar, tuvo necesidad y me pidió fuego, rompió la distancia de seguridad. Ahora, por un segundo, he ganado yo. Hemos ganado los pobres, los desgraciados, los condenados. La chispa de la vida, la que a ella le falta.

2 comentarios:

Clifor dijo...

De vez en cuando, la vida nos reserva una pequeña victoria.

Mario dijo...

La vida es donde hay que jugar. Un puesto de trabajo, un cargo, un status económico, son solo detalles, aspectos que conforman el total. Pero fumando, en la calle, en la vida cada uno se pone en su lugar.