jueves, 29 de enero de 2015

La hoguera pública, de Robert Coover



El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica, en la cárcel de Sing Sing, tras un vergonzoso proceso judicial en el que se les condenó por supuesto espionaje a favor de la Unión Soviética, algo que jamás pudo probarse. El mundo entero se echó a la calle para protestar por el atropello en que estaba cayendo el estado americano en su desaforada lucha contra la expansión mundial del comunismo; enemigo de su sistema libre y democrático (modo risas irónicas). Pues bien, inspirándose en el juicio de los Rosenberg, y con la paranoia del macartismo como telón de fondo, Robert Coover construye una brillante sátira del proceso elevando a los protagonistas a la categoría de caricaturas de sus perfiles públicos. En ella recrea el caso Rosenberg como si de un cómic de superhéroes se tratase e imagina la ejecución como un auto de fe en una plaza mayor española del siglo XVI. Ciertamente, la inquisición y el macartismo comparten muchos puntos en común. Uno de ellos sería la tendencia al escarnio público como castigo ejemplarizante; el juicio social como infierno terrenal. De este modo, Coover imagina la ejecución del matrimonio judío, los espías atómicos, como los llama el autor, en pleno Times Square, para regocijo de los hombres libres del sistema más democrático del mundo (modo risas contagiosas).

Sin embargo, como el mismísimo General George Washington –que como Encarnación Primordial había dirigido a la nación en su salida de lo que él denominó “una época sombría de ignorancia y superstición”- escribió en una ocasión: “a ningún pueblo se le puede obligar a reconocer y adorar la mano invisible que dirige los asuntos de los hombres más que a los Estados Unidos. ¡Cada paso por el que se han ido caracterizando como nación independiente parece haberse distinguido por algún símbolo de origen providencial!” (p. 18)

La brillantez del texto reside sobre todo en el tono, que viene dado por un estilo sarcástico plagado de diálogos aparentemente absurdos que nos dan sin embargo un perfil acertado de los personajes principales, especialmente de Richard Nixon, por entonces vicepresidente, que actúa como uno de los narradores en La hoguera pública y se retrata a sí mismo como el arribista inútil y cínico que posteriormente llegará a presidente. Nixon aglutina en su perfil todos los males de una sociedad hipócrita y lunática, intoxicada y adulterada por la religión y por el convencimiento de la equidad de su sistema. Conviene recordar en este punto el trabajo del traductor, José Luis Amores, que ha conseguido trasladar al castellano el estilo chispeante y fluido con que Coover fuerza al lector a deslizarse por las más de seiscientas páginas del libro.

La parodia desternillante y mordaz le sirve a Robert Coover para reflexionar sobre el macartismo y, por ende, sobre el sistema americano en sí mismo, al que retrata como una gran mentira cuyos voceros propagandísticos son el TIME y el NYT y que viene representada alegóricamente por el Tío Sam como suerte de diablillo (que por momentos me recordaba al diablo de El maestro y Margarita de Bulgákov) o voz de la conciencia demoníaca que ordena y manda a los gestores del sistema; les indica cómo y cuándo han de tomar decisiones tan controvertidas como seguir adelante con la Caza de Brujas; cualquier cosa en pos de frenar al Fantasma (también como representación alegórica), que extiende su peligrosa influencia por todo el mundo civilizado. Coover resulta ser, a la postre, uno de los pocos autores americanos que se atreve, tan sólo dos décadas después de su desaparición, a criticar los excesos e injusticias del macartismo y hasta a poner en tela de juicio la dictadura del capitalismo/catolicismo que ha dominado el mundo amparándose en dos grandes mentiras, o al menos dos palabras con varias interpretaciones: libertad y democracia. Para ello desarrolla en este excelente libro, traducido por primera vez al español en edición de coleccionista por Pálido Fuego, una excesiva e hiperbólica novela en clave de humor que lleva al lector a comprender aún mejor en qué se basa el sistema estadounidense para perpetuar su éxito.

Una masa, ya se ve, no actúa de manera inteligente. Aquellos que componen una masa no piensan de manera autónoma. No piensan racionalmente. Es muy posible que hagan cosas irracionales, incluido el volverse contra sus líderes. De manera individual, quienes integran una masa son cobardes; sólo colectivamente, incitada por un líder, dará la masa la impresión de actuar con valentía. (p. 252)

La hoguera pública, de Robert Coover. Pálido Fuego, 2014. [Traducido por José Luis Amores]

lunes, 19 de enero de 2015

Reflexiones sobre la "Angustia" de José Ángel Barrueco

No suelo reseñar novedades editoriales de autores españoles. Y mucho menos si éstos son amigos. Busco la objetividad, y en ocasiones es difícil separar el hecho estético de otros que apenas percibimos y que, sin embargo, están ahí, y modifican nuestro juicio. Pero lo que voy a hacer aquí no es hablar de este libro en concreto, sino plasmar sobre este documento de Word que hace un instante aparecía en blanco, las reflexiones y pensamientos a los que me ha conducido la “Angustia” lectora, entendida ésta como experiencia intelectual; como una charla en la que el receptor del mensaje, el lector, lejos de escuchar un discurso lejano que se pierde en el espacio infinito del aburrimiento, participa de la lectura de forma directa; se involucra emocionalmente. Arte dramático, sí, obviamente, conflicto y resolución, pero quizá hayas pasado por alto que Angustia es una crónica, y no una novela, como pudiera parecer.

Hacía tiempo que las lágrimas no se deslizaban por el tobogán de mis mejillas durante el proceso lector. Hacía tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez, si es que en realidad hubo una última vez. También es cierto que nunca, al menos en esta vida, me había visto reflejado como personaje de una narración y, por lo tanto, jamás había experimentado el hecho de vivir, de implicarme emocionalmente, en un plano de ficción; algo que además me ha ayudado a completar el difuminado puzle que componen aquellos días en los que autor de Angustia y yo preparábamos una antología llamada Viscerales, y además publicábamos novelas, escribíamos en el mismo medio de comunicación, viajábamos y, en resumen, vivíamos más rápido, o al menos asumiendo más riesgos, que hoy en día. Barrueco fue mi Cicerone en el mundo literario; el hombre que me inició en los misterios y desgracias de la literatura, quien me enseñó las bambalinas del circo provocando la caída del ideal; un impacto similar al que supuso en su día descubrir que los Reyes Magos eran mis padres. Pero volvamos al libro y a aquellos días del 2009 en los que la desgracia nos miraba de lejos y le hacíamos burla creyéndonos los amos de un destino que a corto plazo, antes de rebelarse realista y hostil, nos trataba con elegante condescendía.

Los momentos tristes aparecen cuando uno alcanza el paroxismo de la mirada sesgada y la seguridad que otorga la ignorancia. Al menos eso parece. Después de estos meses de 2009 plenos de actividad, a A., la madre de mi amigo, le diagnosticaron un cáncer de mama. Resultó fulminante. Angustia nos narra todo aquel proceso; con sus conflictos y tensiones, con sus saltos del pesimismo a la esperanza, con una deriva temporal que va y viene, traspasando espacios y tiempos, estilos y géneros, hasta enfrentarnos con lo cotidiano de manera extraordinaria, con un realismo descarnado del que no recordaba haber sido parte, pues como afirma Harold Bloom en su obra El canon occidental: “La memoria es siempre un arte, incluso cuando actúa involuntariamente”.

Ya al final, tras leer la página de agradecimientos, me di cuenta de que Bloom no yerra un ápice en su aseveración, pues Angustia, con sus datos y su precisión milimétrica, con sus detalles cruentos y sus imágenes directas, me ha ayudado a rememorar un tiempo difícil -aunque no necesariamente más duro que el actual- y ponerlo frente a mí para recordar que la memoria humana edulcora algunos pasajes de nuestras vidas a fin de que podamos soportar nuestra errabunda existencia; una certeza de la que no te puedes escapar mientras lees Angustia, un libro que te atrapa, te hace sufrir y finalmente te libera hasta que, paradojas de la literatura, te abandona con una sensación reconfortante y extraña.

Angustia, de José Ángel Barrueco. Origami, 2014.

viernes, 16 de enero de 2015

El día después, de David Refoyo

De: rford@recoletos.com
Para: jgtcom@diario16.com

Asunto: No se equivoque, por favor.

Hola, colega.

¿Has leído a Chomsky? En uno de esos listados
argumentales que utiliza para mostrarse más aislado
del mundo, viene a decir que el verdadero criterio
editorial de un medio de comunicación es, simple y
llanamente, la publicidad. Y tiene toda la razón. Antes,
en otro tiempo, los directores decidían qué contenidos
aparecían y cuáles no. Era su criterio el que
se imponía. En algunos medios no se toleraba ningún
tipo de injerencia política o económica, pero eso no
corresponde a esta era. No es culpa mía que las cosas
hayan terminado así. Nos debemos a nuestros accionistas
y a nuestros anunciantes, que son los que llevan
el dinero a los primeros. Si no entendemos eso, no
entendemos nada.
La gran estafa proviene de los Consejos de Administración.
Los integrantes del consejo de un grupo
de comunicación son prácticamente los mismos que los
de la competencia, no hay más que fijarse en las fusiones
de las televisiones privadas. Los accionistas
interesados en la prensa deportiva no entienden de colores
y suelen invertir un poco aquí y otro poco allí
para que, gane quien gane, ellos no pierdan. Se trata
de diversificar el riesgo, de dotarlo de seguridad para
evitar que una mala racha pueda tumbar una fortuna.
En este país todo funciona según la teoría de
los vasos comunicantes. Simplificamos al máximo las
opciones, dejando dos posibilidades que en realidad
son la misma, porque funcionan del mismo modo por
mucho que la primera opción critique a la segunda y
viceversa. Esta teoría, que no tengo ni la más remota
idea de dónde la escuché, se comprueba echando un
vistazo a las encuestas, sin importar el tema analizado.
Hay quien elige por convicción y quien elige
por negación u oposición. Ambas son respetables en un
sistema democrático como el nuestro.
En esa libertad del individuo participa también
la propaganda, claro, pero lo que nosotros hacíamos
era publicidad. No nos movían motivaciones ideológicas
ni tampoco éticas, de esto se nos acusa, lo acepto,
pero la realidad se impone a los criterios legales
y deontológicos.
Usted puede intentar ser magnánimo y vender muchas
noticias con nuestras declaraciones, filtraciones
de su investigación y todo eso. Haga lo que quiera. Yo
sólo puedo decir que si el Presidente gastaba decenas
de millones en publicidad en nuestro diario, nosotros
debíamos mantenerlo contento. Puede que sea autocensura
o inteligencia, pero las cosas son como dicen los
accionistas. Y entre los accionistas se encontraría
un listado de personalidades que, bueno, creo que están
por encima de usted y de mí.
Le ruego no condene al mensajero acusándolo de
fomentar el odio y la instigación, la subversión y
esas cosas que tanto gustan a los fiscales y a quienes
actúan como tales. Hágalo, pero sepa que se está equivocando
y que, tarde o temprano, se sabrá la verdad.
Parafraseando a Vázquez Montalbán, tan futbolero como
nosotros, la historia no le absolverá. Pero puede intentarlo,
no le quepa duda.

Richard F.
Periodista deportivo.

Capítulo extraído de: El día después, de David Refoyo. Lupercalia, 2014.

sábado, 10 de enero de 2015

La estrella de Ratner, de Don DeLillo



Don DeLillo pretendía “escribir una novela que no sólo tratara de matemáticas, sino que fuera ella misma matemática”. Yo siempre he sido de letras. Me encantan las ciencias, disfruto leyendo artículos sobre física o astronomía del mismo modo que disfruto leyendo las páginas de economía de los periódicos, con el ansia infantil de conocer de un vistazo el mundo que me rodea. Pero debo reconocer que no me apetecía lo más mínimo meterme con una novela de casi seiscientas páginas, sin apenas trama, y con abundancia de personajes extraños con nombres raros que además debaten constantemente sobre asuntos científicos como las propiedades de los números primos. Sin embargo, DeLillo siempre se las arregla para atraerme hacia sus textos; se trata de un autor capaz de transformar una novela de ciencia en una comedia de lo absurdo. Y, de paso, entretener al lector. Como protagonista tenemos al niño, Billy -un genio de catorce años que ha sido galardonado con el Nobel-, a quien el narrador sigue, como si se tratase de un documental donde el narrador es el cámara, a lo largo de su estancia en un centro de investigación secreto escondido en alguna parte de Asia. Billy y su extraño punto de vista pubescente construyen una historia basada en las relaciones del niño con los particulares miembros de la comunidad científica. 

Como suele ocurrir en las novelas de DeLillo, el trasunto de la obra es siempre grave, trascendente: política, economía, terrorismo, ciencia. En este caso, lo que el autor neoyorkino plantea no es más que la necesidad que tenemos los humanos de no sentirnos solos en el Universo, algo que provoca una suerte de ansia por los estudios científicos sobre el más allá y la vida extraterrestre. Sin embargo, DeLillo utiliza el tema como mera excusa argumental para plantear una serie de interesantes reflexiones científicas, traídas no obstante como superficiales conversaciones de peluquería: 

Nuestros átomos se formaron hace miles de millones años en los densos interiores de las estrellas supergigantes. Unas estrellas millones de veces más luminosas que nuestro Sol. Se disgregaron, se descompusieron y empezaron a enfriarse. Ahora tenemos los átomos de esas estrellas en nuestros huesos y sistemas nerviosos. Somos cenizas estelares, tú y yo. Venimos del principio mismo o de cerca de él. (p.273)

Una señal de radio emitida desde la Estrella de Ratner, un astro remoto, llega a la Tierra sin que nadie sepa interpretarlo. Este código binario actúa como una suerte de McGuffin cinematográfico; no sirve para mucho en términos dramáticos, pero mantiene la atención del espectador a lo largo de la obra; después de todo, poco nos importa lo que puedan decirnos los extraterrestres si ni siquiera hemos sido capaces de asegurar que existen. La especulación y la hipótesis como posibilidades científicas aparecen retratadas en esta novela como algo absurdo provocado únicamente para conservar la fe, pues la fe es lo único que le queda al hombre cuando a la ciencia se le acaban las respuestas.

A pesar de que alcanzado el ecuador de la novela la historia se hace un poco densa debido a la abundancia de material científico que el autor utiliza para construirla, uno no puede parar de leer los párrafos magistrales y las reflexiones brillantes que salpican el texto con agilidad felina. Al final, el poso que queda tras la experiencia lectora es el gozo de una lectura intelectual, de altura, como la de esta obra setentera, primeriza, de uno de los mejores escritores del Planeta, rescatada ahora por Seix Barral para deleite de los lectores españoles. 

Todo esto me deprime y me preocupa, en particular la cuestión de qué sucede durante los primeros segundos después de que cese para siempre  la actividad eléctrica del cerebro. Personalmente creo que hay una especie de volcado de dentro afuera. Es mi teoría. Que la conciencia se despliega en un espacio de n dimensiones. Se vuelca al exterior.  (p. 303)

La estrella de Ratner, de Don DeLillo. Seix Barral, 2014. [Traducida del inglés por Javier Calvo] 

viernes, 2 de enero de 2015

El bigote, de Emmanuel Carrère


Por momentos evoca la premier roman de Carrère (publicada en Francia en 1986) el paroxismo dramático de Los renglones torcidos de Dios. Ese momento en que el lector, desorientado, inducido por el narrador a un estado narcótico donde sólo se puede aguardar la solución al misterio, duda qué personaje dice la verdad, quién es el cuerdo y quién el loco. Como en la popular obra de Torcuato Luca de Tena, la psicosis, usada como material narrativo, termina por transformar la lectura en un viaje lisérgico hacia un final rompedor e incómodo al que se llega tras una deriva que no resuelve ninguna de las cuestiones que parecen plantearse al principio en un marco realista.

Un hombre se afeita el bigote tras lucirlo muchos años. Siente una enorme curiosidad por conocer el impacto que su aspecto producirá en su mujer. Sin embargo, esta no parece reparar en ello y simplemente obvia la supuesta nueva apariencia de su marido. Sucede igual con sus compañeros de trabajo, con sus amigos, con todo aquel que le conoce. La extraña situación induce al protagonista a un estado psicótico en el que termina por darse cuenta de que el loco es él. No obstante, la espiral de inquietud y desazón continúa girando hasta que desemboca en lo inesperado; un truco de un nigromante dolido en su orgullo; un experimento sin gaseosa; una explosión verdadera que nos muestra otra vía narrativa, la que conduce al matadero del realismo; una dimensión bizarra que se antoja una metáfora sobre la dificultad que tenemos los seres humanos para comprender al otro, para ponernos en su piel; para sentir empatía.   

Desasosiego, angustia, la sensación de haber sido engañado, burlado, de ser parte de una broma pesada con cámara oculta; un juego a la postre macabro y sanguinolento, desequilibrado y febril, que no es más que la reinterpretación de una partitura kafkiana en clave contemporánea y con variaciones improvisadas como solos de jazz. Humor negro y terror. Kafka y los vericuetos de la mente. ¿El bigote o los bigotes? ¿Qué es más correcto? ¿Quién es el loco?

El bigote, de Emmanuel Carrère. Anagrama, 2014. Traducción de Esther Benítez).

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Dejad de hacer el indio (Vinalia Trippers: Duelo al sol)


Cuando me pidieron un texto sobre el salvaje Oeste, me vino a la memoria el recuerdo de algunos western que daban por la tele en mis años de mocedad. Por entonces, a mediados de los ochenta, el género estaba aún de moda y eran muchos los juguetes relacionados con el binomio indios-vaqueros. A propósito de esto diré que el hecho de que la palabra indios preceda a la palabra vaqueros me hace pensar que el hábito popular de citar antes a los indios debe de ser una suerte de memoria histórica que pretende hacer justicia después de que los pieles rojas fueran dibujados como villanos de cine durante muchos años. Veamos: en su expansión hacia el Oeste, los yanquis fueron adquiriendo propiedades, construyendo fuertes y asentamientos y, en definitiva, conquistando el vasto territorio que había más allá de las trece colonias. El Oeste se convirtió por lo tanto en uno de los temas más recurrentes en los inicios del cine, y siguió siéndolo durante muchas décadas, sobre todo en los cuarenta y los cincuenta. Las películas de John Ford, por poner un ejemplo bien conocido, retrataban a los indios como seres salvajes y despiadados que encajaban con precisión en el papel de villanos. En contrapartida estaban los buenos; los vaqueros; la caballería, con su célebre Séptimo de Caballería. Pues bien, siendo todavía un niño, caí en la cuenta de que algo no andaba bien en las historias de los westerns. Más tarde concluí que lo que me escamaba era ver siempre a los indios en el papel de malos malísimos, cuando su calma, su sabiduría, su pipa de la paz y su armonía respecto al entorno natural en el que vivían eran elementos que indicaban que ellos no eran los verdugos, más bien las víctimas. Quedaba patente, incluso para una mente infantil como la mía, que los yanquis eran los invasores y que los indios tenían el legítimo derecho de cortar cabelleras a aquellos que quebrantaran su paz haciendo gala de un imperialismo de corte católico que pretendía evangelizar a los nativos del norte (pues a los del sur ya los habían atrapado los españoles en las redes del cristianismo). El cine funcionaba por lo tanto como elemento propagandístico del sistema que el hombre blanco había impuesto en América y que comenzaba ya a expandirse por todo el mundo. El maltrato cinematográfico a los indios era demasiado evidente, demasiado obvio, y anulaba además la función del cine como séptimo arte para convertirlo en mera propaganda. Quizá por eso la industria fue poco a poco suavizando el perfil del indio y acercándose a su punto de vista con forzada empatía. Prueba de ello es que el propio John Ford hizo una peli “de indios” antes de abandonar definitivamente el género; “El gran combate”, donde por primera vez se mostraba la dignidad de los pieles rojas, su respeto a los ancianos, sus ritos mortuorios, y sus diálogos, algo desconocido para el espectador, a quien Hollywood había acostumbrado a pensar que los indios americanos, además de malos, eran mudos.

Dejad de hacer el indio es mi texto para el nº13 de la revista para adultos Vinalia Trippers, que acaba de cumplir 18 años resistiendo a la industria y al sistema.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Estambul, crónica lírica de un viaje


Cuando el viajero recién llegado a Estambul comienza a pasear por sus calles, tiene la impresión de que no transita por un entorno europeo, sino por un lugar remoto y lejano que identificará rápidamente con el mundo antiguo, pues en Estambul la vida se conjuga en pasado, mientras que en Europa sólo hay presente y futuro; modernidad fingida. La sensación de atemporalidad es algo que se transmite por los sentidos; los olores del bazar de las especias, los sabores de la carne de kebap, los escalofríos del baño turco, los sonidos durante la llamada a la oración. Elementos de un mundo ancestral que se ha conservado casi inédito gracias a la tradición del imperio Otomano y de la actual Turquía, que, aunque secular, sigue siendo muy religiosa.  


Asunto aparte son los gatos; Estambul es una ciudad atestada de gatos. Debe de haber más gatos que personas. Son éstas, sus habitantes, quienes cuidan de ellos; los alimentan, les dan cobijo en sus tiendas, bares y bazares, les construyen casetas, les permiten tumbarse a dormir en los escaparates, sobre la ropa nueva que espera su turno para ser comprada. Entienden los turcos que el gato es un animal mágico que convive con el hombre para protegerlo y aislarlo de las malas energías. Una simbiosis hombre-animal que solemos olvidar en Occidente, afanados en aprovechar el tiempo y condenados por la prisa de una era que se nos escapa de las manos sin haber disfrutado de ella.


No es Estambul sin embargo una de esas ciudades de postal que HAY que visitar, nada que ver con Brujas, Praga o Tallin; se trata de una suerte de cápsula del tiempo que se deja descubrir como si fuera una doncella que se entrega por primera vez al acto amoroso. De este modo, uno percibe la espiritualidad intrínseca de la urbe; energía remota que espera ser liberada y proyectada hacia ese horizonte mágico de casas pobres y minaretes, de cúpulas orientales y torres defensivas manchadas por tonalidades encarnadas que gotean cielo abajo al atardecer, cuando los altavoces de los alminares vociferan que Alá es grande y el viajero, desorientado, golpeado por los contrastes, se cuela en la Mezquita Azul por la puerta de los que van a rezar en vez de acceder, como le corresponde, por la de los turistas. Integración sin integrismos. Media luna roja en una noche de tradición oral y cebada. Mezcla extraordinaria.