domingo, 22 de febrero de 2015

Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán, crónicas sorianas

Bien parece la pequeña capital soriana, cuando uno la descubre mientras camina por su centro peatonal, una aldea con funciones de administración y ordenación del caos y la nada; el vacío y la despoblación. Pero abajo aparece el Duero, que se lanza agresivo desde los Picos de Urbión y transforma todo gracias al poder purificador del agua, raíz de la existencia y foco de inspiración para artistas plásticos y poetas. Pasear a la vera del río, desde San Polo a San Saturio, por una senda flanqueada por chopos desnudos y blancos que tiritan de frío, se convierte para el viajero observador en una suerte de experiencia mística en la que la inspiración se instala en las tripas y bulle dentro pidiendo ser liberada no por medio de vómitos, sino de rimas y metáforas.  Y de este modo alcanza uno la ermita construida en la roca en memoria del anacoreta, que ciertamente encontró aquí el lugar perfecto para meditar.


Tal vez sea el pintoresco claustro de San Juan de Duero, entre románico y mozárabe, la estampa más conocida de la capital soriana. Al entrar en el recinto destechado tras pagar un euro que suponemos ayudará a conservarlo, la arquería sorprende por su paradójico equilibrio; una armonía encontrada en la mezcla osada de tres órdenes arquitectónicos distintos. A su lado la iglesia románica, modesta, de una sola nave, y sin embargo con dos baldaquinos con cupulillas orientales cuyos capitales labrados en medio relieve destilan una perfección técnica que los hace merecedores de los más grandes halagos de la historia de la escultura románica. Se debe, tan bizarra mezcla entre lo oriental y lo occidental, a que fue la orden militar de los Caballeros Hospitalarios, que había luchado en Tierra Santa, quien fundó el complejo monacal que hoy se puede visitar sin apenas turistas en los fríos días de invierno soriano.



Una de las peculiaridades de Soria es su brigada o resguardo contra el viento. Son más de mil los metros de altitud a los que se encuentra la ciudad, sin embargo, sus cerros protegen al municipio del Cierzo y anulan la sensación de frío que uno puede percibir en su verdadero estado cuando abandona el tramo peatonal y cruza el paseo del Espolón junto al parque de la Alameda de Cervantes, donde los edificios escasean y la climatología cambia. Más curiosidades: las ovejas. Nada más alejarse unos metros del casco urbano, los rebaños de ovejas tomas las laderas de las cerros para pastar a sus anchas; como lo harían en cualquier cañada que conduce a una aldea de montaña. Sin embargo, Soria no es una aldea montañesa, sino una capital de provincia castellana. Aunque esto último es algo que aún dudo; ¿es Soria realmente castellana? Su Plaza Mayor, con la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, donde contrajeran matrimonio Antonio Machado y la joven Leonor Izquierdo, nos indica que sí. No obstante, el acento de la gente, el verde oscuro de sus pastos del extraradio y algunos edificios civiles empujan a la ciudad hacia influencias aragonesas o quizá vascas; reminiscencias de un cruce de caminos donde ya pocos paran a descansar.



A Soria llegó Machado para ejercer como profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre, y la ciudad le inspiró para crear algunos de esos poemas que hoy se estudian en los programas académicos de los centros educativos, como el dedicado al olmo seco; árbol muerto que hoy descansa aislado y, da la impresión, condenado al ostracismo, junto a la puerta del cementerio donde está enterrada Leonor, a quien dibujo en mi mente con uno de esos trajes ornamentados, tan castos, que vestían las mujeres de la época y que me lleva a rememorar la gracilidad que le otorgó Clarín al personaje de Ana Ozores, La Regenta. Y es que la Soria actual podría servir de escenario para la novela de Leopoldo Alas, con su Casino y su Paseo del Espolón, con sus viejas librerías y sus boutiques de moda, con sus chiquillos atrevidos y sus timoratos ancianos; escenas que nos retrotraen a un pasado remoto en que los matrimonios venían concertados y las señoras de bien eran beatas. Un tiempo que, en esencia, no sólo se ha detenido en Soria, sino que sigue dominando los designios de España. 


jueves, 19 de febrero de 2015

Atila, de Javier Serena (tres fragmentos)

A partir de aquel momento, espoleado por sus sesudas teorías, se inició una estrecha relación por correspondencia de más de un envío por semana, por lo que muy pronto comprobé que Aliocha Coll era un lector particular, con un hondo conocimiento de los clásicos y un desinterés completo por los escritores de su tiempo. No hubo sólo confesiones de carácter literario. A la vez, sin que mediaran preguntas previas por mi parte, sin que existiera un detonante claro, Aliocha empezó a tratar otros asuntos personales, como los problemas con su esposa o su dependencia de la fortuna familiar, en bruscas revelaciones de intimidad que resultaban un tanto embarazosas entre dos personas que no se habían visto nunca. (p. 46)

Dos semanas después de su fuga silenciosa de Castelldefels, Aliocha sufrió la primera consecuencia desastrosa: Bartomeu, harto del empecinamiento de su hijo, aburrido de su error, decidió no volver a realizar su habitual aportación mensual, y evitar de aquella forma que además de proseguir con su ficción de escritor incomprendido en las lontananzas de París lo hiciera a costa de sus fondos. Sin embargo, tomó la determinación sin advertir ni consultar a nadie, ni siquiera a Aliocha, por lo que el primer lunes de marzo este lo llamó persuadido de que había habido un retraso en el ingreso.
Fue entonces cuando el padre le comunicó que hasta que no emprendiera el viaje de regreso no iba a volver a sufragar sus gastos de manutención: 
-Puedes quedarte hundido entre tus libros, dando paseos junto al Sena -supe por su primo Carlos que le dijo Bertomeu Coll-. Pero si quieres escribir tendrás que trabajar, o aprender a cazar palomas con las que alimentarte. 
 (p.89)

Este singular espíritu que había caracterizado siempre a Aliocha, indómito y anárquico, alérgico a los tópicos y al pensamiento timorato, se evidenciaba sobre todo en sus charlas de madrugada, cuando después de caer la noche y encenderse las farolas que rodeaban el hotel permanecía en los sofás de la planta baja junto a los otros huéspedes. En aquellas conversaciones, algunas veces, dominado por una idea deslumbrante, ganado por un éxtasis revelador, se expresaba con una vehemencia poco frecuente, quizá hasta con violencia, provisto de una convicción en los argumentos que esgrimía que anulaba cualquier posible discrepancia. Otras veces, en cambio, si el asunto sobre el que se discutía no le interesaba, o si se aburría de los fríos tecnicismos con que exploraban alguna obra literaria, o bien se quedaba callado durante horas, o bien se levantaba de repente de su asiento y salía de la estancia, sin ni siquiera disculparse por su ausencia. (p.138)


Atila, de Javier Serena. Tropo Editories, 2014.

martes, 3 de febrero de 2015

Vestido de novia, de Pierre Lemaitre


No soy un lector de género. A veces picoteo un poco de ciencia ficción o de novela policiaca, si resulta que, por circunstancias, cae alguna novelita como esta en mi mesilla de noche, ya sea por recomendación o por interés propio. Vestido de novia fue un regalo. Al principio pensé que pospondría su lectura por tiempo indeterminado. Pero un día de invierno, uno de esos domingos de chocolate con churros, manta y sofá, me dio por abrirla. Y ya no pude parar de leer hasta bien entrada la noche. 

Hablar de Vestido de novia resulta un problema; cualquier cosa que comente sobre su argumento podría arruinar la lectura, así que te advierto, lector, de que esta nota podría contener spoilers que no obstante intentaré evitar desde este mismo punto. 

Bien, por un lado tenemos la historia de Sophie, la protagonista. El nombre no es muy original. La forma de componer el thriller tampoco. Pero funciona porque tiene ritmo e intensidad. Y un estilo contundente y chispeante. Las primeras cien páginas están llenas de acción y descripción; puro suceso, carencia de reflexiones, digresiones o apuntes que apuntalen el perfil del personaje. Sophie es una niñera que cuida del hijo único de un matrimonio adinerado. De repente, sin saber cómo, el niño aparece muerto. A partir de aquí, los cadáveres comenzarán a acumularse alrededor de Sophie sin que ella recuerde nada. Sophie no alcanza a comprender qué le sucede, por qué olvida situaciones y pierde objetos, por qué se encuentra tan cansada. En cualquier caso, demostrará ser una gran superviviente. 

Es fácil jugar con el lector cuando le suministras unas pocas dosis de información y te guardas las otras para manipularlo. El suspense es un viejo recurso del arte narrativo. Muy efectivo cuando está bien ejecutado, como sucede en este caso. Sin embargo, no dejan de sorprenderme las licencias que se toman algunos narradores de noir para insertar situaciones inverosímiles en marcos realistas y pretender que al lector le resulte creíble. Esto viene a tenor de la segunda parte del libro, donde se plantea un punto de vista voyeur que nos enfrenta a Sophie y su realidad y que nos aporta respuestas a muchas de las preguntas que habían quedado abiertas en el inicio. En esta parte, se nos presenta una presencia todopoderosa y creadora; un personaje pleno de recursos y dotado de una inteligencia casi extraterrestre. Él será quien nos cuente, en forma de diario, quién es Sophie y por qué le suceden cosas tan extrañas. Llegados a este punto, la tensión dramática va in crescendo y el lector busca a toda prisa el clímax. 

Y de este modo llega una tercera parte (compuesto por la tercera y cuarta, de igual estructura) donde se funden los dos puntos de vista anteriores a través de un narrador omnisciente. El desenlace es una suerte de juego de tetris donde el autor va encajando todas las piezas que aún quedan sueltas. Pero, a decir verdad, esta parte es mucho más que eso: es un ejercicio de manipulación psicológica que nos recuerda un libro recientemente comentado aquí, El bigote, de otro francés, Emmanuel Carrére. Y con ese truco llegamos a un final que da un giro brusco, aunque no necesariamente sorprendente.

Ciertamente, Lemaitre demuestra ser un escritor con domino de la técnica y, por lo tanto, es capaz de darle al género ese toque estilístico que, más allá de la estética, aporta una sensación; la sensación de que uno no ha estado perdiendo el tiempo con una de esas novelitas que se ridiculizan en esta misma obra cuando Sophie, en momentos de cierta estabilidad, pasa gran parte de su tiempo libre leyendo “novelas”. Un guiño a Madame Bovary, y quizá también a El Quijote, y a la figura de la mujer como Penélope que ahoga su tiempo en el ocio puro mientras espera el regreso de su marido o de su amante. Sin embargo, aquí tenemos una obra que, aun pensada para ser devorada ociosamente, pues contiene todos los elementos del género, es capaz de aportar el poso literario que se espera de un Premio Goncourt. 

Vestido de novia, de Pierre  Lemaitre. Alfaguara, 2014. [Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.]

jueves, 29 de enero de 2015

La hoguera pública, de Robert Coover



El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica, en la cárcel de Sing Sing, tras un vergonzoso proceso judicial en el que se les condenó por supuesto espionaje a favor de la Unión Soviética, algo que jamás pudo probarse. El mundo entero se echó a la calle para protestar por el atropello en que estaba cayendo el estado americano en su desaforada lucha contra la expansión mundial del comunismo; enemigo de su sistema libre y democrático (modo risas irónicas). Pues bien, inspirándose en el juicio de los Rosenberg, y con la paranoia del macartismo como telón de fondo, Robert Coover construye una brillante sátira del proceso elevando a los protagonistas a la categoría de caricaturas de sus perfiles públicos. En ella recrea el caso Rosenberg como si de un cómic de superhéroes se tratase e imagina la ejecución como un auto de fe en una plaza mayor española del siglo XVI. Ciertamente, la inquisición y el macartismo comparten muchos puntos en común. Uno de ellos sería la tendencia al escarnio público como castigo ejemplarizante; el juicio social como infierno terrenal. De este modo, Coover imagina la ejecución del matrimonio judío, los espías atómicos, como los llama el autor, en pleno Times Square, para regocijo de los hombres libres del sistema más democrático del mundo (modo risas contagiosas).

Sin embargo, como el mismísimo General George Washington –que como Encarnación Primordial había dirigido a la nación en su salida de lo que él denominó “una época sombría de ignorancia y superstición”- escribió en una ocasión: “a ningún pueblo se le puede obligar a reconocer y adorar la mano invisible que dirige los asuntos de los hombres más que a los Estados Unidos. ¡Cada paso por el que se han ido caracterizando como nación independiente parece haberse distinguido por algún símbolo de origen providencial!” (p. 18)

La brillantez del texto reside sobre todo en el tono, que viene dado por un estilo sarcástico plagado de diálogos aparentemente absurdos que nos dan sin embargo un perfil acertado de los personajes principales, especialmente de Richard Nixon, por entonces vicepresidente, que actúa como uno de los narradores en La hoguera pública y se retrata a sí mismo como el arribista inútil y cínico que posteriormente llegará a presidente. Nixon aglutina en su perfil todos los males de una sociedad hipócrita y lunática, intoxicada y adulterada por la religión y por el convencimiento de la equidad de su sistema. Conviene recordar en este punto el trabajo del traductor, José Luis Amores, que ha conseguido trasladar al castellano el estilo chispeante y fluido con que Coover fuerza al lector a deslizarse por las más de seiscientas páginas del libro.

La parodia desternillante y mordaz le sirve a Robert Coover para reflexionar sobre el macartismo y, por ende, sobre el sistema americano en sí mismo, al que retrata como una gran mentira cuyos voceros propagandísticos son el TIME y el NYT y que viene representada alegóricamente por el Tío Sam como suerte de diablillo (que por momentos me recordaba al diablo de El maestro y Margarita de Bulgákov) o voz de la conciencia demoníaca que ordena y manda a los gestores del sistema; les indica cómo y cuándo han de tomar decisiones tan controvertidas como seguir adelante con la Caza de Brujas; cualquier cosa en pos de frenar al Fantasma (también como representación alegórica), que extiende su peligrosa influencia por todo el mundo civilizado. Coover resulta ser, a la postre, uno de los pocos autores americanos que se atreve, tan sólo dos décadas después de su desaparición, a criticar los excesos e injusticias del macartismo y hasta a poner en tela de juicio la dictadura del capitalismo/catolicismo que ha dominado el mundo amparándose en dos grandes mentiras, o al menos dos palabras con varias interpretaciones: libertad y democracia. Para ello desarrolla en este excelente libro, traducido por primera vez al español en edición de coleccionista por Pálido Fuego, una excesiva e hiperbólica novela en clave de humor que lleva al lector a comprender aún mejor en qué se basa el sistema estadounidense para perpetuar su éxito.

Una masa, ya se ve, no actúa de manera inteligente. Aquellos que componen una masa no piensan de manera autónoma. No piensan racionalmente. Es muy posible que hagan cosas irracionales, incluido el volverse contra sus líderes. De manera individual, quienes integran una masa son cobardes; sólo colectivamente, incitada por un líder, dará la masa la impresión de actuar con valentía. (p. 252)

La hoguera pública, de Robert Coover. Pálido Fuego, 2014. [Traducido por José Luis Amores]

lunes, 19 de enero de 2015

Reflexiones sobre la "Angustia" de José Ángel Barrueco

No suelo reseñar novedades editoriales de autores españoles. Y mucho menos si éstos son amigos. Busco la objetividad, y en ocasiones es difícil separar el hecho estético de otros que apenas percibimos y que, sin embargo, están ahí, y modifican nuestro juicio. Pero lo que voy a hacer aquí no es hablar de este libro en concreto, sino plasmar sobre este documento de Word que hace un instante aparecía en blanco, las reflexiones y pensamientos a los que me ha conducido la “Angustia” lectora, entendida ésta como experiencia intelectual; como una charla en la que el receptor del mensaje, el lector, lejos de escuchar un discurso lejano que se pierde en el espacio infinito del aburrimiento, participa de la lectura de forma directa; se involucra emocionalmente. Arte dramático, sí, obviamente, conflicto y resolución, pero quizá hayas pasado por alto que Angustia es una crónica, y no una novela, como pudiera parecer.

Hacía tiempo que las lágrimas no se deslizaban por el tobogán de mis mejillas durante el proceso lector. Hacía tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez, si es que en realidad hubo una última vez. También es cierto que nunca, al menos en esta vida, me había visto reflejado como personaje de una narración y, por lo tanto, jamás había experimentado el hecho de vivir, de implicarme emocionalmente, en un plano de ficción; algo que además me ha ayudado a completar el difuminado puzle que componen aquellos días en los que autor de Angustia y yo preparábamos una antología llamada Viscerales, y además publicábamos novelas, escribíamos en el mismo medio de comunicación, viajábamos y, en resumen, vivíamos más rápido, o al menos asumiendo más riesgos, que hoy en día. Barrueco fue mi Cicerone en el mundo literario; el hombre que me inició en los misterios y desgracias de la literatura, quien me enseñó las bambalinas del circo provocando la caída del ideal; un impacto similar al que supuso en su día descubrir que los Reyes Magos eran mis padres. Pero volvamos al libro y a aquellos días del 2009 en los que la desgracia nos miraba de lejos y le hacíamos burla creyéndonos los amos de un destino que a corto plazo, antes de rebelarse realista y hostil, nos trataba con elegante condescendía.

Los momentos tristes aparecen cuando uno alcanza el paroxismo de la mirada sesgada y la seguridad que otorga la ignorancia. Al menos eso parece. Después de estos meses de 2009 plenos de actividad, a A., la madre de mi amigo, le diagnosticaron un cáncer de mama. Resultó fulminante. Angustia nos narra todo aquel proceso; con sus conflictos y tensiones, con sus saltos del pesimismo a la esperanza, con una deriva temporal que va y viene, traspasando espacios y tiempos, estilos y géneros, hasta enfrentarnos con lo cotidiano de manera extraordinaria, con un realismo descarnado del que no recordaba haber sido parte, pues como afirma Harold Bloom en su obra El canon occidental: “La memoria es siempre un arte, incluso cuando actúa involuntariamente”.

Ya al final, tras leer la página de agradecimientos, me di cuenta de que Bloom no yerra un ápice en su aseveración, pues Angustia, con sus datos y su precisión milimétrica, con sus detalles cruentos y sus imágenes directas, me ha ayudado a rememorar un tiempo difícil -aunque no necesariamente más duro que el actual- y ponerlo frente a mí para recordar que la memoria humana edulcora algunos pasajes de nuestras vidas a fin de que podamos soportar nuestra errabunda existencia; una certeza de la que no te puedes escapar mientras lees Angustia, un libro que te atrapa, te hace sufrir y finalmente te libera hasta que, paradojas de la literatura, te abandona con una sensación reconfortante y extraña.

Angustia, de José Ángel Barrueco. Origami, 2014.

viernes, 16 de enero de 2015

El día después, de David Refoyo

De: rford@recoletos.com
Para: jgtcom@diario16.com

Asunto: No se equivoque, por favor.

Hola, colega.

¿Has leído a Chomsky? En uno de esos listados
argumentales que utiliza para mostrarse más aislado
del mundo, viene a decir que el verdadero criterio
editorial de un medio de comunicación es, simple y
llanamente, la publicidad. Y tiene toda la razón. Antes,
en otro tiempo, los directores decidían qué contenidos
aparecían y cuáles no. Era su criterio el que
se imponía. En algunos medios no se toleraba ningún
tipo de injerencia política o económica, pero eso no
corresponde a esta era. No es culpa mía que las cosas
hayan terminado así. Nos debemos a nuestros accionistas
y a nuestros anunciantes, que son los que llevan
el dinero a los primeros. Si no entendemos eso, no
entendemos nada.
La gran estafa proviene de los Consejos de Administración.
Los integrantes del consejo de un grupo
de comunicación son prácticamente los mismos que los
de la competencia, no hay más que fijarse en las fusiones
de las televisiones privadas. Los accionistas
interesados en la prensa deportiva no entienden de colores
y suelen invertir un poco aquí y otro poco allí
para que, gane quien gane, ellos no pierdan. Se trata
de diversificar el riesgo, de dotarlo de seguridad para
evitar que una mala racha pueda tumbar una fortuna.
En este país todo funciona según la teoría de
los vasos comunicantes. Simplificamos al máximo las
opciones, dejando dos posibilidades que en realidad
son la misma, porque funcionan del mismo modo por
mucho que la primera opción critique a la segunda y
viceversa. Esta teoría, que no tengo ni la más remota
idea de dónde la escuché, se comprueba echando un
vistazo a las encuestas, sin importar el tema analizado.
Hay quien elige por convicción y quien elige
por negación u oposición. Ambas son respetables en un
sistema democrático como el nuestro.
En esa libertad del individuo participa también
la propaganda, claro, pero lo que nosotros hacíamos
era publicidad. No nos movían motivaciones ideológicas
ni tampoco éticas, de esto se nos acusa, lo acepto,
pero la realidad se impone a los criterios legales
y deontológicos.
Usted puede intentar ser magnánimo y vender muchas
noticias con nuestras declaraciones, filtraciones
de su investigación y todo eso. Haga lo que quiera. Yo
sólo puedo decir que si el Presidente gastaba decenas
de millones en publicidad en nuestro diario, nosotros
debíamos mantenerlo contento. Puede que sea autocensura
o inteligencia, pero las cosas son como dicen los
accionistas. Y entre los accionistas se encontraría
un listado de personalidades que, bueno, creo que están
por encima de usted y de mí.
Le ruego no condene al mensajero acusándolo de
fomentar el odio y la instigación, la subversión y
esas cosas que tanto gustan a los fiscales y a quienes
actúan como tales. Hágalo, pero sepa que se está equivocando
y que, tarde o temprano, se sabrá la verdad.
Parafraseando a Vázquez Montalbán, tan futbolero como
nosotros, la historia no le absolverá. Pero puede intentarlo,
no le quepa duda.

Richard F.
Periodista deportivo.

Capítulo extraído de: El día después, de David Refoyo. Lupercalia, 2014.

sábado, 10 de enero de 2015

La estrella de Ratner, de Don DeLillo



Don DeLillo pretendía “escribir una novela que no sólo tratara de matemáticas, sino que fuera ella misma matemática”. Yo siempre he sido de letras. Me encantan las ciencias, disfruto leyendo artículos sobre física o astronomía del mismo modo que disfruto leyendo las páginas de economía de los periódicos, con el ansia infantil de conocer de un vistazo el mundo que me rodea. Pero debo reconocer que no me apetecía lo más mínimo meterme con una novela de casi seiscientas páginas, sin apenas trama, y con abundancia de personajes extraños con nombres raros que además debaten constantemente sobre asuntos científicos como las propiedades de los números primos. Sin embargo, DeLillo siempre se las arregla para atraerme hacia sus textos; se trata de un autor capaz de transformar una novela de ciencia en una comedia de lo absurdo. Y, de paso, entretener al lector. Como protagonista tenemos al niño, Billy -un genio de catorce años que ha sido galardonado con el Nobel-, a quien el narrador sigue, como si se tratase de un documental donde el narrador es el cámara, a lo largo de su estancia en un centro de investigación secreto escondido en alguna parte de Asia. Billy y su extraño punto de vista pubescente construyen una historia basada en las relaciones del niño con los particulares miembros de la comunidad científica. 

Como suele ocurrir en las novelas de DeLillo, el trasunto de la obra es siempre grave, trascendente: política, economía, terrorismo, ciencia. En este caso, lo que el autor neoyorkino plantea no es más que la necesidad que tenemos los humanos de no sentirnos solos en el Universo, algo que provoca una suerte de ansia por los estudios científicos sobre el más allá y la vida extraterrestre. Sin embargo, DeLillo utiliza el tema como mera excusa argumental para plantear una serie de interesantes reflexiones científicas, traídas no obstante como superficiales conversaciones de peluquería: 

Nuestros átomos se formaron hace miles de millones años en los densos interiores de las estrellas supergigantes. Unas estrellas millones de veces más luminosas que nuestro Sol. Se disgregaron, se descompusieron y empezaron a enfriarse. Ahora tenemos los átomos de esas estrellas en nuestros huesos y sistemas nerviosos. Somos cenizas estelares, tú y yo. Venimos del principio mismo o de cerca de él. (p.273)

Una señal de radio emitida desde la Estrella de Ratner, un astro remoto, llega a la Tierra sin que nadie sepa interpretarlo. Este código binario actúa como una suerte de McGuffin cinematográfico; no sirve para mucho en términos dramáticos, pero mantiene la atención del espectador a lo largo de la obra; después de todo, poco nos importa lo que puedan decirnos los extraterrestres si ni siquiera hemos sido capaces de asegurar que existen. La especulación y la hipótesis como posibilidades científicas aparecen retratadas en esta novela como algo absurdo provocado únicamente para conservar la fe, pues la fe es lo único que le queda al hombre cuando a la ciencia se le acaban las respuestas.

A pesar de que alcanzado el ecuador de la novela la historia se hace un poco densa debido a la abundancia de material científico que el autor utiliza para construirla, uno no puede parar de leer los párrafos magistrales y las reflexiones brillantes que salpican el texto con agilidad felina. Al final, el poso que queda tras la experiencia lectora es el gozo de una lectura intelectual, de altura, como la de esta obra setentera, primeriza, de uno de los mejores escritores del Planeta, rescatada ahora por Seix Barral para deleite de los lectores españoles. 

Todo esto me deprime y me preocupa, en particular la cuestión de qué sucede durante los primeros segundos después de que cese para siempre  la actividad eléctrica del cerebro. Personalmente creo que hay una especie de volcado de dentro afuera. Es mi teoría. Que la conciencia se despliega en un espacio de n dimensiones. Se vuelca al exterior.  (p. 303)

La estrella de Ratner, de Don DeLillo. Seix Barral, 2014. [Traducida del inglés por Javier Calvo]