lunes, 13 de octubre de 2014

Algo que declarar, un poema de David González en 'El lenguaje de los puños (vols. 2, 3 y 4)'

   
       
Levante los brazos.


        Entonces registró mis bolsillos.



        Encontró cigarrillos, lápices,

        un librito, una china, un mechero,

        un Pen Drive de 512 MB

y tres monedas de dos euros.



Me miró fríamente a los ojos

y me preguntó si tenía algo más.

Algo más que quisiera declarar.

Le dije que creía que un pañuelo.



¿Tiene algo en los zapatos?



Mis pies. 



El lenguaje de los puños: antología crítica de la poesía de David González (volúmenes 2, 3 y 4). Origami 2014. 548 p.

jueves, 9 de octubre de 2014

Tiros Libres: relatos de baloncesto

Un día te llaman o te envían un mensaje que dice algo así como: “Estimado amigo: nos gustaría contar con tu pluma en la antología que estamos preparando sobre…”. Es más o menos de este modo como funciona. Luego miras el plazo, valoras  si eres capaz de escribir un texto digno en el tiempo indicado y emites una respuesta. Meses más tarde, la antología se publica en papel y en algún momento te llega un ejemplar, tu ejemplar, el que te has ganado con tu trabajo, al buzón y entonces recuerdas el día que te invitaron y la idea genial que tuviste para el relato y que, sin embargo, no fuiste capaz de ejecutar con la consistencia necesaria. Después abres el libro por el índice y buscas tu texto y, aunque ya habías repasado el pdf en la fase de pruebas, te arrepientes de haber puesto esa frase ahí, esa palabra allá, y te consuelas diciéndote algo parecido a: “es que ha pasado mucho tiempo desde que lo escribí” y terminas por sentirte mal, algo frustrado, quizá arrepentido; momento en el que continúas hojeando el libro hasta que te topas con algún texto brillante firmado por un compañero y te sientes orgulloso y agradecido de haber sido incluido en el grupo. Por todo ello, me encantan las antologías, y también porque quiebran por completo la rutina solitaria del escritor y te permiten formar parte de una especie de equipo del que terminas absorbiendo enseñanzas positivas.

Suelto todo este rollaco introductorio para adornar un poco el leit motiv de esta entrada, que no es más que el anuncio del lanzamiento de otra antología en la que participo, quizá una de las que más me ha entusiasmado, por distinta, y sin duda una de las de mayor nivel literario, pues es realmente alto, como no podía ser de otra manera en una antología de relatos de baloncesto. Pero prefiero que la presenten los jefes del equipo, los entrenadores, Patxi Irurzun, David Refoyo y Daniel Ruiz García:

Baloncesto y ficción no han conjugado con mucha frecuencia en la narrativa en castellano, a pesar del auge y del éxito de nuestros baloncestistas y de las posibilidades estéticas del deporte de la canasta. En esta antología de relatos, Tiros libres, coordinada por los escritores Daniel Ruiz García, David Refoyo y Patxi Irurzun, dieciocho autores se resarcen y presentan una colección de cuentos en los que el basket se convierte en la excusa perfecta para hablar del éxito y el fracaso, de emociones y recuerdos, de la vida misma y su azar, como un balón girando en el aro. Cada uno con su propio estilo, y unidos por su afición al basket, un dream team de escritores, a los que se suma una auténtica leyenda viva del baloncesto como Juan Antonio Corbalán, recuerdan momentos de su vida ligados a este deporte, escriben sobre la NBA y sobre basket de barrio, sobre la muerte de Fernando Martín o la de Andrés Montes, sobre Spud Webb y Gomelski, sobre el baloncesto yugoslavo y el lituano, sobre mascotas de equipos y viejas glorias olvidadas… Un auténtico equipazo que ha conseguido desprenderse de complejos y reivindicar el baloncesto como un elemento más de la cultura popular.

Autores:


Patxi Irurzun, David Refoyo, Daniel Ruiz García, Eloy Fernández Porta, Jacobo Rivero, Javier López Menacho, Mario Crespo, Sergi de Diego Mas, Josu Arteaga, Sergi Puertas, Javier Avilés, Ana Pérez Cañamares, David Benedicte, Javier García Rodríguez, Mercedes Díaz Villarías, Miguel Serrano Larraz, Francisco Gallardo y Juan Antonio Corbalán

jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre "Adiós a las armas" y la figura de Hemingway





La lectura de este libro me ha servido para confirmar algunas de las sospechas que me habían asaltado tras leer Fiesta y Al romper el alba. En otras palabras: Hemingway me parece un autor sobredimensionado. Un producto bien vendido como referente de la literatura americana. Un Nobel justo después de un Pulitzer. Intento encontrar el porqué de su magnitud literaria y concluyo que, indefectiblemente, su vida privada ha contribuido al desarrollo del mito. Bien es cierto que las obras mencionadas entretienen con sus pasajes de acción y sus brillantes descripciones, pero ni generan imágenes directas, ni poseen intensidad dramática, ni desarrollan personajes sólidos. Cabe recordar no obstante que Hemingway, al menos al final de su carrera, sabía escribir de maravilla, como demostrara en su última novela, El viejo y el mar, a la que no me importa tildar de obra maestra, pero, las cosas claras; tras leer Adiós a las armas, para algunos su mejor obra, no he podido menos de escribir unas líneas analizando algunos aspectos:

-Descripciones: como digo, en ocasiones son ciertamente brillantes, quizá lo mejor de su prosa, pero abruman por exceso. Hay párrafos llenos de descripciones que, aun situando bien la escena, no generan imágenes. En algunos casos, sin embargo, parecen redactadas por un colegial o por un alumno de un taller literario. Un ejemplo:

El día había sido caluroso. Remonté el río hasta la cabeza del puente de Plava. Aquél era el lugar señalado para empezar la ofensiva. El año pasado no se había podido avanzar sobre el otro lado, pues sólo existía un camino para bajar desde la garganta hasta el desembarcadero, y, en la extensión de casi una milla, estaba expuesto al fuego de las ametralladoras y la artillería.

-Diálogos: En la primera parte, donde abundan, especialmente entre el protagonista y su amante, se antojan muchos de ellos prescindibles. A veces nos topamos con los típicos diálogos que escribiría alguien que está empezando a escribir narrativa, es decir, transcribiendo una situación real, que no realista, y plasmándola en el papel. Resulta intrascendente reproducir los saludos entre guiones, algo así como:

-Buenas noches –dijo el capellán.
-Buenas noches –me contestó.

***

-Hasta la vista –le dije
-A rivederci, tenente.
-A rivederla.

-Personajes: el personaje de Catherine Barkley es totalmente plano. Tan solo reacciona ante el protagonista masculino; existe por y él y para él. Por otro lado, aparece como un ser divino y caprichoso que otorga a la relación un aire misógino que anula por completo la fuerza dramática del romance (una de las grandes líneas de la obra). El personaje protagonista, Henry, alter ego del autor, es también plano en tanto en cuanto su heroísmo endémico lo lleva a la frivolidad; existe a mi entender una excesiva preocupación por parte de Hemingway en retratarse a sí mismo como héroe valiente y competitivo, como producto americano que además es capaz de seducir a una bella enfermera inglesa, hacerle un hijo enseguida y luego arriesgar su vida por ella.

-Argumento: Adiós a las armas ha sido considerada una de las cumbres de la literatura bélica. Cierto es que la obra narra historias del frente desde el punto de vista de un conductor de ambulancia; hay explosiones, heridos, trincheras, zanjas, hay frente y retaguardia, hay retirada y tensión, hay, en resumen, una recreación realista del marco bélico que sitúa al espectador en un escenario creíble de guerra, pero existe al mismo tiempo una artificialidad en todo ello; una disfunción quizá provocada por la anteposición de la importancia del personaje principal y narrador a la propia guerra. La épica reside en él, en su valor, en su determinación, en su sagacidad, en su astucia, y el autor no consigue crear la sensación de pánico y olor a muerte que, por ejemplo, sí consigue Echenoz en su reciente, 14, o Vonnegut, con un estilo bien distinto, en Matadero Cinco. Son sólo dos ejemplos. En realidad, hay infinidad de novelas bélicas mejor armadas que esta.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Babel 3.0, un poema de Javier Vayá Albert en "El peso de lo invisible"



Fuera

El pantagruélico titán derrite

asfalto y corazones en exactas

proporciones

compuesto por ojos compuestos

mosca gigantesca succionando

mierda a jornada completa

y sus correspondientes horas extras

multiplicación infinita de espejos

acogiendo inmutables

el genocidio cotidiano de pájaros

culpables de ignorancia

en cuestiones de ambición humana

estallido monótono de alas

estruendo sordo de libertad aplastada

dentro

como si solo lo malsano viviese

bajo un cielo artificial

habitado a diario por la muerte

se trafica con cifras

que alguna vez disfrutaron de nombre

se decreta el hambre

y se esclavizan sueños

a veces, si se alza la vista

y un amasijo de sangre y plumas

impide ver un futuro prometedor

se subcontrata la conciencia.

El peso de lo invisible. Alacena Roja, 2014. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

El Ruletista, de Mircea Cărtărescu




Resulta difícil reseñar un relato de apenas cincuenta páginas, pero, al mismo tiempo, resulta difícil no hacerlo, pues El Ruletista es, a todos los niveles, una obra muy reseñable. Podría hablar largo y tendido sobre El Ruletista, podría cubrir cincuenta páginas y destinar a la crítica el mismo espacio que tiene el relato. Podría también, por qué no, hablar del autor. Podría hacer muchas cosas que sin embargo no voy a hacer, puesto que, realidad, no hay mucho que decir sobre el relato; sólo hay que leerlo y disfrutar con el binomio narrador-protagonista, que no es más que un juego de espejos que trabaja con el concepto de ficción y su importancia como actividad creadora propia de un demiurgo:

¿A quién se le iba a pasar por la cabeza convertirse en una especie de campeón mundial de la supervivencia? Pero lo cierto es que el Ruletista conseguía, por el momento, mantener ese ritmo demencial en una carrera en la que solo había otro concursante: la muerte. (p.37)

De este modo, jugando, existiendo sólo en la ficción, el Ruletista sobrevive siempre al tambor del revólver, incluso cuando pone 5 balas en seis agujeros, o, cuando, en un desesperado intento de suicidio, llega a poner las seis... Este incremento del riesgo tan tremendista, que llenará las cavas clandestinas de un público burgués que pretende contemplar la muerte de cerca y disfrutar con la infamia, dota al relato de una intensidad dramática que va creciendo hasta el final. Y es que no se necesitan seiscientas páginas para reflexionar, a través de la narrativa, sobre la suerte o el azar, sobre lo que está escrito y no puede cambiarse. Se necesita tan solo precisión y certeza. Fuerza y capacidad narrativa. Imágenes que apuntalen la carga dramática. Como dicen en una famosa serie de la HBO; “lo que está muerto no puede morir”.

A Cărtărescu se le ha adscrito a una corriente de vanguardia dentro de la narrativa rumana contemporánea que se ha denominado onirismo u onirismo postmodernista. Este texto clarifica bastante el significado de la etiqueta, pues plantea una filosofía de vida en la que la existencia funciona como un simple juego consistente en ir sobreviviendo; el juego como vida; la vida como juego; la literatura como el gran juego de la vida. Y entre medias, el Ruletista, alguien a quien solo el narrador ha visto y conoce, dado que el narrador tampoco existe en un plano real. Un juego nada nuevo, por cierto, pero muy lúdico si el autor tiene maestría para reinterpretarlo con lucidez. Como sucede con Cărtărescu, que además de ser un gran jugador, demuestra ser un gran autor; un cuentista de época. 

El Ruletista, de Mircea Cărtărescu. Impedimenta, 2013.

domingo, 24 de agosto de 2014

La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja, de Manuel Chaves Nogales.




La historia del turista español está irremediablemente ligada a la aparición de las aerolíneas low cost. Su irrupción coincidió con el momento de mayor (y más falsa) bonanza económica vivido por la España moderna; el boom de la construcción, la burbuja inmobiliaria, el ricoprontismo, el dinero fácil, la corrupción sin escándalos… Todas esas cosas. A partir de entonces, las masas de turistas españolas comenzaron a invadir, como si de hordas imperiales se tratase, las calles de las principales ciudades europeas. El españolito abandonó orgulloso su rol de trabajador emigrante y se convirtió en un respetable viajero de placer. La burguesía paleta de los pueblos de Castilla y las aldeas del norte se dejó seducir por un tipo de viaje en el que el viajero estaba más cerca de ser una maleta que un verdadero connoisseur. En los centros de trabajo de las provincias había gente que competía por visitar más ciudades europeas que sus compañeros. De este modo, se popularizaron los circuitos o paquetes turísticos; Venecia, Florencia y Roma; París, Brujas y Gante; las capitales bálticas; las ciudades imperiales… Hoy en día, debido a la crisis y sus secuelas, los viajes al extranjero se han reducido de manera notable. No obstante, aún son muchos los españolitos que uno se encuentra fuera de España.

Pues bien, antes de alcanzar este contexto, hubo una serie de gente que abrió el camino y las fronteras para adentrarse en lo más profundo del conocimiento a través del acto de viajar; los pioneros, aventureros auténticos. Manuel Chaves Nogales fue uno de ellos. Uno de los más notables. Y no sólo eso, pues además fue uno de los primeros españoles que disfrutaron de las ventajas de viajar en avión. Durante el verano de 1928, Chaves Nogales, redactor jefe de El Heraldo de Madrid, se embarcó en un viaje en avión por toda Europa a fin de redactar una serie de reportajes para su periódico. Por un lado, tenemos el viaje en avión como novedad técnica; por otro, el viaje en sí mismo como experiencia vital, especialmente el que el autor realiza a través de la URSS, hecho que dio pie al original subtítulo de este libro: Un pequeño burgués en la Rusia roja.

Chaves es un cronista brillante que maneja la prosa con soltura y no renuncia al adorno lírico y festivo. Pero, sobre todo, es un hombre inteligente cuyas reflexiones, nacidas casi siempre de la observación minuciosa, llevan a uno a recapacitar. La primera etapa de su aventura le lleva a Barcelona. En ella nos describe con precisión las sensaciones que le produce volar y elucubra cómo será la aviación comercial del futuro. En la segunda etapa, una tormenta pirenaica obliga al piloto a realizar un aterrizaje forzoso en un campo de Béziers, ciudad donde deberán hacer noche. Es ahí donde vemos al Chaves más auténtico, el que improvisa a vuelapluma unas líneas que retratan con certeza la mentalidad liberal de un pueblo tan personal, y tan suyo, como el francés. Chaves es un hombre abierto y comprensivo, flexible y tolerante, tierno y empático, liberal y republicano, más humano que humanista, pero, no obstante estos rasgos, representa al hombre de su tiempo; un ibérico de principios del siglo XX. Por eso, algunos comentarios, especialmente los concernientes a la maternidad y la sexualidad, lo situarían hoy día más cerca de un tertuliano de Intereconomía que de un liberal:

“Para que un pueblo sea fuerte y pueda hacer gala de su vitalidad –doloroso, pero cierto-, es necesario que haya muchos miles de criaturas lanzadas al mundo un poco insensatamente, a la ventura, a vivir y crecer como los pajarillos y los ganados. Esto, para un hombre civilizado, es imposible de aceptar. Pero es verdad” (p. 44).

Cada capítulo es un testimonio de primera mano que suele centrarse en un aspecto concreto de la sociedad. De este modo conocemos Suiza y las razones de su neutralidad, pasamos por el Berlín prebélico, por la Venecia de los últimos coletazos románticos y las primeras hordas de turistas ingleses, e incluso disfrutamos de la tranquilidad del Prater de Viena. Pero lo más interesante del libro, que además queda bien recalcado en el subtítulo, es la Rusia comunista diez años después de la Revolución. Y lo es porque los textos le sirven al autor para confrontar dos modelos de vida, dos sistemas, con sus pros y sus contras, analizados sin prejuicio alguno. Resulta especialmente interesante, por esclarecedor, el relato de algunos pasajes en los que el autor se ve obligado a formar parte de la sociedad comunista, como uno más, y reflexiona sobre el concepto de “lo público” o “lo común”, y el efecto que ello causa en un burgués como él, y también el que podría causar en algunos intelectuales a los que se les llena la boca hablando de comunismo cuando su estatus burgués les haría rechazar las incomodidades de una comuna si alguna vez tuvieran que vivir en ella. Cabe recordar que Chaves terminó sus días denostado por todos; por sus amigos de la izquierda y sus enemigos de la derecha, exiliado y abandonado a su suerte en su encuentro con la parca, que le asaltó en un hospital de Londres, en 1944.

“En la Rusia comunista, uno se siente saturado de humanidad, ahíto de vaho humano. Y esto, aunque parezca extraño, son muy pocos los hombres de nuestro tiempo capaces de soportarlo.
    Todos esos tipos de intelectuales, artistoides, platónicos amantes de la humanidad que en Occidente siente veleidades comunistas se horrorizarían si vieran de cerca lo que es la vida comunista. Y no lo digo en daño del comunismo, sino de ellos.” (p. 175) 

La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja, de Manuel Chaves Nogales. Libros del Asteroide, 2012.