martes, 26 de abril de 2016

LS6 en inglés




Me complace muchísimo anunciar que mi novela “LS6” sale a la venta en Reino Unido el 30 de abril y que la presentaremos en Leeds, ciudad donde transcurre parte de la trama, el día 1 de mayo junto Steve Dearden, escritor y director de The writing squad, y Sally Ashton, traductora. 

El texto de la contraportada (abajo) está firmado por Jeremy Dyson, escritor, guionista y uno de los artífices de The League of Gentelmen, popular serie de la BBC. 

Se cumple así el sueño de ver esta obra traducida al inglés y darle por lo tanto un sentido completo a su existencia.

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Dead Ink Books & The Writing Squad invite you to 


A Sunday L(a)unch of Mario Crespo’s LS6

translated from Spanish by Sally Ashton with Steve Dearden


Save your free place for some tapas, wine and the launch readings by Mionday 25th April https://www.eventbrite.com/e/ls6-sunday-launch-ls6-tickets-24592068539

Leeds, the melting pot. A Spanish ham cutter, a Colombian chicken sexer, an Italian usher, a Cape Verdean actor, an Iraqi-Kurd ghost-writer, and a widow of Leeds – all weave their way towards the Playhouse for The Death of Margaret Thatcher. Collage or cocktail: the forces of neoliberalism, yin-yang, and The Golden Bough bring them together and then tear them apart. The Leeds school has an explosive new voice – formed in Madrid.

“A fascinating voyage round the world through the postcodes of Leeds as seen by a dazzling patchwork of international characters. Mario Crespo’s flair and his outsider’s eye makes my hometown a new and surprising place.” 
– Jeremy Dyson, The League of Gentlemen

miércoles, 13 de abril de 2016

Julieta, un (gran) film de Pedro Almodóvar


Hacía más de una década que Almodóvar no firmaba una película redonda; aun habiendo realizado películas notables, solía arruinar sus buenas ideas y su gran dirección con desmanes de guion, finales rocambolescos, falta de verosimilitud, recursos “Deus ex machina” o secuencias inútiles. En Julieta nos encontramos sin embargo con una película construida desde la sencillez: pocos personajes, una historia retrospectiva y muchos guiños al arte y al cine clásico. Un film que explora los secretos ocultos del pasado y que basa en ellos la capacidad de sorprender; los hallazgos de la trama. Una historia que se apoya en símbolos y metáforas y que, como de costumbre, muestra una visualidad y un uso del color que conduce al gozo estético. 

Repasemos: Julieta es una mujer madura de clase media-alta que de repente un día decide abandonar a su pareja e irse a vivir sola a un piso donde residió años atrás. Una mañana, al salir a la calle, se topa por casualidad con una vieja amiga de su hija Antía, a quien no ve desde hace varios años. La información que ésta le da desencadenará el argumento. Este momento supondrá por tanto la primera pinza del guion y articulará la trama; a partir de aquí la protagonista (encarnada por una renacida Emma Suárez) comienza a escribir un diario para su hija en la que le contará su dramática historia (todo el segundo acto). Como queda patente, Almodóvar regresa al melodrama. Aunque en este caso, y a diferencia de Todo sobre mi madre, a un melodrama clásico que se sostiene gracias a la sobriedad de los elementos.

Subyace bajo la historia un tema que se mantiene como una constante y que sólo se resolverá al final. Me refiero al sentimiento de culpa como generador de conflictos. La culpa entendida desde el punto de vista cristiano-espiritual, pero también la culpa como desgracia provocada por un error tonto, una discusión, un desliz. Y como derivado de la culpa, aparecen las consecuencias. En muchos casos dramáticas. 

Cabe reseñar el gran personaje interpretado por Rossy De Palma, una vieja y amargada gallega que, aun siendo secundaria, tendrá un papel determinante en el desarrollo de la trama. Además, su presencia, combinada con la música y los efectos de sonido, añade un punto de misterio y terror al realismo sobre el que está cimentada la historia. Una atmósfera de suspense que mira a Hitchcock y que sobrevuela toda la película equilibrándose a la perfección con el realismo.


Quizá lo menos verosímil, o lo más criticable, sea el exagerado nivel de desgracia que cae sobre la protagonista, pero, aunque parezca mentira, conozco a algunas personas que han sido golpeadas por la desgracia en igual medida, pues cuando ésta se ceba con uno, no tiene piedad. 

La película finaliza con una suerte de moraleja que sabe a cuento. Y es que la historia está basada en tres relatos de la premio Nobel Alice Munro. 

sábado, 2 de abril de 2016

Crónicas atenienses



Para mí, viajar es una experiencia espiritual que necesito vivir cada cierto tiempo; una suerte de purificación del alma y un ejercicio vital que sirve para completar el puzle del conocimiento. Exestudiante mochilero y extrabajador temporal, aterricé en Atenas con algo más que un petate. Me refiero a mi hijo de cinco meses, con quien realizaba mi primer viaje en avión y de quien, he de decir como un abuelo al que se le cae la baba, me siento más que orgulloso. Esta gran variante causada por el pequeño, obliga a un tipo de viaje más relajado, con un ritmo impuesto por el niño y, sobre todo, a un desplazamiento más burgués. Veamos: creo que es la primera vez que tomo un taxi al salir de un aeropuerto tras un vuelo de ocio. 


Elegimos Atenas por su clima de primavera, por concentrar casi todo lo visitable en un radio de apenas un kilómetro y, por qué no decirlo, porque es una de las pocas capitales europeas que aún no conocía. Tampoco he visitado nunca Praga, Viena o Varsovia, pero el tiempo en ellas no hubiera sido tan benévolo como lo fue en la capital griega. Como comenté hace poco entre amigos y risas, Atenas me parece una mezcla entre Estambul, Roma y Lisboa. Con un aire oriental, un pasado clásico y una creciente decadencia que evoca nostalgia y saudade. 


Avenidas amplias por las que circula un denso tráfico contrastan con las calles estrechas y mal asfaltadas del céntrico barrio de Monastiraki. Mendigos tirados en la calle duermen a pocas manzanas de las tiendas de ropa cara y las joyerías de lujo. Motocarros de los que circulaban por las calles españolas en los años sesenta son adelantados por deportivos de lujo. Eso es Atenas; una ciudad donde las diferencias alcanzan el paroxismo en una extraña mezcla entre lo viejo y lo nuevo. Un crisol de culturas y razas donde convergen los inicios de la democracia y el drama de los refugiados, la Academia de Platón y los disturbios de algunos eventos deportivos, la deuda soberana y la lujosa vida de las islas.


Merece la pena pasear por Plaka, sentarse a comer en una taberna de Monastiraki, transportarse a una isla griega paseando por Anafiótika, caminar por el ágora clásica, observar de cerca el Hefestión, deslumbrarse con la envergadura de las columnas del Templo de Zeus Olímpico, subir a la Acrópolis, fotografiar las cariátides del Erecteion y, en suma, dejarse llevar por una corriente espaciotemporal que introduce al viajero en una espiral de conocimiento y gozo que pocas ciudades pueden ofrecer. Un aura de misterio que se aleja de las urbes de trazados racionalistas y limpieza exquisita. Un lugar ideal para llevar a tu hijo a encontrar el Alfa; el comienzo de los tiempos, el principio del mundo en el viaje; los ancestros, nuestras vidas junto a todos y cada uno de los elementos que componen esta ciudad de colinas y musas que otrora fuera el centro de un mundo.

domingo, 27 de marzo de 2016

Madrid-Cochabamba: cartografía del desastre, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot




Aún recuerdo aquel sillín, tan anómalo en la época, tan poco apropiado para un bicicleta de chico, al menos para una de las que gustábamos llamar “de rally”, no sé si por incipiente estupidización léxica vía influjo anglo o por el adolescentemente obvio soplo al corazón de aires de grandeza. El caso es que todos los chicos del barrio tenían bicicletas de “rally”: ligeras, colores neutros, manillares adaptados a las cabriolas que decidían ejecutar cada vez que Inma salía del portal o Esther regresaba a casa con el pan recién horneado. El resto de bicicletas eran “de paseo”: las que utilizaban las niñas. Mi bicicleta BH era anómala, ya digo, desde el sillín, más apropiado para una “de paseo”, hasta su color verde eléctrico afeminado, pasando por sus gruesas ruedas “de rally”, su ligera barra y su manillar pensado para paseos románticos y preparado incluso para la imbricación en el mismo de una de esas cestitas en que poder portar el periódico del día o la Metal Hammer del mes pasado. Ahora comprendo que aquella máquina que me permitía recorrer importantes trechos en escasos minutos inauguraba, quizás, esta época en que ya vivimos como si no hubiésemos conocido otra: el tiempo de los híbridos.



Fragmento extraído del relato Híbrido, página 173

miércoles, 2 de marzo de 2016

Marienbad eléctrico, una ¿novela? de Enrique Vila-Matas


Marienbad eléctrico pertenece a ese grupo de obras de Vila-Matas que, aunque suene a pleonasmo, podríamos etiquetar como rarezas. Dentro de esta categoría encontramos libros como Perder teorías, Fuera de aquíEl viento ligero en Parma, Extrañas notas de laboratorio o Chet Baker piensa en su arte. Me refiero por lo tanto a obras que compilan textos ensayísticos o que reproducen conversaciones; libros de notas que, como ocurre en el caso que nos ocupa, no distan mucho del método creativo empleado por el autor barcelonés para construir sus novelas. ¿O es Marienbad eléctrico en realidad una novela?

En Marienbad eléctrico el arte de la conversación se hace literatura. La hipótesis de un diario que reproduzca resonancias de encuentros, conversaciones telefónicas y epístolas se convierte en una realidad; una especie de tertulia-libro donde se ficcionaliza sobre los propios temas tratados en las charlas, generando así una narración donde la anécdota y el absurdo duchampiano conforman el material literario. Veamos: el autor y la artista de acción Dominique González Foerster funcionan como personajes principales, el Café Bonaparte de París, el lugar donde tiene lugar la tertulia, funciona como localización, el escritor Eduardo Lago o el mismísimo Rimbaud funcionan como personajes tangenciales. Se da por lo tanto esa relación entre realidad y ficción o, mejor aún, entre vida y literatura, que aparece en la obra de Vila-Matas como una constante.

De este modo tenemos: una ligazón de ideas ensayísticas, una investigación detectivesca (muy bolañesca) como búsqueda de algo más profundo (reflejada en este caso en la analogía entre Holmes y Watson y V-M y DGF) y una mezcla de literatura y arte contemporáneo. Todos ellos elementos habituales en el universo literario de Vila-Matas y que aquí se canalizan a través del método, pues tanto él como DGF investigan el método; la técnica artística del otro para buscar los porqués de la creación. O dicho de otro modo: la creación como forma de cuestionarse lo que uno crea. 

Como ya sucediera en su anterior novela, Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas reflexiona sobre el arte como espacio invisible que sin embargo se expone, se enseña y, por lo tanto, se mercantiliza, cuando por el contrario debería permanecer oculto, pues aunque no existe la obra sin espectador, sí existe la creación artística sin él. De ahí la querencia del Vila-Matas narrador hacia la desaparición, hasta el origen mismo de la obra; la idea y su postrera ejecución. La idea de la habitación como lugar donde encerrarse a crear (Hölderlin, Onetti, Dickinson) y la relación espacio exterior-espacio interior completan esta suerte de teoría creacionista -tanto en la vertiente artística como , por qué no, en la filosófica- expuesta por el autor. 

Así pues, Marienbad eléctrico representa el desarrollo total del proyecto que el autor comenzase con Kassel no invita a la lógica hacia la literatura como arte de acción, como suerte de instalación o performance, es decir; como una pista que se le da al espectador para transmitirle un concepto, quizá una reflexión, sobre el propio arte contemporáneo y su función en el mundo de hoy.

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas. Seix Barral, 2016.

domingo, 14 de febrero de 2016

El renacido, una película de Alejandro González Iñárritu

Existe una gran diferencia entre acudir a una sala de cine a ver una película de autor o intimista o premiada en un festival y acudir a una sala de cine a ver una película candidata a varias estatuillas unos días antes de la ceremonia de los Oscar y además durante el fin de semana. Pero las cosas son como son y la vida, que diría Heráclito, fluye sin que podamos controlarla; trabajo, niños y obligaciones sociales y/o familiares restringen muchas veces los huecos libres de la agenda para disfrutar de la pantalla grande. Traigo este apunte al texto porque, al final, todo se reduce a la educación; la educación como parte de la cultura y la cultura como parte, por qué no, de la cultura cinematográfica. Y para que veas que no exagero, vamos a repasar el bestiario: la familia de cuatro, con otros tantos menús gigantes de palomitas con Coca-Cola y perrito, que emite todo tipo de ruidos al comer y beber. El matrimonio que, en vez de ir a ver Zootrópolis, se lleva a sus hijos menores de diez años, inquietos e hiperactivos, a visionar una película calificada para mayores de dieciséis años, y los niños, claro, terminan por aburrirse y molestar al personal. Más: la pareja que, quizá creyendo estar en casa, comenta cada secuencia en voz alta hasta el punto de que sus estúpidos apuntes se oyen por encima del Dolby Surround de la sala. Esto último, que es el colmo, me obligó a cambiarme de sitio justo después de la escena del oso, la cual no disfruté como me hubiese gustado debido, como digo, a la supina mala educación de los citados personajes; seres irrespetuosos que acuden al cine creyendo que las salas de exhibición son un local cualquiera, uno más dentro del centro comercial en que se ubican. 

Pero dejemos al público y hablemos de la película:

Todo arranca con un plano secuencia magistral (que le debe mucho al dominio de la luz natural que demuestra tener el director de fotografía) en el que unos pioneros son atacados por una tribu india. La cámara acompaña a diversos personajes, abandonando a unos y siguiendo a otros para poner el foco en todos y cada uno de los puntos de la batalla. El plano secuencia se distingue por ángulos rebuscados y mucha, mucha, cercanía a las figuras; sin permitir apenas planos abiertos, algo que nos recuerda en parte el estilo de realización del cine bélico. La secuencia posee un ritmo brutal y una objetividad casi subjetiva que nos conduce a ver la lucha desde el punto de vista de cada implicado. 


Tras la batalla, un pequeño grupo de esos pioneros consigue alcanzar una embarcación anclada en el río y huir. Poco después deberán abandonarla y seguir a pie atravesando las montañas tras esconder las pieles que transportan; su medio de vida. Nada más comenzar la ruta, uno de los hombres se aísla por un instante y es atacado por un oso grizzly, que le pega una paliza tremenda que sin embargo no acaba con su vida. Cabe decir que, aunque el oso está digitalizado, la escena es brutal, descarnada y muy realista. Como es de suponer, los pioneros no pueden cargar con el herido ni tampoco esperar junto a él a que se recupere, así que le prometen una buena suma de dinero al más mezquino de los hombres del grupo (un mercenario sin escrúpulos que pronto adquirirá el papel de villano de la historia), para que cuide de él hasta que se cure o se muera. Junto a él se quedan también el hijo del herido y otro joven de alma noble y suerte de principiante. Aquí, o quizá un poco después, finaliza el primer acto. Cabe recordar que desde que me cambié de sitio conseguí ver la película de otra manera: disfrutándola, escuchándola, con la sensación de que era yo quien caminaba bajo la nieve o luchaba por sobrevivir, evadido, sin recordar que estaba en una sala de cine y que tenía el coche aparcado afuera, donde llovía y había un atasco de narices y un viento terrible.  


El renacido resulta una magnífica experiencia audiovisual; se trata de una obra que demuestra, entre otras muchas cosas, que el ritmo cinematográfico no depende solamente de la acción, sino también de la parte visual y la auditiva. El segundo acto supone un cambio de ritmo narrativo radical que sin embargo no desentona ni desequilibra el conjunto, pues no es tanto una bajada del número de revoluciones por minuto como una reducción de marchas. En su transcurso seguimos las tribulaciones del protagonista por sobrevivir a sus heridas, al entorno y a la desnutrición, espoleado por un ansia de venganza que le insufla vida. Iñárritu nos regala un puñado de planos soberbios que consiguen el efecto sublimador que busca la película. La confrontación naturaleza salvaje-hombre salvaje (o incluso más salvaje que la naturaleza y cualquiera de sus bestias) es el leit motiv del filme, a mi parecer, por encima de ese otro tema que en la superficie parece lo más importante; la venganza, pues será el hombre blanco quien manipule, extreme y modifique la naturaleza que le rodea, algo que los indios jamás harían.  No obstante, la venganza representa una pulsión irracional que también pertenece a lo salvaje; al menos a la parte más salvaje del ser humano y, por lo tanto, lo que al final nos queda es una alegoría sobre el salvajismo, algo que está muy arraigado en los hombres y que yo mismo sufrí al sentir que me gustaría vengarme no sólo del villano de la película, sino también de la señora que hablaba en voz alta sin mostrar respeto alguno por el resto de espectadores.