miércoles, 1 de julio de 2015

Días de ruta, de Vicente Muñoz Álvarez


OTREDAD  

retomo como puedo el aliento estos días, Puente de Todos los Santos, tras el estrés de las semanas pasadas en la carretera: atrás van quedando ciudades y pueblos, clientes y tiendas, babilonia en ruinas y la desolación de un mundo que se resquebraja y desmorona bajo mis pies… las noches solitarias de hotel, las horas vacías, los sueños rotos, los menús baratos, el tráfico y los aparcamientos, el agotamiento, los clientes frustrados, los impagos, las escasas ventas, el no llegar a fin de mes… todo ello va pasando factura y erosionando mi aguante, aunque lo peor sin duda es la otredad, la despersonalización y el extrañamiento, el no identificarme bajo el disfraz de hombre cuerdo, la desconexión de mi mundo y la pérdida de perspectiva…

yo es otro
 
pienso

pero ese otro

tampoco soy yo
 
Fragmento extraído de Días de ruta, de Vicente Muñoz Álvarez. Lupercalia, 2014.

domingo, 21 de junio de 2015

El Levante, de Mircea Cărtărescu


Hay que ser muy osado o tener mucha seguridad en las capacidades propias para aventurarse a escribir una obra como esta, o más bien, para decidirse a publicarla. Bien es cierto que en el momento en que el autor se adentró en el proceso creativo, allá por 1988, encerrado en la cocina de su casa de Bucarest, meciendo con una mano el cochecito de su hija y tecleando con la otra en una vieja máquina de escribir, no valoraba la posibilidad de que su texto pudiera ser publicado. O eso dice la contraportada. Sin embargo, el narrador se dirige sistemáticamente al lector con guiños que buscan su complicidad, lo cual nos lleva a pensar que Cărtărescu siempre tuvo esperanzas tanto de que cayese el régimen comunista como de ver publicado su más ambicioso proyecto literario.  

Lector hipócrita, este sueño es, por supuesto, un pretexto para meter la cola en la historia que estoy devanando. Mi narcisismo tiene la culpa. Pero ya está, retomo la narración, las descripciones, los personajes, y te prometo volver a aparecer más a menudo hacia el final del libro. p.95  

El Levante es música escrita; una partitura clásica interpretada con instrumentos postmodernos, una epopeya homérica y bizantina en la que Cărtărescu sustituye a las deidades del Olimpo por una religión monoteísta cuyo único dios es el autor, también narrador, quien aparece y desaparece para jugar con los lectores sobre un tablero colmado de inventiva; recurso que resulta, no obstante, poco novedoso en esencia (pues él mismo cita, quizá anticipándose a la crítica, a Pirandello y Unamuno), pero vanguardista en su ejecución:  

Ay, poeta, soñador, Señor, por qué me habré puesto a escribir esta historia, en qué estaría yo pensando, cuando todos están locos por la actualidad, cuando se escribe poesía de la realidad (…) p. 159 

Este juego de espejos borgeano cuestiona el hecho mismo de realidad y reivindica la función del creador como demiurgo; dios único y todopoderoso, arquitecto y soberano de la realidad que construye en sus obras, manipulador constante que trasciende géneros y temáticas. Cărtărescu ha sido adscrito a una corriente literaria llamada onirismo, etiqueta que encaja a la perfección con su relato El ruletista, donde la muerte no acontece cuando lo dicta la lógica sino cuando lo desea el demiurgo-narrador, aunque a veces parezca algo inverosímil o mágico. Estos desmanes fantásticos de Cărtărescu perfilan sin duda alguna su marca de agua.

Por todas partes hay cables, raíles y micrófonos, los reflectores enfocan los frontones y las cúpulas, las cámaras entran con sus monitores, gracias a los teleobjetivos, en salas que huelen a tomillo o en alcobas encarnadas donde danzan caderas rosadas. Todo ello es que tú, querido lector, entres en trance. p. 192  

El Levante se compone de doce cantos que relatan una odisea simbólica (a través de una reinterpretación de la historia del siglo XIX, época de reunificaciones y nacionalismos, de guerras por la independencia e imperios), por tierra, mar y aire, que tiene por fin liberar Rumanía de la dictadura. No obstante el dramatismo que estos mimbres pudieran presuponer, el autor desengrasa el texto salpicándolo con aceite de humor; un humor constante y preciso como un marcapasos. Cărtărescu introduce en este sentido un hilarante y paradójico (al menos para alguien que vive en un sistema comunista) componente pop en cuya batidora caben Borges, Mafalda, Ernesto Che Guevara o Bioy Casares.  

Pero escucha, no te pierdas una sola palabra, pues el último gran poeta del próximo siglo, y con él llegamos a la frontera. Lo que hay más allá, al comienzo del nuevo milenio, no lo saben ni Dios ni los ángeles ni los genios. p. 129 

Pero El Levante destaca sobre todo a nivel compositivo, terreno en el que el rumano demuestra maestría y destellos de genialidad. Repasemos: en su versión primigenia, la obra fue escrita en verso, pero en pos de poder traducirla a otros idiomas Cărtărescu la convirtió en la prosa poética que nos ha llegado a los lectores españoles. En cualquier caso, algunos pasajes se mantienen en verso, y nos recuerdan, quizá a propósito, que uno de los orígenes de la novela es la evolución de la poesía épica. Durante el proceso de lectura, a veces tiene uno la sensación de estar leyendo una novela al uso, mientras que otras muchas es la lírica la que te arrastra con su música y sus potentes imágenes hacía el mundo onírico que pretende crear el autor en esta obra poliédrica, original y compleja. 

El Levante, de Mircea Cărtărescu. Impedimenta, 2015. [Traducción de Marian Ochoa de Eribe]

jueves, 4 de junio de 2015

Syntagma Square: una novela colectiva en ocho idiomas


“Syntagma Square” es una novela colectiva nacida a la sombra del Festival du Premier Roman de Chambéry en la que participamos autores de ocho países europeos, cada uno de los cuales ha escrito un relato en su lengua materna. Los personajes de cada historia interactúan entre ellos a través de una red de enlaces narrativos de precisa construcción, convirtiendo de este modo una suerte de antología en una novela coral multilingüe. Dichos personajes provienen de todos los rincones de Europa: Irlanda, Portugal, Rumania, España, Italia, Francia, Alemania y Grecia, y, por diversas razones, se encuentran en Atenas en mayo de 2014. Mientras el pueblo griego se manifiesta en la Plaza Syntagma contra los recortes, los caminos de los personajes se cruzan por casualidad en las calles de la capital griega. De este modo, el lector puede desentrañar sus destinos, y también los de la Unión Europea, a través de la diversidad estilística y temática de cada texto.

Chroniqu.es, empresa francesa dedicada a la gestión de eventos culturales, ha sido finalmente quien, avalada por el Ministerio de Cultura galo, ha dado el paso para publicar la obra online: 

El texto con el que colaboro se llama "Zeus, dios de los bárbaros", un relato extenso que pretende confrontar dos estilos de vida entre sí, y ambos con el sistema. 

Autores:

Alan Monaghan (Irlanda)
Alexis Panselinos (Grecia)
Inge Meyer-Dietrich (Alemania)
Marco Truzzi (Italia)
Mario Crespo (España)
Nuno Camarneiro (Portugal)
Ruxandra Cesereanu (Rumanía)
Sophie Schulze
(Francia)

lunes, 25 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road; espectáculo salvaje, entretenimiento feroz

Ver una película no es lo mismo que ir al cine. Una película puede ser vista en una sala de proyecciones, en la tele, en la pantalla del ordenador, en el iPad o incluso en el móvil. Y la experiencia resulta muy diferente en cada caso. Cabe destacar que todas y cada una de las producciones están pensadas para ser exhibidas en pantalla grande. No obstante, la diferencia entre ver Septiembre, de Woody Allen, en una sala de exhibición o en la televisión de un domicilio particular no es realmente decisiva a nivel sensorial, pues es un film con más fondo que forma y su peso reside en su lectura entre líneas, en su reflexión postrera. En el otro extremo encontramos ese tipo de pelis que pierden todo su sentido, el objeto para el que fueron realizadas, si no se visionan en una sala con pantalla grande y Dolby Surround. En este sentido, Mad Max: Fury Road es quizá uno de los ejemplos más evidentes de los últimos años; un filme concebido como entretenimiento feroz y salvaje, un festival audiovisual que empuja al espectador a abandonar su butaca y contemplar la proyección de pie, incluso a bailar al ritmo de la percusión que recorre la cinta marcando su ritmo de manera sistemática, a saltar y gritar y perder su voz entre el estruendo de los motores V8 que surcan los desiertos postapocalípticos de un mundo distópico; escenarios ballardianos colmados de ese tipo de detalles que no se pueden calificar sin utilizar prefijos como post o trans, y que se complementan con una estética punki que perfecciona la iniciada por el creador de la saga en los años setenta. A diferencia de otras películas recientes donde la atmósfera creada ejerce un efecto más cautivador en el espectador que el propio guión, Mad Max: Fury Road cimenta su acción visceral, apenas interrumpida por los fundidos a negro y unas breves transiciones narrativas donde se cuelan algunos diálogos, en un guion sin apenas grietas que nos cuenta la historia de una huida y su correspondiente persecución (interminable, eso sí) con solidez y excelentes giros anticlimáticos que, en resumen, convierten esta película en un referente para el entretenimiento y el goce sensorial; una experiencia equiparable a una visita al parque de atracciones con la montaña rusa más grande del mundo; un torrente de sensaciones que conduce a nuestros sentidos a unas cotas de estrés poco habituales; una locura, un espectáculo, un exceso desengrasante, una borrachera de luz, sonido y color con destellos de humor negro y dos excelentes actores que hacen que la cinta sea algo más que la mejor película de acción que he visto en los últimos años.

lunes, 11 de mayo de 2015

Eso que llaman futuro


El bibliotecario se sentó un día más en su silla giratoria tras el mostrador de préstamo. Al fondo, frente a su posición, había un ventanal de cristal satinado por el que se colaba una luz vidriosa y apocalíptica. Contempló las estanterías laterales y pensó por un instante en la muerte del libro en papel, en la defunción del libro en todo formato, en la ruina prematura de la industria literaria. A su derecha se encontraba uno de los carritos de madera que se utilizaban para transportar los ejemplares de un lado  a otro de la biblioteca. Sus tres baldas aparecían tan colmadas como las de un supermercado a primera hora de la mañana. No había ensayos, ni poemarios, ni obras de referencia; solo narrativa y tristeza. Aquellos ejemplares de tapa dura y bolsillo tenían un destino común e inminente; serían víctimas de una providencia maldita que los depositaría en la basura sin turno de réplica ni apelación alguna. Un proceso doloroso y cruel. La nueva jefa de bibliotecas provenía del ámbito empresarial y nunca había leído a Hemingway. Había sido contratada para ejecutar un plan quinquenal que tenía por objeto liberar espacio en pos de convertir la biblioteca en un lugar flexible y multiusos, un recinto más parecido a un centro social que a un centro de información. La transición del libro en papel hacia el libro digital era una evolución natural que el bibliotecario entendía como un ejemplo de convivencia entre dos formatos no necesariamente incompatibles. Sin embargo, la nueva jefa de bibliotecas había comenzado el expurgo de lo impreso mucho antes de adquirir los lectores digitales e incluso mucho antes de tener una idea aproximada sobre el modo en que estos serían prestados. El bibliotecario miró de nuevo el carro atestado de libros y sintió lástima por Portnoy y su lamento, y también por los hermosos caballos de McCarthy, y naturalmente por los hermanos Karamázov, Anna Karénina y Don Quijote. Alargó su brazo para coger uno de los ejemplares que debía descatalogar y lo sostuvo sobre la palma de su mano como si fuera un adorable cachorro de gato, mirándolo con la lástima que merece un animalillo desvalido. Se trataba de una de las obras más conocidas del escritor vasco Pío Baroja: El árbol de la ciencia. El bibliotecario sintió una aflicción profunda en el momento de escanear el código de barras del libro y añadirlo por lo tanto al archivo de obras descatalogadas, una amargura extensible a todos los árboles y a todas las ciencias, y muy especialmente a la ciencia bibliotecaria, que sucumbía sin remisión a los desmanes del capitalismo extremo. Se trataba de una nueva forma de gestionar la cultura que apenas tenía algo que ver con eso que llaman “futuro” o “nuevos tiempos”; más bien formaba parte de una política basada en el desprecio total por el libro como puerta de acceso al conocimiento. El bibliotecario pensó al cabo que, como en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, debían de existir formas ingeniosas de salvar los libros y, por lo tanto, de salvaguardar la sabiduría para que las generaciones venideras entendiesen el mundo en términos no solo económicos. Mientras el bibliotecario se devanaba los sesos en busca de una solución, una usuaria veterana, una señora de mediana edad que leía obras más profundas que las de Danielle Steel, se plantó frente a él y le saludo con un movimiento de su barbilla. El bibliotecario contempló su rostro sin facciones; deformado por la oscuridad del contraluz, y observó con detenimiento el haz de rayos que daba forma a su silueta y le confería un aspecto angelical, casi divino. La señora preguntó el motivo por el que los libros estaban siendo sometidos a expurgo y el bibliotecario le mencionó los planes quinquenales, la transición hacia el libro digital y el triste destino de las novelas, condenadas a perecer en un contenedor sin reciclaje; mezcladas con envases de lejía y pieles de frutas de temporada. Entonces la usuaria le habló del asilo de ancianos que ella misma gestionaba y de su interés por recibir todos esos libros descatalogados en la biblioteca que allí poseían. El bibliotecario le comentó que tenía órdenes estrictas de la jefa de bibliotecas al respecto y que no le estaba permitido donar los libros. La usuaria respondió que entonces serían los empleados del asilo quienes los recogerían de la basura esa misma noche y los cargarían en una furgoneta. Y así fue.  A los pocos días, la jefa de bibliotecas, que a pesar de su modernidad y visión futuro profesional rondaba esa edad en que la gente se jubila, enfermó gravemente y pasó varias semanas ingresada en un hospital. Cuando le concedieron el alta, los doctores le prohibieron volver a trabajar. Le gustase o no la idea, debía jubilarse de inmediato. Al encontrarse sola, sin familia, sin hijos, sin amigos de verdad, no le quedó más remedio que integrarse en un asilo de ancianos cuyo mayor atractivo era una gran biblioteca formada por los libros que ella misma había descatalogado.

lunes, 27 de abril de 2015

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco


Una buena forma de explicarle a los alumnos de Secundaria la evolución de la novela a lo largo de la historia de la literatura sería realizar una comparación entre La Ilíada de Homero y Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco, puesto que la novela actual es el resultado de la evolución de la poesía épica de la antigüedad, convertida en prosa para alejarla de los ideales heroicos y acercarla a los aspectos de la vida real y, de este modo, hacerla más accesible al público. Pues bien, esta arriesgada y curiosa obra del italiano Baricco se atreve a transformar en prosa nada más y nada menos que el más famoso de los cantos homéricos, despojándolo por completo de los dimes y diretes entre dioses y hombres que completan y distorsionan la acción a partes iguales. El resultado es una narración moderna de prosa elegante y prosódica que nos cuenta la misma historia que Homero pero adaptada al lector de hoy y a sus costumbres.

El escritor italiano explica en el prólogo, a modo de obligada aclaración, las razones que le llevaron a emprender tan arriesgada empresa. Resulta que un día le dio por pensar que “sería hermoso leer en público, durante horas, toda la Ilíada”, pero rápidamente comprendió  que “tal y como estaba, el texto era ilegible: se requerían unas cuarenta horas y un público muy paciente”. Así que, ni corto ni perezoso, y pertrechado con una coraza mezcla de determinación y osadía, decidió intervenir el texto y adaptarlo para dicho propósito. Quizá lo más interesante de la intervención sea el estilo; rítmico, poético, listo para la declamación. Un sello que no resulta sorprendente en modo alguno para quienes hemos leído Seda o Novecento.

Veintiuna son las voces que narran los cincuenta y un días finales del asedio a la ciudad de Troya. Ellas nos cuentan en primera persona pasajes tan célebres como la disputa entre Agamenón y Aquiles, el ridículo de Paris en el campo de batalla o la lucha entre Héctor y Patroclo, todo ello sin perder el vista el texto original y las características que el mismo otorga a los personajes; rasgos atribuibles a aquellos héroes y aquellos hombres, pero también a los hombres de hoy en día; estados emocionales y pasiones, defectos y virtudes. Astucia, piedad, audacia, ambición, codicia, cólera, ira. Sustantivos que siguen dirigiendo los designios humanos como si el tiempo fuera un saco de cuyo fondo ha rescatado Baricco los siglos dejados atrás para revivirlos de nuevo en esta novela.

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco. Anagrama, 2005. [Traducción de Xavier González Rovira]

lunes, 13 de abril de 2015

Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta; adulterio y retrato social en la novela del XIX (Grandes lecturas XVI)


Resulta difícil abordar un artículo sobre el adulterio en la novela realista del siglo XIX sin caer en el academicismo y la erudición o, dicho de otro modo, sin aportar documentación y utilizar citas. Surge en la fase previa a la ejecución de un texto de este tipo alguna de esas preguntas que buscan los porqués de un estudio tan carente de actualidad. La idea de escribir sobre este asunto no es en mi caso más que el resultado de un proceso necesario provocado por la reciente lectura de La Regenta y el obligado parangón con otros dos clásicos coetáneos. Sea como fuere, reflexionar sobre la obra de tres de los más grandes exponentes de la literatura universal lleva a uno a emprender acciones insanas, a perpetrar atentados contra la modernidad y sus iconos, es decir; a cambiar la barba hipster por el bigote prusiano y las gafas de pasta por los quevedos. Comencemos pues:

El adulterio es sin lugar a dudas uno de los temas más recurrentes de la historia de la literatura. Y quién mejor que ciertos personajes del Antiguo Testamento, esa gran novela fantástica, para inaugurar la temática; la bella Betsabé, esposa de Urías el hitita, se acostó una noche con el rey David por deseo expreso de éste, actitud que por supuesto desagradó mucho al Señor. Y aunque parezca anecdótico, dado que los dioses y los reyes mantenían relaciones con quien les apetecía, este episodio posee una trascendencia enorme, pues en él se narra por escrito un hecho que establece unos principios morales dictados por Dios; la moral y las reglas. A partir de aquí, el tema de la infidelidad se mantendrá de una u otra manera a lo largo de la historia de la literatura, incluso durante la Edad Media, en obras como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, o El Decamerón, de Bocaccio, pero no será hasta la explosión de la novela realista en la segunda mitad del siglo XIX cuando el adulterio como temática se convierta en algo recurrente. Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857), Anna Karenina (León Tolstoi, 1877) y La Regenta (Leopoldo Alas “Clarín”, 1884-85) son tal vez las tres novelas más relevantes, pero ni mucho menos las únicas. Destacan también, entre otras muchas: El primo Basilio (Eça de Queiroz, 1878) Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) o Effi Briest (Theodor Fontane, 1895).

Como es sabido, pues así se enseña en los libros de texto de Secundaria, la novela realista busca recuperar el análisis objetivo de situaciones y personajes frente al subjetivismo romántico. Los autores realistas tratan de aplicar un método casi científico que les permita estudiar la realidad a través de la observación. A pesar de la influencia marxista en la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales, la mayor parte de estas novelas suelen centrarse en la burguesía para articular sus historias, una clase social que, además, formaba la base del público lector de la época. El tedio y la frustración que causan los matrimonios burgueses concertados, tan en boga en la época, servirán a la postre para componer un retrato social canalizado a través de la figura femenina, utilizada ésta en la doble vertiente de objeto y  ejemplo social. Ana Ozores, La Regenta, refiere a lo largo del libro expresiones como “hastío eterno” o “tedio”. Anna Karenina, por su parte, experimenta una desagradable sensación de “hipocresía” que “oprime su corazón” cada vez que se rencuentra con su marido. Mientras que Emma Bovary se pregunta en un pasaje determinado: “¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros?”

Por otro lado, la monotonía, la rutina y la carencia de amor conducen a estas mujeres a refugiarse en la lectura. Es en este punto donde aparece con intensidad el elemento quijotesco, pues la pasión desmedida por lo libros colmará a las heroínas de unos ideales que, al no verse realizados, desembocarán en frustración. Emma se deleita con relatos románticos que la llevan a soñar con París y sus bailes; con una vida burguesa y liberal que la arranque de su aldea. La Regenta, en cambio, se refugia en lecturas místicas que colman su alma de un candor que su esposo no es capaz de darle. Y Anna Karenina, que tiene acceso a la vida social de la alta burguesía rusa, sueña sin embargo con rodearse de personajes más heroicos que su previsible y formal marido, funcionario zarista que le causa una gran infelicidad.

Todas estas coincidencias o puntos en común se deben al hecho de que los novelistas consideraban el adulterio como un asunto más social que individual e invitaban, de alguna manera, a la reflexión personal a través de un planteamiento realista cargado de tensión dramática. No obstante, las diferencias entre los tres personajes son también notables, tanto en lo que respecta a los conflictos causados por la culpa como al aspecto moralizante de sus finales respectivos. Veamos: la culpabilidad, o noción de pecado, adopta formas muy variadas en las tres heroínas: para las anas, por ejemplo, no existe carga moral, sino más bien social, dado que son ellas mismas quienes, debido a su educación, consideran que han roto las reglas de comportamiento establecidas en su sociedad y entienden que su pecado sería menor de no ser público. Respecto al castigo que cada autor parece imponer a sus personajes principales, Clarín me parece el más vanguardista de los tres, puesto que no sólo indulta a su personaje, desviando el derramamiento de sangre hacia los miembros masculinos, marido y amante, sino que además incluye un elemento innovador en la estructura, ya que amplia el clásico triángulo amoroso marido-mujer-amante al añadir un recurso magistral, que, valga la redundancia, no es otro que el Magistral de la Catedral, amigo y padre espiritual de Anita Ozores y desencadenante del dramático y muy intenso final del libro.

En resumen, la temática naturalista/realista del siglo XIX profundiza en el perfil psicológico de  la mujer para representarnos una época de grandes transformaciones sociales sin renunciar a la tensión dramática. No debemos olvidar que por aquel entonces las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres y que, en países como España, no gozaban ni siquiera del derecho a la educación, lo que permitía a los autores realistas jugar con el desequilibrio social para denunciar las desigualdades de un mundo sin cine y sin series de televisión, un tiempo donde las descripciones exhaustivas de personajes, lugares y situaciones actuaban como lente registradora, como cinematógrafo, como archivo de la memoria que hoy nos sirve para comparar la historia y ver lo poco que hemos avanzado en ciertos aspectos morales.