jueves, 19 de marzo de 2015

París ya no es una fiesta, apuntes sobre "A moveable feast"


¿Es A moveable feast una novela? ¿Una crónica? ¿Un libro de relatos? ¿Son unas memorias? Los veinte capítulos que componen la obra funcionan como textos independientes unidos por un sedal oculto que aporta consistencia al conjunto. París era una fiesta me parece una de las obras más sólidas de Hemingway, autor a quien he criticado con vehemencia en algún artículo por considerarlo históricamente sobrevalorado. Y digo sobrevalorado porque, además de haber sido galardonado con un Premio Nobel, ha sido tratado por la crítica como uno de los más grandes de todos los tiempos a pesar de que algunas de sus primeras obras presentan notables deficiencias técnicas. En cualquier caso, parece indiscutible que con el paso de los años Hemingway alcanzó un nivel muy alto de autoexigencia que se reflejó a la postre en la composición, la técnica y el estilo de sus últimas novelas, muy especialmente en El viejo y el mar. No obstante, como Nobel que fue, y como referente para muchos jóvenes escritores de los años sesenta y setenta, debo encuadrar a Hemingway dentro de ese selecto grupo de autores a quienes debemos exigir el máximo nivel, del mismo modo [disculpa el símil] que el público del Bernabeú exige a sus jugadores un rendimiento constante del ciento por cien, pues, entre otras cosas, algunos de ellos cobran diez millones de euros limpios al año. Sea como fuere, para evaluar al bueno de Ernest con total objetividad debería leerme primero todos sus libros, algo que aún no he podido llevar a cabo. Dentro de ese proceso de puesta al día, y en parte para reconciliarme con el autor norteamericano, se encuentra mi reciente lectura de París era una fiesta:


Podría definir París era una fiesta como una obra de juventud escrita en plena madurez. Hemingway construye este libro con los apuntes tomados en París durante los felices años veinte. Sin embargo, aquella época dorada de la bohéme no parece haber dejado un gran recuerdo en el autor, que retrata con cierta rabia, resentimiento quizá, a muchos de sus coetáneos. Bien es cierto que en aquellos días los apuros económicos conducían al hambre y obligaban a entender la vida como una lucha constante, pero la visión que Hemingway dibuja de muchos compañeros de profesión parece deberse más bien al rechazo de sus personalidades: el santo y pusilánime Ezra Pound, el hipocondríaco y maniático Scott-Fitzgerald, el fatigado e irascible Ford Madox Ford. Muestra Hemingway, sin embargo, un gran afecto por sus “maestros”, entre los que se encuentran autores como Sherwood Anderson o John Dos Passos y mecenas como Gertrude Stein, cuyos consejos teóricos escucha con calma y respeto. Conviene recordar aquí que Hemingway sucumbe al embrujo del arte de la pintura desde el mismo momento en que entra en casa de Stein. A partir de entonces, se basará en ciertas técnicas pictóricas para construir su propia narrativa; desde las estampas parisinas hasta las caricaturas de sus habitantes, todo lo que influye en el proceso de creación literaria nacerá de una estructura cezaniana.


París era una fiesta es, en resumen, el diario de un escritor en sus años de aprendizaje; un texto plagado de apuntes técnicos que quizá poco importen a los lectores que no escriben y que sin embargo pueden hacer disfrutar a cualquier aprendiz de narrador. Y no sólo eso, el libro nos cuenta con detalle algunas conversaciones que el autor mantenía con compañeros de profesión como Scott-Fitzgerald, en las que charlaban sobre editores, autores y libros; lo mismo que hacemos ahora muchos autores jóvenes cuando nos juntamos en los bares. No obstante, y quizá ésta sea la reflexión que convierte a este libro en una biblia mitológica, hoy en día las generaciones literarias cada vez se reúnen con menor frecuencia en los bares y cafés. La red social se ha convertido en el espacio de tertulia por excelencia, un lugar donde uno puede participar simultáneamente en varias conversaciones o debates que, por lo general,  suelen producir un ruido documental que se pierde entre la vanidad malentendida, la lucha por llevar la razón y el desinterés por el aprendizaje.  Un camino bien distinto al que tomara el joven Hemingway en los años veinte.

domingo, 15 de marzo de 2015

Abusos sistemáticos


La excepcionalidad del caso de la capitán del Ejército de Tierra Zaida Cantera no sólo estriba en el hecho de que haya sido acosada sexual y laboralmente por un superior, ni en que haya tenido la valentía de denunciar y de relatar su caso en el programa Salvados aunque aún le temblara la mandíbula al pronunciar el nombre del infame abusador, icono de un machismo patrio que nos retrotrae a la década de los cuarenta, sino también en que su lucha significará a la postre una cruzada para liberal Jerusalén de los infieles a la justicia más elemental; una cota de dignidad que todos y cada uno de nosotros, incluso los que en este caso juegan el papel de malos, merecemos.

Como bien apunta la capitán al principio del programa, el Ejército no es una democracia: «si das una opinión en la academia te dicen: eh, esto no es una democracia». Ni tampoco aspira a serlo, pues se rige por una cadena de mando basada en el acatamiento de órdenes. Creo que en esto estamos todos de acuerdo. Y precisamente por eso, y por muchas otras razones, yo nunca me alistaría en sus filas, pero esta máxima estructural de las Fuerzas Armadas no implica que dentro de ellas se puedan cometer todo tipo de atropellos sin que la justicia, sea ésta civil o militar, pueda entrometerse. «No tenéis ni idea del Ejército, de lo que realmente pasa y ocurre dentro», comenta Zaida en el espacio televisivo de Jordi Évole. Y en efecto, ¿quién sabe cuántos atropellos se cometerán dentro de un sistema que se rige por órdenes que han de ser obedecidas por muy irracionales que sean, por órdenes tal vez dictadas por un desequilibrado o un psicópata?: «si a mí me viola un superior, tengo que denunciarlo a través de mi superior», dice Cantera durante la entrevista.

Sin embargo, aunque no lo parezca, y salvando las muchas distancias que hay entre el caso de Zaida y cualquier otro caso de acoso sexual/laboral sufrido por un civil, el trasfondo de la cuestión, la lectura que subyace bajo el miedo, la soledad  y la tristeza del acosado, no es muy distinta; cualquiera que haya sufrido alguna vez acoso laboral empatizará enseguida con el sufrimiento de Zaida, porque al final la verdadera dificultad de todo esto es la dureza que supone enfrentarse a la maquinaria de un sistema establecido, sea el que sea. En el caso de Zaida, se trata de un sistema militar, y por ende tendente a defender siempre al oficial de mayor rango, pero en el caso de los civiles, se trata muchas veces de un sistema basado en el capital, que también tiende a creer que el superior, por el mero hecho de serlo, no puede ser el malo de la película, puesto que, además, quien se queja y denuncia, quien lucha por sus derechos o su dignidad, desarrolla siempre el perfil de “persona conflictiva” de cara a la opinión pública. Un jefe de área, un supervisor o un director general son figuras que suelen rechazar el enfrentamiento directo con sujetos de igual rango, pues esto acarrea estrés, problemas internos y disgustos. De este modo, ocurra lo que ocurra, el acosado, denunciante o no, acaba encerrado en un cuarto a oscuras desde donde no es capaz de enfrentarse a la maquinaria de un sistema que ni siquiera es capaz de ver. Y de esto modo termina desquiciado, solo y señalado. Una sensación de frustración que generalmente conduce a la rendición. O dicho de otro modo; a que siempre gane el sistema.  

Los coroneles que declararon como testigos en el caso Zaida tildaban a la capitán de “conflictiva”. Una argucia sutil para anular todo concepto de justicia, toda tendencia a la compasión, a la empatía y, sobre todo, y más importante, a la humanidad; requisito que debería exigirse a cualquier mando directivo con seres humanos a su cargo, sea éste el director de un banco, el dueño de una empresa o el capitán de un barco, pues al final tratar a tus subalternos con humanidad, sentir lo que ellos sienten, empatizar, es el mérito que debería diferenciar a un superior de sus subordinados. Lo demás, sean valores o virtudes, sea mera experiencia laboral, ya viene escrito en el currículo.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La vida mitigada, de Tomás Sánchez Santiago


Cuando uno pasa la última página de esta Vida mitigada y cierra el libro, tiene la sensación, tal vez un regusto figurado que se pega al paladar como las burbujas de un buen vino espumoso, de que acaba de leer una de esas obras que hacen magisterio de lo sencillo. Tomás Sánchez Santiago recoge el material narrativo de la observación minuciosa de lo cotidiano; de las calles de las ciudades en las que ha vivido o ha visitado, de la personalidad de su vecinos y compañeros, de las rutinas y caprichos de la naturaleza, y demuestra así que el buen escritor es capaz de usar no sólo la poesía, sino también la prosa, para hablar de la contemplación de un rayo de sol que se cuela por la ventana de su cuarto y reverbera en la superficie plana de una mesa de madera de roble.

“La luz limpia y azul que parece avisar de algo en estos primeros días de enero. Mirad cómo es entrego el año nuevo, no lo manchéis demasiado. Eso parece decir el resplandor inicial que inaugura estas tierras. Ya nos encargaremos nosotros de irlo oscureciendo todo” (p. 32)

Tomás Sánchez Santiago nos presenta un compendio de apuntes o notas tomadas sin prisa alguna, construidas con un “lenguaje tranquilo” y “no mucho cincel”, según apunta el propio autor en el prólogo. En ellas encontramos algunos de esos detalles, tantas veces inadvertidos, que al final resultan ser las únicas piezas que componen la existencia. Reflexiones que nacen de los aspectos más sencillos de nuestro día a día; pequeños retratos de movimiento pausado, instantáneas vitales como las que toma un fotógrafo que se lanza a la calle acarreando una cámara convertida en pluma.

“El poeta es el que quiere estar siempre cerca de las cosas. También de las desechadas, de las peligrosas, de las inadvertidas, de las perseguidas por los azotes del hombre y las inclemencias. Da igual. Él se pone cerca de ellas y canta” (p. 98)

Y, ciertamente, el poeta es un profesional de la palabra, aunque la palabra no sea para uso exclusivo del poeta. Es así como alcanzamos a comprender uno de los temas principales de la obra; el de la mudez; el de la negación de la palabra como único modo de preservar el lenguaje en un estado puro e incorruptible, necesario para su transmisión como legado. Afortunadamente, aún quedan escritores sin rostro, como este zamorano afincado en León, que nos recuerdan que la composición de un libro no depende de la historia que nos cuenta, ni de su trama, ni siquiera de su voz, sino de las palabras que lo forman y de las sensaciones que éstas generan en el lector.

“De la misma manera que aquellos hombres primitivos se pasaban el testigo residual de un poco de fuego para mantener la vida, y de la misma manera que en los pueblos que tú conoces mejor que yo las mujeres guardaban un poco de hurdimiento para no quedarse sin pan, así me vienes tú a decir que los escritores debemos prestarnos palabras unos a otros cuando veamos que hay falta de ellas. Nada más lejos, por cierto, de lo que suele suceder.” (p. 292)


La vida mitigada se divide en seis partes, la última de las cuales contiene un relato inédito que combina la fábula con el ensayo y la autobiografía y que desde aquí le recomiendo públicamente a mi querido Enrique Vila-Matas. Se trata de un texto que bien podría haber sido publicado por una de esas prestigiosas editoriales literarias que se jactan de haber protegido, y seguir protegiendo, ahora como sello alternativo de un gran grupo empresarial, la mejor literatura española. Sin embargo, son precisamente esos editores [sic] quienes desconocen que tras las bambalinas de la autopromoción y los excesos ególatras de las redes sociales, existen aún escritores magistrales que desde su trinchera nos enseñan que la literatura de verdad no puede estar en otro lugar que no sea el interior de uno mismo.

La vida mitigada. Tomás Sánchez Santiago. Eolas Ediciones, 2014.

domingo, 22 de febrero de 2015

Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán, crónicas sorianas

Bien parece la pequeña capital soriana, cuando uno la descubre mientras camina por su centro peatonal, una aldea con funciones de administración y ordenación del caos y la nada; el vacío y la despoblación. Pero abajo aparece el Duero, que se lanza agresivo desde los Picos de Urbión y transforma todo gracias al poder purificador del agua, raíz de la existencia y foco de inspiración para artistas plásticos y poetas. Pasear a la vera del río, desde San Polo a San Saturio, por una senda flanqueada por chopos desnudos y blancos que tiritan de frío, se convierte para el viajero observador en una suerte de experiencia mística en la que la inspiración se instala en las tripas y bulle dentro pidiendo ser liberada no por medio de vómitos, sino de rimas y metáforas.  Y de este modo alcanza uno la ermita construida en la roca en memoria del anacoreta, que ciertamente encontró aquí el lugar perfecto para meditar.


Tal vez sea el pintoresco claustro de San Juan de Duero, entre románico y mozárabe, la estampa más conocida de la capital soriana. Al entrar en el recinto destechado tras pagar un euro que suponemos ayudará a conservarlo, la arquería sorprende por su paradójico equilibrio; una armonía encontrada en la mezcla osada de tres órdenes arquitectónicos distintos. A su lado la iglesia románica, modesta, de una sola nave, y sin embargo con dos baldaquinos con cupulillas orientales cuyos capitales labrados en medio relieve destilan una perfección técnica que los hace merecedores de los más grandes halagos de la historia de la escultura románica. Se debe, tan bizarra mezcla entre lo oriental y lo occidental, a que fue la orden militar de los Caballeros Hospitalarios, que había luchado en Tierra Santa, quien fundó el complejo monacal que hoy se puede visitar sin apenas turistas en los fríos días de invierno soriano.



Una de las peculiaridades de Soria es su brigada o resguardo contra el viento. Son más de mil los metros de altitud a los que se encuentra la ciudad, sin embargo, sus cerros protegen al municipio del Cierzo y anulan la sensación de frío que uno puede percibir en su verdadero estado cuando abandona el tramo peatonal y cruza el paseo del Espolón junto al parque de la Alameda de Cervantes, donde los edificios escasean y la climatología cambia. Más curiosidades: las ovejas. Nada más alejarse unos metros del casco urbano, los rebaños de ovejas tomas las laderas de las cerros para pastar a sus anchas; como lo harían en cualquier cañada que conduce a una aldea de montaña. Sin embargo, Soria no es una aldea montañesa, sino una capital de provincia castellana. Aunque esto último es algo que aún dudo; ¿es Soria realmente castellana? Su Plaza Mayor, con la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, donde contrajeran matrimonio Antonio Machado y la joven Leonor Izquierdo, nos indica que sí. No obstante, el acento de la gente, el verde oscuro de sus pastos del extraradio y algunos edificios civiles empujan a la ciudad hacia influencias aragonesas o quizá vascas; reminiscencias de un cruce de caminos donde ya pocos paran a descansar.



A Soria llegó Machado para ejercer como profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre, y la ciudad le inspiró para crear algunos de esos poemas que hoy se estudian en los programas académicos de los centros educativos, como el dedicado al olmo seco; árbol muerto que hoy descansa aislado y, da la impresión, condenado al ostracismo, junto a la puerta del cementerio donde está enterrada Leonor, a quien dibujo en mi mente con uno de esos trajes ornamentados, tan castos, que vestían las mujeres de la época y que me lleva a rememorar la gracilidad que le otorgó Clarín al personaje de Ana Ozores, La Regenta. Y es que la Soria actual podría servir de escenario para la novela de Leopoldo Alas, con su Casino y su Paseo del Espolón, con sus viejas librerías y sus boutiques de moda, con sus chiquillos atrevidos y sus timoratos ancianos; escenas que nos retrotraen a un pasado remoto en que los matrimonios venían concertados y las señoras de bien eran beatas. Un tiempo que, en esencia, no sólo se ha detenido en Soria, sino que sigue dominando los designios de España. 


jueves, 19 de febrero de 2015

Atila, de Javier Serena (tres fragmentos)

A partir de aquel momento, espoleado por sus sesudas teorías, se inició una estrecha relación por correspondencia de más de un envío por semana, por lo que muy pronto comprobé que Aliocha Coll era un lector particular, con un hondo conocimiento de los clásicos y un desinterés completo por los escritores de su tiempo. No hubo sólo confesiones de carácter literario. A la vez, sin que mediaran preguntas previas por mi parte, sin que existiera un detonante claro, Aliocha empezó a tratar otros asuntos personales, como los problemas con su esposa o su dependencia de la fortuna familiar, en bruscas revelaciones de intimidad que resultaban un tanto embarazosas entre dos personas que no se habían visto nunca. (p. 46)

Dos semanas después de su fuga silenciosa de Castelldefels, Aliocha sufrió la primera consecuencia desastrosa: Bartomeu, harto del empecinamiento de su hijo, aburrido de su error, decidió no volver a realizar su habitual aportación mensual, y evitar de aquella forma que además de proseguir con su ficción de escritor incomprendido en las lontananzas de París lo hiciera a costa de sus fondos. Sin embargo, tomó la determinación sin advertir ni consultar a nadie, ni siquiera a Aliocha, por lo que el primer lunes de marzo este lo llamó persuadido de que había habido un retraso en el ingreso.
Fue entonces cuando el padre le comunicó que hasta que no emprendiera el viaje de regreso no iba a volver a sufragar sus gastos de manutención: 
-Puedes quedarte hundido entre tus libros, dando paseos junto al Sena -supe por su primo Carlos que le dijo Bertomeu Coll-. Pero si quieres escribir tendrás que trabajar, o aprender a cazar palomas con las que alimentarte. 
 (p.89)

Este singular espíritu que había caracterizado siempre a Aliocha, indómito y anárquico, alérgico a los tópicos y al pensamiento timorato, se evidenciaba sobre todo en sus charlas de madrugada, cuando después de caer la noche y encenderse las farolas que rodeaban el hotel permanecía en los sofás de la planta baja junto a los otros huéspedes. En aquellas conversaciones, algunas veces, dominado por una idea deslumbrante, ganado por un éxtasis revelador, se expresaba con una vehemencia poco frecuente, quizá hasta con violencia, provisto de una convicción en los argumentos que esgrimía que anulaba cualquier posible discrepancia. Otras veces, en cambio, si el asunto sobre el que se discutía no le interesaba, o si se aburría de los fríos tecnicismos con que exploraban alguna obra literaria, o bien se quedaba callado durante horas, o bien se levantaba de repente de su asiento y salía de la estancia, sin ni siquiera disculparse por su ausencia. (p.138)


Atila, de Javier Serena. Tropo Editories, 2014.

martes, 3 de febrero de 2015

Vestido de novia, de Pierre Lemaitre


No soy un lector de género. A veces picoteo un poco de ciencia ficción o de novela policiaca, si resulta que, por circunstancias, cae alguna novelita como esta en mi mesilla de noche, ya sea por recomendación o por interés propio. Vestido de novia fue un regalo. Al principio pensé que pospondría su lectura por tiempo indeterminado. Pero un día de invierno, uno de esos domingos de chocolate con churros, manta y sofá, me dio por abrirla. Y ya no pude parar de leer hasta bien entrada la noche. 

Hablar de Vestido de novia resulta un problema; cualquier cosa que comente sobre su argumento podría arruinar la lectura, así que te advierto, lector, de que esta nota podría contener spoilers que no obstante intentaré evitar desde este mismo punto. 

Bien, por un lado tenemos la historia de Sophie, la protagonista. El nombre no es muy original. La forma de componer el thriller tampoco. Pero funciona porque tiene ritmo e intensidad. Y un estilo contundente y chispeante. Las primeras cien páginas están llenas de acción y descripción; puro suceso, carencia de reflexiones, digresiones o apuntes que apuntalen el perfil del personaje. Sophie es una niñera que cuida del hijo único de un matrimonio adinerado. De repente, sin saber cómo, el niño aparece muerto. A partir de aquí, los cadáveres comenzarán a acumularse alrededor de Sophie sin que ella recuerde nada. Sophie no alcanza a comprender qué le sucede, por qué olvida situaciones y pierde objetos, por qué se encuentra tan cansada. En cualquier caso, demostrará ser una gran superviviente. 

Es fácil jugar con el lector cuando le suministras unas pocas dosis de información y te guardas las otras para manipularlo. El suspense es un viejo recurso del arte narrativo. Muy efectivo cuando está bien ejecutado, como sucede en este caso. Sin embargo, no dejan de sorprenderme las licencias que se toman algunos narradores de noir para insertar situaciones inverosímiles en marcos realistas y pretender que al lector le resulte creíble. Esto viene a tenor de la segunda parte del libro, donde se plantea un punto de vista voyeur que nos enfrenta a Sophie y su realidad y que nos aporta respuestas a muchas de las preguntas que habían quedado abiertas en el inicio. En esta parte, se nos presenta una presencia todopoderosa y creadora; un personaje pleno de recursos y dotado de una inteligencia casi extraterrestre. Él será quien nos cuente, en forma de diario, quién es Sophie y por qué le suceden cosas tan extrañas. Llegados a este punto, la tensión dramática va in crescendo y el lector busca a toda prisa el clímax. 

Y de este modo llega una tercera parte (compuesto por la tercera y cuarta, de igual estructura) donde se funden los dos puntos de vista anteriores a través de un narrador omnisciente. El desenlace es una suerte de juego de tetris donde el autor va encajando todas las piezas que aún quedan sueltas. Pero, a decir verdad, esta parte es mucho más que eso: es un ejercicio de manipulación psicológica que nos recuerda un libro recientemente comentado aquí, El bigote, de otro francés, Emmanuel Carrére. Y con ese truco llegamos a un final que da un giro brusco, aunque no necesariamente sorprendente.

Ciertamente, Lemaitre demuestra ser un escritor con domino de la técnica y, por lo tanto, es capaz de darle al género ese toque estilístico que, más allá de la estética, aporta una sensación; la sensación de que uno no ha estado perdiendo el tiempo con una de esas novelitas que se ridiculizan en esta misma obra cuando Sophie, en momentos de cierta estabilidad, pasa gran parte de su tiempo libre leyendo “novelas”. Un guiño a Madame Bovary, y quizá también a El Quijote, y a la figura de la mujer como Penélope que ahoga su tiempo en el ocio puro mientras espera el regreso de su marido o de su amante. Sin embargo, aquí tenemos una obra que, aun pensada para ser devorada ociosamente, pues contiene todos los elementos del género, es capaz de aportar el poso literario que se espera de un Premio Goncourt. 

Vestido de novia, de Pierre  Lemaitre. Alfaguara, 2014. [Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.]

jueves, 29 de enero de 2015

La hoguera pública, de Robert Coover



El 19 de junio de 1953, Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica, en la cárcel de Sing Sing, tras un vergonzoso proceso judicial en el que se les condenó por supuesto espionaje a favor de la Unión Soviética, algo que jamás pudo probarse. El mundo entero se echó a la calle para protestar por el atropello en que estaba cayendo el estado americano en su desaforada lucha contra la expansión mundial del comunismo; enemigo de su sistema libre y democrático (modo risas irónicas). Pues bien, inspirándose en el juicio de los Rosenberg, y con la paranoia del macartismo como telón de fondo, Robert Coover construye una brillante sátira del proceso elevando a los protagonistas a la categoría de caricaturas de sus perfiles públicos. En ella recrea el caso Rosenberg como si de un cómic de superhéroes se tratase e imagina la ejecución como un auto de fe en una plaza mayor española del siglo XVI. Ciertamente, la inquisición y el macartismo comparten muchos puntos en común. Uno de ellos sería la tendencia al escarnio público como castigo ejemplarizante; el juicio social como infierno terrenal. De este modo, Coover imagina la ejecución del matrimonio judío, los espías atómicos, como los llama el autor, en pleno Times Square, para regocijo de los hombres libres del sistema más democrático del mundo (modo risas contagiosas).

Sin embargo, como el mismísimo General George Washington –que como Encarnación Primordial había dirigido a la nación en su salida de lo que él denominó “una época sombría de ignorancia y superstición”- escribió en una ocasión: “a ningún pueblo se le puede obligar a reconocer y adorar la mano invisible que dirige los asuntos de los hombres más que a los Estados Unidos. ¡Cada paso por el que se han ido caracterizando como nación independiente parece haberse distinguido por algún símbolo de origen providencial!” (p. 18)

La brillantez del texto reside sobre todo en el tono, que viene dado por un estilo sarcástico plagado de diálogos aparentemente absurdos que nos dan sin embargo un perfil acertado de los personajes principales, especialmente de Richard Nixon, por entonces vicepresidente, que actúa como uno de los narradores en La hoguera pública y se retrata a sí mismo como el arribista inútil y cínico que posteriormente llegará a presidente. Nixon aglutina en su perfil todos los males de una sociedad hipócrita y lunática, intoxicada y adulterada por la religión y por el convencimiento de la equidad de su sistema. Conviene recordar en este punto el trabajo del traductor, José Luis Amores, que ha conseguido trasladar al castellano el estilo chispeante y fluido con que Coover fuerza al lector a deslizarse por las más de seiscientas páginas del libro.

La parodia desternillante y mordaz le sirve al autor para reflexionar sobre el macartismo y, por ende, sobre el sistema americano en sí mismo, al que retrata como una gran mentira cuyos voceros propagandísticos son el TIME y el NYT y que viene representada alegóricamente por el Tío Sam como suerte de diablillo (que por momentos me recordaba al diablo de El maestro y Margarita, de Bulgákov) o voz de la conciencia demoníaca que ordena y manda a los gestores del sistema; les indica cómo y cuándo han de tomar decisiones tan controvertidas como seguir adelante con la Caza de Brujas; cualquier cosa en pos de frenar al Fantasma (también como representación alegórica), que extiende su peligrosa influencia por todo el mundo civilizado. 

Coover resulta ser, a la postre, uno de los pocos autores americanos que se atreve, tan sólo dos décadas después de su desaparición, a criticar los excesos e injusticias del macartismo y hasta a poner en tela de juicio la dictadura del capitalismo/catolicismo que ha dominado el mundo amparándose en dos grandes mentiras, o al menos dos palabras con varias interpretaciones: libertad y democracia. Para ello desarrolla en este excelente libro, traducido por primera vez al español en edición de coleccionista por Pálido Fuego, una excesiva e hiperbólica novela en clave de humor que lleva al lector a comprender aún mejor en qué se basa el sistema estadounidense para perpetuar su éxito.

Una masa, ya se ve, no actúa de manera inteligente. Aquellos que componen una masa no piensan de manera autónoma. No piensan racionalmente. Es muy posible que hagan cosas irracionales, incluido el volverse contra sus líderes. De manera individual, quienes integran una masa son cobardes; sólo colectivamente, incitada por un líder, dará la masa la impresión de actuar con valentía. (p. 252)

La hoguera pública, de Robert Coover. Pálido Fuego, 2014. [Traducido por José Luis Amores]