lunes, 25 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road; espectáculo salvaje, entretenimiento feroz

Ver una película no es lo mismo que ir al cine. Una película puede ser vista en una sala de proyecciones, en la tele, en la pantalla del ordenador, en el iPad o incluso en el móvil. Y la experiencia resulta muy diferente en cada caso. Cabe destacar que todas y cada una de las producciones están pensadas para ser exhibidas en pantalla grande. No obstante, la diferencia entre ver Septiembre, de Woody Allen, en una sala de exhibición o en la televisión de un domicilio particular no es realmente decisiva a nivel sensorial, pues es un film con más fondo que forma y su peso reside en su lectura entre líneas, en su reflexión postrera. En el otro extremo encontramos ese tipo de pelis que pierden todo su sentido, el objeto para el que fueron realizadas, si no se visionan en una sala con pantalla grande y Dolby Surround. En este sentido, Mad Max: Fury Road es quizá uno de los ejemplos más evidentes de los últimos años; un filme concebido como entretenimiento feroz y salvaje, un festival audiovisual que empuja al espectador a abandonar su butaca y contemplar la proyección de pie, incluso a bailar al ritmo de la percusión que recorre la cinta marcando su ritmo de manera sistemática, a saltar y gritar y perder su voz entre el estruendo de los motores V8 que surcan los desiertos postapocalípticos de un mundo distópico; escenarios ballardianos colmados de ese tipo de detalles que no se pueden calificar sin utilizar prefijos como post o trans, y que se complementan con una estética punki que perfecciona la iniciada por el creador de la saga en los años setenta. A diferencia de otras películas recientes donde la atmósfera creada ejerce un efecto más cautivador en el espectador que el propio guión, Mad Max: Fury Road cimenta su acción visceral, apenas interrumpida por los fundidos a negro y unas breves transiciones narrativas donde se cuelan algunos diálogos, en un guion sin apenas grietas que nos cuenta la historia de una huida y su correspondiente persecución (interminable, eso sí) con solidez y excelentes giros anticlimáticos que, en resumen, convierten esta película en un referente para el entretenimiento y el goce sensorial; una experiencia equiparable a una visita al parque de atracciones con la montaña rusa más grande del mundo; un torrente de sensaciones que conduce a nuestros sentidos a unas cotas de estrés poco habituales; una locura, un espectáculo, un exceso desengrasante, una borrachera de luz, sonido y color con destellos de humor negro y dos excelentes actores que hacen que la cinta sea algo más que la mejor película de acción que he visto en los últimos años.

lunes, 11 de mayo de 2015

Eso que llaman futuro


El bibliotecario se sentó un día más en su silla giratoria tras el mostrador de préstamo. Al fondo, frente a su posición, había un ventanal de cristal satinado por el que se colaba una luz vidriosa y apocalíptica. Contempló las estanterías laterales y pensó por un instante en la muerte del libro en papel, en la defunción del libro en todo formato, en la ruina prematura de la industria literaria. A su derecha se encontraba uno de los carritos de madera que se utilizaban para transportar los ejemplares de un lado  a otro de la biblioteca. Sus tres baldas aparecían tan colmadas como las de un supermercado a primera hora de la mañana. No había ensayos, ni poemarios, ni obras de referencia; solo narrativa y tristeza. Aquellos ejemplares de tapa dura y bolsillo tenían un destino común e inminente; serían víctimas de una providencia maldita que los depositaría en la basura sin turno de réplica ni apelación alguna. Un proceso doloroso y cruel. La nueva jefa de bibliotecas provenía del ámbito empresarial y nunca había leído a Hemingway. Había sido contratada para ejecutar un plan quinquenal que tenía por objeto liberar espacio en pos de convertir la biblioteca en un lugar flexible y multiusos, un recinto más parecido a un centro social que a un centro de información. La transición del libro en papel hacia el libro digital era una evolución natural que el bibliotecario entendía como un ejemplo de convivencia entre dos formatos no necesariamente incompatibles. Sin embargo, la nueva jefa de bibliotecas había comenzado el expurgo de lo impreso mucho antes de adquirir los lectores digitales e incluso mucho antes de tener una idea aproximada sobre el modo en que estos serían prestados. El bibliotecario miró de nuevo el carro atestado de libros y sintió lástima por Portnoy y su lamento, y también por los hermosos caballos de McCarthy, y naturalmente por los hermanos Karamázov, Anna Karénina y Don Quijote. Alargó su brazo para coger uno de los ejemplares que debía descatalogar y lo sostuvo sobre la palma de su mano como si fuera un adorable cachorro de gato, mirándolo con la lástima que merece un animalillo desvalido. Se trataba de una de las obras más conocidas del escritor vasco Pío Baroja: El árbol de la ciencia. El bibliotecario sintió una aflicción profunda en el momento de escanear el código de barras del libro y añadirlo por lo tanto al archivo de obras descatalogadas, una amargura extensible a todos los árboles y a todas las ciencias, y muy especialmente a la ciencia bibliotecaria, que sucumbía sin remisión a los desmanes del capitalismo extremo. Se trataba de una nueva forma de gestionar la cultura que apenas tenía algo que ver con eso que llaman “futuro” o “nuevos tiempos”; más bien formaba parte de una política basada en el desprecio total por el libro como puerta de acceso al conocimiento. El bibliotecario pensó al cabo que, como en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, debían de existir formas ingeniosas de salvar los libros y, por lo tanto, de salvaguardar la sabiduría para que las generaciones venideras entendiesen el mundo en términos no solo económicos. Mientras el bibliotecario se devanaba los sesos en busca de una solución, una usuaria veterana, una señora de mediana edad que leía obras más profundas que las de Danielle Steel, se plantó frente a él y le saludo con un movimiento de su barbilla. El bibliotecario contempló su rostro sin facciones; deformado por la oscuridad del contraluz, y observó con detenimiento el haz de rayos que daba forma a su silueta y le confería un aspecto angelical, casi divino. La señora preguntó el motivo por el que los libros estaban siendo sometidos a expurgo y el bibliotecario le mencionó los planes quinquenales, la transición hacia el libro digital y el triste destino de las novelas, condenadas a perecer en un contenedor sin reciclaje; mezcladas con envases de lejía y pieles de frutas de temporada. Entonces la usuaria le habló del asilo de ancianos que ella misma gestionaba y de su interés por recibir todos esos libros descatalogados en la biblioteca que allí poseían. El bibliotecario le comentó que tenía órdenes estrictas de la jefa de bibliotecas al respecto y que no le estaba permitido donar los libros. La usuaria respondió que entonces serían los empleados del asilo quienes los recogerían de la basura esa misma noche y los cargarían en una furgoneta. Y así fue.  A los pocos días, la jefa de bibliotecas, que a pesar de su modernidad y visión futuro profesional rondaba esa edad en que la gente se jubila, enfermó gravemente y pasó varias semanas ingresada en un hospital. Cuando le concedieron el alta, los doctores le prohibieron volver a trabajar. Le gustase o no la idea, debía jubilarse de inmediato. Al encontrarse sola, sin familia, sin hijos, sin amigos de verdad, no le quedó más remedio que integrarse en un asilo de ancianos cuyo mayor atractivo era una gran biblioteca formada por los libros que ella misma había descatalogado.

lunes, 27 de abril de 2015

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco


Una buena forma de explicarle a los alumnos de Secundaria la evolución de la novela a lo largo de la historia de la literatura sería realizar una comparación entre La Ilíada de Homero y Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco, puesto que la novela actual es el resultado de la evolución de la poesía épica de la antigüedad, convertida en prosa para alejarla de los ideales heroicos y acercarla a los aspectos de la vida real y, de este modo, hacerla más accesible al público. Pues bien, esta arriesgada y curiosa obra del italiano Baricco se atreve a transformar en prosa nada más y nada menos que el más famoso de los cantos homéricos, despojándolo por completo de los dimes y diretes entre dioses y hombres que completan y distorsionan la acción a partes iguales. El resultado es una narración moderna de prosa elegante y prosódica que nos cuenta la misma historia que Homero pero adaptada al lector de hoy y a sus costumbres.

El escritor italiano explica en el prólogo, a modo de obligada aclaración, las razones que le llevaron a emprender tan arriesgada empresa. Resulta que un día le dio por pensar que “sería hermoso leer en público, durante horas, toda la Ilíada”, pero rápidamente comprendió  que “tal y como estaba, el texto era ilegible: se requerían unas cuarenta horas y un público muy paciente”. Así que, ni corto ni perezoso, y pertrechado con una coraza mezcla de determinación y osadía, decidió intervenir el texto y adaptarlo para dicho propósito. Quizá lo más interesante de la intervención sea el estilo; rítmico, poético, listo para la declamación. Un sello que no resulta sorprendente en modo alguno para quienes hemos leído Seda o Novecento.

Veintiuna son las voces que narran los cincuenta y un días finales del asedio a la ciudad de Troya. Ellas nos cuentan en primera persona pasajes tan célebres como la disputa entre Agamenón y Aquiles, el ridículo de Paris en el campo de batalla o la lucha entre Héctor y Patroclo, todo ello sin perder el vista el texto original y las características que el mismo otorga a los personajes; rasgos atribuibles a aquellos héroes y aquellos hombres, pero también a los hombres de hoy en día; estados emocionales y pasiones, defectos y virtudes. Astucia, piedad, audacia, ambición, codicia, cólera, ira. Sustantivos que siguen dirigiendo los designios humanos como si el tiempo fuera un saco de cuyo fondo ha rescatado Baricco los siglos dejados atrás para revivirlos de nuevo en esta novela.

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco. Anagrama, 2005. [Traducción de Xavier González Rovira]

lunes, 13 de abril de 2015

Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta; adulterio y retrato social en la novela del XIX (Grandes lecturas XVI)


Resulta difícil abordar un artículo sobre el adulterio en la novela realista del siglo XIX sin caer en el academicismo y la erudición o, dicho de otro modo, sin aportar documentación y utilizar citas. Surge en la fase previa a la ejecución de un texto de este tipo alguna de esas preguntas que buscan los porqués de un estudio tan carente de actualidad. La idea de escribir sobre este asunto no es en mi caso más que el resultado de un proceso necesario provocado por la reciente lectura de La Regenta y el obligado parangón con otros dos clásicos coetáneos. Sea como fuere, reflexionar sobre la obra de tres de los más grandes exponentes de la literatura universal lleva a uno a emprender acciones insanas, a perpetrar atentados contra la modernidad y sus iconos, es decir; a cambiar la barba hipster por el bigote prusiano y las gafas de pasta por los quevedos. Comencemos pues:

El adulterio es sin lugar a dudas uno de los temas más recurrentes de la historia de la literatura. Y quién mejor que ciertos personajes del Antiguo Testamento, esa gran novela fantástica, para inaugurar la temática; la bella Betsabé, esposa de Urías el hitita, se acostó una noche con el rey David por deseo expreso de éste, actitud que por supuesto desagradó mucho al Señor. Y aunque parezca anecdótico, dado que los dioses y los reyes mantenían relaciones con quien les apetecía, este episodio posee una trascendencia enorme, pues en él se narra por escrito un hecho que establece unos principios morales dictados por Dios; la moral y las reglas. A partir de aquí, el tema de la infidelidad se mantendrá de una u otra manera a lo largo de la historia de la literatura, incluso durante la Edad Media, en obras como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, o El Decamerón, de Bocaccio, pero no será hasta la explosión de la novela realista en la segunda mitad del siglo XIX cuando el adulterio como temática se convierta en algo recurrente. Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857), Anna Karenina (León Tolstoi, 1877) y La Regenta (Leopoldo Alas “Clarín”, 1884-85) son tal vez las tres novelas más relevantes, pero ni mucho menos las únicas. Destacan también, entre otras muchas: El primo Basilio (Eça de Queiroz, 1878) Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) o Effi Briest (Theodor Fontane, 1895).

Como es sabido, pues así se enseña en los libros de texto de Secundaria, la novela realista busca recuperar el análisis objetivo de situaciones y personajes frente al subjetivismo romántico. Los autores realistas tratan de aplicar un método casi científico que les permita estudiar la realidad a través de la observación. A pesar de la influencia marxista en la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales, la mayor parte de estas novelas suelen centrarse en la burguesía para articular sus historias, una clase social que, además, formaba la base del público lector de la época. El tedio y la frustración que causan los matrimonios burgueses concertados, tan en boga en la época, servirán a la postre para componer un retrato social canalizado a través de la figura femenina, utilizada ésta en la doble vertiente de objeto y  ejemplo social. Ana Ozores, La Regenta, refiere a lo largo del libro expresiones como “hastío eterno” o “tedio”. Anna Karenina, por su parte, experimenta una desagradable sensación de “hipocresía” que “oprime su corazón” cada vez que se rencuentra con su marido. Mientras que Emma Bovary se pregunta en un pasaje determinado: “¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros?”

Por otro lado, la monotonía, la rutina y la carencia de amor conducen a estas mujeres a refugiarse en la lectura. Es en este punto donde aparece con intensidad el elemento quijotesco, pues la pasión desmedida por lo libros colmará a las heroínas de unos ideales que, al no verse realizados, desembocarán en frustración. Emma se deleita con relatos románticos que la llevan a soñar con París y sus bailes; con una vida burguesa y liberal que la arranque de su aldea. La Regenta, en cambio, se refugia en lecturas místicas que colman su alma de un candor que su esposo no es capaz de darle. Y Anna Karenina, que tiene acceso a la vida social de la alta burguesía rusa, sueña sin embargo con rodearse de personajes más heroicos que su previsible y formal marido, funcionario zarista que le causa una gran infelicidad.

Todas estas coincidencias o puntos en común se deben al hecho de que los novelistas consideraban el adulterio como un asunto más social que individual e invitaban, de alguna manera, a la reflexión personal a través de un planteamiento realista cargado de tensión dramática. No obstante, las diferencias entre los tres personajes son también notables, tanto en lo que respecta a los conflictos causados por la culpa como al aspecto moralizante de sus finales respectivos. Veamos: la culpabilidad, o noción de pecado, adopta formas muy variadas en las tres heroínas: para las anas, por ejemplo, no existe carga moral, sino más bien social, dado que son ellas mismas quienes, debido a su educación, consideran que han roto las reglas de comportamiento establecidas en su sociedad y entienden que su pecado sería menor de no ser público. Respecto al castigo que cada autor parece imponer a sus personajes principales, Clarín me parece el más vanguardista de los tres, puesto que no sólo indulta a su personaje, desviando el derramamiento de sangre hacia los miembros masculinos, marido y amante, sino que además incluye un elemento innovador en la estructura, ya que amplia el clásico triángulo amoroso marido-mujer-amante al añadir un recurso magistral, que, valga la redundancia, no es otro que el Magistral de la Catedral, amigo y padre espiritual de Anita Ozores y desencadenante del dramático y muy intenso final del libro.

En resumen, la temática naturalista/realista del siglo XIX profundiza en el perfil psicológico de  la mujer para representarnos una época de grandes transformaciones sociales sin renunciar a la tensión dramática. No debemos olvidar que por aquel entonces las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres y que, en países como España, no gozaban ni siquiera del derecho a la educación, lo que permitía a los autores realistas jugar con el desequilibrio social para denunciar las desigualdades de un mundo sin cine y sin series de televisión, un tiempo donde las descripciones exhaustivas de personajes, lugares y situaciones actuaban como lente registradora, como cinematógrafo, como archivo de la memoria que hoy nos sirve para comparar la historia y ver lo poco que hemos avanzado en ciertos aspectos morales.


viernes, 3 de abril de 2015

Crónicas toledanas: Zocodover


Zocodover, satélite rayano en la indolencia, vestigio orgulloso e indestructible, producto del urbanismo darwinista, se impone a pesar de todo al resto de espacios toledanos. Antaño Plaza Mayor, su nombre proviene del árabe  sūq ad-dawābb; mercado de bestias de carga. Se consolidó en el medievo como centro neurálgico y teatro del escarnio público; autos de fe y ejecuciones de reos se ofrecían como espectáculo. Quizá por eso, como parte de un show de penitencia urbanística, las llamas devoraron la plaza en el siglo XVI hasta reducirla a cenizas. Sin embargo, su aspecto actual se debe a la reordenación del XIX. Hoy en día, el espacio es el mismo; el vacío sigue acogiéndonos a pesar de todas las reestructuraciones. Pero bajo los soportales ya no hay tratantes de ganado ni titiriteros, ya no hay heno desparramado por el suelo ni señoras con mandil blandiendo básculas romanas. McDonald’s y Burger King compiten en locales contiguos por ser la primera potencia de la comida basura. El ambiente de la plaza está cargado de un olor denso a aceite de girasol frito desde tiempos inmemoriales. Decidirme por un local es un desafío a lo racional, un azote a la tautología; es como elegir entre la horca y el garrote vil. Imagino aquellos castigos y me agarro el cuello con ambas manos para después girarlo a la izquierda; en el otro costado de la plaza se encuentra la Casa de la Carpintería, vestigio lateral del proyecto renacentista de Juan de Herrera. Divide el edificio a la mitad con precisión de jurista el arco de la sangre, una oquedad que, como si fuera el ojo del Gran Hermano, me mira insolente haciendo alarde de experiencia. Bajo los soportales, la confitería Santo Tomé, famosa sobre todo por sus mazapanes, un dulce elaborado originalmente para los pobres que hoy compran las clases medias. Al volver la vista, me doy cuenta de que sigo frente al pequeño zócalo que queda entre los dos restaurantes americanos, dudando cuál elegir, absorbido por un maniqueísmo consumista de líneas espectrales. 

jueves, 19 de marzo de 2015

París ya no es una fiesta, apuntes sobre "A moveable feast"


¿Es A moveable feast una novela? ¿Una crónica? ¿Un libro de relatos? ¿Son unas memorias? Los veinte capítulos que componen la obra funcionan como textos independientes unidos por un sedal oculto que aporta consistencia al conjunto. París era una fiesta me parece una de las obras más sólidas de Hemingway, autor a quien he criticado con vehemencia en algún artículo por considerarlo históricamente sobrevalorado. Y digo sobrevalorado porque, además de haber sido galardonado con un Premio Nobel, ha sido tratado por la crítica como uno de los más grandes de todos los tiempos a pesar de que algunas de sus primeras obras presentan notables deficiencias técnicas. En cualquier caso, parece indiscutible que con el paso de los años Hemingway alcanzó un nivel muy alto de autoexigencia que se reflejó a la postre en la composición, la técnica y el estilo de sus últimas novelas, muy especialmente en El viejo y el mar. No obstante, como Nobel que fue, y como referente para muchos jóvenes escritores de los años sesenta y setenta, debo encuadrar a Hemingway dentro de ese selecto grupo de autores a quienes debemos exigir el máximo nivel, del mismo modo [disculpa el símil] que el público del Bernabeú exige a sus jugadores un rendimiento constante del ciento por cien, pues, entre otras cosas, algunos de ellos cobran diez millones de euros limpios al año. Sea como fuere, para evaluar al bueno de Ernest con total objetividad debería leerme primero todos sus libros, algo que aún no he podido llevar a cabo. Dentro de ese proceso de puesta al día, y en parte para reconciliarme con el autor norteamericano, se encuentra mi reciente lectura de París era una fiesta:


Podría definir París era una fiesta como una obra de juventud escrita en plena madurez. Hemingway construye este libro con los apuntes tomados en París durante los felices años veinte. Sin embargo, aquella época dorada de la bohéme no parece haber dejado un gran recuerdo en el autor, que retrata con cierta rabia, resentimiento quizá, a muchos de sus coetáneos. Bien es cierto que en aquellos días los apuros económicos conducían al hambre y obligaban a entender la vida como una lucha constante, pero la visión que Hemingway dibuja de muchos compañeros de profesión parece deberse más bien al rechazo de sus personalidades: el santo y pusilánime Ezra Pound, el hipocondríaco y maniático Scott-Fitzgerald, el fatigado e irascible Ford Madox Ford. Muestra Hemingway, sin embargo, un gran afecto por sus “maestros”, entre los que se encuentran autores como Sherwood Anderson o John Dos Passos y mecenas como Gertrude Stein, cuyos consejos teóricos escucha con calma y respeto. Conviene recordar aquí que Hemingway sucumbe al embrujo del arte de la pintura desde el mismo momento en que entra en casa de Stein. A partir de entonces, se basará en ciertas técnicas pictóricas para construir su propia narrativa; desde las estampas parisinas hasta las caricaturas de sus habitantes, todo lo que influye en el proceso de creación literaria nacerá de una estructura cezaniana.


París era una fiesta es, en resumen, el diario de un escritor en sus años de aprendizaje; un texto plagado de apuntes técnicos que quizá poco importen a los lectores que no escriben y que sin embargo pueden hacer disfrutar a cualquier aprendiz de narrador. Y no sólo eso, el libro nos cuenta con detalle algunas conversaciones que el autor mantenía con compañeros de profesión como Scott-Fitzgerald, en las que charlaban sobre editores, autores y libros; lo mismo que hacemos ahora muchos autores jóvenes cuando nos juntamos en los bares. No obstante, y quizá ésta sea la reflexión que convierte a este libro en una biblia mitológica, hoy en día las generaciones literarias cada vez se reúnen con menor frecuencia en los bares y cafés. La red social se ha convertido en el espacio de tertulia por excelencia, un lugar donde uno puede participar simultáneamente en varias conversaciones o debates que, por lo general,  suelen producir un ruido documental que se pierde entre la vanidad malentendida, la lucha por llevar la razón y el desinterés por el aprendizaje.  Un camino bien distinto al que tomara el joven Hemingway en los años veinte.

domingo, 15 de marzo de 2015

Abusos sistemáticos


La excepcionalidad del caso de la capitán del Ejército de Tierra Zaida Cantera no sólo estriba en el hecho de que haya sido acosada sexual y laboralmente por un superior, ni en que haya tenido la valentía de denunciar y de relatar su caso en el programa Salvados aunque aún le temblara la mandíbula al pronunciar el nombre del infame abusador, icono de un machismo patrio que nos retrotrae a la década de los cuarenta, sino también en que su lucha significará a la postre una cruzada para liberal Jerusalén de los infieles a la justicia más elemental; una cota de dignidad que todos y cada uno de nosotros, incluso los que en este caso juegan el papel de malos, merecemos.

Como bien apunta la capitán al principio del programa, el Ejército no es una democracia: «si das una opinión en la academia te dicen: eh, esto no es una democracia». Ni tampoco aspira a serlo, pues se rige por una cadena de mando basada en el acatamiento de órdenes. Creo que en esto estamos todos de acuerdo. Y precisamente por eso, y por muchas otras razones, yo nunca me alistaría en sus filas, pero esta máxima estructural de las Fuerzas Armadas no implica que dentro de ellas se puedan cometer todo tipo de atropellos sin que la justicia, sea ésta civil o militar, pueda entrometerse. «No tenéis ni idea del Ejército, de lo que realmente pasa y ocurre dentro», comenta Zaida en el espacio televisivo de Jordi Évole. Y en efecto, ¿quién sabe cuántos atropellos se cometerán dentro de un sistema que se rige por órdenes que han de ser obedecidas por muy irracionales que sean, por órdenes tal vez dictadas por un desequilibrado o un psicópata?: «si a mí me viola un superior, tengo que denunciarlo a través de mi superior», dice Cantera durante la entrevista.

Sin embargo, aunque no lo parezca, y salvando las muchas distancias que hay entre el caso de Zaida y cualquier otro caso de acoso sexual/laboral sufrido por un civil, el trasfondo de la cuestión, la lectura que subyace bajo el miedo, la soledad  y la tristeza del acosado, no es muy distinta; cualquiera que haya sufrido alguna vez acoso laboral empatizará enseguida con el sufrimiento de Zaida, porque al final la verdadera dificultad de todo esto es la dureza que supone enfrentarse a la maquinaria de un sistema establecido, sea el que sea. En el caso de Zaida, se trata de un sistema militar, y por ende tendente a defender siempre al oficial de mayor rango, pero en el caso de los civiles, se trata muchas veces de un sistema basado en el capital, que también tiende a creer que el superior, por el mero hecho de serlo, no puede ser el malo de la película, puesto que, además, quien se queja y denuncia, quien lucha por sus derechos o su dignidad, desarrolla siempre el perfil de “persona conflictiva” de cara a la opinión pública. Un jefe de área, un supervisor o un director general son figuras que suelen rechazar el enfrentamiento directo con sujetos de igual rango, pues esto acarrea estrés, problemas internos y disgustos. De este modo, ocurra lo que ocurra, el acosado, denunciante o no, acaba encerrado en un cuarto a oscuras desde donde no es capaz de enfrentarse a la maquinaria de un sistema que ni siquiera es capaz de ver. Y de esto modo termina desquiciado, solo y señalado. Una sensación de frustración que generalmente conduce a la rendición. O dicho de otro modo; a que siempre gane el sistema.  

Los coroneles que declararon como testigos en el caso Zaida tildaban a la capitán de “conflictiva”. Una argucia sutil para anular todo concepto de justicia, toda tendencia a la compasión, a la empatía y, sobre todo, y más importante, a la humanidad; requisito que debería exigirse a cualquier mando directivo con seres humanos a su cargo, sea éste el director de un banco, el dueño de una empresa o el capitán de un barco, pues al final tratar a tus subalternos con humanidad, sentir lo que ellos sienten, empatizar, es el mérito que debería diferenciar a un superior de sus subordinados. Lo demás, sean valores o virtudes, sea mera experiencia laboral, ya viene escrito en el currículo.