martes, 12 de agosto de 2014

Montedidio, de Erri de Luca



El nombre de Erri de Luca me resultaba familiar antes de acercarme a su literatura: me lo habían recomendado, o lo había visto en algún blog de reseñas, o quizá lo conocía por ser miembro del jurado de los premios Piolet de Oro que se entregan en Chamonix a los montañeros más destacados del año, o qué sé yo; el caso es que su sonoro nombre no era nuevo para mí. A pesar de ello, nunca me había planteado leer su obra. Pero un día, alguien muy cercano, alguien cuyas recomendaciones suelo seguir, me dijo: “no te pierdas este libro”. Se trataba de un volumen bastante fino, menos de ciento cincuenta páginas, publicado por la editorial Akal y titulado “Montedidio”. 

En un primer momento abrí el volumen con apatía, pretendiendo ser cumplido y poco más, y de este modo me leí el primer relato (los relatos ocupan por lo general menos de una página). No tardé mucho en sentirme cautivado por la voz tierna y naíf del niño narrador; constructor de breves textos que nos hablan del (y desde) el barrio napolitano de Montedidio. Una zona pobre que sufre la precariedad de la posguerra y donde el niño se forma como aprendiz de carpintero.

Los relatos contienen una unidad temática, un hilo conductor formado por varias líneas de tensión creciente que convierten a la obra en una especie de novela. Estas líneas de tensión, que actúan como pilares de la historia, funden lo imaginario con lo real en un entorno de fantasía que no es más que el modo en que el protagonista y narrador, un muchacho de trece años, entiende el mundo: 

-Por un lado tenemos el bumerán, un arma nueva, extraña e innovadora en el Nápoles de la época. El joven quiere aprender a lanzar el arma, pero tiene miedo de no hacerlo bien y que no regrese, así que el bumerán, también como metáfora, permanece siempre agarrado a su mano.

-Por otro lado está el romance con una niña vecina suya que sufre abusos del casero. María, que así se llama, interpretará el papel de gurú en el viaje iniciático del chico por el mundo de la sexualidad. 

-Luego, y directamente relacionado con su romance con María, descubrimos la enfermedad de la madre del muchacho, que provoca que el pobre esté casi siempre solo en casa y que María no sólo haga la función de amante, sino también la de figura femenina de referencia. 

-Y por fin la joroba con alas del viejo zapatero judío, don Rafaniello, el mejor amigo del joven, que pretende desplegarlas un día para volver a su tierra prometida. 

Pues bien, todas estas líneas ejercen en la obra una fuerza dramática creciente que explota al final del libro provocando una bella eclosión narrativa. No obstante, la poética es tan sólida, y está tan cuidada, que consigue convertir una historia amarga en una fábula simbolista sobre la búsqueda interior, sobre la espiritualidad y sobre el monte de Dios; Montedidio. 

Cada uno de nosotros tiene un àngel, eso dice, y los ángeles no viajan, si te vas, lo pierdes, no puedes encontrar otro. El que encuentra en Nápoles es un ángel lento, no vuela, va a pie: "No puedes ir a Jerusalén", le dice en seguida. Y a qué debo esperar, pregunta Rafaniello. "Querido Rav Daniel", le responde, que conoce el nombre original de Rafaniello, "tú irás a Jerusalén con alas. Yo voy a pie, aunque soy un ángel, y tú irás hasta el muro occidental de la ciudad santa con un par de alas fuertes como las del buitre". (p. 27)

Montedidio, de Erri de Luca. Akal, 2008. [Traducción de César Palma] 

sábado, 9 de agosto de 2014

Salto, un poema de 'Ardimiento', de Bacø

Juegas con el vacío

dejas caer

una de tus piernas,

luego la otra,

te asomas al abismo

y gritas fuerte mi nombre,

sólo para dejar de oír,

por un instante,

los demonios

que te martirizan.

domingo, 27 de julio de 2014

Del viaje a la aventura: crónicas alpinas y provenzales



Son tantas las ideas e imágenes que acuden a mi mente en masa, embarulladas, sin orden ni criterio, que mi organismo ha decidido convertirlas en sensaciones calóricas que componen un cuadro alucinado. Estímulos tan potentes que aceleran mi pulso generando una ansiedad que no debe de ser más que un síndrome post-viaje o alguna otra patología que responda al nombre de algún estúpido neologismo. A mis treinta y cuatro años he pisado suelos secos y húmedos, lodo denso y aguas cristalinas, vestigios antiguos y cristales de litronas, cotas reseñadas en los libros de texto y adoquines enemistados con los tacones de las señoras pijas, mierda de burro y de cabra, y también alguna moqueta roja ensuciada por la pestilente falsedad de eso que llaman glamour. Vivencias convertidas en recuerdos que huyen de los archivos mentales y que unifican, en una suerte de viaje onírico, los recorridos turísticos con las aventuras de los exploradores antiguos. Supongo que es la inquietud, la hemorragia de endorfinas y otras drogas de las que no se compran en la calle, lo que me impulsa a buscar el riesgo como si fuera un alpinista que necesita esnifar su dosis de alta montaña. Deslizarse por el asfalto escupiendo virutas de goma neumática hacia los arcenes sobre los que descansan las plantaciones de lavanda, en un movimiento perpetuo que pretende mimetizarse con el ritmo de la Tierra, es una interpretación de la unión con el entorno. Montar y desmontar una tienda de campaña escrutando la peligrosidad de un nubarrón, freír unas salchichas a los pies del pico más alto de Europa, sentir en lo alto de una cumbre un llanto interno que no puede exteriorizarse debido a la emoción y somatizarlo en una arcada son cosas que hacen que esta última aventura me haya reconciliado con mi pasado; los viejos tiempos de estudiante. No se trata simplemente de devorar y asumir tanta variedad urbana y paisajística en cuestión de horas, o incluso minutos, sino de lanzarse al vacío que existe para el viajero en esos pueblos circundados por carreteras comarcales cuando uno necesita mezclar dos idiomas y hacer gestos con las manos para pedir una barra de pan, o cuando, debido a un malentendido, se precisa negociar con los mafiosos locales de un lugar perdido, o cuando, en una frontera de mentira, te detienen y te interrogan los agentes de aduanas. En esos momentos los motores de los aviones suenan a papel cuché agitado y el viajero piensa que incluso el coche, aunque sea humilde y de carga, es algo de lo que no disponían los exploradores del siglo XIX, y que este Tour de Francia particular debería cubrirse a lomos de un corcel sucio, viejo y resistente. Tan resistente como este corazón, encallecido de tanto emocionarse.  



domingo, 13 de julio de 2014

Pastoralia, de George Saunders





La narrativa excesiva y extraña de Saunders está del lado de los fracasados y de las víctimas sociales, del trabajador a jornada completa y de los habitantes de los bloques de protección oficial, de los marginados y de los caídos en desgracia y, en resumen, de todos esos seres humanos que viven o malviven en los márgenes del sistema. 


Saunders es un narrador heterodoxo que construye escenarios y recrea tiempos con pinceladas sueltas, impresionistas. De este modo, desorienta al lector al comienzo de cada relato para finalmente descubrirle un mundo peculiar que termina por fascinarle. Su prosa es muy particular y, aunque usa las figuras moderadamente y huye del barroquismo, crea imágenes muy sólidas que quedan grabadas en la mente del lector.


Pastoralia es un libro maravilloso que contiene algunos de los mejores relatos que he leído últimamente y que, con ese estilo escueto y directo, incluso agresivo, que muchos autores españoles de los que leen más narrativa americana que hispana intentan imitar (de las traducciones, no del original), nos sumerge en sus historias de losers humillados por sus jefes o por sus vecinos o por sus compañeros. 


La obra comienza con una nouvelle que da título a la obra y que nos cuenta la historia de dos empleados de un parque temático en el que se reconstruye la vida de los cavernícolas. Los protagonistas trabajan en unas condiciones infrahumanas, hasta el punto de que tienen que pagar por deshacerse de sus propios deshechos, y además son presionados con evaluaciones diarias para que se traicionen los unos a los otros. La virtud del relato no estriba en la potencia de la idea, que también, sino en cómo el propio proceso de lectura va componiendo la historia. Y, por supuesto, en toda la crítica implícita que hay detrás.


En Winky, el segundo relato, nos enfrentamos a las relaciones de familia y los conflictos que éstas generan cuando, alcanzada cierta edad, los miembros de las mismas no han sido capaces de vivir de forma independiente.  Un tipo de conflicto, no obstante, extrapolable a muchas otras situaciones familiares. Una de las cosas que más aprecio de Saunders es su capacidad para la introspección; con muy poco espacio y escaso material logra que el lector se meta en la piel de los personajes e intuya cómo podrían reaccionar en determinadas circunstancias. 


Roblemar es posiblemente uno de los mejores cuentos que he leído en los últimos años. Puede que esté exagerando debido a la emoción, pero realmente es una historia única. Aquí aparece esa querencia de Saunders hacia lo fantástico o la ciencia ficción, pero, más que como género literario, como recurso narrativo. Roblemar nos cuenta la historia de una familia con problemas de todo tipo, pero sobre todo económicos. En la misma casa viven la tía y sus tres sobrinos (las dos féminas, que son muy mal habladas, con sus respectivos niños). Lo curioso es que la muerte de la tía no es la clave del relato, sino su "resurrección", que demuestra que las convenciones y la rutina pesan más que el miedo a lo desconocido. 


De los tres últimos textos destaca La felicidad del peluquero, donde aparece de nuevo el tema de la familia y, como en la Rusia del siglo XIX o la España del XX, el tema de la soltería como suerte de hándicap social, algo que demuestra el conservadurismo de la sociedad americana; puritana y muy católica. La figura de la madre como icono insustituible, como sombra alargada que genera complejos y dudas. Lo que me encanta de este texto son los pensamiento del protagonista, el peluquero, respecto a la joven que le gusta, pues es un poco grande, o gruesa, o gorda, y eso le genera un conflicto que, de nuevo, es únicamente social, de cara a la galería; el “qué dirán” como losa, la falta de libertad del individuo, algo que en algunos países europeos está más que superado y que sin embargo en EEUU, la gran potencia, el país más avanzado en muchos aspectos excepto en los más básicos, no. 


Cabe destacar, como ya apunté en la reseña de Diez de diciembre (libro que no me gustó tanto como éste), la gran labor del traductor, Ben Clark, que ha sabido trasladar al castellano los neologismos, giros y palabras de jerga que usa constantemente el autor. 


Pastoralia, de George Saunders. Alfabia, 2014. [Traducción de Ben Clark.]

jueves, 3 de julio de 2014

Los escritores han muerto

El mundo editorial ha cambiado mucho en poco tiempo. La industria languidece debido a una conjunción de circunstancias: la polarización existente entre los grandes grupos y los sellos independientes, la caída de las ventas tras la crisis, la aparición del libro electrónico o el progresivo descenso de la calidad de los best sellers. El cambio de modelo sitúa a los escritores de hoy en un lugar bien distinto al de sus predecesores, pues con la llegada de un nuevo orden se produce también una variación de la posición del escritor dentro de su gremio, y no sólo dentro de su gremio, sino también dentro del imaginario popular.

La muerte de Gabriel García Márquez hizo correr ríos de tinta en obituarios, homenajes y remembranzas. Durante el pasado año también entraron a ese compartimento de la mente llamado recuerdo autores que forjaron carreras muy largas, como Ana María Matute, José Luis Sampedro, José Emilio Pachecho, Juan Gelman o el pequeño de los Panero, Leopoldo María, que además de poeta era todo un personaje. Los nombres de algunos de estos autores se han revalorizado en el mercado editorial y las ediciones de sus obras más famosas se venden en tapa dura, como ocurre con Cien años de soledad, o se exhiben en las mesas de novedades como si en realidad fueran inéditos póstumos (algo que ocurrirá en septiembre con la última novela de Ana María Matute). 

Existe todavía una generación de autores en lengua castellana a la que esos clientes del sistema llamados medios de comunicación rendirán pleitesía cuando fallezcan dentro de unos años; me refiero a aquellos que se hicieron un nombre en los ochenta y los noventa, y que tienen reservado un hueco, quizá no entre lo que se ha dado en llamar gran público, pero sí entre los consumidores de literatura, al menos como nombres conocidos. Se me ocurren algunos: Javier Marías, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas, autores que gozarán de un eco póstumo cuyas ondas rebotarán en las paredes meciendo la palabra escritor.

La profesión de escritor, por lo tanto, al menos para mayores de cincuenta y cinco o sesenta años, es una profesión todavía respetada; una ocupación que hasta las mentes neoliberales más pragmáticas consideran útil, aunque sea en términos de ocio. Pero ¿qué pasará en el futuro?, ¿le importará a alguien la muerte de un escritor?, ¿habrá obituarios de escritores?, ¿habrá algún escritor que además de éxito comercial tenga calidad literaria? Y si no es así, ¿dedicarán los suplementos culturales sus páginas a homenajear a los creadores de sagas de vampiros?, ¿quiénes serán entonces los referentes de las inexistentes nuevas generaciones?, ¿los blogeros y tuiteros?, ¿los que hoy se hacen más visibles a través las redes sociales que de sus ventas?

No son éstas, no obstante, cuestiones que pertenezcan por completo a un futuro nebuloso que no podamos siquiera intuir, pues, desgraciadamente, los escritores no solo se mueren de viejos, sino también en la flor de sus vidas por enfermedad o accidente. Hace tres años falleció un poeta bien conocido en el mundillo undeground madrileño; me refiero a José Luis Zuñiga. Su muro de Facebook se llenó de condolencias; fue de hecho uno de los primeros altares virtuales que conocí. También algunos blogs le rindieron homenaje; subieron algunos de sus poemas, su foto, etc. La escritora, profesora y traductora Isabel Nuñez falleció en 2012 tras una larga enfermedad. Su blog le sirvió de diario en el que plasmar reflexiones estremecedoras sobre la enfermedad y la muerte. Fueron muchas las muestras de cariño que se produjeron en la red tras su fallecimiento. Los medios de información, mayormente locales, aunque también nacionales, le dedicaron unas líneas a su figura y a su obra. Pero quizá el reconocimiento más unánime, aunque en ningún caso comparable al de los autores de generaciones anteriores, se lo haya llevado Félix Romeo, escritor y agitador cultural fallecido en 2011. Romeo fue director del programa de televisión La Mandrágora y publicó varias novelas, alguna, como Amarillo, con bastante éxito de crítica y público. Tras su muerte sus novelas volvieron a verse en las mesas de novedades y se editaron tres obras a título póstumo. La muerte de Félix Romeo ha sido por lo tanto uno de los últimos casos en que una pérdida prematura hace sonar el gong de la información oficialista.

Ahora que caminamos hacia un tiempo terrible para la lírica, parece bastante difícil que nuevas figuras emerjan de la nada (como sucediera hace unos años con Agustín Fernández Mallo, por ejemplo). Me pregunto si ese vacío mediático, aunque paliado con cariño por las redes sociales y los blogs, simboliza la muerte del escritor, pues uno no puede existir si no muere o si, como diría Berkeley, nadie percibe su muerte. Quizá en el futuro, huérfanos de referentes, los medios no anuncien eso de "Muere Fulanito de Tal, genio de las letras" y sin embargo celebren la existencia de algunos de los libros escritos por Fulanito, y los hagan inmortales.

miércoles, 2 de julio de 2014

Pantaleón y las estructuras



Lo más interesante de Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa, es el recurso estructural que el autor utiliza para narrar la historia de un oficial del ejército peruano a quien se le encarga la misión secreta de poner en marcha un servicio de visitadoras, o señoritas de compañía, que alivie el furor de los soldados peruanos destinados en la Amazonía, a fin de evitar la ola de violaciones que se vienen produciendo en los últimos tiempos. La obra es muy original, pues parte de una gran idea, y además posee momentos hilarantes que le hacen reír a uno mientras lee, sin embargo, quizá por su propia exigencia vanguardista, termina resultando algo densa y desconcertante.

Para construir la novela, el autor sustituye la voz narrativa por la inclusión del material directo, en bruto: informes oficiales, documentos, cartas, noticas, transcripciones de programas radiofónicos y diálogos. Estos últimos abren y cierran el libro y además poseen la particularidad de mostrarse alternos, saltando de una conversación a otra sin previo aviso y construyendo así una polifonía que unas veces embruja con su ritmo frenético y otras aburre debido al ruido que genera. La yuxtaposición de planos obliga al lector a componer la historia de Panteleón Pantoja y su servicio de visitadoras aportando algo de su parte (lo cual que valoramos mucho en esta casa). Un ejemplo: el penúltimo capítulo del libro nos presenta una noticia de prensa, una crónica, por la que conocemos el terrible desenlace del servicio de visitadoras, que culmina con el fallecimiento de una de las chicas, y que a su vez enlaza con la otra subtrama que se va desarrollando a lo largo de la obra, la de la secta de los Hermanos. Resulta brillante. Pero lo sería aún más si la obra tuviera otros aspectos destacables aparte de los meramente estructurales.

Vargas Llosa evita por lo tanto el uso clásico de la narración indirecta de los acontecimientos en un alarde técnico muy valorado en la época de su publicación. No obstante, la novedad no tiene entidad en sí misma como para hacer de ella algo más que una sátira fresca que incluye una interesante reflexión. Y ya.