jueves, 18 de septiembre de 2014

Babel 3.0, un poema de Javier Vayá Albert en "El peso de lo invisible"



Fuera

El pantagruélico titán derrite

asfalto y corazones en exactas

proporciones

compuesto por ojos compuestos

mosca gigantesca succionando

mierda a jornada completa

y sus correspondientes horas extras

multiplicación infinita de espejos

acogiendo inmutables

el genocidio cotidiano de pájaros

culpables de ignorancia

en cuestiones de ambición humana

estallido monótono de alas

estruendo sordo de libertad aplastada

dentro

como si solo lo malsano viviese

bajo un cielo artificial

habitado a diario por la muerte

se trafica con cifras

que alguna vez disfrutaron de nombre

se decreta el hambre

y se esclavizan sueños

a veces, si se alza la vista

y un amasijo de sangre y plumas

impide ver un futuro prometedor

se subcontrata la conciencia.

El peso de lo invisible. Alacena Roja, 2014. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

El Ruletista, de Mircea Cărtărescu




Resulta difícil reseñar un relato de apenas cincuenta páginas, pero, al mismo tiempo, resulta difícil no hacerlo, pues El Ruletista es, a todos los niveles, una obra muy reseñable. Podría hablar largo y tendido sobre El Ruletista, podría cubrir cincuenta páginas y destinar a la crítica el mismo espacio que tiene el relato. Podría también, por qué no, hablar del autor. Podría hacer muchas cosas que sin embargo no voy a hacer, puesto que, realidad, no hay mucho que decir sobre el relato; sólo hay que leerlo y disfrutar con el binomio narrador-protagonista, que no es más que un juego de espejos que trabaja con el concepto de ficción y su importancia como actividad creadora propia de un demiurgo:

¿A quién se le iba a pasar por la cabeza convertirse en una especie de campeón mundial de la supervivencia? Pero lo cierto es que el Ruletista conseguía, por el momento, mantener ese ritmo demencial en una carrera en la que solo había otro concursante: la muerte. (p.37)

De este modo, jugando, existiendo sólo en la ficción, el Ruletista sobrevive siempre al tambor del revólver, incluso cuando pone 5 balas en seis agujeros, o, cuando, en un desesperado intento de suicidio, llega a poner las seis... Este incremento del riesgo tan tremendista, que llenará las cavas clandestinas de un público burgués que pretende contemplar la muerte de cerca y disfrutar con la infamia, dota al relato de una intensidad dramática que va creciendo hasta el final. Y es que no se necesitan seiscientas páginas para reflexionar, a través de la narrativa, sobre la suerte o el azar, sobre lo que está escrito y no puede cambiarse. Se necesita tan solo precisión y certeza. Fuerza y capacidad narrativa. Imágenes que apuntalen la carga dramática. Como dicen en una famosa serie de la HBO; “lo que está muerto no puede morir”.

A Cărtărescu se le ha adscrito a una corriente de vanguardia dentro de la narrativa rumana contemporánea que se ha denominado onirismo u onirismo postmodernista. Este texto clarifica bastante el significado de la etiqueta, pues plantea una filosofía de vida en la que la existencia funciona como un simple juego consistente en ir sobreviviendo; el juego como vida; la vida como juego; la literatura como el gran juego de la vida. Y entre medias, el Ruletista, alguien a quien solo el narrador ha visto y conoce, dado que el narrador tampoco existe en un plano real. Un juego nada nuevo, por cierto, pero muy lúdico si el autor tiene maestría para reinterpretarlo con lucidez. Como sucede con Cărtărescu, que además de ser un gran jugador, demuestra ser un gran autor; un cuentista de época. 

El Ruletista, de Mircea Cărtărescu. Impedimenta, 2013.

domingo, 24 de agosto de 2014

La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja, de Manuel Chaves Nogales.




La historia del turista español está irremediablemente ligada a la aparición de las aerolíneas low cost. Su irrupción coincidió con el momento de mayor (y más falsa) bonanza económica vivido por la España moderna; el boom de la construcción, la burbuja inmobiliaria, el ricoprontismo, el dinero fácil, la corrupción sin escándalos… Todas esas cosas. A partir de entonces, las masas de turistas españolas comenzaron a invadir, como si de hordas imperiales se tratase, las calles de las principales ciudades europeas. El españolito abandonó orgulloso su rol de trabajador emigrante y se convirtió en un respetable viajero de placer. La burguesía paleta de los pueblos de Castilla y las aldeas del norte se dejó seducir por un tipo de viaje en el que el viajero estaba más cerca de ser una maleta que un verdadero connoisseur. En los centros de trabajo de las provincias había gente que competía por visitar más ciudades europeas que sus compañeros. De este modo, se popularizaron los circuitos o paquetes turísticos; Venecia, Florencia y Roma; París, Brujas y Gante; las capitales bálticas; las ciudades imperiales… Hoy en día, debido a la crisis y sus secuelas, los viajes al extranjero se han reducido de manera notable. No obstante, aún son muchos los españolitos que uno se encuentra fuera de España.

Pues bien, antes de alcanzar este contexto, hubo una serie de gente que abrió el camino y las fronteras para adentrarse en lo más profundo del conocimiento a través del acto de viajar; los pioneros, aventureros auténticos. Manuel Chaves Nogales fue uno de ellos. Uno de los más notables. Y no sólo eso, pues además fue uno de los primeros españoles que disfrutaron de las ventajas de viajar en avión. Durante el verano de 1928, Chaves Nogales, redactor jefe de El Heraldo de Madrid, se embarcó en un viaje en avión por toda Europa a fin de redactar una serie de reportajes para su periódico. Por un lado, tenemos el viaje en avión como novedad técnica; por otro, el viaje en sí mismo como experiencia vital, especialmente el que el autor realiza a través de la URSS, hecho que dio pie al original subtítulo de este libro: Un pequeño burgués en la Rusia roja.

Chaves es un cronista brillante que maneja la prosa con soltura y no renuncia al adorno lírico y festivo. Pero, sobre todo, es un hombre inteligente cuyas reflexiones, nacidas casi siempre de la observación minuciosa, llevan a uno a recapacitar. La primera etapa de su aventura le lleva a Barcelona. En ella nos describe con precisión las sensaciones que le produce volar y elucubra cómo será la aviación comercial del futuro. En la segunda etapa, una tormenta pirenaica obliga al piloto a realizar un aterrizaje forzoso en un campo de Béziers, ciudad donde deberán hacer noche. Es ahí donde vemos al Chaves más auténtico, el que improvisa a vuelapluma unas líneas que retratan con certeza la mentalidad liberal de un pueblo tan personal, y tan suyo, como el francés. Chaves es un hombre abierto y comprensivo, flexible y tolerante, tierno y empático, liberal y republicano, más humano que humanista, pero, no obstante estos rasgos, representa al hombre de su tiempo; un ibérico de principios del siglo XX. Por eso, algunos comentarios, especialmente los concernientes a la maternidad y la sexualidad, lo situarían hoy día más cerca de un tertuliano de Intereconomía que de un liberal:

“Para que un pueblo sea fuerte y pueda hacer gala de su vitalidad –doloroso, pero cierto-, es necesario que haya muchos miles de criaturas lanzadas al mundo un poco insensatamente, a la ventura, a vivir y crecer como los pajarillos y los ganados. Esto, para un hombre civilizado, es imposible de aceptar. Pero es verdad” (p. 44).

Cada capítulo es un testimonio de primera mano que suele centrarse en un aspecto concreto de la sociedad. De este modo conocemos Suiza y las razones de su neutralidad, pasamos por el Berlín prebélico, por la Venecia de los últimos coletazos románticos y las primeras hordas de turistas ingleses, e incluso disfrutamos de la tranquilidad del Prater de Viena. Pero lo más interesante del libro, que además queda bien recalcado en el subtítulo, es la Rusia comunista diez años después de la Revolución. Y lo es porque los textos le sirven al autor para confrontar dos modelos de vida, dos sistemas, con sus pros y sus contras, analizados sin prejuicio alguno. Resulta especialmente interesante, por esclarecedor, el relato de algunos pasajes en los que el autor se ve obligado a formar parte de la sociedad comunista, como uno más, y reflexiona sobre el concepto de “lo público” o “lo común”, y el efecto que ello causa en un burgués como él, y también el que podría causar en algunos intelectuales a los que se les llena la boca hablando de comunismo cuando su estatus burgués les haría rechazar las incomodidades de una comuna si alguna vez tuvieran que vivir en ella. Cabe recordar que Chaves terminó sus días denostado por todos; por sus amigos de la izquierda y sus enemigos de la derecha, exiliado y abandonado a su suerte en su encuentro con la parca, que le asaltó en un hospital de Londres, en 1944.

“En la Rusia comunista, uno se siente saturado de humanidad, ahíto de vaho humano. Y esto, aunque parezca extraño, son muy pocos los hombres de nuestro tiempo capaces de soportarlo.
    Todos esos tipos de intelectuales, artistoides, platónicos amantes de la humanidad que en Occidente siente veleidades comunistas se horrorizarían si vieran de cerca lo que es la vida comunista. Y no lo digo en daño del comunismo, sino de ellos.” (p. 175) 

La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja, de Manuel Chaves Nogales. Libros del Asteroide, 2012.

martes, 12 de agosto de 2014

Montedidio, de Erri de Luca



El nombre de Erri de Luca me resultaba familiar antes de acercarme a su literatura: me lo habían recomendado, o lo había visto en algún blog de reseñas, o quizá lo conocía por ser miembro del jurado de los premios Piolet de Oro que se entregan en Chamonix a los montañeros más destacados del año, o qué sé yo; el caso es que su sonoro nombre no era nuevo para mí. A pesar de ello, nunca me había planteado leer su obra. Pero un día, alguien muy cercano, alguien cuyas recomendaciones suelo seguir, me dijo: “no te pierdas este libro”. Se trataba de un volumen bastante fino, menos de ciento cincuenta páginas, publicado por la editorial Akal y titulado “Montedidio”. 

En un primer momento abrí el volumen con apatía, pretendiendo ser cumplido y poco más, y de este modo me leí el primer relato (los relatos ocupan por lo general menos de una página). No tardé mucho en sentirme cautivado por la voz tierna y naíf del niño narrador; constructor de breves textos que nos hablan del (y desde) el barrio napolitano de Montedidio. Una zona pobre que sufre la precariedad de la posguerra y donde el niño se forma como aprendiz de carpintero.

Los relatos contienen una unidad temática, un hilo conductor formado por varias líneas de tensión creciente que convierten a la obra en una especie de novela. Estas líneas de tensión, que actúan como pilares de la historia, funden lo imaginario con lo real en un entorno de fantasía que no es más que el modo en que el protagonista y narrador, un muchacho de trece años, entiende el mundo: 

-Por un lado tenemos el bumerán, un arma nueva, extraña e innovadora en el Nápoles de la época. El joven quiere aprender a lanzar el arma, pero tiene miedo de no hacerlo bien y que no regrese, así que el bumerán, también como metáfora, permanece siempre agarrado a su mano.

-Por otro lado está el romance con una niña vecina suya que sufre abusos del casero. María, que así se llama, interpretará el papel de gurú en el viaje iniciático del chico por el mundo de la sexualidad. 

-Luego, y directamente relacionado con su romance con María, descubrimos la enfermedad de la madre del muchacho, que provoca que el pobre esté casi siempre solo en casa y que María no sólo haga la función de amante, sino también la de figura femenina de referencia. 

-Y por fin la joroba con alas del viejo zapatero judío, don Rafaniello, el mejor amigo del joven, que pretende desplegarlas un día para volver a su tierra prometida. 

Pues bien, todas estas líneas ejercen en la obra una fuerza dramática creciente que explota al final del libro provocando una bella eclosión narrativa. No obstante, la poética es tan sólida, y está tan cuidada, que consigue convertir una historia amarga en una fábula simbolista sobre la búsqueda interior, sobre la espiritualidad y sobre el monte de Dios; Montedidio. 

Cada uno de nosotros tiene un àngel, eso dice, y los ángeles no viajan, si te vas, lo pierdes, no puedes encontrar otro. El que encuentra en Nápoles es un ángel lento, no vuela, va a pie: "No puedes ir a Jerusalén", le dice en seguida. Y a qué debo esperar, pregunta Rafaniello. "Querido Rav Daniel", le responde, que conoce el nombre original de Rafaniello, "tú irás a Jerusalén con alas. Yo voy a pie, aunque soy un ángel, y tú irás hasta el muro occidental de la ciudad santa con un par de alas fuertes como las del buitre". (p. 27)

Montedidio, de Erri de Luca. Akal, 2008. [Traducción de César Palma]