domingo, 23 de agosto de 2015

Rafael Chirbes, los viejos amigos y la casualidad


El sábado quince de agosto, día de fiesta nacional y desbandada masiva, acudí a un centro comercial que alberga salas de cine dispuesto a ver la última película de Guy Ritchie. Como disponía de más de media hora hasta el comienzo de los tráilers, me puse a caminar un rato por la zona de tiendas hasta que finalmente entré en una librería que pertenece a un gran grupo editorial. Sin saber bien por qué, quizá contagiado de esa suerte de impulso lector o inquietud intelectual utópica que te conduce a creer que puedes leer todo lo que se ha escrito en la historia de la literatura, decidí comprar un título de Rafael Chirbes, pues consideré una carencia importante no tener apenas conocimiento de uno de los escritores contemporáneos que más ha tensado la cuerda del género preferido de la crítica española: el realismo. Resulta que la editorial Anagrama ha puesto en circulación ediciones limitadas de tapa dura con títulos ya publicados de algunos de sus autores fetiche, entre ellos varios de Chirbes. Los viejos amigos descansaba sobre una mesa de novedades, a pesar de no serlo, y parecía mirarme, como tantas veces hacen los libros a través de sus portadas, mientras me decía: “cómprame”. Y así lo hice, ya que, aparte de las consideraciones anteriores, y teniendo en cuenta el tipo de edición, estimé que el precio era bastante razonable. Pues bien, una vez finalizada la película, y ya de nuevo en casa, encendí el ordenador, me conecté a Internet, abrí Twitter y, para mi sorpresa, la red social me anunció, a través de algún enlace de los que llaman virales, que Chirbes había fallecido en su casa de Tavernes a los sesenta y seis años de edad. La coincidencia, o la sensación extraña de que, de alguna manera, había existido en la librería una conexión, una percepción, una vibración extraña y espectral, me condujo a una reflexión cuyo resumen chocaba contra la mera casualidad, el azar y el ensayo y el error convertido en acierto. Sin embargo, una par de días más tarde, mientras cenaba en la terraza con la televisión puesta de fondo, escuché una noticia sobre las fuertes lluvias caídas en las horas previas en la localidad de Tavernes de Valldigna, el pueblo de Chirbes, y me dejé llevar por lo lírico, por la parte literaria que existe en el fondo de nuestras vidas, y quise ver en esa lluvia una figura, una gran metáfora que convertía las gotas que caían del cielo en lágrimas; un llanto desesperado por uno de los autores más coherentes y honestos que ha dado este país de amigos, compadres, primos y clientes. Me olvidé entonces de las casualidades y percibí un orden universal, exento de barba y nimbo, que rige todas las cosas mientras se burla de nosotros. Aquella misma noche comencé a leer Los viejos amigos y encontré en la lectura una tercera casualidad: Chirbes parece preparar en la novela, a través de sus narradores,  el terreno para la muerte. El libro reflexiona sobre el paso de tiempo y la adaptación de los seres humanos a ello, sobre los ideales como un valor caduco, sobre el pragmatismo, la educación de los hijos, las relaciones de pareja y el drama de la enfermedad. Se trata de una obra polifónica y compleja, lúcida y sensata, intelectual y política, en la que el autor valenciano profundiza en el corazón de unos personajes (un constructor, un escritor, una maestra, un pintor…) que un día lucharon juntos en pos de la revolución para componer un cuadro realista que lo confirma como uno de los grandes maestros del naturalismo. Ayer por la mañana, con el libro colocado en los anaqueles de mi biblioteca junto a La buena letra y Crematorio, leí en los diarios varios artículos sobre Chirbes, su figura, su trascendencia y su vida de perfil bajo, y recordé aquel domingo de hace unos años en que lo encontré solo y aburrido en una caseta de la Feria del Libro de Madrid; ninguneado por un público de masas que le preguntaba el precio de la biografía de Mario Conde o la ubicación de los aseos públicos antes de irse a casa a disfrutar de alguna serie de moda en Canal +, alguna serie como Crematorio.

lunes, 10 de agosto de 2015

Lecturas de verano


Inauguré mis vacaciones a principios de julio con la lectura de un clásico de aventuras del siglo XIX: Historia de dos ciudades. Lo llevé conmigo en la huida hacia el Norte que mi pareja y yo emprendimos a fin de encontrar la temperatura ideal para una embarazada de seis meses. Al poder disfrutar, muchos años después, de unas vacaciones de playa y sombrilla alejadas de las largas rutas en coche y las agotadoras visitas a las capitales europeas, tuve tiempo para solazarme en la típica hamaca de listas azules y blancas y leer con calma las tribulaciones de Charles Darnay, estereotipo utilizado por Dickens para representar la honestidad, la pureza, la rectitud y la creencia en unos ideales. Historia de dos ciudades es una novela con una aparente, quizá pretendida, falta de cohesión, que se refleja en el desequilibrio dramático entre las dos narraciones, las dos historias, las dos ciudades; Londres y París. Sin embargo, hacia la mitad de la obra, el texto alcanza un paroxismo que salta de lo romántico a lo frenético convirtiendo la actividad lectora en una experiencia espléndida y haciendo del libro un clásico inolvidable.



Cuando me tumbo en la cama antes de dormir o me recuesto sobre el sofá a la espera de Morfeo, prefiero leer ensayo antes que narrativa. Y eso es lo que hice también durante mi estancia en el Valle de Meruelo. El ensayo que en este caso acarreé en mi maleta desde Madrid se titulaba Por qué fracasan los países: un estudio histórico de la evolución de las sociedades al que, en mi opinión, le falta perspectiva crítica y le sobran páginas, pues el texto alcanza un punto en el que se repite en bucle para consolidar su teoría, que defiende, como si de una tesis se tratara, que los países ricos lo son gracias a la salubridad de sus instituciones inclusivas.


Una vez finalizados ambos libros, continúe mis lecturas con una novela que quería leer hace tiempo y que, sin embargo, me provocaba pereza cada vez que la cogía de la estantería y la hojeaba con intención de empezarla: Rojo y Negro, de Stendhal. A diferencia de la Cartuja de Parma, Rojo y Negro me ha resultado una lectura difícil, trabada, densa, entorpecida por la anécdota y el detalle, narrada a golpe de retazo, sin la frescura, el ritmo y la consistencia de la obra protagonizada por Fabrizio del Dongo. En cualquier caso, la originalidad de la historia y la profundidad psicológica del personaje principal, Julien Sorel, mitigaron mi decepción, que, más que nada, provenía de una muy alta expectativa. 



Cuando el marcapáginas señalaba justo la mitad del volumen de Stendhal, regresamos a Madrid para cambiar el equipaje por uno más ligero y poner rumbo a Zamora.  Recuerdo que aquel día el termómetro no bajó de los treinta grados y que apenas pude dormir. Dediqué parte de la noche a leer Economía sin corbata: convesaciones con mi hija; sencillo y muy didáctico libro del popular Yanis Varoufakis. Una obra que contiene lecciones básicas de economía para neófitos y adolescentes con granos. No obstante su excesiva preocupación divulgativa, el uso de la retórica, del símil, en este caso, hace que la lectura, además de pragmática, resulte entretenida. 


Una semana más tarde comencé a leer Noticia de secuestro, de Gabriel García Márquez. Por aquellos días me encontraba en Ezcaray, en el corazón de la Sierra de la Demanda, disfrutando de la quietud que ofrece la montaña en verano, y estuve a punto de terminar el libro, el único que había llevado, antes de regresar a la capital. Y es que Gabo, escriba lo que escriba, consigue siempre hipnotizarme con su musicalidad y su pulso de cuentista. A decir verdad, el motivo que me llevó a embarcarme en esta lectura se debió a una noticia que tuve de esta, valga la redundancia, Noticia de un secuestro. Resulta que una amiga de un conocido, alguien que trabaja en una biblioteca pública, fue preguntada una vez por una usuaria si tenían en sus fondos la obra. Como la respuesta resultó negativa, la usuaria, haciendo gala de cierta incontinencia verbal, le dijo a la chica si la podía comprar, pues al parecer su hijo era amigo de uno de los secuestrados que aparecían citados en el libro. Sin embargo, tras terminar la narración, no me quedó claro quién era el aludido, pues los datos emitidos por la usuaria, tal vez a propósito, resultaron confusos y erróneos.


Ya de vuelta en Madrid, con el mes de agosto exhibiéndose galán en un calendario de hoja perenne, me decanté, tal vez hastiado de tanto clásico, por un libro de poco grosor: Lulu, de mi admirado Mircea Cărtărescu, ese gran creador de imágenes oníricas que te transporta a mundos surrealistas. Lulu es un homenaje a la lírica, una suerte de novela en verso, o de poemario en prosa, que se saborea página a página como si fuera un Rioja reserva. Un libro extremo con esencia de bildungsroman y destellos de terror. Una obra límite que puede entusiasmar o generar rechazo. Una rara avis que aporta frescura y depura el aire. Una maravilla.



Estos días, mientras espero la llegada del nuevo curso y amueblo la habitación de esa criatura que pronto dará vida a la casa (quién sabe si hasta los cuarenta años), reviso los anaqueles e intento resolver qué novelas debo leer antes de que los pañales y los llantos reduzcan mi tiempo y me obliguen a leer poemarios. Al menos hasta que me haga con los mandos y aprenda a pilotar de manera eficiente esa avioneta llamada paternidad. Esa nave que provoca vértigo incluso antes de montar en ella.

martes, 21 de julio de 2015

Fantoft. Bergen (Noruega), un relato de 'Cuento kilómetros'




Somos cuatro, dos parejas, tenemos un Ford Focus azul alquilado y viajamos por Noruega ligeros de equipaje. Bergen es la segunda ciudad del país. Precioso enclave. Llueve durante trescientos días al año. Llegamos y sale el sol. Nos hablan de una iglesia de madera. Una de esas románico-escandinavas con forma de barco vikingo. Está en la periferia, en un monte. Noruega tiene grandes atracciones naturales. Es lo que la gente busca en los fiordos. Sentirse bien. Sentir algo distinto. Hay bastantes españoles en el mercado del puerto. Comemos una tapa de ballena ahumada. Noto un cosquilleo en las yemas de los dedos. Diez vibraciones. Es el estrés, está saliendo a presión por las manos. Siento mi cuerpo pleno de antioxidantes. Hablo de manera pausada, como un sabio. Soy libra, pero no creo en el Zodiaco. En Bergen el cielo está estrellado a pesar de que es de día. Estamos muy arriba, el globo se achata para acogernos. Y ves el cielo a un palmo de tu cabeza, de tu cerebro. Dicen que la iglesia de Fantoft posee propiedades curativas. Pero los escandinavos no son tan tontos. El Focus, tras horas dando vueltas, llega al paraje de la iglesia. No hay peregrinos. La gente no sube de rodillas hasta el monte. No veo velas ni exvotos. Apenas media docena de coches. Todo está en silencio. El aire está cargado de oxígeno. Inspiro y me purifico. Expulso un esputo que me recuerda mis tardes de footing. Catarsis y otras sensaciones difíciles de describir. Durante la subida no vemos la iglesia. La ascensión es dura, empinada. Estamos agotados. Si el panel informativo del parking está en lo cierto, el monumento se encuentra arriba: on top, en su edición en inglés. Metros de cuesta por una senda embarrada nos llevan a un claro entre la frondosidad verdeoscuracasinegra del paraje. Ahí está. Vemos el tejado a dos aguas cubierto de escamas de madera. Nuestra alegría desbordada rompe el silencio de los allí presentes. Disculpen, somos españoles. Fotos y más fotos. Dentro, un pequeño retablo insertado en la angostura del ábside brilla gracias a un haz de luz que entra por uno de los vanos saeteros. Recuerdo la luz blanca, el sonido creciente llegando a mi cerebro, el ruido de fondo, las voces angelicales y, después, todo blanco: el paradigma de la luminosidad, algo excepcional que no sabría describir. Sobre todo porque después de esa experiencia mística no recuerdo nada más. No sé cómo coño salimos de allí, cómo llegamos al coche. Y aseguro que no bebí. Creo que esa laguna en la mente fue provocada por aquella luz blanca que, en su elevación protogótica, no me ascendió al Cielo; lo bajó hasta mí.

Claudio Rivera

CUENTO KILÓMETROS (Editorial Eutelequia, 2011)

miércoles, 1 de julio de 2015

Días de ruta, de Vicente Muñoz Álvarez


OTREDAD  

retomo como puedo el aliento estos días, Puente de Todos los Santos, tras el estrés de las semanas pasadas en la carretera: atrás van quedando ciudades y pueblos, clientes y tiendas, babilonia en ruinas y la desolación de un mundo que se resquebraja y desmorona bajo mis pies… las noches solitarias de hotel, las horas vacías, los sueños rotos, los menús baratos, el tráfico y los aparcamientos, el agotamiento, los clientes frustrados, los impagos, las escasas ventas, el no llegar a fin de mes… todo ello va pasando factura y erosionando mi aguante, aunque lo peor sin duda es la otredad, la despersonalización y el extrañamiento, el no identificarme bajo el disfraz de hombre cuerdo, la desconexión de mi mundo y la pérdida de perspectiva…

yo es otro
 
pienso

pero ese otro

tampoco soy yo
 
Fragmento extraído de Días de ruta, de Vicente Muñoz Álvarez. Lupercalia, 2014.

domingo, 21 de junio de 2015

El Levante, de Mircea Cărtărescu


Hay que ser muy osado o tener mucha seguridad en las capacidades propias para aventurarse a escribir una obra como esta, o más bien, para decidirse a publicarla. Bien es cierto que en el momento en que el autor se adentró en el proceso creativo, allá por 1988, encerrado en la cocina de su casa de Bucarest, meciendo con una mano el cochecito de su hija y tecleando con la otra en una vieja máquina de escribir, no valoraba la posibilidad de que su texto pudiera ser publicado. O eso dice la contraportada. Sin embargo, el narrador se dirige sistemáticamente al lector con guiños que buscan su complicidad, lo cual nos lleva a pensar que Cărtărescu siempre tuvo esperanzas tanto de que cayese el régimen comunista como de ver publicado su más ambicioso proyecto literario.  

Lector hipócrita, este sueño es, por supuesto, un pretexto para meter la cola en la historia que estoy devanando. Mi narcisismo tiene la culpa. Pero ya está, retomo la narración, las descripciones, los personajes, y te prometo volver a aparecer más a menudo hacia el final del libro. p.95  

El Levante es música escrita; una partitura clásica interpretada con instrumentos postmodernos, una epopeya homérica y bizantina en la que Cărtărescu sustituye a las deidades del Olimpo por una religión monoteísta cuyo único dios es el autor, también narrador, quien aparece y desaparece para jugar con los lectores sobre un tablero colmado de inventiva; recurso que resulta, no obstante, poco novedoso en esencia (pues él mismo cita, quizá anticipándose a la crítica, a Pirandello y Unamuno), pero vanguardista en su ejecución:  

Ay, poeta, soñador, Señor, por qué me habré puesto a escribir esta historia, en qué estaría yo pensando, cuando todos están locos por la actualidad, cuando se escribe poesía de la realidad (…) p. 159 

Este juego de espejos borgeano cuestiona el hecho mismo de realidad y reivindica la función del creador como demiurgo; dios único y todopoderoso, arquitecto y soberano de la realidad que construye en sus obras, manipulador constante que trasciende géneros y temáticas. Cărtărescu ha sido adscrito a una corriente literaria llamada onirismo, etiqueta que encaja a la perfección con su relato El ruletista, donde la muerte no acontece cuando lo dicta la lógica sino cuando lo desea el demiurgo-narrador, aunque a veces parezca algo inverosímil o mágico. Estos desmanes fantásticos de Cărtărescu perfilan sin duda alguna su marca de agua.

Por todas partes hay cables, raíles y micrófonos, los reflectores enfocan los frontones y las cúpulas, las cámaras entran con sus monitores, gracias a los teleobjetivos, en salas que huelen a tomillo o en alcobas encarnadas donde danzan caderas rosadas. Todo ello es que tú, querido lector, entres en trance. p. 192  

El Levante se compone de doce cantos que relatan una odisea simbólica (a través de una reinterpretación de la historia del siglo XIX, época de reunificaciones y nacionalismos, de guerras por la independencia e imperios), por tierra, mar y aire, que tiene por fin liberar Rumanía de la dictadura. No obstante el dramatismo que estos mimbres pudieran presuponer, el autor desengrasa el texto salpicándolo con aceite de humor; un humor constante y preciso como un marcapasos. Cărtărescu introduce en este sentido un hilarante y paradójico (al menos para alguien que vive en un sistema comunista) componente pop en cuya batidora caben Borges, Mafalda, Ernesto Che Guevara o Bioy Casares.  

Pero escucha, no te pierdas una sola palabra, pues el último gran poeta del próximo siglo, y con él llegamos a la frontera. Lo que hay más allá, al comienzo del nuevo milenio, no lo saben ni Dios ni los ángeles ni los genios. p. 129 

Pero El Levante destaca sobre todo a nivel compositivo, terreno en el que el rumano demuestra maestría y destellos de genialidad. Repasemos: en su versión primigenia, la obra fue escrita en verso, pero en pos de poder traducirla a otros idiomas Cărtărescu la convirtió en la prosa poética que nos ha llegado a los lectores españoles. En cualquier caso, algunos pasajes se mantienen en verso, y nos recuerdan, quizá a propósito, que uno de los orígenes de la novela es la evolución de la poesía épica. Durante el proceso de lectura, a veces tiene uno la sensación de estar leyendo una novela al uso, mientras que otras muchas es la lírica la que te arrastra con su música y sus potentes imágenes hacía el mundo onírico que pretende crear el autor en esta obra poliédrica, original y compleja. 

El Levante, de Mircea Cărtărescu. Impedimenta, 2015. [Traducción de Marian Ochoa de Eribe]

jueves, 4 de junio de 2015

Syntagma Square: una novela colectiva en ocho idiomas


“Syntagma Square” es una novela colectiva nacida a la sombra del Festival du Premier Roman de Chambéry en la que participamos autores de ocho países europeos, cada uno de los cuales ha escrito un relato en su lengua materna. Los personajes de cada historia interactúan entre ellos a través de una red de enlaces narrativos de precisa construcción, convirtiendo de este modo una suerte de antología en una novela coral multilingüe. Dichos personajes provienen de todos los rincones de Europa: Irlanda, Portugal, Rumania, España, Italia, Francia, Alemania y Grecia, y, por diversas razones, se encuentran en Atenas en mayo de 2014. Mientras el pueblo griego se manifiesta en la Plaza Syntagma contra los recortes, los caminos de los personajes se cruzan por casualidad en las calles de la capital griega. De este modo, el lector puede desentrañar sus destinos, y también los de la Unión Europea, a través de la diversidad estilística y temática de cada texto.

Chroniqu.es, empresa francesa dedicada a la gestión de eventos culturales, ha sido finalmente quien, avalada por el Ministerio de Cultura galo, ha dado el paso para publicar la obra online: 

El texto con el que colaboro se llama "Zeus, dios de los bárbaros", un relato extenso que pretende confrontar dos estilos de vida entre sí, y ambos con el sistema. 

Autores:

Alan Monaghan (Irlanda)
Alexis Panselinos (Grecia)
Inge Meyer-Dietrich (Alemania)
Marco Truzzi (Italia)
Mario Crespo (España)
Nuno Camarneiro (Portugal)
Ruxandra Cesereanu (Rumanía)
Sophie Schulze
(Francia)

lunes, 25 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road; espectáculo salvaje, entretenimiento feroz

Ver una película no es lo mismo que ir al cine. Una película puede ser vista en una sala de proyecciones, en la tele, en la pantalla del ordenador, en el iPad o incluso en el móvil. Y la experiencia resulta muy diferente en cada caso. Cabe destacar que todas y cada una de las producciones están pensadas para ser exhibidas en pantalla grande. No obstante, la diferencia entre ver Septiembre, de Woody Allen, en una sala de exhibición o en la televisión de un domicilio particular no es realmente decisiva a nivel sensorial, pues es un film con más fondo que forma y su peso reside en su lectura entre líneas, en su reflexión postrera. En el otro extremo encontramos ese tipo de pelis que pierden todo su sentido, el objeto para el que fueron realizadas, si no se visionan en una sala con pantalla grande y Dolby Surround. En este sentido, Mad Max: Fury Road es quizá uno de los ejemplos más evidentes de los últimos años; un filme concebido como entretenimiento feroz y salvaje, un festival audiovisual que empuja al espectador a abandonar su butaca y contemplar la proyección de pie, incluso a bailar al ritmo de la percusión que recorre la cinta marcando su ritmo de manera sistemática, a saltar y gritar y perder su voz entre el estruendo de los motores V8 que surcan los desiertos postapocalípticos de un mundo distópico; escenarios ballardianos colmados de ese tipo de detalles que no se pueden calificar sin utilizar prefijos como post o trans, y que se complementan con una estética punki que perfecciona la iniciada por el creador de la saga en los años setenta. A diferencia de otras películas recientes donde la atmósfera creada ejerce un efecto más cautivador en el espectador que el propio guión, Mad Max: Fury Road cimenta su acción visceral, apenas interrumpida por los fundidos a negro y unas breves transiciones narrativas donde se cuelan algunos diálogos, en un guion sin apenas grietas que nos cuenta la historia de una huida y su correspondiente persecución (interminable, eso sí) con solidez y excelentes giros anticlimáticos que, en resumen, convierten esta película en un referente para el entretenimiento y el goce sensorial; una experiencia equiparable a una visita al parque de atracciones con la montaña rusa más grande del mundo; un torrente de sensaciones que conduce a nuestros sentidos a unas cotas de estrés poco habituales; una locura, un espectáculo, un exceso desengrasante, una borrachera de luz, sonido y color con destellos de humor negro y dos excelentes actores que hacen que la cinta sea algo más que la mejor película de acción que he visto en los últimos años.