domingo, 7 de diciembre de 2014

Estambul, crónica lírica de un viaje


Cuando el viajero recién llegado a Estambul comienza a pasear por sus calles, tiene la impresión de que no transita por un entorno europeo, sino por un lugar remoto y lejano que identificará rápidamente con el mundo antiguo, pues en Estambul la vida se conjuga en pasado, mientras que en Europa sólo hay presente y futuro; modernidad fingida. La sensación de atemporalidad es algo que se transmite por los sentidos; los olores del bazar de las especias, los sabores de la carne de kebap, los escalofríos del baño turco, los sonidos durante la llamada a la oración. Elementos de un mundo ancestral que se ha conservado casi inédito gracias a la tradición del imperio Otomano y de la actual Turquía, que, aunque secular, sigue siendo muy religiosa.  


Asunto aparte son los gatos; Estambul es una ciudad atestada de gatos. Debe de haber más gatos que personas. Son éstas, sus habitantes, quienes cuidan de ellos; los alimentan, les dan cobijo en sus tiendas, bares y bazares, les construyen casetas, les permiten tumbarse a dormir en los escaparates, sobre la ropa nueva que espera su turno para ser comprada. Entienden los turcos que el gato es un animal mágico que convive con el hombre para protegerlo y aislarlo de las malas energías. Una simbiosis hombre-animal que solemos olvidar en Occidente, afanados en aprovechar el tiempo y condenados por la prisa de una era que se nos escapa de las manos sin haber disfrutado de ella.


No es Estambul sin embargo una de esas ciudades de postal que HAY que visitar, nada que ver con Brujas, Praga o Tallin; se trata de una suerte de cápsula del tiempo que se deja descubrir como si fuera una doncella que se entrega por primera vez al acto amoroso. De este modo, uno percibe la espiritualidad intrínseca de la urbe; energía remota que espera ser liberada y proyectada hacia ese horizonte mágico de casas pobres y minaretes, de cúpulas orientales y torres defensivas manchadas por tonalidades encarnadas que gotean cielo abajo al atardecer, cuando los altavoces de los alminares vociferan que Alá es grande y el viajero, desorientado, golpeado por los contrastes, se cuela en la Mezquita Azul por la puerta de los que van a rezar en vez de acceder, como le corresponde, por la de los turistas. Integración sin integrismos. Media luna roja en una noche de tradición oral y cebada. Mezcla extraordinaria.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake


El decimocuarto round destacó por la economía de fuerzas y la estrategia. Ambos luchadores estaban agotados y no sacaban los puños sin antes estar seguros de poder hacer diana. Cuando después de alguna combinación quedaban demasiado cerca el uno del otro, Lewis se apresuraba a engancharse a Duncan abrazándole por la cintura para descansar sobre su hombro dejando caer todo el peso de su cuerpo, intentando a la vez cansar a su adversario; a lo que Duncan siempre respondía soltándole un par de manotazos detrás de la oreja. El árbitro no tardaba en separarles y reanudar el combate. Los dos tenían la cara hinchada y deformada. La ceja izquierda de Duncan estaba completamente abierta. Lewis tenía la nariz rota y un par de costillas fisuradas. El público gritaba animando a los púgiles. Querían ver sangre. Querían ver morir a alguien. Dos guerreros frente a frente  luchando por destrozarse igual que dos perros de pelea. Sus cuerpos estaban exhaustos por el esfuerzo. Sus rostros, descompuestos, habían perdido toda apariencia humana. Se había convertido en animales intentando exterminarse. Sonó la campana una vez más.

                                                  ***

Cuando peleaba un boxeador blanco contra otro negro la elección era sencilla; apuesta SIEMPRE por el negro. Era casi imposible que pudieras equivocarte. ¿Pero qué pasaba cuando uno era negro y el otro un mejicano loco? Esos tipos estaban hechos de una pasta distinta. Eran inmunes al dolor y al agotamiento. Habían nacido para morir peleando, y Rodríguez era un buen ejemplo de ello. Sonó la campana. Los dos boxeadores se aproximaron al centro del cuadrilátero. Ambos se odiaban. Cada cual era un fiel reflejo del otro y ninguno se gustaba a sí mismo. Los dos había crecido en las calles, sin familia, pobres como ratas; la droga y la delincuencia siempre a su alrededor. El boxeo era su única esperanza para salir del fango. Pero uno tenía que ser el mejor para conseguir su meta. Era un camino duro. No había segundas oportunidades. Aquí la gente peleaba de verdad. Peleaba por su vida.

                                                   ***

                                                        Febrero de 1937 (Arregui contra Gibson)
 

Su entrenador siempre le decía a Julián que durante los combates debía intentar mantener los nervios templados y la mente en blanco; pero el recuerdo de la guerra y de su hermano muerto se cuelan de pronto en su memoria como un fantasma que no deja de torturarle. Nada más sonar el gong Arregui se lanza sobre su rival, sorprendiéndolo con una derecha a la mandíbula. Gibson retrocede y el vasco le lanza otra derecha potente al rostro que le envía directamente a la lona. Gibson no tarda en ponerse en pie, y de inmediato Arregui se le echa encima con un gancho terrorífico que le manda de nuevo al suelo. El árbitro cuenta hasta 7, y en cuanto se reanuda el combate Arregui vuelve a embestir a su oponente con una ráfaga de golpes feroces al cuerpo y a la cabeza que le hacen caer una vez más provocándole el K.O. definitivo a los 48 segundos del primer asalto.

Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake (Prólogo de José Ángel Barrueco). Lupercalia, 2014.

martes, 18 de noviembre de 2014

Unas palabras sobre Annecy que pueden servir de crónica de viaje


Suele comentarse con entusiasmo la belleza de lugares como Brujas, Praga, Siena o incluso Tallin. Ciudades históricas y monumentales que, de tan bien conservadas, parecen un decorado erigido en medio del desierto; una composición ficticia donde los turistas, atraídos por la fuerza de la historia, se convierten en una masa densa que todo lo inunda. Annecy, sin embargo, alberga en sus viejas calles la verdadera esencia de un pasado que, afortunadamente, nunca pudo escapar de su núcleo urbano. En consecuencia, su casco antiguo parece un mercado medieval gigante y permanente donde el carnicero, el panadero y el mesonero no interpretan otro papel que el de sus propias vidas. Annecy no es pues una ciudad histórica, sino una suerte de máquina del tiempo.


La localidad está situada en un enclave maravilloso; a los pies de un lago de aguas turquesa y muy cerca de las primeras estribaciones alpinas, lo que dota a todo el entorno de esa tonalidad verde botella cuyo pigmento sólo se encuentra cerca de las montañas. Nosotros arribamos allí de casualidad; una tormenta terrible nos expulsó de Chamonix, a los pies del Montblanc, y nos obligó a buscar refugio en alguna ciudad de tamaño medio en la región del Ródano-Alpes. La elección no pudo ser mejor, pues Annecy es uno de los destinos más pintorescos de Europa. Y no sólo por su ubicación, sus monumentos o su red de canales (que la han llevado a ser conocida como la Venecia francesa -en todos los países hay una Venecia nacional; en algunos casos la comparación es un insulto-), sino también porque es un verdadero ejemplo de Vieille Ville: con su Rue Sainte-Claire y sus arcadas, sus paseantes y sus turistas, su château y su catedral, sus puentes de época y sus viejos edificios engalanados con geranios. Una ciudad, en resumen, que, a diferencia de la mayoría de ciudades históricas europeas, destaca por su autenticidad. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Open: an autobiography (Andre Agassi)



Andre Agassi era uno de mis tenistas favoritos. Su look rompedor, alejado del código de vestimenta de Wimbledon, resultaba fascinante para los jóvenes aficionados de la época. No obstante este aspecto, Agassi destacaba sobre todo por su juego espectacular. Éramos muchos los que por entonces nos preguntábamos cómo un chico con ese aspecto debilucho, tan corta estatura y unos andares de pato provocados por un defecto en la espalda, era capaz de competir con portentos de la naturaleza como Pete Sampras, Lleyton Hewitt, Michael Chang o Jim Courier. En cualquier caso, y a pesar de esta introducción, no habría leído este libro (no suelo leer biografías) de no haber sido porque uno de los mejores libreros de Madrid, que, además, da la casualidad, es también uno de los poetas de más talento que he leído en los últimos tiempos, Álex Portero, me lo recomendó con entusiasmo. Finalmente, cayó en mis manos la edición inglesa, publicada, al igual que la original en los Estados Unidos, en 2009, cinco años antes de que Duomo Ediciones decidiera apostar por su traducción al castellano.

El libro está bien construido y funciona como una ficción, sobre todo en su primera parte, gracias a que posee los elementos constructivos de una novela, con sus personajes principales: el narrador en primera persona; sus personajes secundarios: el padre, los hermanos; sus personajes tangenciales: los compañeros de academia, los rivales; un argumento sólido: la carrera de Andre como evolución lineal, y una trama abierta, pues aunque el lector sabe que el autor alcanzó el éxito en su profesión, no sabe cómo. Como reconoce el propio Agassi en el capítulo final de agradecimientos, fue otro, su amigo J.R. Moehringer, quien convirtió su historia, contada por él de viva voz y grabada en una cinta, en un libro soberbiamente escrito. La verdad es que el libro engancha pese a que contiene una parte, en su último tercio, en la que los pasajes dedicados a rememorar las decenas de torneos jugados por Agassi se hacen densos y repetitivos y muestran una terrible prisa por acabar, construyendo elipsis que terminan por convertir al texto en la crónica deportiva de una trayectoria que por momentos copia las estructuras de los obituarios; tratando de resumir en un párrafo los éxitos y los fracasos de varios años.

Open, el partido de su vida, comienza a jugarlo Agassi en el jardín de su casa, situada en la periferia de Las Vegas, único lugar de la ciudad donde su padre se podía permitir una casa tan grande como para albergar en ella una pista de tenis. El pequeño Andre, de siete años, descubre allí a quien será su primer y más importante rival, El Dragón, una maquina construida por su padre, Mike Agassi; emigrante armenio que tiene por objetivo que sus hijos le ayuden a construir el sueño americano que él no ha podido lograr trabajando duro. El Dragón escupe bolas de fuego color amarillo fosforito a una velocidad media de 180 Km/h. El pequeño Andre las devuelve todas, aun con el antebrazo entumecido, a razón de 2.500 al día. Este régimen marcial impuesto por su padre llevará a Andre a odiar el tenis como juego y a entenderlo solo como un medio para ganarse la vida (“Odiaba el tenis, sí. Y lo odiaba porque nunca fue mi elección.”). De esta frustración nacerá el controvertido carácter y la extravagante personalidad del tenista, características que comienzan a despuntar como forma de rebeldía contra el régimen paterno, después convertido en dictadura del propio sistema inherente al deporte de élite, en la academia Bollettieri para jóvenes talentos. Con catorce años entra el circuito ATP con el número 610 y comienza a jugar torneos, lo que le permitirá romper con sus tutores, ganar su propio dinero y hasta marcar su propia tendencia, pelo largo (después convertido en postizo), pendiente y jeans cortados por encima de las rodillas; un look poco habitual entre los tenistas. La estética, las juergas y las drogas sirven para acorazar a ese niño tímido y bonachón que Agassi esconde dentro y que pretende escapar del guion de una vida que otros han escrito para él. Luego llegarán los grandes slams y las derrotas. La alopecia como símbolo. La sombra del fracaso en las crónicas deportivas firmadas por el famoso periodista Mike Lupica. Su cambio de entrenador. La aparición del preparador físico Gil Reyes (otro gran personaje). La resurrección como tenista. Sus amores frustrados, especialmente su relación con la actriz Brooke Shields, y finalmente la aparición de Steffi Graf en su vida, alguien que odiaba el tenis tanto como él, alguien con un padre aún más espartano que el del propio Agassi.

Más allá de su nada despreciable grandeza literaria, lo mejor de este libro es que nos enseña, en primera persona, toda la basura que esconde el deporte de élite. Para que los amantes del deporte, practicantes no profesionales y espectadores, nos divirtamos los fines de semana, han de existir estas víctimas del sistema deportivo que viven entregadas desde niños al deporte que practican. Me refiero sobre todo a los que participan en competiciones individuales. De hecho, los jóvenes deportistas pulverizan cada día nuevos récords de precocidad, y aparecen deslumbrantes números uno del deporte capaces de batir a las leyendas vivientes con apenas dieciocho años. Atletas como Rafa Nadal, Marc Márquez, Sebastian Vettel, etc. Me imagino ahora a uno de esos padres que arriesgan la vida de sus hijos haciéndoles conducir motos con centenares de caballos a la pronta edad de catorce años sentado en la fría grada de un circuito de segunda, orgulloso de la actuación de su retoño en la pista, comiéndose las uñas bajo la cubierta de tribuna sin tener del todo claro si la tensión viene producida por el riesgo o por la ambición. En ocasiones pienso que el deseo de tener descendencia surge de ocultas pretensiones egoístas, de ideas como “quién me cuidará cuando sea mayor” o “quién me sacará de pobre y me proveerá de un dulce retiro burgués”. No obstante, la existencia de esta autobiografía no descubre nada nuevo ni conduce a la reflexión de algo que no hubiéramos pensado ya los amantes del deporte, pero, a diferencia de esas biografías que buscan la épica a través de una narrativa que refuerza la idea de éxito como objetivo por el que apostar, Open nos da el punto de vista sincero de alguien que realmente llegó a odiar un deporte que hoy en día le divierte cuando lo practica por placer con su mujer en una pista alquilada y al que nunca permitiría que sus hijos se acercasen. Alguien que hoy en día dedica la mayor parte de su tiempo a la escuela para niños sin recursos económicos que lleva su nombre: Andre Agassi College Preparatory Academy. Un gran tipo.


Open: mi historia. Duomo editorial, 2014. 

Open: an autobiography. Harper Collins, 2009
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Grandes lecturas XV: Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez




“El 26 de octubre no fue un día de grandes noticias.”. Así comienza Del amor y otros demonios, un libro que comencé a leer el día 28 de octubre, justo dos días después del fallecimiento de mi abuela materna, acaecido por lo tanto el 26 de octubre de 2014. No es ésta, sin embargo, la única coincidencia, o asunto de índole mágica, o al menos poco racional, relacionada con el libro, pues el relato de García Márquez está plagado de destellos góticos, románticos e históricos, y habla de hornacinas y cementerios, de iglesias y conventos, de muertes y entierros, y también de flores que se marchitan. Elementos que en estos pasados días, horas antes de comenzar el libro, formaban parte de mi realidad.

Parece algo más que una casualidad el hecho de que, recién llegado del camposanto, algo desorientado aún por las sensaciones que uno experimenta ante el dolor propio y también ante, como diría Susan Sontag, el dolor de los demás, eligiera ese libro entre los centenares que abarrotan mis anaqueles, puesto que en él, Gabriel García Márquez, un escritor que admiro, pero, sobre todo, del que aprendo mucho técnicamente, recrea una historia antigua de monjas malvadas, niñas endemoniadas, curas exorcistas, obispos poderosos y amores imposibles, basándose en una noticia que hubo de cubrir cuando trabajaba de reportero en su Colombia natal.

En un viejo convento que iba a ser demolido para edificar sobre sus ruinas un hotel de lujo, se descubrieron los restos de un virrey, un obispo, una marquesa y una niña. Lo escalofriante del tema, pues, como apunto arriba, este relato tiene pinceladas de magia oscura que estremecen por momentos, es que los restos exhumados de la niña tenían una cabellera cobriza de nada más y nada menos que veintidós metros de largo. Son estos los mimbres, y los personajes, con los que el maestro García Márquez construye una historia que trasciende el realismo mágico para penetrar en los límites de lo alucinante a través de los sucesos paranormales que se producen alrededor de la figura de la niña, Sierva María de todos los Ángeles.

No cabe duda de que Gabo tenía una capacidad especial, un talento, un don, para hacer fluir la prosa sin perder en ningún momento el ritmo, pero tampoco la prosodia, entendida ésta como la musicalidad de todos y cada uno de los párrafos. El argumento, el material, los personajes y la atmósfera conforman un conjunto de perfecta armonía que ayuda al lector a deslizar su imaginación por los vericuetos de ese mundo mágico que es la literatura. La protagonista, Sierva María, es mordida por un perro rabioso en una visita al mercado y sus padres, que la desprecian y la obligan a vivir con los esclavos, deciden deshacerse de ella y confinarla en un convento de clausura. En este punto finaliza lo racional para dejar paso, entre ancestrales ritos católicos tiznados de paganismo africano, a una historia de exorcismos y exorcistas que, no obstante, esconde como si fuera un símbolo fálico en una catedral, la razón de muchos males, la fuerza más grande de todas; la del amor, y otros demonios.

Resulta curioso, sin embargo, o al menos me conduce hacia un estado más emocional que cerebral, que tras regresar del cementerio municipal de Zamora con una rosa roja arrancada de uno de los centros que se depositaron en la lápida de mi abuela tras ser sellada, mi intuición, mi gusto o mi apetencia me dirigieran hacia la estantería donde estaba este libro de Gabo que parecía pedirme a gritos que lo leyese en ese instante. Desde luego, a pesar de no ser católico, cada 26 de octubre recordaré, como si del cabo de año de mi abuela se tratase, la historia de Sierva María y la larga melena que le creció después de muerta. 

Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez. Mondadori. [1994]. 2014.