miércoles, 3 de octubre de 2018

Verónica, ¿realismo, fantasía o terror?

Sorprende la película de Paco Plaza por su valentía a la hora elegir un tono para una narración que, en apariencia, pertenece a un género muy concreto como el terror. De hecho, Verónica se acerca más a una peli de fantasía juvenil sobre fenómenos paranormales que a una cinta de género. En otras palabras: está más cerca de Stranger Things que de El Exorcista

Paco Plaza emplea un tono realista que envuelve al espectador con una atmósfera que recrea muy bien el Madrid de barrio de los años 90. Vallecas: con sus torres de viviendas humildes y sus plazas; con la música de Héroes del Silencio sonando en los walkman; con su estética postochentera de ropas anchas y telas vaqueras. Y es que, al final, el director no pretende tanto aterrar como contarnos la historia de Estefanía Gutiérrez (el poltergeist de Vallecas); único expediente español en el que el inspector a cargo del caso declara que se han producido "fenómenos de todo punto inexplicables". No obstante, a posteriori se ha sabido, tras esta entrevista de El Mundo a dos de los hermanos de Estefanía, que la sugestión y la manipulación por parte de su madre provocaron estos sucesos y su explicación.  Verónica no es pues, ni mucho menos, una película construida a base de sustos, sino una forma de contar las vivencias extrasensoriales que sufrió la joven, tanto desde su punto de vista como desde uno externo. Pero también es un canto a la ficción, entendida esta como la capacidad de fantasear o imaginar. Pues Verónica es presa de la sugestión a partir de una sesión de güija que coincide con un eclipse solar.

Esta escena del eclipse representa la primera pinza del guion, el primer giro dramático, y está cargada de estética y significado, con un montaje paralelo entre la sesión de güija y el eclipse; el lado oscuro imponiendo su poder sobre la luz. Una gran metáfora. Un festival de romanticismo aderezado con un Bécquer diegético en la clase de literatura. Una película con ritmo y empaque que demuestra el buen momento del cine español gracias a un puñado de jóvenes directores que han traído consigo una nueva manera de hacer las cosas. Algo que no ha pasado desapercibido para Netflix, que ofrece una buena oferta de productos nacionales.

viernes, 24 de agosto de 2018

Apuntes sobre la evolución del neoliberalismo a través de las marcas de ropa

Paseaba una cálida tarde de diciembre por el centro de Madrid observando a los viandantes, sus ropas, sus gestos, sus actitudes, escuchando sus conversaciones como un voyeur que quiere robarle a la vida palabras y personajes, cuando me topé con un señor en edad de jubilarse que vestía un plumífero de la marca Roc Neige. Entonces, de inmediato, un torrente de recuerdos y vivencias de los años noventa tornaron a mi mente como ácidos estomacales que ascienden al esófago tras una mala digestión y me condujeron a pensar: ¿Qué fue de Roc Neige?

Así pues, saqué del bolsillo mi teléfono móvil, y le pregunté al dios Google por los designios de la citada marca, la cual no había vuelto a ver cubriendo los cuerpos de mis conciudadanos. Para mi sorpresa, descubrí que la marca sigue existiendo aún y fabricando prendas técnicas de montaña.

Roc Neige es una marca española especializada en abrigos que pertenece al grupo ovetense Rox Sport, cuya firma también tuvo mucho éxito a principios de los noventa. Los plumíferos de Roc Neige causaron furor hace dos décadas, pues, como sucediera con otras marcas de las que se “apropiaron” ciertas tribus urbanas, sirvieron de uniforme oficial de los bakalaeros.


Por aquel entonces los plumíferos se diseñaban con tablillas anchas que causaban ciertos problemas a la hora de lavarlos, dado que las plumas se apelmazaban como arena mojada y llevaba días, semanas o incluso meses, que volvieran a expandirse. Dicho diseño provocaba que el abrigo, una vez puesto, hiciese parecer a quien lo llevaba un muñeco Michelín, o, dicho de otro modo; alguien más corpulento de lo que en realidad era.

Me gustaría aclarar, antes de proseguir, que esto no es un artículo de moda, sino una reflexión nacida de mi encuentro con el hombre en edad de jubilarse que vestía un plumas Roc Neige adquirido en los años noventa, ya que, como puede comprobar tras realizar mi búsqueda en Google, los actuales, además de ser difíciles de encontrar en las tiendas, poseen un logo modificado, renovado y, en resumen, distinto. Cabe apuntar que de repente un día, casi de la noche a la mañana, aunque quizá en un proceso paulatino que yo no percibí, la marca dejó de venderse en masa y fue sustituida como favorita de bakalas y malotes varios por una marca americana de alta montaña, The North Face, que a día de hoy abunda en todo el mundo occidental. De hecho, Patric Sport, propietaria del Grupo Rox, fue declarada en concurso de acreedores en el año 2013, aunque aún sigue manteniendo su actividad.

Esto, que pudiera parecer una observación sin importancia, encierra sin embargo una lectura más compleja que nos muestra la evolución delneoliberalismo en las dos últimas décadas. Veamos: en los años noventa aún era posible que marcas nacionales más bien artesanales, fabricas pequeñas de ropa y calzado, tuvieran un espacio en los armarios de los españoles, algo que hoy en día resulta cada vez más difícil (mención aparte merece en este aspecto la fiebre de las J’Hayber o el hecho de que al Real Madrid lo vistiese Kelme). Es decir, el mercado aún permitía que marcas locales se pusieran de moda como si lo nacional fuera lo más competitivo del mundo.Actualmente, en cambio, solo marcas españolas con proyección internacional y franquicias en los Campos Elíseos y la Quinta Avenida (léase Desigual) pueden aspirar a ello.

Esto se debe no solo un problema de marketing y distribución, sino también a una tendencia; vivimos en un mundo cada vez más artificial, en un decorado de cartón piedra donde nuestras acciones están encaminadas a sacar una buena foto en Instagram o Facebook para que nuestros allegados observen lo guay que somos y lo felices que salimos en las instantáneas y, claro, vestir una marca nacional pequeña y artesanal es como irse de vacaciones a Cuenca en vez de visitar Manhattan.

Existen pues dos factores que fomentan la globalización de las marcas; el propio potencial económico de la fábrica y la estupidez endémica de gran parte de la población, muy bien educada y dirigida por el sistema de consumo que, cual escuela comunista, empuja al consumidor a comprar ciertos productos. Así las cosas, el mundo camina hacia la serialización, la clonificación y, por lo tanto, la falta de originalidad. Somos parte de un mundo donde más del cincuenta por ciento de la población viste la misma marca de abrigo o de zapatillas, algo paradójicamente similar a lo que sucedía en la Hungría comunista con los coches Trabant, que eran los únicos que los trabajadores podían adquirir, puesto que el mercado no era libre y no había posibilidad de optar a otros.

A decir verdad, todo esto resulta una enorme contradicción, pues cada vez los inviernos son más cálidos y más cortos y las prendas de marcas de montaña, más allá de su estética, resultan menos útiles. No como en los años noventa, cuando el invierno duraba cuatro meses y el aire helado obligaba a los viandantes a pertrecharse con plumas de oca fabricadas por casas nacionales, que, como ocurre con el queso, el jamón o el vino, no había que importar. Pero entonces, ah, claro, entonces, los niños apenas teníamos videojuegos, las redes sociales no
existían y los americanos solo habían colonizado la industria del cine.
 
Texto publicado en el La Réplica el 12/01/2018

miércoles, 9 de mayo de 2018

El resultado nos da igual



Calculo que sucedería a principios de la década de los noventa, tal vez durante la temporada 90/91, aunque quizá fuera durante la 92/93. En cualquier caso, justo antes del nacimiento de Internet. Mi padre llamaba por teléfono a la redacción del periódico local y preguntaba a la persona que descolgaba el resultado del equipo más representativo de nuestra ciudad, que por entonces jugaba en Tercera División y cuyos partidos no eran retransmitidos por la radio. Para alguien que haya nacido siendo un nativo tecnológico, esto puede resultar más propio del Neolítico, pero así funcionaban las cosas en la era analógica; no existía la inmediatez, el tiempo real, el streaming, y teníamos que esperar a que acabasen los partidos para llamar a la redacción y preguntar el resultado por vía telefónica. No era por tanto una app ni una web ni ninguna otra aplicación con tres letras quien nos daba el resultado, sino una voz, una persona, un ser humano. 

Poco después me atreví a realizar la operación sin la ayuda de mi padre; memoricé el  número de teléfono de la redacción y comencé a llamar todos los domingos que mi equipo jugaba fuera de casa. Descolgaba el enorme auricular, cuyo largo duplicaba el de mi cabeza, y soltaba en el aire la frase: "¿Me puedes decir cómo ha quedado el Zamora?". Había justo después un instante (un segundo, algo menos tal vez) de tensión que me erizaba el vello. Había nervios. Había un hueco espaciotemporal por el que se colaban todas las posibles combinaciones de resultados. Todo comenzaba con un impersonal: "Ha...", que podía continuar con "...empatado, ganado o perdido". Luego venía el resultado: 1-0, 1-1, 2-1 o el guarismo que fuera. Entonces respiraba; me favoreciese o no el resultado, respiraba, pues no tenía que soportar más incertidumbre. 

Hoy día, tantos años después, me pregunto quién sería aquella persona que descolgaba el teléfono y me transmitía el resultado con frialdad y cierta indiferencia. ¿Era un redactor de la sección local? ¿Uno especializado en deportes? ¿Quizá un administrativo? ¿Un recepcionista? Poco importa ya, pues para mí era un Dios. Era un auténtico motor de búsqueda. Era Google. Era el ser que todo lo sabía. La persona que me suministraba alegrías o tristezas los domingos por la tarde. El hombre de los resultados. Y es que, por entonces, el resultado era importante. Era algo fijo, invariable, inmutable. Algo que solo descubrías una vez terminado el partido, cuando ya nada podía cambiar. Era irreversible. Era dramático. Hoy día, sin embargo, es algo dinámico; algo que puedes vivir en directo de formas muy distintas; algo que muta  a través de las webs, de las apps o de las televisiones digitales. Son cientos los modos de seguir un partido. Poco importa si este es de Primera División o de Tercera. El resultado no tiene emoción, no tiene tensión, es ornamental, no significa nada una vez transformado en la alerta de un móvil, en un aviso continuo, en una notificación. En resumen: la emoción de los resultados depende de la inmediatez y esta, a su vez, de la conexión.

Internet ha cambiado por lo tanto la comprensión del espacio-tiempo, algo que, como sucediera en su día con la invención de la máquina de vapor, ha modificado nuestra relación con el entorno, pues el mundo viaja, por definición, a una velocidad de vértigo. O dicho de otro modo: lo digital ha acortado el espacio como si fuera un agujero de gusano, precisamente para reducir también el tiempo.

lunes, 16 de abril de 2018

Fe de etarras, una película de Borja Cobeaga


Será que uno quiere dejar margen para la sorpresa o quizá ciertas producciones de plataforma de pago se hayan ganado nuestra confianza debido a la calidad de sus productos y, por qué no decirlo, al despligue publicitario que alcanza a decorar grandes cornisas y marquesinas. Sea lo que sea, la requeteanunciada y polémica producción de Netflix prometía una nueva visión del conflicto vasco, aunque esta vez sin el conflicto vasco; una revisión original; otro punto de vista; una comedia que se alejara de la fórmula de los Ocho apellidos vascos...  
Una vez terminada la lucha armada de ETA, han proliferado en el mercado los libros y cintas sobre el asunto. Mención aparte para Patria, la novela de Aramburu, que se ha convertido en un best seller, pues parece que ha abierto de lleno la caja de Pandora sobre el tema; un tema que suele interesarnos por haber sido el pan nuestro de cada día durante varias décadas. La buena noticia, además, es que hoy día, con la actividad de la banda interrumpida, es más fácil retratar a los asesinos que cuando aún empuñaban las armas; al menos nos aseguramos de tener una visión más objetiva, sin sobornos, ni coacciones, sin respeto ni miedo.
Las credenciales que presentaba a priori Fe de etarras eran por lo tanto prometedoras. Sin embargo, he de decir que me he encontrado con una cinta que baila entre los géneros porque no sabe muy bien cuál es el suyo; una historia que se debate entre la comedia y el drama sin llegar a tener nada exclusivo de ninguno; una visión obvia y grotesca del fin de ETA que se salva de ser enviada a la hoguera por tener dos o tres gags realmente originales y graciosos con los que, eso sí, te tronchas gracias al humor cáustico del texto y a la calidad artística de los cuatro interpretes. O dicho de otro modo; Fe de etarras es un texto que se mueve entre el humor y la tensión argumental. Pues esto de ETA, aunque dé para hacer una comedia, es una cosa seria, y el personaje de Javier Cámara se encarga de recordarselo al espectador cada vez que se enfada. Y es que los personajes no dejan de ser caricaturas de unos etarras poco profesionales que nos hacen reír con su torpeza. Un tono que salta desde la Hora chanante a Vaya semanita pasando por los dramas realistas españoles de mediados de los noventa, época en la que ETA era utilizada como material narrativo de forma recurrente. 
En Fe de etarras tenemos un grupo de terroristas (de los cuales solo dos son vascos), que forman uno de los últimos comandos de la banda y cuya misión es esperar instrucciones en los días en los que la Selección Española gana su primer Mundial. A partir de aquí se producen una serie de situaciones surrelistas y cómicas que serán la base de la cinta, dejando de lado por pura inoperancia todo lo que pretendía ser “lo demás”: el ocaso de la banda, la tristeza de creer en un ideal ya muerto y apestoso, los choques culturales entre españoles y vascos, los conflictos entre los personajes, los giros argumentales...
Elementos que existen pero sobre los que, ocultos en el bien enmascarado tono de comedia, se pasa de puntillas y que me sirven, de paso, para hacer una crítica a Netflix, plataforma que, aunque ofrece un precio razonable, adolece tal vez de una oferta sólida de producciones propias y posee unos limitados recursos de videoclub. No obstante, esta es la primera vez que comento aquí una producción de una plataforma digital, y lo he hecho como si fuera cualquier otra película, obviando por completo (y así ha de ser) que no circula por los canales habituales de distribución. Mucho más fácil así, más accesible, más barato. Qué carajo, aunque soy un amante de las salas de exhibición, no pienso que el uso de otros soportes sea negativo, más bien lo contrario.

domingo, 18 de febrero de 2018

Marrakech: exotismo sin escalas



Tras enamorarse de Tánger y elegirla como lugar de residencia hasta el final de sus días, el escritor norteamericano Paul Bowles escribiría: «tenía la convicción de que algunas partes del planeta eran más mágicas que otras». La magia a la que alude Bowles, una especie de hechizo que embruja al viajero, es una amalgama de sensaciones provocada por factores como la geografía, el clima y el urbanismo. Pero también por la cultura tribal, la omnipresencia de la religión y cierto primitivismo social. Elementos que provocan un fuerte impacto en el viajero occidental; una dicotomía entre la fascinación y el rechazo; una extraña dualidad entre lo bello y lo aborrecible. Marruecos. Otro mundo. 

Perla del Sur

Los almorávides fundaron Marrakech en el siglo XI como asentamiento comercial para las caravanas que iban a África a través del Sahara. Conocida como Perla del Sur o Ciudad Roja, Marrakech transmite la sensación de ser un fuerte en la llanura de arena que se extiende a los pies del Atlas. La Perla del Sur es, junto a Fez, Mequínez y Rabat, una de las cuatro ciudades imperiales del país. De ello se deriva la existencia de un rico patrimonio artístico, en el que destacan los lujosos palacios Bahía y Badi, la Madraza Ben Youssef o las Tumbas Saadíes. Pero sin duda su mejor monumento es la medina. De notable extensión, se encuentra dentro de un recinto amurallado al que se accede por una serie de puertas colosales. Como es sabido, las viejas ciudades islámicas no siguen un plan urbanístico definido, sino que responden al caos por medio de trazados laberínticos de calles ensombrecidas que aplaquen los rigores del calor. Sus callejuelas conforman una maraña que, de alguna manera, confluye siempre en la mezquita. Resulta inevitable desorientarse y perderse en el interior de una medina. Y se antoja inútil consultar un mapa. En sus estrechas calles se dan cita comerciantes, vecinos, turistas, ancianos en bicicleta, carros tirados por burros famélicos, motocicletas con tres pasajeros sin casco. Se trata de un chorro de vida a presión que golpea con fuerza y consigue fatigar. Da la impresión de que el tiempo se ha estancado en algún punto del pasado. En una ciudad medieval europea se recrea, a base de restauraciones, la vida del pasado, en una ciudad medieval islámica se experimenta la vida del pasado tal y como era: las carnicerías sin refrigeración para el género, los vendedores ambulantes que ofertan bagatelas, las pollerías donde matan gallinas a demanda, los herbolarios con plantas de propiedades curativas. Las grandes medinas son una de las pocas cosas auténticas que quedan en el mundo. Prueba de ello es que su sistema de organización urbana viene determinado por la importancia de cada gremio. De este modo, los comercios dedicados al textil y al suvenir se encuentran en primera línea y los locales relacionados con el ruido y el mal olor, como las herrerías y curtidurías, en los márgenes del recinto. En su centro se encuentra el zoco, plaza del mercado con funciones de espacio comunal donde se concentra la masa en sus quehaceres diarios. En el caso de Marrakech, la plaza Jemaa el Fna adquiere una dimensión espectacular por ser el centro neurálgico de un microcosmos que parece contener todo el mundo antiguo; un sinfín de sensaciones que cualquier turista con ganas de dejarse sorprender puede captar.

Jemaa el Fna


En origen, Jemaa el Fna (Asamblea de la Aniquilación) era una explanada que albergaba actos de escarnio público frente a la mezquita Koutoubia. Con el tiempo fue evolucionando hacia un modelo de plaza de mercado. Y actualmente es un muestrario de la cultura marroquí: durante el día se puebla de personajes pintorescos, como los aguadores, los encantadores de serpientes, los domadores de monos, los vendedores de zumo, los cuentacuentos, las tatuadoras, los sanadores y todo tipo de charlatanes que se lanzan sobre los turistas en busca de unas monedas a cambio de una foto exótica. Se trata de una experiencia que puede resultar estresante si no se admite como parte del juego. Por lo que hay que estar predispuesto a escucharles y tratarles con respeto aunque no queramos participar de sus ofertas. De noche, sin embargo, la plaza se llena de candiles, música y humo que sale de las parrillas de los puestos de comida, que desde el atardecer centran toda la atención del espacio. Conviene sentarse a compartir mesa con oriundos y turistas en alguno de estos puestos, pues el género es fresco y sabroso y el precio asequible. Jemaa el Fna es como una enorme pista de circo. Un espectáculo que te arrastra hasta hacerte creer que formas parte de él como artista. Pero en realidad solo lo haces como un espectador que paga por alguno de los cientos de servicios que se ofrecen. Sobre la plaza flota un cielo estrellado y ligero que se aleja de la oscura bóveda que cubre las capitales europeas a causa de la contaminación lumínica. De ahí que la música étnica que tocan en directo las gentes de los poblados bereberes actúe como canalizadora de una espiritualidad que solo puede experimentarse en África; el firmamento, los olores, los sabores, el humo, la percusión, la imponente presencia del minarete de la mequita Koutoubia, los vendedores y captadores de clientes para los puestos de comida; una espiral de percepciones que abruman y maravillan por igual al viajero que pasea o intenta cruzar la plaza. Un delirio sensorial que, pese a todo, engancha.

El sistema cooperativo

En el islam la caridad es obligatoria para aquellos que gozan de cierta estabilidad económica. Es un precepto musulmán y uno de los cinco pilares de la práctica islámica. En consecuencia, la cultura musulmana ejerce una solidaridad sistémica que revierte en una suerte de colectividad o cooperativismo que funciona a distintos niveles. Uno de ellos sirve para ganar unas monedas a costa de los turistas. Veamos: algo muy habitual es que dos turistas despistados se pierdan en algún punto de la medina y saquen un mapa o su iPhone 7 con GPS para intentar alcanzar el riad o alguna salida. Nerviosos y agobiados mostrarán ademanes de preocupación y rostros cariacontecidos. Mohines de pánico y confusión que los habituales de la medina percibirán al instante. Es posible que, desazonados, busquen ayuda en algún comerciante, quien les dará vagas indicaciones de continuar hacia adelante para, acto seguido, llamar a un chaval a fin de que les siga y les conduzca al lugar que buscan. El chaval los llevará por callejuelas despojadas de turistas hasta que sientan desconcierto. Llegados a ese punto, solo les quedará confiar en el guía y pagarle algo por sacarles del laberinto. Una vez alcanzado el destino, el chaval pedirá más dinero y los turistas memorizarán la ruta a fin de evitar experiencias similares. Así es, a grandes rasgos, como funciona la suerte de cooperativa que opera en la medina; un sistema codificado de gestos y miradas, un circuito cerrado sin cámaras ni televisión, un gran hermano masivo, una hucha gigante donde cada moneda beneficia al colectivo. A este misterioso ambiente de novela de espías hay que sumarle la presencia de la policía turística de paisano, mucho más numerosa de lo que cabe imaginar. En la medina de Marrakech nadie pasa desapercibido. En ocasiones, cuando el viajero llega a una encrucijada y duda qué sentido tomar, aparece de inmediato alguien que le indica la dirección de la plaza Jemaa el Fna como si le hubiese leído el pensamiento. Una atmósfera de sospecha que añade al viaje un halo de misterio: la fantasía de los cuentos y leyendas árabes, con sus malvados genios y sus exóticas mujeres, con sus hechizos y sus curaciones milagrosas. Al fin y al cabo, todo este juego de observación genera en el visitante sensaciones que saltan de la fascinación al rechazo y de la alegría al miedo. Una paradoja provocada por el sobresfuerzo al que Marrakech somete a los sentidos.

La esencia de lo exótico

Se podrá replicar que en Marrakech todo está montado para el ocio vacacional de los occidentales y que cada día crecen las inversiones en la zona colonial y moderna para un turismo de resorts y spas de lujo, pero mientras persista la pobreza y la clase media marroquí continúe sobreviviendo con doscientos euros al mes, Marrakech seguirá perteneciendo al mundo de las civilizaciones antiguas; uno de los lugares más exóticos del planeta a dos horas de avión de Europa; una urbe alejada de los parques temáticos sobre el desierto en los que los petrodólares han convertido los Emiratos. Una vieja perla del sur que aún conserva su lustre.

Texto pubicado en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora el 11/02/2018