lunes, 20 de mayo de 2013

El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein; un libro sobre los caprichos de la historia



Algunos piensan que la actual crisis económica y financiera es una suerte de Apocalipsis, sin embargo, la historia nos enseña que las crisis, las guerras y los cambios virulentos son una constante cíclica en la historia de la humanidad. Buena prueba de ello es lo que nos cuenta este libro de Angel Wagenstein (realizador búlgaro que debutó en narrativa con esta obra), que no es otra que la de un judío que tuvo la desgracia de vivir las dos guerras en un territorio, Galitzia (actualmente dividido entre Ucrania y Polonia), que ha sido tradicionalmente tierra de todos y tierra de nadie.

Isaac Jacob Blumenfeld nació en el Imperio Austrohúngaro, en cuyas filas luchó en la Primera Guerra Mundial. Acabada ésta se convirtió en ciudadano polaco. Tras la anexión de su región a la URSS, pasó a ser un camarada soviético. Finalmente, cuando las fuerzas del Tercer Reich, invadieron Polonia, se hizo alemán. Y todo esto sin salir de Galitzia, pues cuando abandonó su tierra fue, o para ir a la guerra o para ser enviado a tres campos de concentración distintos, dos campos nazis y un gulag en Kolimá. Por lo tanto, el sino de Isaac Jacob Blumenfeld fue sobrevivir al caprichoso devenir de la historia.

Quizá por eso el azar juega un papel tan importante en esta historia que reflexiona sobre la propia historia, ya que la buena suerte y la mala suerte parecen buscar un equilibrio constante que rige los avatares del protagonista. Un ejemplo: Isaac tiene mala suerte al ser capturado por los nazis, pero tiene buena suerte cuando unos oficiales alemanes piden a todos los judíos polacos encerrados en una celda que salgan y él, inconscientemente, pues había ocultado su condición de judío para evitar males mayores, da un paso al frente y se incluye con los de su etnia. A él lo mandan a un campo de trabajo, pero a los polacos no judíos, los que se quedan en la celda, los fusilan.

La novela se mueve en la línea de otras firmadas por famosos escritores centroeuropeos de la época que también tuvieron que sobrevivir a estos tiempo tan convulsos, como por ejemplo Stefan Zweig o Joseph Roth. De hecho, el libro me recuerda bastante a El mundo de ayer, de Zweig (a quien se cita varias veces en El pentateuco de Isaac). La diferencia entre ambos estriba en el estilo elegido por Wagenstein, que aporta un tono de humor constante a la tragedia que narra. Para ello se sirve a menudo de un recurso muy peculiar: incluir chistes de judíos en sus reflexiones, la mayor parte de ellos protagonizados por el tonto de Mendel -una especie de Abundio (el que vendió el coche para comprar gasolina) para los judíos-. No obstante, el sentido del humor forma parte de la personalidad de Isaac Jacob Blumenfeld, un tipo simplón, pero agraciado con un excepcional carácter gracias al cual salvará varias veces el pellejo. En contraposición, aparece el personaje del rabino, culto y refinado, sabio y reflexivo, que aporta el contrapunto nostálgico a una historia trágica que se va convirtiendo en triste conforme se acerca al final de la guerra.

Como decía al principio, algunos piensan que la crisis de hoy es lo más terrible que le ha sucedido a la humanidad en los últimos mil años, pero libros como El Pentateuco de Isaac nos demuestran y nos enseñan cómo la vieja Europa y, por extensión, el mundo entero, aprendió, tras las dos grandes guerras, que derramar sangre era inútil e inhumano. No aprendió, sin embargo, que la codicia humana es capaz de generar otro tipo de guerras, otro tipo de miseria a la que sobrevivir, sin gota sangre, pero con similar numero de víctimas.

El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein. Libros del Asteroide, 2008. [Traducción de Liliana Tabákova]
  

sábado, 18 de mayo de 2013

Fracasar con éxito


Mi padre es escultor. Un gran escultor, desde mi punto de vista. Y no lo digo por corporativismo familiar, aunque pudiera parecerlo, pues, además de ser su hijo, tengo una licenciatura en Historia del Arte. Tras obtener cierto éxito en los años setenta, cuando vivía en Madrid y exponía en Skira y trabajaba con el arquitecto Antonio Lamela, decidió volver a su patria chica pensando que allí le resultaría más fácil tener una familia. Sin embargo, ese momento supuso un punto de inflexión en su carrera, un punto que iniciaba una trayectoria descendente. Tan descendente que años después se vio obligado a embarcarse en un negocio familiar y a impartir clases de modelado en la escuela de Bellas Artes. No obstante, nunca dejó de labrar piedra, ni de tallar madera, ni de modelar barro. 


Siendo yo un adolescente con inquietudes artísticas me preguntaba por qué mi padre no había tenido la relevancia internacional que yo le presuponía. Y llegué a la conclusión de que la razón no había que buscarla en su vuelta al pueblo, sino en su extremo sentido de la honestidad. Por eso, cuando me metí en el mundo del cine y de la literatura me marqué como objetivo prioritario navegar por ambos mundos con la mínima honestidad posible. Pero rápidamente me di cuenta que uno no puede luchar contra sus genes, ni contra su educación, ni contra los condicionantes de eso que llamamos valores personales. Y así me va: a día de hoy no tengo editor, ni agente, ni productora, ni un sitio donde enviar mis artículos, ni tampoco ganas de revertir la situación. En contrapartida, tengo la figura de mi padre como referencia y como ejemplo; en otras palabras: tengo el orgullo de haber fracasado con éxito. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Alfredo Landa's Tribute



Debió suceder en el año 2004. Por entonces residía yo en Salamanca, donde cursaba estudios universitarios. Una noche de jueves fui invitado a un botellón que se celebraba en un piso del centro. Al salir de la casa en busca de locales nocturnos donde continuar a fiesta, ya bastante perjudicado por la ingesta de alcohol, tuve de repente una visión; frente a mí se materializó un mito, una leyenda, uno de esos entes que sólo existen a través de las pantallas y que no te imaginas que sean reales; se trataba del mismísimo Alfredo Landa, que estaba acompañado por un grupo de personas que formaban un corro y entre las que se encontraba la también actriz María Garralón. Nada más reconocerlo y corroborar que lo que estaba viviendo no era una alucinación etílica, me dirigí a él y, totalmente desinhibido por los efectos del alcohol, aunque con mucho respeto, le estreché la mano y le dije muy serio: “Eres un grande, Alfredo, has hecho infinidad de papeles que ya son legendarios, pero en mi opinión tu mejor papel ha sido en una serie de televisión; Lleno por favor.” Entonces rompió a reír y dijo algo así como: “Sí, sí, ese papel gustó mucho”. Justo en ese momento, alertados por mi charla con el padre del landismo, varios viandantes, entre ellos algunos de mis compinches, también bastante borrachos, se acercaron en masa a saludar al mito, hecho que provocó que el grupo de amigos de Landa al completo iniciara la marcha en dirección a la Plaza Mayor a fin de zafarse de las hordas de universitarios borrachos que le abordaban. Alfredo fue estrechando las manos de todos y cada uno de sus admiradores, e incluso les obligó a reparar en la presencia de María Garralón (Verano azul, Farmacia de guardia), que en ese momento estaba soportando mi charla-chapa. Ya no recuerdo qué sucedió después ni cómo me despedí de María y Alfredo. Lo que sí recuerdo es que, aún deslumbrado por el destello que emiten las estrellas cuando las ves de cerca, entré en un garito, me dirigí a la barra, y, tras pedir un whisky-cola, le dije a la camarera guiñándole un ojo: “lleno, por favor”.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Limónov, de Emmanuel Carrère



La biografía novelada del hombre que da título al libro, Eduard Limónov, escritor ruso ciertamente excéntrico, le sirve al autor como excusa para narrar una vida mucho más apasionante que la de su biografiado; la de la Gran Rusia. De alguna manera, el personaje de Limónov –que verdaderamente es todo un personaje; un auténtico majadero quijotesco- funciona como un McGuffin en el cine negro; sirve para hacer avanzar la trama sin tener una implicación decisiva en ella. Al personaje de Limónov le ocurre igual: sirve para retratar la Rusia moderna a lo largo de los últimos setenta años, pero no tiene influencia alguna en ella (aun habiéndolo intentado por todos los medios). 

Aunque el texto tiene mucho ritmo, la voz narrativa me parece lo más flojo del conjunto, sobre todo por la postura que toma el narrador: Carrère pretende ser imparcial e intenta empatizar con todos los puntos de vista posibles a fin de justificar las acciones de su héroe, pues la vida de Limónov está plagada de contradicciones (ha combatido junto a los Tigres de Arkan, pero también ha liderado un partido bolchevique en época postperestroika), hecho que provoca que el relato se pierda en un limbo de neutralidad. Sin embargo, aunque desde mi punto de vista este hecho lleve al texto a perder fuerza, tiene cierta lógica, pues las contradicciones de Limónov demuestran que los polos opuestos de la política se tocan, que el fascismo y el bolcheviquismo no están tan lejos como pretenden hacernos creer quienes usan constantemente los términos izquierda y derecha como conceptos absolutos.  

Eduard Limónov, nacido como Savienko, se inicia en la bohemia rusa a través de los círculos underground de su ciudad natal. Luego se mudará a Moscú, huirá a los Estados Unidos, vivirá en París, luchará en los Balcanes del lado serbio, volverá a Rusia como opositor de Putin. También nos cuenta Carrère, basándose sobre todo en los relatos autobiográficos de Limónov, la activa vida privada del poeta, especialmente la amorosa. Pero, como decía al principio, lo realmente apasionante del libro es la historia de Rusia a través de las aventuras del poeta Limónov. Durante el proceso de lectura, uno va a atravesando Rusia y parte de Europa y Nueva York, y hasta alcanza a entender un poco mejor qué ocurrió realmente en los Balcanes a principios de los 90. Lo cierto es que Rusia, esa gran nación, ha sido y aún hoy sigue siendo una desconocida para el mundo occidental, y este libro sirve, entre otras cosas, para que el lector buceé sin oxígeno por las sucias aguas de la URSS profunda, un sistema socioeconómico que no dista mucho del actual sistema de castas -al mismo tiempo pro y antioligárquico- de la, teóricamente democrática, Federación Rusa.

Limónov, de Emmanuel Carrère. Anagrama, 2013. [Traducción de Jaime Zulaika]. Prix des Prix 2011, Premio Renaudot, Premio de la Lengua Francesa. 

martes, 30 de abril de 2013

Intemperie, de Jesús Carrasco



En una de las solapas de este libro se cita a Delibes y a McCarthy, autores cuya riqueza y fuerza, según Elena Ramírez, de Seix Barral, es equiparable a la de Jesús Carrasco. Sin embargo, durante la lectura de las primeras páginas, uno se pregunta dónde está la fuerza de McCarthy, porque la riqueza rural de Delibes, como veremos más adelante, es una constante. No obstante, la novela de Carrasco tampoco llega a aburrir, simplemente avanza como una lancha sin motor, lenta y discreta, sin ambición aparente, pasando fugazmente por la retina, pero construyéndose frase a frase, metáfora a metáfora (y es que hay momentos con sobreabundancia de metáforas), palabra a palabra. Aunque esto de las palabras es otra historia, pues en el libro, como dijo el lector mal-herido, el elemento más pop que podemos encontrar es un botijo, hecho que desconcierta al lector poco habituado a leer a Faulkner o a Delibes o a Rulfo; el lenguaje es tan rural que los jóvenes urbanitas necesitamos usar el diccionario de la RAE para leer un libro como éste: Fue sacando los enseres de las aguaderas y los fue dejando junto al viejo. Cuando terminó, desmontó los serones y fue metiendo de nuevo las pertenencias del pastor dentro de ellos. El viejo le pidió la albarda para usarla como respaldo (...) Buscó en los serones una trenza de albardín que había sobrado del redil y la ató a la retranca. Luego fijó el otro extremo a una piedra caída del castillo y tiró del ronzal. El animal se movió, y la albarda se deslizó por sus cachas hasta caer al suelo. (p. 80).

Intemperie es la historia de un niño que huye de su pueblo, de su familia, de su pasado, en una época en la que se vive una terrible sequía y el agua es el elemento más codiciado. Al niño, que huye de un pueblo sin nombre en una época sin fecha, lo persigue el alguacil de su pueblo. El niño es consciente de que el alguacil es su final; si consigue dar con él lo matará. Por eso se esconde en un agujero excavado en la tierra e incluso convive con las lombrices hasta que está plenamente seguro de que el peligro se ha esfumado. Después retoma su camino y se topa con un pastor de cabras junto al que pretende emprender una huida hacia el norte. Sin embargo, el alguacil y sus secuaces no se rendirán tan fácilmente. Y es precisamente en este punto, cuando aparece el alguacil con su moto y sus sicarios macarras, cuando la historia, como si fuera una pinza en un guion cinematográfico, da un vuelco radical y se convierte en un relato intenso, intrigante y apasionante, un relato que se quedó dando vueltas en mi cabeza durante dos días. Desconozco  si este cambio de ritmo está tan estudiado como parece, si busca realmente generar el efecto que genera, pero si es así, me quito el sombrero ante Jesús Carrasco. Y si no es así, también me lo quito, pues el pacense escribe como los ángeles para ser un debutante. 

Pero la magia de esta novela, y también su éxito de crítica y ventas, reside, desde mi punto de vista, en el material escogido para construirla; elementos tan sencillos como tres personajes arquetípicos (un niño, un cabrero y el alguacil), tres animales (unas cabras, un perro y un burro) y un entorno infernal -que podría ser cualquier desierto del mundo occidental-. Elementos que nos enfrentan ante la verdad del ser humano, ante la profundidad de su naturaleza y su relación con el medio ambiente. Si uno lo piensa bien, llega rápidamente a la conclusión de que todo superventas -Intemperie ya lo es- está construido con elementos muy sencillos que, bien manipulados, interactúan los unos con los otros en todas sus posibles variantes hasta crear una atmósfera envolvente que no es otra cosa que el propio libro, hecho que no le permite al lector tomar oxígeno. La diferencia entre la Intemperie de Carrasco y la mayoría de superventas es que estos últimos suelen ser panfletos baratos, sin apenas calidad literaria, y el primero es pura literatura, un libro que se ha construido a sí mismo dentro de sus propios límites.

Intemperie, de Jesús Carrasco. Seix Barral, 2013.  

miércoles, 24 de abril de 2013

Delicioso suicidio en grupo, de Arto Paasilinna



Mirando los escaparates y las mesas de novedades de las librerías de Helsinki llegué a la conclusión de que Arto Paasilinna era, de largo, el autor finés más conocido y más respetado en su país, cosa que, de alguna manera –tal vez inconscientemente-, ya sabía, pues es el único autor finés conocido en España. Por eso, en cuanto llegué a Madrid me hice con un ejemplar de una de sus novelas. Delicioso suicidio en grupo, una de sus obras más populares, se publicó en su país de origen en 1990, pero no llegó a España, de la mano de Anagrama, hasta 2007.

Arto Paasilinna es un auténtico fenómeno cultural en su país, cada uno de sus libros vende más de cien mil ejemplares (hay que tener en cuenta que en Finlandia viven cinco millones de personas). Y lo es porque ha conseguido que los fineses se enfrenten a sus miedos a través de la literatura. Delicioso suicidio en grupo es una buena muestra de ello, pues en esta novela el autor se atreve a abordar uno de los temas más dramáticos y tabúes en su país; el suicidio. Y lo hace además con una genial carga de ironía y sarcasmo, de tal manera que los lectores, sobre todo los fineses, se encuentren consigo mismos y puedan sentir en su corazón la luz que le falta a Finlandia durante los meses de invierno y disfrutar de la vida a pesar de las duras condiciones climáticas.

Finlandia es el quinto país del mundo con mayor número de suicidios por habitante. En este precioso país nórdico el invierno dura seis meses en los que todo se cubre de nieve, hace un frío terrible y las horas de luz son ciertamente escasas. Este hecho provoca una melancolía general que afecta a todo finlandés, en algunos casos la cosa no pasa de una leve depresión, pero en otros termina en suicidio. Lo que Paasilinna pretende es endulzar esa visión del suicidio por medio del humor y del entretenimiento, porque la novela es realmente entretenida.

El día de San Juan, cuando comienza el verano, la fiesta de la luz para los fineses, un empresario arruinado decide quitarse la vida en un granero. Para su sorpresa, allí encuentra a otra persona, un coronel del ejército que está a punto de ahorcarse. El empresario le detiene y juntos alivian sus penas. Mientras charlan se les ocurre que sería una buena idea fundar una asociación de aspirantes al suicidio. Y no sólo consiguen su propósito, sino que además alcanzan el éxito; tanto que terminan por alquilar un autocar en el que aspirantes al suicidio de todo el país viajan hasta Cabo Norte para suicidarse placenteramente en grupo. Pero la cosa no acaba ahí, la vida y el apego que el ser humano tiene a ella, los conducirá por toda Europa en un road trip que no es ni mucho menos deprimente.

Delicioso suicidio en grupo es, en resumen, una fábula cargada de humor negro que me recuerda por momentos los Suicidios ejemplares de Vila-Matas y que tiene un componente de autoayuda natural que poco o nada tiene que ver con los libros de autoayuda. Finlandia debería estar orgullosa de tener entre sus habitantes a un escritor con un universo creador tan particular y tan universal, al mismo tiempo. 

En esta vida, lo que más importa es la muerte, y tampoco es que sea para tanto (Proverbio popular).

Delicioso suicidio en grupo, de Arto Paasilinna. Anagrama, 2007 [Traducción de Dulce Fernández Anguita]

martes, 16 de abril de 2013

Magma, de Lars Iyer; mesianismo Vs. apocalipsis



Tengo un amigo escritor con el que charlo a menudo sobre literatura y cine y filosofía. Mi amigo me comentó lo siguiente tras leer Magma: “de ese libro todo el mundo se queda con el discurso literario, con las frases sobre escritores, etc. Y están muy bien, pero a mí lo que más me interesó es el modo en que el narrador se ve afectado por las humedades brutales de su casa. Porque, aunque no tan a lo bestia como en el libro, yo lo he vivido y aún lo vivo.” Mi amigo es un intelectual puro, uno de esos que se dedican en cuerpo y alma a la cultura. Yo no me considero un intelectual puro, ni siquiera un intelectual, pero nuestras charlas, salvando las distancias, me recuerdan a las que mantienen los protagonistas de esta novela, Lars y W., dos escritores, dos "intelectuales", mientras viajan por Europa. Aunque, en realidad, sus charlas no son tal, no son un intercambio de opiniones, sino monólogos en los que W. reflexiona por y sobre los dos, ya que Lars es más bien el narrador observador y, como dice W., no tiene ideas propias. Pues bien, Lars y W. tienen las mismas preocupaciones que mi amigo y yo, las preocupaciones de un escritor que vive en escritor hasta cuando tiene que vivir de otras cosas para subsistir. Y esas preocupaciones implican la sensación de extrañeza, de rareza, que siente el escritor respecto a los demás seres vivos. Un escritor siente la soledad, la incomunicación (“Él es básicamente agorafóbico. Solamente es feliz de verdad cuando se refugia en su habitación, trabajando.” P.43); un escritor siente, en algún momento de su vida, el éxito como algo relativo y absurdo (“Pero W. me recuerda lo que ambos sabemos: que cualquier éxito que hayamos tenido ha sido precisamente bajo la premisa de ese absurdo” p. 153 ); un escritor siente el fracaso como una sombra que acecha (“«¿Cuándo lo supiste? », dice W., «¿cuándo supiste que nunca llegarías a nada»” p. 58); un escritor siente la incapacidad, la negación de la palabra, la sumisión a la escritura del No (“Un bache quinquenal, ¿no es así cómo lo llamo, durante el cual no escribió nada? «Pero Deleuze trabajaba», dice W., «y tú no trabajas nada, ¿verdad? ¿Qué te ocurrió? ¿Cómo has llegado a esto? ¿Por qué ya no lees? ¿Por qué no escribes? »” p. 44); un escritor siente la enfermedad que provoca la soledad, la hipocondria, una sensación que, paradójicamente, sirve para notarse más vivo, o al menos para apreciar más la vida, cosa que justifica el nihilismo de fondo que hay en la obra; la confirmación de la contingencia de los intelectuales en el mundo de hoy (“El cuerpo de W. ha sido recorrido por bastante enfermedades. Resfriados, naturalmente. Multitud de gripes. Neumonía, una vez. Gastroenteritis, dos veces. Somos débiles, dice, somos alfeñiques de la camada. Algo ha llegado a su fin con nosotros. Somos el final de la serie de algún modo significativo.” p. 43).

Y en esa línea en la que se construye la narración por medio de frases que son pensamientos dispersos, los personajes van perfilando el leit-motiv de la novela, el motivo de existencia, que no es otra cosa que una búsqueda científica de la verdad, el motivo de eso que llamamos vida, de la cara más íntima de la realidad (“W. está, como siempre, leyendo acerca de Dios. Dios y las matemáticas, eso es todo lo que le interesa. De alguna manera todo tiene que ver con Dios, en quien W. no es capaz de creer, y con las matemáticas, que W. no es capaz de hacer.” P. 74). En otras palabras, el propósito de los dos personajes es encontrar a Dios a través de la matemática, de los libros, del Talmud. La matemática como forma de atrapar el universo, de cuantificarlo, conduce sin embargo a una lógica de opuestos imposible de solucionar; al absurdo. Algo que irremediablemente nos lleva a la fe, pues no somos capaces de solucionar la dualidad de las cosas: mesianismo o apocalipsis, bien o mal, blanco o negro (“Se debe a la fe que le otorga, dice W. Es a causa de lo que la bebida revela: la noche entera, el apocalipsis, pero también la paciencia para atravesar el apocalipsis, para soñar con el siglo veintidós, o con el veintitrés, cuando puede que las cosas mejores otra vez.” p. 107). 

Pero volvamos a mi amigo el escritor que, como el narrador de Magma, padece humedades en casa, o como diría mi amigo: “tiene  la casa enferma”. La humedad aparece como agente atmosférico, como materia que se transforma, en resumen; como metáfora del vacío, de la solución a todas y cada una de las preguntas que sólo encuentran respuesta en la fe. (“Nadie entiende la humedad. Ésta es talmúdica. La humedad es el enigma que reside en el corazón de todas las cosas. Atrapa la luz de toda explicación, de toda esperanza. La humedad dice: existo, y eso es todo. Soy la que soy, así la humedad. Te sobreviviré y sobreviviré a todas las cosas, así la humedad.” p. 118). Por lo tanto, por mucho que nos empeñemos, por mucho que leamos para adquirir conocimientos, nuestra mente continuará siendo limitada; no resignarse a ello conduce a la locura, al fin, al momento en que lo apocalíptico se impone a lo mesiánico. (“En cierto modo estamos predestinados. Damos vueltas en círculos alrededor de lo que probablemente no podamos entender.” p 159). Como decía antes, mi amigo el escritor y yo no sentimos muy identificados con estos personajes que desde la inquietud cultural alcanzan la preocupación filosófica, el existencialismo, porque mi amigo y yo, al igual que Lars y W., comenzamos hablando de literatura para seguir hablando de la vida sin perder el humor, sin dejar de parodiarnos. Y eso es lo que hace Lars Iyer en Magma; parodiar la estupidez a la que puede llevar la erudición. La diferencia entre nosotros y los personajes de Iyer es que mi amigo no es mi conciencia, hecho que nos lleva, a mi amigo y a mí, a sabernos reales, de carne y hueso.

La única crítica que se me ocurre es referente al alcance de la obra, porque me parece que no es apta para un público generalista, ni siquiera generalista dentro del público que lee literatura; es más bien para escritores, o para pensadores, o para escritores que son pensadores o incluso para seres que piensan -que no son muchos-; es para gente con miedo a las humedades, a la mutación, al paso del tiempo, al cambio del estado de las cosas. Pero esto ya lo sabía José Luis Amores, el editor de Pálido Fuego, antes de publicarla. Por eso me gustaría enfatizar su valentía a la hora de acercar al mercado español una obra atrevida y fresca sobre gente que juega a ser Kafka y termina siendo Brod. (“Podemos reconocer el genio en otros, pero nosotros no lo poseemos.” p. 62)

Magma, de Lars Iyer. Pálido Fuego, 2013. [Traducción de José Luis Amores]