lunes, 27 de abril de 2015

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco


Una buena forma de explicarle a los alumnos de Secundaria la evolución de la novela a lo largo de la historia de la literatura sería realizar una comparación entre La Ilíada de Homero y Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco, puesto que la novela actual es el resultado de la evolución de la poesía épica de la antigüedad, convertida en prosa para alejarla de los ideales heroicos y acercarla a los aspectos de la vida real y, de este modo, hacerla más accesible al público. Pues bien, esta arriesgada y curiosa obra del italiano Baricco se atreve a transformar en prosa nada más y nada menos que el más famoso de los cantos homéricos, despojándolo por completo de los dimes y diretes entre dioses y hombres que completan y distorsionan la acción a partes iguales. El resultado es una narración moderna de prosa elegante y prosódica que nos cuenta la misma historia que Homero pero adaptada al lector de hoy y a sus costumbres.

El escritor italiano explica en el prólogo, a modo de obligada aclaración, las razones que le llevaron a emprender tan arriesgada empresa. Resulta que un día le dio por pensar que “sería hermoso leer en público, durante horas, toda la Ilíada”, pero rápidamente comprendió  que “tal y como estaba, el texto era ilegible: se requerían unas cuarenta horas y un público muy paciente”. Así que, ni corto ni perezoso, y pertrechado con una coraza mezcla de determinación y osadía, decidió intervenir el texto y adaptarlo para dicho propósito. Quizá lo más interesante de la intervención sea el estilo; rítmico, poético, listo para la declamación. Un sello que no resulta sorprendente en modo alguno para quienes hemos leído Seda o Novecento.

Veintiuna son las voces que narran los cincuenta y un días finales del asedio a la ciudad de Troya. Ellas nos cuentan en primera persona pasajes tan célebres como la disputa entre Agamenón y Aquiles, el ridículo de Paris en el campo de batalla o la lucha entre Héctor y Patroclo, todo ello sin perder el vista el texto original y las características que el mismo otorga a los personajes; rasgos atribuibles a aquellos héroes y aquellos hombres, pero también a los hombres de hoy en día; estados emocionales y pasiones, defectos y virtudes. Astucia, piedad, audacia, ambición, codicia, cólera, ira. Sustantivos que siguen dirigiendo los designios humanos como si el tiempo fuera un saco de cuyo fondo ha rescatado Baricco los siglos dejados atrás para revivirlos de nuevo en esta novela.

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco. Anagrama, 2005. [Traducción de Xavier González Rovira]

lunes, 13 de abril de 2015

Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta; adulterio y retrato social en la novela del XIX (Grandes lecturas XVI)


Resulta difícil abordar un artículo sobre el adulterio en la novela realista del siglo XIX sin caer en el academicismo y la erudición o, dicho de otro modo, sin aportar documentación y utilizar citas. Surge en la fase previa a la ejecución de un texto de este tipo alguna de esas preguntas que buscan los porqués de un estudio tan carente de actualidad. La idea de escribir sobre este asunto no es en mi caso más que el resultado de un proceso necesario provocado por la reciente lectura de La Regenta y el obligado parangón con otros dos clásicos coetáneos. Sea como fuere, reflexionar sobre la obra de tres de los más grandes exponentes de la literatura universal lleva a uno a emprender acciones insanas, a perpetrar atentados contra la modernidad y sus iconos, es decir; a cambiar la barba hipster por el bigote prusiano y las gafas de pasta por los quevedos. Comencemos pues:

El adulterio es sin lugar a dudas uno de los temas más recurrentes de la historia de la literatura. Y quién mejor que ciertos personajes del Antiguo Testamento, esa gran novela fantástica, para inaugurar la temática; la bella Betsabé, esposa de Urías el hitita, se acostó una noche con el rey David por deseo expreso de éste, actitud que por supuesto desagradó mucho al Señor. Y aunque parezca anecdótico, dado que los dioses y los reyes mantenían relaciones con quien les apetecía, este episodio posee una trascendencia enorme, pues en él se narra por escrito un hecho que establece unos principios morales dictados por Dios; la moral y las reglas. A partir de aquí, el tema de la infidelidad se mantendrá de una u otra manera a lo largo de la historia de la literatura, incluso durante la Edad Media, en obras como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, o El Decamerón, de Bocaccio, pero no será hasta la explosión de la novela realista en la segunda mitad del siglo XIX cuando el adulterio como temática se convierta en algo recurrente. Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857), Anna Karenina (León Tolstoi, 1877) y La Regenta (Leopoldo Alas “Clarín”, 1884-85) son tal vez las tres novelas más relevantes, pero ni mucho menos las únicas. Destacan también, entre otras muchas: El primo Basilio (Eça de Queiroz, 1878) Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) o Effi Briest (Theodor Fontane, 1895).

Como es sabido, pues así se enseña en los libros de texto de Secundaria, la novela realista busca recuperar el análisis objetivo de situaciones y personajes frente al subjetivismo romántico. Los autores realistas tratan de aplicar un método casi científico que les permita estudiar la realidad a través de la observación. A pesar de la influencia marxista en la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales, la mayor parte de estas novelas suelen centrarse en la burguesía para articular sus historias, una clase social que, además, formaba la base del público lector de la época. El tedio y la frustración que causan los matrimonios burgueses concertados, tan en boga en la época, servirán a la postre para componer un retrato social canalizado a través de la figura femenina, utilizada ésta en la doble vertiente de objeto y  ejemplo social. Ana Ozores, La Regenta, refiere a lo largo del libro expresiones como “hastío eterno” o “tedio”. Anna Karenina, por su parte, experimenta una desagradable sensación de “hipocresía” que “oprime su corazón” cada vez que se rencuentra con su marido. Mientras que Emma Bovary se pregunta en un pasaje determinado: “¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros?”

Por otro lado, la monotonía, la rutina y la carencia de amor conducen a estas mujeres a refugiarse en la lectura. Es en este punto donde aparece con intensidad el elemento quijotesco, pues la pasión desmedida por lo libros colmará a las heroínas de unos ideales que, al no verse realizados, desembocarán en frustración. Emma se deleita con relatos románticos que la llevan a soñar con París y sus bailes; con una vida burguesa y liberal que la arranque de su aldea. La Regenta, en cambio, se refugia en lecturas místicas que colman su alma de un candor que su esposo no es capaz de darle. Y Anna Karenina, que tiene acceso a la vida social de la alta burguesía rusa, sueña sin embargo con rodearse de personajes más heroicos que su previsible y formal marido, funcionario zarista que le causa una gran infelicidad.

Todas estas coincidencias o puntos en común se deben al hecho de que los novelistas consideraban el adulterio como un asunto más social que individual e invitaban, de alguna manera, a la reflexión personal a través de un planteamiento realista cargado de tensión dramática. No obstante, las diferencias entre los tres personajes son también notables, tanto en lo que respecta a los conflictos causados por la culpa como al aspecto moralizante de sus finales respectivos. Veamos: la culpabilidad, o noción de pecado, adopta formas muy variadas en las tres heroínas: para las anas, por ejemplo, no existe carga moral, sino más bien social, dado que son ellas mismas quienes, debido a su educación, consideran que han roto las reglas de comportamiento establecidas en su sociedad y entienden que su pecado sería menor de no ser público. Respecto al castigo que cada autor parece imponer a sus personajes principales, Clarín me parece el más vanguardista de los tres, puesto que no sólo indulta a su personaje, desviando el derramamiento de sangre hacia los miembros masculinos, marido y amante, sino que además incluye un elemento innovador en la estructura, ya que amplia el clásico triángulo amoroso marido-mujer-amante al añadir un recurso magistral, que, valga la redundancia, no es otro que el Magistral de la Catedral, amigo y padre espiritual de Anita Ozores y desencadenante del dramático y muy intenso final del libro.

En resumen, la temática naturalista/realista del siglo XIX profundiza en el perfil psicológico de  la mujer para representarnos una época de grandes transformaciones sociales sin renunciar a la tensión dramática. No debemos olvidar que por aquel entonces las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres y que, en países como España, no gozaban ni siquiera del derecho a la educación, lo que permitía a los autores realistas jugar con el desequilibrio social para denunciar las desigualdades de un mundo sin cine y sin series de televisión, un tiempo donde las descripciones exhaustivas de personajes, lugares y situaciones actuaban como lente registradora, como cinematógrafo, como archivo de la memoria que hoy nos sirve para comparar la historia y ver lo poco que hemos avanzado en ciertos aspectos morales.


viernes, 3 de abril de 2015

Crónicas toledanas: Zocodover


Zocodover, satélite rayano en la indolencia, vestigio orgulloso e indestructible, producto del urbanismo darwinista, se impone a pesar de todo al resto de espacios toledanos. Antaño Plaza Mayor, su nombre proviene del árabe  sūq ad-dawābb; mercado de bestias de carga. Se consolidó en el medievo como centro neurálgico y teatro del escarnio público; autos de fe y ejecuciones de reos se ofrecían como espectáculo. Quizá por eso, como parte de un show de penitencia urbanística, las llamas devoraron la plaza en el siglo XVI hasta reducirla a cenizas. Sin embargo, su aspecto actual se debe a la reordenación del XIX. Hoy en día, el espacio es el mismo; el vacío sigue acogiéndonos a pesar de todas las reestructuraciones. Pero bajo los soportales ya no hay tratantes de ganado ni titiriteros, ya no hay heno desparramado por el suelo ni señoras con mandil blandiendo básculas romanas. McDonald’s y Burger King compiten en locales contiguos por ser la primera potencia de la comida basura. El ambiente de la plaza está cargado de un olor denso a aceite de girasol frito desde tiempos inmemoriales. Decidirme por un local es un desafío a lo racional, un azote a la tautología; es como elegir entre la horca y el garrote vil. Imagino aquellos castigos y me agarro el cuello con ambas manos para después girarlo a la izquierda; en el otro costado de la plaza se encuentra la Casa de la Carpintería, vestigio lateral del proyecto renacentista de Juan de Herrera. Divide el edificio a la mitad con precisión de jurista el arco de la sangre, una oquedad que, como si fuera el ojo del Gran Hermano, me mira insolente haciendo alarde de experiencia. Bajo los soportales, la confitería Santo Tomé, famosa sobre todo por sus mazapanes, un dulce elaborado originalmente para los pobres que hoy compran las clases medias. Al volver la vista, me doy cuenta de que sigo frente al pequeño zócalo que queda entre los dos restaurantes americanos, dudando cuál elegir, absorbido por un maniqueísmo consumista de líneas espectrales. 

jueves, 19 de marzo de 2015

París ya no es una fiesta, apuntes sobre "A moveable feast"


¿Es A moveable feast una novela? ¿Una crónica? ¿Un libro de relatos? ¿Son unas memorias? Los veinte capítulos que componen la obra funcionan como textos independientes unidos por un sedal oculto que aporta consistencia al conjunto. París era una fiesta me parece una de las obras más sólidas de Hemingway, autor a quien he criticado con vehemencia en algún artículo por considerarlo históricamente sobrevalorado. Y digo sobrevalorado porque, además de haber sido galardonado con un Premio Nobel, ha sido tratado por la crítica como uno de los más grandes de todos los tiempos a pesar de que algunas de sus primeras obras presentan notables deficiencias técnicas. En cualquier caso, parece indiscutible que con el paso de los años Hemingway alcanzó un nivel muy alto de autoexigencia que se reflejó a la postre en la composición, la técnica y el estilo de sus últimas novelas, muy especialmente en El viejo y el mar. No obstante, como Nobel que fue, y como referente para muchos jóvenes escritores de los años sesenta y setenta, debo encuadrar a Hemingway dentro de ese selecto grupo de autores a quienes debemos exigir el máximo nivel, del mismo modo [disculpa el símil] que el público del Bernabeú exige a sus jugadores un rendimiento constante del ciento por cien, pues, entre otras cosas, algunos de ellos cobran diez millones de euros limpios al año. Sea como fuere, para evaluar al bueno de Ernest con total objetividad debería leerme primero todos sus libros, algo que aún no he podido llevar a cabo. Dentro de ese proceso de puesta al día, y en parte para reconciliarme con el autor norteamericano, se encuentra mi reciente lectura de París era una fiesta:


Podría definir París era una fiesta como una obra de juventud escrita en plena madurez. Hemingway construye este libro con los apuntes tomados en París durante los felices años veinte. Sin embargo, aquella época dorada de la bohéme no parece haber dejado un gran recuerdo en el autor, que retrata con cierta rabia, resentimiento quizá, a muchos de sus coetáneos. Bien es cierto que en aquellos días los apuros económicos conducían al hambre y obligaban a entender la vida como una lucha constante, pero la visión que Hemingway dibuja de muchos compañeros de profesión parece deberse más bien al rechazo de sus personalidades: el santo y pusilánime Ezra Pound, el hipocondríaco y maniático Scott-Fitzgerald, el fatigado e irascible Ford Madox Ford. Muestra Hemingway, sin embargo, un gran afecto por sus “maestros”, entre los que se encuentran autores como Sherwood Anderson o John Dos Passos y mecenas como Gertrude Stein, cuyos consejos teóricos escucha con calma y respeto. Conviene recordar aquí que Hemingway sucumbe al embrujo del arte de la pintura desde el mismo momento en que entra en casa de Stein. A partir de entonces, se basará en ciertas técnicas pictóricas para construir su propia narrativa; desde las estampas parisinas hasta las caricaturas de sus habitantes, todo lo que influye en el proceso de creación literaria nacerá de una estructura cezaniana.


París era una fiesta es, en resumen, el diario de un escritor en sus años de aprendizaje; un texto plagado de apuntes técnicos que quizá poco importen a los lectores que no escriben y que sin embargo pueden hacer disfrutar a cualquier aprendiz de narrador. Y no sólo eso, el libro nos cuenta con detalle algunas conversaciones que el autor mantenía con compañeros de profesión como Scott-Fitzgerald, en las que charlaban sobre editores, autores y libros; lo mismo que hacemos ahora muchos autores jóvenes cuando nos juntamos en los bares. No obstante, y quizá ésta sea la reflexión que convierte a este libro en una biblia mitológica, hoy en día las generaciones literarias cada vez se reúnen con menor frecuencia en los bares y cafés. La red social se ha convertido en el espacio de tertulia por excelencia, un lugar donde uno puede participar simultáneamente en varias conversaciones o debates que, por lo general,  suelen producir un ruido documental que se pierde entre la vanidad malentendida, la lucha por llevar la razón y el desinterés por el aprendizaje.  Un camino bien distinto al que tomara el joven Hemingway en los años veinte.

domingo, 15 de marzo de 2015

Abusos sistemáticos


La excepcionalidad del caso de la capitán del Ejército de Tierra Zaida Cantera no sólo estriba en el hecho de que haya sido acosada sexual y laboralmente por un superior, ni en que haya tenido la valentía de denunciar y de relatar su caso en el programa Salvados aunque aún le temblara la mandíbula al pronunciar el nombre del infame abusador, icono de un machismo patrio que nos retrotrae a la década de los cuarenta, sino también en que su lucha significará a la postre una cruzada para liberal Jerusalén de los infieles a la justicia más elemental; una cota de dignidad que todos y cada uno de nosotros, incluso los que en este caso juegan el papel de malos, merecemos.

Como bien apunta la capitán al principio del programa, el Ejército no es una democracia: «si das una opinión en la academia te dicen: eh, esto no es una democracia». Ni tampoco aspira a serlo, pues se rige por una cadena de mando basada en el acatamiento de órdenes. Creo que en esto estamos todos de acuerdo. Y precisamente por eso, y por muchas otras razones, yo nunca me alistaría en sus filas, pero esta máxima estructural de las Fuerzas Armadas no implica que dentro de ellas se puedan cometer todo tipo de atropellos sin que la justicia, sea ésta civil o militar, pueda entrometerse. «No tenéis ni idea del Ejército, de lo que realmente pasa y ocurre dentro», comenta Zaida en el espacio televisivo de Jordi Évole. Y en efecto, ¿quién sabe cuántos atropellos se cometerán dentro de un sistema que se rige por órdenes que han de ser obedecidas por muy irracionales que sean, por órdenes tal vez dictadas por un desequilibrado o un psicópata?: «si a mí me viola un superior, tengo que denunciarlo a través de mi superior», dice Cantera durante la entrevista.

Sin embargo, aunque no lo parezca, y salvando las muchas distancias que hay entre el caso de Zaida y cualquier otro caso de acoso sexual/laboral sufrido por un civil, el trasfondo de la cuestión, la lectura que subyace bajo el miedo, la soledad  y la tristeza del acosado, no es muy distinta; cualquiera que haya sufrido alguna vez acoso laboral empatizará enseguida con el sufrimiento de Zaida, porque al final la verdadera dificultad de todo esto es la dureza que supone enfrentarse a la maquinaria de un sistema establecido, sea el que sea. En el caso de Zaida, se trata de un sistema militar, y por ende tendente a defender siempre al oficial de mayor rango, pero en el caso de los civiles, se trata muchas veces de un sistema basado en el capital, que también tiende a creer que el superior, por el mero hecho de serlo, no puede ser el malo de la película, puesto que, además, quien se queja y denuncia, quien lucha por sus derechos o su dignidad, desarrolla siempre el perfil de “persona conflictiva” de cara a la opinión pública. Un jefe de área, un supervisor o un director general son figuras que suelen rechazar el enfrentamiento directo con sujetos de igual rango, pues esto acarrea estrés, problemas internos y disgustos. De este modo, ocurra lo que ocurra, el acosado, denunciante o no, acaba encerrado en un cuarto a oscuras desde donde no es capaz de enfrentarse a la maquinaria de un sistema que ni siquiera es capaz de ver. Y de esto modo termina desquiciado, solo y señalado. Una sensación de frustración que generalmente conduce a la rendición. O dicho de otro modo; a que siempre gane el sistema.  

Los coroneles que declararon como testigos en el caso Zaida tildaban a la capitán de “conflictiva”. Una argucia sutil para anular todo concepto de justicia, toda tendencia a la compasión, a la empatía y, sobre todo, y más importante, a la humanidad; requisito que debería exigirse a cualquier mando directivo con seres humanos a su cargo, sea éste el director de un banco, el dueño de una empresa o el capitán de un barco, pues al final tratar a tus subalternos con humanidad, sentir lo que ellos sienten, empatizar, es el mérito que debería diferenciar a un superior de sus subordinados. Lo demás, sean valores o virtudes, sea mera experiencia laboral, ya viene escrito en el currículo.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La vida mitigada, de Tomás Sánchez Santiago


Cuando uno pasa la última página de esta Vida mitigada y cierra el libro, tiene la sensación, tal vez un regusto figurado que se pega al paladar como las burbujas de un buen vino espumoso, de que acaba de leer una de esas obras que hacen magisterio de lo sencillo. Tomás Sánchez Santiago recoge el material narrativo de la observación minuciosa de lo cotidiano; de las calles de las ciudades en las que ha vivido o ha visitado, de la personalidad de su vecinos y compañeros, de las rutinas y caprichos de la naturaleza, y demuestra así que el buen escritor es capaz de usar no sólo la poesía, sino también la prosa, para hablar de la contemplación de un rayo de sol que se cuela por la ventana de su cuarto y reverbera en la superficie plana de una mesa de madera de roble.

“La luz limpia y azul que parece avisar de algo en estos primeros días de enero. Mirad cómo es entrego el año nuevo, no lo manchéis demasiado. Eso parece decir el resplandor inicial que inaugura estas tierras. Ya nos encargaremos nosotros de irlo oscureciendo todo” (p. 32)

Tomás Sánchez Santiago nos presenta un compendio de apuntes o notas tomadas sin prisa alguna, construidas con un “lenguaje tranquilo” y “no mucho cincel”, según apunta el propio autor en el prólogo. En ellas encontramos algunos de esos detalles, tantas veces inadvertidos, que al final resultan ser las únicas piezas que componen la existencia. Reflexiones que nacen de los aspectos más sencillos de nuestro día a día; pequeños retratos de movimiento pausado, instantáneas vitales como las que toma un fotógrafo que se lanza a la calle acarreando una cámara convertida en pluma.

“El poeta es el que quiere estar siempre cerca de las cosas. También de las desechadas, de las peligrosas, de las inadvertidas, de las perseguidas por los azotes del hombre y las inclemencias. Da igual. Él se pone cerca de ellas y canta” (p. 98)

Y, ciertamente, el poeta es un profesional de la palabra, aunque la palabra no sea para uso exclusivo del poeta. Es así como alcanzamos a comprender uno de los temas principales de la obra; el de la mudez; el de la negación de la palabra como único modo de preservar el lenguaje en un estado puro e incorruptible, necesario para su transmisión como legado. Afortunadamente, aún quedan escritores sin rostro, como este zamorano afincado en León, que nos recuerdan que la composición de un libro no depende de la historia que nos cuenta, ni de su trama, ni siquiera de su voz, sino de las palabras que lo forman y de las sensaciones que éstas generan en el lector.

“De la misma manera que aquellos hombres primitivos se pasaban el testigo residual de un poco de fuego para mantener la vida, y de la misma manera que en los pueblos que tú conoces mejor que yo las mujeres guardaban un poco de hurdimiento para no quedarse sin pan, así me vienes tú a decir que los escritores debemos prestarnos palabras unos a otros cuando veamos que hay falta de ellas. Nada más lejos, por cierto, de lo que suele suceder.” (p. 292)


La vida mitigada se divide en seis partes, la última de las cuales contiene un relato inédito que combina la fábula con el ensayo y la autobiografía y que desde aquí le recomiendo públicamente a mi querido Enrique Vila-Matas. Se trata de un texto que bien podría haber sido publicado por una de esas prestigiosas editoriales literarias que se jactan de haber protegido, y seguir protegiendo, ahora como sello alternativo de un gran grupo empresarial, la mejor literatura española. Sin embargo, son precisamente esos editores [sic] quienes desconocen que tras las bambalinas de la autopromoción y los excesos ególatras de las redes sociales, existen aún escritores magistrales que desde su trinchera nos enseñan que la literatura de verdad no puede estar en otro lugar que no sea el interior de uno mismo.

La vida mitigada. Tomás Sánchez Santiago. Eolas Ediciones, 2014.

domingo, 22 de febrero de 2015

Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán, crónicas sorianas

Bien parece la pequeña capital soriana, cuando uno la descubre mientras camina por su centro peatonal, una aldea con funciones de administración y ordenación del caos y la nada; el vacío y la despoblación. Pero abajo aparece el Duero, que se lanza agresivo desde los Picos de Urbión y transforma todo gracias al poder purificador del agua, raíz de la existencia y foco de inspiración para artistas plásticos y poetas. Pasear a la vera del río, desde San Polo a San Saturio, por una senda flanqueada por chopos desnudos y blancos que tiritan de frío, se convierte para el viajero observador en una suerte de experiencia mística en la que la inspiración se instala en las tripas y bulle dentro pidiendo ser liberada no por medio de vómitos, sino de rimas y metáforas.  Y de este modo alcanza uno la ermita construida en la roca en memoria del anacoreta, que ciertamente encontró aquí el lugar perfecto para meditar.


Tal vez sea el pintoresco claustro de San Juan de Duero, entre románico y mozárabe, la estampa más conocida de la capital soriana. Al entrar en el recinto destechado tras pagar un euro que suponemos ayudará a conservarlo, la arquería sorprende por su paradójico equilibrio; una armonía encontrada en la mezcla osada de tres órdenes arquitectónicos distintos. A su lado la iglesia románica, modesta, de una sola nave, y sin embargo con dos baldaquinos con cupulillas orientales cuyos capitales labrados en medio relieve destilan una perfección técnica que los hace merecedores de los más grandes halagos de la historia de la escultura románica. Se debe, tan bizarra mezcla entre lo oriental y lo occidental, a que fue la orden militar de los Caballeros Hospitalarios, que había luchado en Tierra Santa, quien fundó el complejo monacal que hoy se puede visitar sin apenas turistas en los fríos días de invierno soriano.



Una de las peculiaridades de Soria es su brigada o resguardo contra el viento. Son más de mil los metros de altitud a los que se encuentra la ciudad, sin embargo, sus cerros protegen al municipio del Cierzo y anulan la sensación de frío que uno puede percibir en su verdadero estado cuando abandona el tramo peatonal y cruza el paseo del Espolón junto al parque de la Alameda de Cervantes, donde los edificios escasean y la climatología cambia. Más curiosidades: las ovejas. Nada más alejarse unos metros del casco urbano, los rebaños de ovejas tomas las laderas de las cerros para pastar a sus anchas; como lo harían en cualquier cañada que conduce a una aldea de montaña. Sin embargo, Soria no es una aldea montañesa, sino una capital de provincia castellana. Aunque esto último es algo que aún dudo; ¿es Soria realmente castellana? Su Plaza Mayor, con la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, donde contrajeran matrimonio Antonio Machado y la joven Leonor Izquierdo, nos indica que sí. No obstante, el acento de la gente, el verde oscuro de sus pastos del extraradio y algunos edificios civiles empujan a la ciudad hacia influencias aragonesas o quizá vascas; reminiscencias de un cruce de caminos donde ya pocos paran a descansar.



A Soria llegó Machado para ejercer como profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre, y la ciudad le inspiró para crear algunos de esos poemas que hoy se estudian en los programas académicos de los centros educativos, como el dedicado al olmo seco; árbol muerto que hoy descansa aislado y, da la impresión, condenado al ostracismo, junto a la puerta del cementerio donde está enterrada Leonor, a quien dibujo en mi mente con uno de esos trajes ornamentados, tan castos, que vestían las mujeres de la época y que me lleva a rememorar la gracilidad que le otorgó Clarín al personaje de Ana Ozores, La Regenta. Y es que la Soria actual podría servir de escenario para la novela de Leopoldo Alas, con su Casino y su Paseo del Espolón, con sus viejas librerías y sus boutiques de moda, con sus chiquillos atrevidos y sus timoratos ancianos; escenas que nos retrotraen a un pasado remoto en que los matrimonios venían concertados y las señoras de bien eran beatas. Un tiempo que, en esencia, no sólo se ha detenido en Soria, sino que sigue dominando los designios de España.