miércoles, 9 de abril de 2014

Golpes: ficciones de la crueldad social (Edición de Eloy Fernández Porta y Vicente Muñoz Álvarez)



Agonizaba el año 2006 cuando me metí definitivamente en esto de la literatura. Por entonces escribía artículos para revistas, medios locales y algunos blogs. Me gustaba narrar, pero me sentía impotente cada vez que lo intentaba; me faltaba técnica, ritmo, mando. Gustaba de leer autores poco mediáticos que trataban temáticas similares a las mías, basadas sobre todo en lo social o en el realismo sucio; la carretera, las drogas, el sexo, y que expandían su obra por Internet como se expande un rumor por una aldea.  Mi amigo David Refoyo asumió la función de gurú y me condujo, como un maestro iniciático, por los conductos que desembocaban en el underground español. Poco después conocí en persona a mi paisano José Ángel Barrueco (con quien ya mantenía una relación epistolar), que meses más tarde me invitó a la presentación de una antología-homenaje a Charles Bukowski: Hankover/Resaca, coordinada por dos clásicos de la literatura independiente española, el leonés Vicente Muñoz Álvarez y el navarro Patxi Irurzun, y en la que participaban gran parte de los autores jóvenes que conocía por entonces. Allí vi recitar a David González por primera vez. Un año y pico más tarde, se celebró la fiesta de aniversario de la publicación de la antología y el lanzamiento de la segunda edición. En ese momento, yo ya trataba a la mayor parte de autores de Hankover/Resaca y me encontraba en pleno proceso de escritura de mi primera novela, que luego desestimé por ser naif y técnicamente débil. Aquel día, o aquella noche, más bien, fue memorable para muchos, pues se gestó otra antología, Simpatía por el relato, coordinada por el ya citado Patxi Irurzun y por Esteban Gutiérrez Gómez, y también, de alguna manera, nació el germen de otro libro colectivo que terminaría viendo la luz en el año 2011, Viscerales, antologado por José Ángel Barrueco y un servidor. Y no sólo eso, porque aquella noche sucedieron más cosas; se forjaron grandes amistades, se desarrollaron grandes borracheras, se escribieron grandes crónicas y relatos y se manifestaron grandes artistas que leyeron sus poemas, sus textos en prosa o que incluso tocaron con sus bandas. Aquella noche, por lo tanto, supuso un punto de inflexión para muchos autores que desde entonces, no sé por qué razón fue así, pero fue, lanzaron poco a poco su carrera. Autores que hoy siguen publicando regularmente y dando mucho que hablar, aunque generalmente fuera de los cauces oficiales de la crítica y el periodismo cultural.


Cuento todo esto porque el pasado 5 de abril David González presentó en Madrid su nuevo libro; El lenguaje de los puños: Antología crítica de la poesía de David González –Volúmen 1- (Edición de José Ángel Barrueco) en La Central de Callao, flanqueado por el poeta Álex Portero y el propio Barrueco. Allí estábamos, intentando pasar desapercibidos entre el escaso público, Esteban Gutiérrez Gómez, Ángel González González y un servidor; supervivientes de aquella noche de Resaca(Hankover) que nos iluminó como una lengua de fuego enviada por el diablo a través de algunos de sus esbirros literarios, seres como Cassady, Burroughs, Céline, Kerouac o el propio Bukowski, entes que resultaban mitológicos para unos autores que escupían palabras como si fueran esputos ensangrentados y que además pretendían que dichos desperdicios quedaran adheridos a alguna superficie de papel. Tras la presentación del nuevo libro de David, y como suele ser costumbre, nos fuimos a tomar unas cañas a un bar cercano. Arremolinados en torno a una abollada mesa de metacrilato a la que le costaba mantener las bebidas, alguien comentó que la librería Sin Tarima se había quedado con todo el fondo de la desaparecido editorial DVD Ediciones. Y hasta allí nos fuimos. Entrar en la librería y encontrarme sobre el expositor tantos libros de DVD fue algo que me retrotrajo al pasado, al comienzo de este relato, al año 2006, cuando la editorial dirigida por Sergio Gaspar servía como megáfono para muchos de los autores citados en este texto. Allí encontramos Los que vienen detrás, de Vicente Muñoz Álvarez, Ley de Vida, de David González, 25 centímetros, de David Refoyo o Golpes: ficciones de la crueldad social (Edición de Eloy Fernández Porta y Vicente Muñoz Álvarez), una antología anterior a Resaca/Hankover, publicada en el año 2004, y que reunía a un grupillo de autores*, entonces muy jóvenes, que hoy en día están establecidos, en mayor o menor medida, en el panorama literario español. 


Y de esta manera, a través de Golpes, tuve la impresión de que, de alguna manera, en ese momento, en la librería Sin Tarima, el pasado empalmaba con el presente dándole un sentido; haciendo gala de su vehemencia, recordándonos que editoriales de referencia como DVD o 451 han apagado sus luces dejando paso a la oscuridad, pero también a otras editoriales en forma de estrella que, afortunadamente, parecen recoger un testigo simbólico gracias al cual algunos de los escritores citados en este texto y otros nuevos hemos seguido hacia adelante; editoriales como Origami o Lupercalia, que inauguran una nueva era; la de la crisis y la austeridad, la de la reducción y los fragmentos, la que ha de separar, tal vez naturalmente, el grano de la paja, la que, al fin y al cabo, sobrevive porque está acostumbrada a hacerlo también en los tiempos de bonanza. Y mientras tanto, David González sigue de gira por España con su nuevo poemario. Sí, David González, ese poeta de largo recorrido y talento extremo que ha ido de DVD a Origami pasando por otras editoriales de prestigio como Bartleby. Porque David no está en la literatura; es la literatura. Bueno, es, ha sido y será. Como prueba de ello narraré una anécdota acontecida durante la presentación de El lenguaje de los puños: uno de los asistentes a la presentación, una chica joven, comentó durante el turno de preguntas que estaba realizando la tesis de la carrera de Filología Hispánica sobre la poesía de David, ya que una vez leyó uno de sus poemas y quedó atrapada. Ya ves; de los bares a la universidad sin pasar por el filtro del academicismo. Y sin perder la honestidad. Al final, lo bueno trasciende. ¿No te lo crees? Anda, hombre, levántate de ti

* (Óscar Aibar, Chus Fernández, Juan Francisco Ferré, David González, Salvador Gutiérrez Solís, Patxi Irurzun, Hernán Migoya, Vicente Muñoz Álvarez, Manuela Vilas)

miércoles, 2 de abril de 2014

La 4ª, ya en preventa y muy pronto el librerías


¿Cómo se gesta un mito? ¿De qué manera una sucesión de hechos puede llegar a trascender en el imaginario de toda una sociedad en forma de relato legendario? En ‘La 4ª’, asistiremos al complejo proceso de la gestación de un profeta y su religión. Carlos Barbosa, un joven introvertido de provincias que se encuentra en pleno proceso de maduración, conoce a Jesús, un chico rebelde y emancipado que dejará una honda marca en él. Seguiremos los pasos de Carlos en un fascinante relato coral que nos descubrirá el peligroso mundo de los cárteles de la droga en Madrid, el proceso de creación de una iglesia experimental que pretende cambiar el rumbo de la humanidad y, finalmente, una sociedad distópica situada en 2046 que se encuentra al borde del colapso. A la manera bíblica, la obra se compone de fragmentos compuestos por diversos autores en los que se juega con el sincretismo de referentes culturales tan dispares como ‘La historia interminable’, ‘El padrino’ o ‘San Manuel Bueno, mártir’. Mario Crespo, con un estilo sobrio y sugerente, y con un dominio extraordinario de los tempos de la prosa, nos ofrece una obra de gran calado antropológico para la reflexión en estos tiempos de crisis espiritual y moral. (Víctor Balcells Matas para la contraportada)

Ediciones Lupercalia, 2014. Encargar, aquí

lunes, 31 de marzo de 2014

Los amores de un bibliómano, de Eugene Field


Los amores de un bibliómano es un libro sobre bibliómanos y, creo, para bibliómanos. Uno de esos libros que hablan de libros y que siguen la línea de otros como 84 Charing Cross Road o Bibliotecas llenas de fantasmas.

Periférica nos descubre a un autor inédito y desconocido en España: Eugene Field, escritor del siglo XIX conocido en los Estados Unidos por su poesía para niños, sus letras para baladas y sus artículos. Field nos cuenta, a modo de novela, sus romances con los libros y también con dos señoritas a las cuales equipara, como objetos de deseo, con sus tesoros de papel; sus libros. Libros, por cierto, de todo tipo: ensayos, poemarios, tratados, novelas, clásicos, libros de cuentos. En cualquier caso, el autor muestra una especial querencia hacia la ficción*

El libro pretende hace gala de una erudición refinada que, no obstante, lejos de resultar farragosa, se convierte en una suerte de ingenuidad; naíf, por medio de la cual el autor nos desgrana historias de libros y bibliotecas, de impresores y autores que, junto con algunas curiosidades, construyen la narración de Los amores de un bibliómano como si fuera un canto a la vida, o a la alegría de vivir, a través del amor que despiertan los libros en quien de verdad es capaz de quererlos. 

Para alcanzar su propósito, Field no duda en hacer gala de un humor puro, neutro, casi infantiloide, que hace pensar, por momentos, que la voz narrativa es la de un niño, pues, al fin y al cabo, un viejo noño y enamorado, se comporta como un preadolescente.  

*”Nos estamos volviendo demasiado prácticos; la codicia de ganancias materiales ahoga cualquier otra consideración. Ya no regalamos a nuestros niños y bebés los relajantes cuentos de gigantes, ogros, brujas y hadas; llenamos sus mentes hambrientas, receptivas, de historias de persecución y muerte de animales inofensivos, de guerra y asesinato, y de esas cuestionables prácticas mediante las que un héroes se enriquece y los demás se empobrecen” (p. 23)

Los amores de un bibliómano, de Eugene Field. Periférica, 2013. [Traducción de Ángeles de los Santos]

jueves, 27 de marzo de 2014

Gravity, de Alfonso Cuarón; el espacio (cinematográfico)





Me ha gustado mucho Gravity. Me ha gustado mucho porque la he visto en el cine, en 3-D, y ha resultado ser una experiencia audiovisual intensa y divertida. De no haberla visto en el cine, no diría lo mismo, pues la historia es bien simple y previsible: unos astronautas americanos que dedican una jornada a tareas rutinarias de mantenimiento en una estación espacial sufren un accidente y se ven de repente solos y perdidos en un espacio con gravedad cero. Entonces comienza el desesperado intento de la protagonista de regresar a la Tierra en una Soyuz.

Pues sí, tenemos una película de astronautas americanos que tienen que alcanzar una estación espacial internacional para salvarse (y más tarde una estación China). Respecto a esto último, resulta curioso observar cómo, bajo la vara de medir hollywoodiense, el equipamiento de los rusos, tanto la nave como los trajes y el material, se muestra viejo, astroso y obsoleto, en contraposición al lustre y el brillo que muestran los americanos en sus naves y trajes. Esta reflexión me condujo a otra que no tiene nada que ver con la película, ni con el cine en general; me refiero a la desaparición del término "cosmonauta" tras la caída del Muro. Antes, en los ochenta, cuando yo era pequeño, había dos formas –pues había dos sistemas mundiales contrapuestos- de referirse a los astronautas; con el término occidental/americano/capitalista: astronauta; con el término oriental/soviético/comunista: cosmonauta. Cosmonauta, por cierto, procede del término eslavo: kosmonvt (космонавт), y su uso se evaporó con los vientos liberales del oeste.

Esta digresión sobre el término astronauta, que no es más que eso; una digresión, me sirve no obstante para recordar que la protagonista, Sandra Bullock, una vez sola y perdida en el espacio, tendrá que alcanzar la estación espacial internacional primero y la china después. En la primera de las estaciones se encuentra una Soyuz, una nave rusa tripulable con capacidad para tres personas, pero un pequeño incidente no le permite lanzarla a la Tierra. Más tarde, durante el trayecto que conduce a la prota de una estación espacial a otra mientras gravita, se genera una tensión provocada precisamente por la gravedad, o más bien por la falta de ella, o, dicho de manera correcta, por la gravedad cero; el quid de la cuestión, lo llamativo de la película. Algo que, sin embargo, contiene algunos errores de verosimilitud bien flagrantes, como el hecho de que el pelo de la Bullock no flote.

La gracia de la peli, por lo tanto, reside en la composición de planos, en la pura óptica, puesto que los planos de cine, las fotos en continuidad, representan un espacio físico, un espacio en dos dimensiones y, aquí, no sólo se consigue representarlo en tres, sino que se consigue representar el espacio en sí mismo; la percepción del espacio, un viaje por el espacio, lo inconmensurable, la vida más allá de la atmósfera; una sensación que la película transmite muy bien y que provoca que el metraje vuele. Por lo tanto, ver esta peli en DVD, por muy blue-ray  que sea, es como ver Godzilla en un MP4. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Las brujas de Zugarramurdi, de Álex de la Iglesia


Nos gusta mucho Álex de la Iglesia en esta casa. Salvo contadas excepciones (Los crímenes de Oxford), las pelis de Álex me parecen genuinas y sólidas, composiciones donde la armonía de las partes conforma el todo. Pero su última película, Las brujas de Zugarramurdi, supera su filmografía más reciente (Balada triste de trompeta, por ejemplo) y nos retrotrae a La comunidad y El día de la bestia, sus dos mejores obras, en mi opinión.

Todo comienza con un rocambolesco atraco que abre el telón para que se desarrolle el primer acto. El estilo “de la Iglesia” queda patente en lo grotesco, lo contemporáneamente goyesco, de la situación; unos falsos mimos de la Puerta del Sol atracan una tienda de compraventa de oro con la colaboración de un niño, el hijo de uno de ellos, que hace de enlace desde el interior. El botín que consiguen llevarse es una bolsa de deporte llena de anillos, de alianzas, de sueños rotos e ilusiones desvanecidas; excelente metáfora del tema que aborda la película; la inteligencia femenina respecto a la masculina. Una vez fuera, y tras un debate surrealista que se abre durante el atraco, los tres ladrones secuestran un taxi, en el que va un señor de Badajoz, con el que huyen hacia Francia. Tanto la policía como la exmujer de uno de los atracadores, les perseguirán gracias a que el niño se olvida la mochila en el local. Pero antes de llegar a Francia, los tres coches tendrán que cruzar el pueblo navarro de Zugarramurdi.

Pues bien, sobre esta base sinóptica, Álex de la Iglesia construye una historia aparentemente sencilla que sin embargo está cargada de significado entre líneas, de segundas lecturas, y que termina resultando una suerte de estudio antropológico simplificado hasta el tópico, pero que no obstante funciona como mensaje. Mensaje lanzado con un espectacular derroche de megalomanía cinematográfica a través de la cual el director vuelve a dar muestras de su genio para rodar secuencias de acción y para trabajar la escenografía y la puesta en escena. Observo, de todas formas, una tendencia a la exageración tarantiniana mucho más acentuada que en películas anteriores. Un Tarantino muy hispano, eso sí; tanto que, de hecho, por momentos de la impresión de que uno está viendo Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez. En cualquier caso, en la película aparecen los elementos más reconocibles de la filmografía del director vasco, como la obsesión por la arquitectura y su función estética y simbólica dentro de los planos (sirva como ejemplo, en este caso, la comisaria de policía, que pudiera parecer una inclusión gratuita) u otro temas habituales del director: las mascaradas (los mimos, las brujas), un guiño al arte dramático como medio de expresión, o el festival del horror y el freak show (Acción mutante, El día de la bestia), que forma parte de un gusto y una estética oscura, algo expresionista, gótica, si quieres, que resulta una constante en su estilo. Pero dicho estilo también implica el fusilamiento de planos a modo de homenaje (algo muy habitual también en Tarantino); la película tiene una escena copiada, arrancada como un fresco, plano a plano de Los Goonies; el momento en el que el niño se echa a la carretera para detener un coche que le auxilie y el conductor es uno los malos, algo de lo que el espectador se percata gracias al plano objetivo que refleja la cara del malo en el retrovisor mientras vemos al niño lamentarse. Otro aspecto extraordinario del filme es la banda sonora, con mención especial para el Baga, Biga, Higa, de Mikel Laboa, como acompañamiento del festival audiovisual final. No me puedo olvidar, por supuesto, de un reparto donde Mario Casas y Hugo Silva encajan a la perfección con los veteranos y habituales de Álex de la Iglesia (como Teréle Pávez, Carmen Maura, Carolina Bang o Carlos Areces).

El último acto narra un aquelarre en el que se sacrifica a un niño y en el que aparece un monstruo, muy logrado en cuanto a la técnica efectista, que representa una Venus de Willendorf. Y es que la esencia de la película versa sobre la confrontación de las naturalezas masculina y femenina como extremos que se repelen con la misma fuerza con la que se atraen. El fracaso matrimonial como impulsor del fracaso vital; las acciones desesperadas, los problemas legales, matriarcado vs. patriarcado, la custodia de los niños. Y la posición de debilidad del hombre ante la ley. Algo a lo que, en algunos casos, como el que trata la película, puede empeorar si la mujer pretende hacer sufrir al hombre comportándose como una bruja (de Zugarramurdi). No obstante, el epílogo deja claro, supongo que en previsión de las críticas que le podrían haber caído por parte de algún sector feminista, que también hay brujas buenas.

viernes, 14 de marzo de 2014

Kassel no invita a la lógica, el nuevo artefacto vilamatiano




Kassel no invita a la lógica es una novela tradicional. O al menos, una novela compuesta por elementos tradicionales. Me explico: en ella hay un narrador que nos cuenta,  en primera persona, la historia de su viaje a Kassel, donde fue invitado a participar en una actuación consistente en sentarse a escribir en un restaurante chino; hay personajes secundarios que acompañan al narrador (las curadoras, principalmente); hay una historia, la historia de la Documenta como exposición que recorrer y de la que hablar; hay varios conflictos e incluso hay una suerte de intriga; la intriga de saber por qué al narrador deja de asolarle la angustia que sufre cada noche y que nos recuerda un elemento recurrente en la anterior novela de Vila-Matas; Aire de Dylan, que dice “cuando anochece siempre necesitamos a alguien”.

Dicho esto, con lo que quizá he pretendido ser ingenioso u original, apuntaré, ya más en serio, que Kassel no invita a la lógica es una novela totalmente atípica, heterodoxa, nada convencional, episódica, heredera de la tradición que proviene del Satiricón; la de la literatura sin trama, incluso sin historia, y que en Vila-Matas se articula en torno a "frases motor" que construyen los distintos capítulos. En palabras del propio narrador, el libro es de hecho un "reportaje novelado" (de la exposición). Vamos que, en resumen, se trata de una novela estrictamente vilamatiana. Sea como fuere, da la impresión de que Vila-Matas alcanza con esta obra el cénit de ese estilo basado en las reflexiones que el personaje principal/narrador extrae de sus paseos por una ciudad; de la observación de lo cotidiano. Una estructura similar a la de Doctor Pasavento o París no se acaba nunca, pero más evolucionada en su estilo, más lírica, más musical. Vila-Matas consigue que la narración conduzca al lector por los vericuetos de la reflexión a través de la mente de quien escribe sobre lo que percibe y sobre lo que esas percepciones le generan.

La prosa es excepcional, fluye y resbala entre los dientes si uno la lee en voz alta, reseca la garganta si uno la lee hacia adentro y vuela sobre los neurotransmisores si uno la lee en su mente. Bajo esa batuta vilamatiana que nos permite reconocer su voz, esa voz, avanzan subordinadas encadenadas que nos llevan hacia las profundidades del arte contemporáneo. Enrique Vila-Matas comienza hablándonos del concepto Mcguffin, y además  convierte este recurso, más bien cinematográfico pero, por qué no, también literario, en suyo para hacer avanzar una trama que no existe a base de mantener al espectador alerta por medio de la descripción de las rocambolescas obras de arte contemporáneas, todas ellas reales, existentes, y las sensaciones o experiencias que se pueden experimentar al interactuar con ellas.

Como digo, Kassel no invita a la lógica es una obra muy vilamatiana, estrictamente vilamatiana (algún día la RAE contemplará la inlusión de este adjetivo en su diccionario, como ya hiciera con el término berlanguiano), pero sobre todo del último Vila-Matas; el del salto inglés, el que va de Dublín a Kassel perdiendo teorías por el camino, el que pasea como si fuera el paseante (solitario) de Robert Walser y al mismo tiempo, exigiendo su derecho a contradecirse, afirma que pretende encerrarse en su cabaña, como Heidegger, para pensar ("Esperaba convertir mi habitación de hotel en una cabaña para pensar al estilo de Heidegger"). Kassel no invita a la lógica toca por lo tanto los temas habituales del escritor barcelonés: el paso del tiempo como algo angustioso, como espera (Óblomov), y la voluntad de convertir ese tiempo en espacio; la función del arte y del propio hecho de crear en el mundo contemporáneo; el hecho de vivir literariamente, o de entender la literatura como forma de vida; la victoria del estilo sobre la trama. Y, como él mismo decía en Perder teorías, la conciencia de un paisaje moral ruinoso. Todo ello, cómo no, sazonado con un toque de humor y una deliberada tendencia a la contradicción como hecho creativo en sí mismo.

"Ninguna religión sirvió nunca para nada, pues el sueño fue siempre más religioso que todas las religiones juntas"

Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas. Seix Barral, 2014.