sábado, 18 de noviembre de 2017

Una visión de Stranger things o Stranger things, una visión




Llevaba tiempo buscando una serie que me enganchara de verdad; me refiero a una de esas que te empujan a ver un capítulo tras otro e incluso una temporada entera en un día para convertirla así en una película de ocho horas, y, mira tú por dónde, alguien comentó un día en una reunión familiar que tenía ganas de llegar a casa para ver un capítulo de Stanger things en Netflix. Por entonces yo ya había oído hablar de ella, conocía por encima la temática y sabía que podría gustarme, pero no me imaginaba hasta qué punto. Quizá no sea original afirmar que a uno le encanta la serie de moda, pero quizá decir lo contrario no sea del todo honesto. 


El primer acierto de los guionistas ha sido ambientar la historia en la década de los ochenta, pues esta está viviendo su revival en la moda, y la estética y la ambientación resultan cercanas y familiares para cualquier espectador; no solo para quienes vivimos aquella época como un despertar, sino también para las nuevas generaciones, que la observan desde lejos como un tiempo legendario. Así pues, el efecto nostálgico que despierta influye de alguna manera en el entusiasmo que genera. Por otro lado, la serie está plagada de guiños y referencias a los grandes clásicos de entonces, con reminiscencias de escritores como Stephen King o directores como Steven Spielberg, una atmósfera evocadora creada alrededor de una pequeña localidad de los Estados Unidos, plagada de personajes más complejos de lo que pudiera parecer a simple vista, donde, of course, hay un sheriff que será crucial en la trama. Se trata de un tipo de historia que ya intentase recrear hace unos años J.J. Abrams en la fallida Super 8. Él sabía dónde estaba el éxito, pero no supo ejecutar bien la estrategia para llegar a él. 


La visión que han tenido los Duffer Brothers para asegurar el éxito reside en dos factores, a saber: el poder de sus imágenes; la intensidad de su trama. Lo primero viene apoyado, además de la ambientación, en una buena realización y una mejor dirección de fotografía. Lo segundo se basa en un recurso que no resulta fácil de lograr; me refiero a la coordinación de las acciones paralelas en su intensidad narrativa, para lo cual se requiere que tanto los personajes como las acciones que realizan tengan una importancia similar y vayan a confluir al mismo punto, sea este un cliffhanger o un clímax. 


Soy poco amigo de las historias de suspense en las que aparecen monstruos, pues me resulta un terror poco cercano, ficticio, casi idílico, al contrario que me sucede con el que se basa en experiencias extrasensoriales, presencias extrañas o espiritismo, puesto que, de una u otra manera, son asuntos que me resultan más cercanos o que incluso, en algunos casos, he podido experimentar (¿quién no ha “jugado” alguna vez con una tabla güija?). Se trata de la verosimilitud del pavor, que nada tienen que ver con la verosimilitud de la historia. Y en Stranger things tenemos un claro ejemplo, puesto que los monstruos no le restan un ápice de emoción al argumento, más bien se lo añaden. 


Este logro se debe a la redondez del producto que los Duffer Brothers han conseguido crear; un artefacto de entretenimiento puro que te mantiene siempre con los ojos abiertos. Pero no se trata solo de ocio hueco, la serie plantea, desde el punto de vista de unos preadolescentes de middle school, la importancia de la ciencia en el conocimiento de los hombres y mujeres de hoy día. De hecho, aunque la acción transcurre a menudo en el colegio o sus cercanías, al único profesor que vemos es al de ciencias, que deja algunos apuntes interesantes sobre los universos paralelos o el cosmos. Stranger things retrata además el bulling desde la perspectiva de los ochenta, donde o había menos control o la sociedad lo toleraba a base de indiferencia. Pero, sobre todo, nos habla de la amistad (“friends don’t lie”) y la fortaleza que ella es capaz de darnos a la hora de formar nuestra personalidad; las pandillas y su importancia para evitar el aislamiento social; su unión, su solidaridad. Y una cosa más: la lucha de la gente normal contra las fuerzas del mal, que, aunque no sea en forma de monstruos, nos rodean a diario y modifican nuestra forma de actuar. Y ellas, como ya mostrara Expediente X en los noventa, pueden estar encubiertas bajo la aparente seguridad que ofrecen los gobiernos que nos desgobiernan.

jueves, 19 de octubre de 2017

Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza


Los asiduos a este blog habrán advertido un notable descenso en la regularidad de las publicaciones, hecho que se debe a dos circunstancias principales, a saber: la carencia de tiempo; la inmersión en el gigante Guerra y Paz, de Tolstói, que me tiene secuestrado. La lectura de una novela de mil ochocientas páginas implica, al menos en mi caso, dejar a un lado otras obras de narrativa y centrarme en la amalgama de personajes y situaciones que ofrece la obra del autor ruso. No me resigno sin embargo a una lealtad lectora que implica aislamiento, sino que intento combinar, o alternar, la lectura de Guerra y Paz con la de algunos libros de no-ficción; mayormente de alpinismo, que, como muchos ya saben, es una de mis grandes pasiones.

Mi última lectura ha sido Bajo los cielos de Asia, una suerte de diario de navegación o cuaderno de bitácora escrito por el malogrado alpinista navarro Iñaki Ochoa de Olza a lo largo de una década. Impresiones y pensamientos, así como también aventuras e incluso aspectos técnicos, que fue plasmando sobre el papel y que fueron publicados tras su muerte. Como suele suceder en este tipo de obras, el contenido esencial, la sustancia, todo aquello que puede leerse entre líneas va más allá, mucho más allá, de la mera práctica del montañismo; se trata más bien de una forma de entender la vida desde la reflexión metafísica a la que conducen las experiencias en la montaña, pues como afirma el mítico alpinista español César Pérez de Tudela en su obra ¿Era necesario morir?: comentarios y reflexiones sobre el alpinismo contemporáneo (Ed. Desnivel): “La ayuda al compañero y los rescates de montaña fueron bellas leyendas de solidaridad, mostrando a la sociedad esas virtudes sobresalientes que encarnaban el valor, la humildad y el honor. Eran las virtudes que Occidente exhibía al mundo frente a la arbitrariedad, la rivalidad y la competencia desleal de los negocios. El alpinismo era la gran escuela de la vida.”. 

Iñaki Ochoa de Olza falleció en 2008 aquejado de un edema pulmonar sobre una arista del Annapurna, a más de siete mil metros de altura, a pesar de los esfuerzos de algunos de los mejores escaladores del mundo por rescatarlo. El carisma de Iñaki Ochoa era tan grande que alpinistas de la talla de Ueli Steck, Denis Urubko, Horia Colibasanu, Don Bowie o Alexei Bolotov, quienes, o estaban en la misma expedición o andaban esos días por la zona, se jugaron la vida por quien consideraban un amigo. Iñaki fue cámara de altura para TVE y National Geographic y también escritor y periodista. Bajo los cielos de Asia da una muestra de su talento como escritor y su grandeza como persona; era un hombre capaz de llegar a lo más profundo de los seres humanos, a su alma, a su corazón. Y no tenía problema alguno para criticar con vehemencia la comercialización del alpinismo en el Himalaya o los comportamientos egoístas y urbanitas de quienes manejan los negocios de la expediciones comerciales. Sus reflexiones nos conducen hacia una espiritualidad que no es más que una forma de entender el montañismo como experiencia vital o incluso religiosa.

El libro está escrito con pasión e intensidad, tal vez por ello a veces abuse de lugares comunes o frases hechas que provocan un ligero descenso de la calidad literaria. Sin embargo, se nota en el pulso de la prosa un bagaje lector importante, un ritmo y un estilo muy personal que, conforme avanza el libro, se hace más auténtico. Bajo los cielos de Asia es, en definitiva, un libro que me ha acompañado en la cabecera de la cama durante varias semanas provocando que mis sueños de libertad acompañasen a mis sueños en los dominios de Morfeo. Una joya que se engrandece si uno conoce, y reconoce, la trayectoria de uno de los más grandes alpinistas de las últimas décadas. Una maravillosa recomendación para aficionados a la montaña y también, por supuesto, a la literatura. 

Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza. Saga editorial. 260 páginas

domingo, 10 de septiembre de 2017

La cordada vasca: un cuento de alpinismo




El que se atreve a realizar una utopía se arriesga a fracasar,

pero en última instancia siempre gana

Reinhold Messner


Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo y Mikel Zabalza: La cordada WOPeak, son los protagonistas de este cuento que podría haber sido una historia de ficción y que sin embargo es una crónica novelada de un rescate real. Y digo cuento, y no relato, porque, aun no existiendo una diferencia real entre ambos géneros, el cuento posee cierta herencia de la literatura oral y suele mantener una estructura más marcada y menos capitular; un esquema que, como esta historia de alpinismo, tantas veces termina con un desenlace a modo de moraleja. Pero permíteme, lector, reforzar la historia con algunos apuntes técnicos, o como se suele decir ahora, con un poco de no-ficción.


Una cordada un es grupo de más de dos escaladores que comparten una misma cuerda mientras progresan en la montaña, de tal modo que, en caso de accidente, unos puedan retener a los otros. Pero los miembros de una cordada no solo comparten cuerda, sino también recursos, esfuerzo y muchas veces amistad. La cordada vasca WOPeak, formada por tres de los mejores alpinistas del mundo, se definía a sí misma como «un proyecto de equipo que entiende el alpinismo como una escuela de vida en la que el compromiso, la tenacidad, el esfuerzo, el compañerismo, la superación y la emoción tienen la máxima expresión.» En un mundo como el del himalayismo, que ha sido absorbido por la competitividad extrema de Occidente; por la carrera de los ochomiles y la crónica deportiva de los grandes diarios, estos tres montañeros vascos representan la pureza de un estilo y una forma de entender la montaña; la de las vías difíciles y los grandes retos, la de la importancia del camino sobre la meta, la de la excelencia deportiva y los valores intrínsecos a la montaña. 


El proyecto WOPeak pretendía llegar a la cumbre de un ochomil en ocho etapas; es decir: la primera sería una montaña de mil metros, la segunda una de dos mil, la tercera una de tres mil… Y así consecutivamente hasta llegar a un ochomil, que en este caso sería el Gasherbrum, entre China y Pakistán, un conjunto de montañas compuestas de varios picos, entre los que se encuentran el GI y el GII. Los montañeros vascos, con varios ochomiles a sus espaldas, fueron completando todas las etapas hasta llegar a la última y más difícil. Sin embargo, amparados en su idea de la montaña como puerta de entrada al descubrimiento, decidieron evitar la ruta normal y enlazar ambas cumbres sin pasar por el Campo Base. De este modo, explorarían una vía que tan solo había sido escalada dos veces. Un gran colofón a su aventura como equipo, pues sería la última vez que estos tres deportistas, ya veteranos, formarían cordada. Sin embargo, el reto representaba un desafío al alcance de muy pocos. 


Iñurrategi, Vallejo y Zabalza llegaron a la cordillera del Karakórum con la ilusión de tres adolescentes que salen de excursión sin sus padres por primera vez; se aclimataron durante varias semanas y, una vez se sintieron preparados, intentaron el ataque a la primera de las cumbres. Pero, como sucede tantas veces en la alta montaña, el mal tiempo y la nieve acumulada en la ruta elegida les obligó a darse la vuelta durante su primer intento. La frustración que se produce en estos casos es tal que algunos alpinistas pierden su racionalidad como quien pierde las llaves al acomodarse en el asiento del coche y, en consecuencia, se lanzan a la cumbre con una gran carga de insensatez. Cuando el reto es muy grande y genera muchas expectación, la decepción que produce su fracaso se extrapola a los aficionados, que sentados cómodamente en los sofás de sus casas, o en las sillas de estudio frente al ordenador, rabian porque su cordada favorita no ha hecho cumbre. En otras palabras: dirigen su desilusión hacia sus ídolos como si fueran ultras de fútbol enfadados con los jugadores de su equipo tras una derrota. Tras el intento fallido de la cordada vasca, los foros de internet especializados, así como las redes sociales, se llenaron de mensajes que los acusaban de estar mayores, de no ser valientes o incluso de ser unos fracasados. Discursos de odio que no tienen cabida en los deportes de montaña, donde el simple hecho de esforzarse por coronar una cumbre, un esfuerzo físico que ningún otro deporte exige, merece el mayor de los respetos. 


La última intentona de la cordada tuvo lugar un domingo. La nieve seguía cayendo con fuerza y el viento soplaba con la furia de un escuadrón que defiende su territorio de las embestidas de un enemigo agotado tras días de asedio. Aun con todo, los tres montañeros lo intentaron hasta que, resignados, tuvieron que regresar. En ese momento supieron que no podrían conseguirlo, que la ventisca era más fuerte que ellos, que las fuerzas de la naturaleza les derrotarían y que la esperada ventana de buen tiempo no llegaría jamás. Sin embargo, el lunes, mientras descansaban en el Campo Base y preparaban su vuelta, arribó al campamento una expedición comercial que había hecho cima en el GII por la vía normal y les comunicó que uno de sus miembros, el italiano Valerio Annovazzi, se había quedado en el Campo III, a más de siete mil metros de altura. Se encontraba exhausto, tenía congelaciones y articulaba frases inconexas, lo que anticipaba un edema cerebral y, por consiguiente, una muerte lenta. Iñurrategi, Vallejo y Zabalza no se lo pensaron dos veces: cogieron el teleobjetivo del fotógrafo de la expedición, comprobaron que la tienda del Campo III seguía en pie, se vistieron, se calzaron los crampones, cargaron el poco material que necesitaban para escalar al estilo alpino y se lanzaron de nuevo a las duras pendientes de la montaña. 


Las expediciones comerciales están formadas por varios alpinistas que la mayor parte de las veces no se conocen entre sí y se unen para pagar los permisos y los servicios de porteadores y de guías. El problema de estas expediciones estriba en que, en caso de accidente, al no existir entre ellos ningún vínculo y no tratarse, en muchos casos, de alpinistas profesionales, se impone el individualismo y nadie mira por la cordada, a consecuencia de lo cual el descenso se convierte en una lucha descarnada por la supervivencia donde la única máxima que existe es la del “sálvese quien pueda”. Así la cosas, los montañeros vascos no tardaron en darse cuenta de que la noticia que la expedición comercial había traído al Campo Base representaba un reto aún mayor que el que se habían planteado en un principio; tenían que subir al Campo III antes lo más rápido posible y bajar al montañero sano y salvo. 


Como afirmaba el más grande de los alpinistas, Reinhold Messner, existe un alpinismo de conquista, otro de dificultad y finalmente uno de renuncia. El de renuncia al oxígeno, a los porteadores y a los campamentos de altura; la exaltación del estilo alpino. Eso era exactamente lo que estaban haciendo los vascos; subir ligeros y veloces, tan rápido que su ascensión recordaba las mejores gestas del malogrado Ueli Steck. Doce horas después de partir habían llegado al Campo III. Allí comprobaron que Valerio Annovazzi yacía dentro de su tienda en un estado de salud más que delicado. El montañero italiano, de 59 años, estaba deshidratado, tenía congelaciones y no se atrevía a abandonar el campamento. Llevaba cuatro días sin comer y apenas había ingerido líquidos. Tan solo esperaba con calma la llegada de la muerte o de un milagro. Y éste se le presentó personificado en una de las mejores cordadas de todos los tiempos, formada por tres alpinistas a quienes los agoreros había acusado de viejos y cobardes tras renunciar a la cumbre del Gasherbrum. Un equipazo que representaba el alpinismo de siempre: el del todo o nada, el de o todos o ninguno, el de aquellos que, en un paradójico canto vital, se juegan su vida para salvar otras. 


Para Annovazzi, la visión de estos tres hombres debió de suponer una suerte de aparición mariana; una revelación. Le dieron agua y alimentos y le administraron dexametasona para oxigenar su sangre y que, de este modo, pudiera recuperar algo de fuerza para el descenso. Cuando el hombre por fin reaccionó, decidieron bajarle al Campo II, a 6.500 metros de altura, donde pasaron la noche. A la mañana siguiente, aprovechando el último hilo de fuerza que le quedaba al italiano, lo ataron en corto y se turnaron para bajarlo. Pero caminaba muy despacio, con paradas continuas, y el descenso se convirtió en un proceso arduo y fatigoso. Bajar con Annovazzi era como bajar con una bandeja atestada de copas de cristal. Requería pericia y precisión. A pesar de todo, unas horas más tarde arribaron al Campo Base entre el clamor de los allí presentes, que reconocían que ninguna cumbre del mundo representaba un éxito de semejante magnitud, pues esta forma de entender la montaña y el deporte es el único alpinismo en el que muchos creemos, la más alta de la cimas, la de la vida.              

lunes, 21 de agosto de 2017

¿Quién es el impostor en 'El impostor', de Javier Cercas?


El impostor, de Javier Cercas, es, como suelen ser sus novelas de no ficción: historias entretenidas, narraciones ágiles y repetitivas. Recuerdo que en Anatomía de un instante repite centenares de veces que Adolfo Suárez es un arribista. Pues bien, aquí cita al menos cinco veces a Faulkner (“porque el pasado no pasa nunca, ni siquiera —lo dijo Faulkner— es pasado el pasado es una continuación del presente.”), con intenciones de extraña aliteración. Algo que nos sirve como ejemplo del vicio del autor por dejarle claro a sus lectores aquellos puntos en que quiere insistir. Comienzo así este texto para clarificar que la lectura me ha resultado interesante, pero, a tramos, también aburrida, excesiva y repetitiva, como si lo que leía en una parte lo hubiera leído ya en otra anterior. Da la impresión de que hubiese sido más apropiado escribir una versión más corta y contundente, más acertada y certera, de la misma historia, en vez de las cuatrocientas cincuenta páginas que tiene la edición de bolsillo.

No obstante, existe en esta obra de no ficción una reflexión importarte sobre la impostura, sobre la ficción y la no ficción, sobre el arte de contar historias y la imaginación. Y en ese punto se encuentra el acierto de la novela, en plantear que nuestras vidas no se componen solo de lo que vivimos, sino también de lo que imaginamos. Yo también he sido un gran imaginador, un niño que de pequeño vivía su vida; acudía al colegio y luego hacía deporte o cualquier otra actividad extraescolar, y además imaginaba que era otra persona: un jugador de fútbol famoso, por ejemplo, o un ciclista, o alguien reconocido por su trabajo y su esfuerzo. Y además construía diálogos y narrativas al respecto, situaciones inventadas en las que sustituía lo ya vivido o ya hablado por otras acciones y otros diálogos. Esto, visto ahora en perspectiva desde una analítica freudiana, podría dar una muestra de un excesivo ego, de necesidad de reconocimiento, de cierto narcisismo, y quizá fuera así... Afortunadamente, el vicio se me pasó según fui creciendo y tuve que ceñirme a la realidad. Algo que, supongo, denota madurez, puesto que, tarde o temprano, uno abandona al niño que fue; una pena, pues aquella fase era bien divertida, era como vivir dos vidas, varias vidas.

Enric Marco es un caso de quijotismo similar, pero, a diferencia de mí, a él le duró la enfermedad toda su vida, e incluso se agravó con los años. Marco construyó una gran narrativa sobre su historia como soldado de la Guerra Civil, resistente antifranquista, deportado a un campo de concentración y superviviente del Holocausto. Sin embargo, la impostura de Marco fue desmontada por el historiador Benito Bermejo en el año 2005, generando un escándalo mediático de proporciones impensables. Su acción se consideró una falta de respeto a las víctimas y una burla al dolor y a la historia. Años más tarde, Cercas, en su línea de cazador de historias de nuestra historia, decidió, tras muchas dudas, según cuenta en el prólogo, (re)escribir la historia de Marco. 

Como digo arriba, lo más interesante del libro es la reflexión hacia la que conduce el texto. Es decir, por un lado está la cuestión de cómo los seres humanos hacemos literatura de nuestras vidas cuando no estamos satisfechos con ellas. Por otro está el tema de cómo esa literatura puede cambiar el curso de la volátil historia; sí, ésa que escriben los vencedores. Y por último existe la diatriba de cómo la literatura es capaz de buscar la verdad desde la ficción, pues, como afirmaba Lacan, “la verdad tiene estructura de ficción”. Cercas recrea en su obra la vida de Enric Marco en la Barcelona de la Guerra y la Posguerra para que veamos cómo fue su vida y cómo quiso contarla, con mínimas variaciones al comienzo y una gran mentira al final. Sin embargo, es la propia historia de la literatura la que nos descubre y desvela dichas mentiras; sin ir más lejos a través de una de las obras más importantes de siempre, El Quijote, que recorre con un paralelismo constante la narración de El impostor y que nos demuestra que una persona normal, Alonso Quijano, puede convertirse, a través de su imaginación y un desvarío provocado por las lecturas de ficción, en un caballero andante, un dechado de valores en desuso.  

El impostor versa por lo tanto sobre la capacidad de la imaginación humana y su influencia en la vida de los demás. Sin embargo, sobrevuela el texto una suerte de amenaza moral creada por el autor, que, a sabiendas de su existencia, trata de disculpar y justificar, pues Cercas se erige en juez y condena a Marco al grado de mentiroso y sinvergüenza. No obstante, es curioso que, a través de la historia que él mismo cuenta, el lector perciba a Marco como un ser entrañable que se inventó su propia vida de ficción al darse cuenta de que la que le había tocado no le gustaba demasiado. Queda saber por tanto quién es realidad el autor e El impostor, ¿Javier Cercas o Enric Marco?

martes, 25 de julio de 2017

Dunkerque, de Christopher Nolan, una forma de visitar la guerra


Salí de la sala entusiasmado, tanto que le envié un mensaje a mi amigo José Ángel Barrueco en el que le decía que Nolan había reinventado el género bélico. Mi intención era que acudiese a ver la cinta cuanto antes y así poder comentarla. No tuve en cuenta, sin embargo, que Barrueco es uno de los más grandes cinéfilos de este país; había acudido al cine al mismo tiempo que yo, a primera hora de la tarde del domingo; un momento ideal para sumergirse en esta experiencia audiovisual que funciona como una suerte de parque temático de la guerra: una vez dentro, puedes ver, oír y sentir lo mismo que un piloto de un caza o un oficial de la Armada. Lo mismo excepto el frío, el miedo, la cercanía de muerte y el insoportable dolor de cabeza que provocan las explosiones. No hay que olvidar que el cine se visualiza a través de una pantalla y lo que “vivimos” lo hacemos sentados en una cómoda butaca. En cualquier caso, lo que Nolan consigue es lo más parecido a una vivencia real que he experimentado con el cine bélico. 

Como antaño hicera Kubrick, Christopher Nolan es capaz de reinventar todo lo que toca, desde un clásico de superhéroes, hasta una peli bélica, pasando por una historia de ciencia ficción. Y siempre con un toque personal, unas lentes y unos ángulos, una forma de rodar intensa, mucha cámara al hombro y poco desglose, una narración que rompe algunas reglas clásicas. Veamos: la cinta está estructurada por medio de tres acciones paralelas que, como es de esperar, confluyen, o chocan, más bien, en un punto climático. Se trata de la acción en el cielo, con los cazas, la acción en el mar, con los barcos que intentan el rescate de los soldados, y la acción en la tierra, con las peripecias de aquellos que se encuentran atrincherados en la playa de Dunkerque, rodeados por los alemanes, que solo le dejan una salida: el mar. La primera hora es de una intensidad que agota, podríamos decir que el primer acto es la parte más potente, llena de acción, y que los otros dos reducen el ritmo paulatinamente hasta el epílogo.

Nolan no consigue que sintamos frío (eso ya lo hacen los empleados de la sala de exhibición con la potencia del aire acondicionado), pero sí es capaz de transmitir la sensación de que los personajes lo están sintiendo. Del mismo modo, también consigue que volemos subidos en un Spitfire o que apretemos los dientes para que los soldados aliados alcancen las trincheras antes de que los alemanes les llenen la espalda de plomo. Y esto hay que valorarlo como un logro, pues en la cinta de Nolan la épica es moderada y el drama se presenta crudo, sin edulcorantes. En el montaje, el uso de la música no busca la emoción y la lágrima fácil, sino la tensión que genera una atmósfera opresora, la de la guerra. Dunkerque se convierte así en una suerte de documental de ficción en el que se nos narra uno de los rescates más insólitos de la II Guerra Mundial. 

La batalla de Dunkerque supuso uno de los mayores desastres del ejército aliado. Ingleses y franceses quedaron rodeados y atrapados contra el mar en la localidad francesa, esperando un rescate imposible, pues los aviones alemanes destruían, uno tras otro, los barcos de la armada británica que acudían al rescate. Así las cosas, Nolan nos cuenta la historia del inversosímil rescate, pero más que contarnos la guerra, como hacen la mayoría de películas bélicas, nos habla de solidaridad y resistencia; del apego a la vida y la importancia del compromiso; de las consecuencias que implica un conflicto armado; de la estupidez del hombre. Y lo hace sin que podamos pestañear, con una intensidad y un ritmo frenéticos que convierten el visionado en una experiencia de realidad virtual. Sólo hace falta que en la próxima sea capaz de que seamos nosotros quienes aprietan el gatillo…