lunes, 1 de febrero de 2016

10.04, de Ben Lerner



10.04 supone la segunda incursión del norteamericano Ben Lerner en el mercado español tras su opera prima Saliendo de la Estación de Atocha. Lerner es un poeta y ensayista, que también escribe novelas, y se le nota muy preocupado por la musicalidad de su prosa, la cual construye a base de subordinadas en cadena. En 10.04 nos presenta una novela autobiográfica o metaficticia o megavanguardista o qué sé yo, que en realidad no resulta una novedad, sino más bien una visión renovada de la novela pop, y que sorprende, sobre todo, por la originalidad del material empleado:

Tenemos un poeta abrumado por el éxito de su primera novela que se embarca en un proceso de inseminación artificial para complacer a su mejor amiga, Alex, quien pretende ser madre soltera, aunque no sabe cómo de soltera, pues se plantea la posibilidad de que el protagonista y narrador haga de padre de la criatura. Tenemos una enfermedad arterial que sufre el protagonista y que, como buen escritor, magnifica hasta llevarla a la paranoia. Tenemos una relación extraña con una artista extraña y también una extraña relación profesional con su agente literario. Tenemos entre medias, como parte de la atmósfera de la historia y también como figura literaria, un huracán acompañado de tormenta tropical que está a punto de asolar la Costa Este de los Estados Unidos. Tenemos a un niño de origen salvadoreño, alumno ocasional del protagonista, que funciona de contrapunto entre la realidad y la fantasía. Tenemos manifestantes de Occupy Wall Street a los que el protagonista ofrece asilo temporal y puntual en su apartamento. Tenemos una cooperativa alimentaria establecida en Park Slope -Brooklyn- entre cuyos miembros hay una mujer muy peculiar, Noor, que nos lleva a la recapacitar, al igual que el niño, sobre la interracialidad. Tenemos, en general, reflexiones y conflictos que parten como rayos de un foco de luz en todas direcciones componiendo un intricado tapiz donde confluye todo un mundo que no es más que la realidad (¿o debo decir la actualidad?), equilibrada sin embargo con toques de realidad paralela que nos llevan hasta el punto donde el autor quiere llevar su obra (también a través de la estructura, fragmentaria y saltarina): la reflexión sobre el tiempo y su inexistencia, sobre el tiempo como concepto inventado por lo humanos para orientarnos en el universo y su parangón con la literatura; otra dimensión, otro espacio-tiempo.

Como decorado aparecen las calles de Manhattan y Brooklyn, lugares tan paseados por mí como Park Slope o Sunset Park, el Nueva York más profundo e hiperrealista, la Norteamérica más progre y liberal; un marco que me ha generado, seamos claros, una mayor afinidad con esta obra, dado lo cual quizá mi visión pierda cierta objetividad. 

No obstante, 10.04 es un palimpsesto que aporta aire fresco a un panorama editorial un tanto enrocado, sobre todo desde la crisis, en el realismo; una obra construida con una prosa elegante que sorprende y que puede alardear de algunos pasajes magistrales pero que se mueve entre la sorpresa y la frialdad; en un rango que no termina de emocionar, como si el autor la hubiese escrito abrumado por la misma autocomplacencia que muestra el narrador del libro tras el éxito de su primera novela. 

"Dejad que cale la ridiculez de lo que estoy diciendo: creo que me hice poeta por Ronald Reagan y Peggy Noonan. El modo en que emplearon el lenguaje poético para integrar un suceso terrible y su imagen en un marco de significado, el modo en que la transpersonalidad de la prosodia constituía una comunidad: me pareció que los poetas eran los legisladores no reconocidos del mundo."

10.04, de Ben Lerner. Reservoir Books, 2015.

lunes, 18 de enero de 2016

Borges en Zamora


Descubrí por casualidad, mientras hojeaba en una librería de viejo de Madrid las “Memorias de un cronista porteño”, de Ariel Bernstein, periodista del Diario Clarín, la existencia de otro libro de su autoría publicado en Argentina por una editorial independiente y titulado “Los viajes de Jorge Luis Borges”. Una rareza que pude leer a la postre gracias a un préstamo interbibliotecario y que me enganchó como si de una novela negra se tratase. En uno de los capítulos del libro, Bernstein narra las andanzas de Borges en España entre abril y mayo de 1980, año en el que recogería el Premio Cervantes de manos del Rey don Juan Carlos en la Universidad de Alcalá de Henares. Días después de recibir el premio, el poeta iniciaría, junto a su exalumna, compañera y más tarde esposa, María Kodama, un viaje que le llevaría a Palma de Mallorca, ciudad en la que había vivido en su juventud, Barcelona, Córdoba y Salamanca, siendo la capital charra la última parada antes de regresar a Madrid. Por entonces, Borges contaba con ochenta años y una avanzadísima ceguera que le impedía leer. Cuenta Bernstein que «En parte debido a la casualidad,  Borges y Kodama recalaron una mañana de abril en la ciudad de Zamora. Borges se había empeñado en visitar unos terrenos conocidos como Lomas de Valparaíso, un bosque de bajo encinar y jarales a mitad de camino entre Zamora y Salamanca, puesto que, según le había narrado su amigo Rafael Cansinos-Assens, en él se encontraban los restos de la bodega de un extinto monasterio del Císter, lugar en el que además había nacido Fernando III de Castilla. Cansinos-Assens le había relatado a Borges la experiencia extrasensorial que vivió al introducirse en el recinto donde supuestamente había estado la bodega y su certeza sobre la existencia de un vórtice de energía capaz de abrir puertas dimensionales». Poco más se sabe de la visita de Borges al antiguo emplazamiento del Císter, aunque Bernstein completa la información incluyendo algún detalle más sobre la breve estancia del escritor en la capital zamorana, donde quiso pasar unas horas antes de regresar a Salamanca para emprender el viaje de vuelta a Madrid. Relata Bernstein que «Borges tenía interés en pasear por el casco antiguo de Zamora por ser éste un vestigio medieval de piedra dorada y tejados bermellones, pero también por ser una ciudad de esas que, de alguna manera, marcan la existencia de sus habitantes, como había interpretado al leer unos versos del poeta local Claudio Rodríguez.» No existen más menciones a Zamora en el libro de Bernstein, pero su lectura avivó en mi cerebro las ascuas de un recuerdo apagado en los confines de la memoria; un episodio acontecido a mediados de los años ochenta, cuando, siendo un niño, acudí con mi padre a una barbería donde tanto él como mi madre solían llevarme cada vez que necesitaba un corte de pelo. El negocio estaba regentado por un anciano vivaracho y locuaz que gustaba de contar historias insólitas y rocambolescas; andanzas en las que, supongo, mezclaba sus vivencias personales con pinceladas de ficción y aventuras ajenas. Aquel día el hombre nos contó que, tiempo atrás, una mañana de primavera, se había topado por las calles de Zamora con el famoso poeta argentino que había sido galardonado con el Premio Cervantes. Afirmaba el barbero haberlo visto caminar por la Rúa de los Notarios del brazo de una mujer mucho más joven que él y detallaba el modo en que lo había seguido, a hurtadillas, escondiéndose tras las esquinas a una distancia prudencial, en su recorrido desde la iglesia de la Magdalena hasta la Plaza Mayor, donde le esperaba un coche en el que se introdujo junto a su compañera. Recuerdo que cuando el barbero llegó al final de su historia, mi padre, haciendo gala de un racionalismo adulto y crepuscular, había puesto en duda la veracidad del relato por medio de frases recurrentes como “eso no te lo crees ni tú”. Por desgracia, mi recuerdo se atasca en los estratos más profundos de la mente mientras se mezcla con otras memorias que modifican y manipulan la esencia de los hechos y me impiden rescatar otros pormenores. Sea como fuere, la remembranza de este episodio me condujo hasta el hallazgo definitivo: una antología poética donde encontré un poema de Borges titulado “El otro tigre”. En él el poeta crea la imagen de un tigre para plasmar las diferencias entre la realidad y la ficción; entre el tigre real que camina por la selva y el que él representa al escribir, que es distinto para cada lector en función de cómo éste lo imagine. Lo que Borges pretendía al escribir esos versos era mostrar el potencial de la literatura como universo paralelo, como mundo onírico, como realidad existente durante el proceso de lectura. Y eso mismo he pretendido mostrar yo con este texto que parte de dos libros que no existen e inventa unos hechos que jamás sucedieron pero que sin embargo han existido mientras tú, lector, los recreabas. Un juego de espejos borgeano que tiene por objeto recordar la importancia de la fantasía en la educación y el desarrollo mental, pues cuando intentamos entender el mundo solemos volvernos demasiado racionales y nos olvidamos de que sin imaginación no hay posibilidad de progreso. 

Texto publicado el 17/01/16 en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora

martes, 22 de diciembre de 2015

Mis lecturas. Año 2015

Dado que soy una persona que, para paliar ciertas carencias de memoria a corto plazo, se aferra a listas tan necesarias como la de compra, he de reconocer que de vez en cuando me gusta hacer inventario de libros a fin de organizar la amalgama de lecturas que coexisten en algún desconocido, pero existente, compartimento estanco de mi mente. Así pues, haciendo memoria y repasando algunas notas digitales de lectura y mi cuenta de Goodreads, paso a destacar algunos títulos, de épocas y autores muy dispares, que me han hecho disfrutar a lo largo de este año 2015. No son los mejores ni los peores, pues algo tan subjetivo no puede convertirse en categórico; son los que están, los títulos que quiero resaltar; a partir de aquí, comprarlos o sacarlos de la biblioteca corre de tu cuenta:

Para mí este ha sido el año de Ian McEwan, de cuya autoría había leído solo “En las nubes”, una obra tal vez menor que me había dejado sensaciones neutrales. Todo empezó un día de verano cuando me topé con "Expiación", libro que tenía ganas de leer, en una librería de viejo y la adquirí por un módico precio. El resultado: tras acabar la novela compré tres obras más de McEwan, “Operación Dulce”, “Ámsterdam” y “Sábado”. Las dos primeras me parecieron soberbias, la tercera, quizá una de las obras del autor que cuenta con mejores críticas, me decepcionó debido a su exceso de material, en gran parte irrelevante. Meses más tarde adquirí además otros dos títulos que aún no he leído y que guardo para uno de esos momentos en que me apetezca tomarme un McEwan: “Chesil Beach” y “Amor perdurable”. 

Algo similar me ha ocurrido este 2015 con otro autor con patronímico, “Mc”, en este caso; me refiero a Cormac McCarthy, uno de mis autores fetiche. Hasta este año, había leído “Meridiano de Sangre”, “Hijo de Dios”, “No es país para viejos” y “La carretera”, pero tenía pendiente como una costra a medio arrancar la Trilogía de la Frontera. “Todos los hermosos caballos” marcó a principios de año un antes y un después en mi manera de entender la narrativa, al menos en lo que respecta a la creación de imágenes. “En la frontera” completó las buenas sensaciones y elevó el gozo lector hasta la categoría de vicio insano. El tercer volumen, "Ciudades de la llanura" sigue esperando su turno; escondido como una reliquia, como el último coco de un naúfrago; la última bala antes de verme obligado a releer al autor norteamericano

Este 2015 también me he aventurado a leer algunos clásicos, como “Los mutilados”, de Herman Ungar, una novela dura y original, una narración brutal que lleva al lector al límite con la agilidad de lo breve, un relato que deja huella y revolotea por la memoria incluso mucho después de haber cerrado el libro para siempre, o al menos hasta una nueva relectura, pues la obra merece volver sobre ella. Consta también en mi lista "Fortunata y Jacinta", de Galdós, ese culmen del realismo más puro, retrato social y humano de los habitantes de aquel Madrid y obra que además me lazó a una bizarra investigación que narré en este artículo: La cava de San Miguel, 11 o tras los pasos de la Fortunata de Galdós.

Entre los autores españoles destaco “Los viejos amigos”, de Chirbes, obra que compré, casualmente, un par de horas antes de enterarme de su muerte a través de las redes sociales; “El río que nos lleva”, de José Luis Sampedro, novela de ambiente rural que rinde homenaje a los gancheros y que me sorprendió sobremanera por su complejidad dentro de su sencillez expositiva, y “La vida Mitigada”, de Tomás Sánchez Santiago, obra intimista y personal de la que hablé por extenso, aquí.  Entre los más jóvenes, por cierto, he disfrutado mucho con la alegoría minimalista firmada por Iván Repila, “El niño que robó el caballo de Atila”, y con “Atila”, de Javier Serena. 

Cabe destacar en este texto que casi todos los años suelo leer al menos una de las muchas obras de Gabriel García Márquez, y este año le tocó el turno a “Noticia de un secuestro”, una crónica maravillosa que me hipnotizó con su musicalidad y su pulso. Siguiendo con la narrativa hispanoamericana, debo apuntar que lo pasé muy bien, como de costumbre, con César Aira y “Los fantasmas”, libro surreal y cargado de humor que vira hacia espacios inexplorados y sorpendentes. Y con "El reino de este mundo", de Alejo Carpentier, novela de peso que destaca a pesar de la recargada, florida y barroquísima prosa del autor.

Como revelación de la temporada, aparece el destello de ese talento rumano llamado Mircea Cărtărescu. Comencé leyendo el relato "El ruletista" y me entusiasmo; sin respiros ni concesiones, directo, ágil, excepcional. De ahí que adquiriese "El Levante" en cuanto salió, y aún otro título, "Lulu", cautivador y brillante, personal y certero. 

Luego están los libros publicados por amigos; son muchos los que me regalan o envían, también los que compro, y entre ellos me gustaría destacar sobre todo, “Angustia”, de José Ángel Barrueco, novela sobre la cual me extendí en esta entrada, y dos libros publicados en la editorial que editó mi última novela, Lupercalia; me refiero al libro de cuentos “Mi marido es un mueble”, de Esteban Gutiérrez Gómez, y a la crónica “Madrid-Cochabamba”, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

Pero lo mejor del año ha llegado en el último tramo, con la lectura de “Las correcciones”, de Jonathan Franzen, una gran novela americana que extrapola el concepto de novela realista decimonónica a nuestros días para retratarnos la Norteamérica más profunda y contradictoria, y con una obra que se encuentra en sus antípodas, en el experimentalismo más puro, y que sigue la corriente de autores como Gaddis, me refiero a "El cuaderno perdido", de Evan Dara, ese escritor desconocido que aglutina en su seudónimo el avance de la narrativa hacia otros terrenos. Una obra compleja y difícil que precisa ser paladeada despacio, tan despacio como ha transcurrido este año 2015: intenso en lo personal y tranquilo en lo literario. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Hijos con hijos


Algo cambia en nuestras vidas cuando nace nuestro primer hijo; la adaptación; el cambio de pañales; las tomas cada tres horas; la falta de sueño. Pero el cambio es aún más notable si tienes una profesión liberal. Y resulta brutal si además de dedicarte a la creación la combinas con tu trabajo asalariado. Desde el mismo momento en que dejas de ser un, como diría Vila-Matas, hijo sin hijos, se encienden en tu interior transmisores de sensibilidad que te aportan experiencias inéditas e indescriptibles; viajes lisérgicos hacia el interior de ti mismo e incluso más allá. En contrapartida, el concepto tiempo se transforma como si fuera un ente sólido convertido en gas que se esfuma, y de repente te das cuenta de que cosas tan básicas para un escritor como leer dejan de ser una necesidad y pasan a ser un lujo. Escribir, por supuesto, requiere trucos de alquimia; hay que robarle tiempo al tiempo para encontrar el momento adecuado de aporrear el teclado y sacar unas líneas. De este modo, se pueden dar situaciones que crean conceptos novedosos como “escribir a una mano”, pues con la otra el escritor sujeta a su hijo, que se acaba de quedar dormido tras una toma. Esto, que pudiera parecer un engorro o una actividad sobremanera estresante, supone sin embargo una dosis de pura vida inyectada en vena, algo que, aunque suene tópico, modifica tu punto de vista y te hace disfrutar cada minuto de tu existencia, y de la de tu hijo. ¿O debo decir tus hijos?, porque las novelas también uno las gesta, las pare, las cuida, las defiende, y las sufre, y las tiene para toda la vida. Y es que, al fin y al cabo, los escritores somos, por definición, hijos con hijos. 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Crónicas madrileñas: Patones de Arriba

Patones de Arriba es uno de esos lugares que uno siempre quiere visitar para hacer turismo de fin de semana con las botas de montaña y la ropa de Quechua puesta. Pero el pueblo tiene un inconveniente intrínseco al propio concepto de turismo de fin de semana, pues de viernes a domingo está muy masificado; algo que, no obstante, podría significar un problema menor si estuviéramos hablado de una villa señorial con calles anchas y grandes explanadas, o de una pequeña ciudad de provincias de las que equilibran una casco urbano medieval y una zona nueva con semáforos y franquicias. Sin embargo, y de ahí su encanto, Patones es una especie de aldea levantada en la montaña en la que no se puede meter el coche ni se puede aparcar a la entrada a no ser que el viajero madrugue tanto como el panadero de la zona, puesto que el acceso al tráfico rodado está prohibido y el espacio para aparcar posee unas quince o veinte plazas. Y es en este punto donde entra en juego el truco comercial, la trampa, la pillería; resulta que muchos restaurantes reservan sitio para los autos de sus clientes siempre que el cliente reserve mesa con anticipación, lo cual implica que para visitar el pueblo estás obligado a quedarte a comer. Pero la cosa no acaba ahí: conseguir una mesa en Patones no es tarea fácil a pesar de que es uno de los pueblos españoles que más locales hosteleros posee por habitante. Así de difícil está la cosa. 


Pues bien, a consecuencia de todo lo narrado anteriormente nunca había encontrado el momento ideal para acudir a Patones. De modo que aproveché un día laborable que tenía libre para acudir con mi familia casi a hurtadillas, alejado del rumor del turismo y de las voces de los grupos y los guías con paraguas y las abuelas del Imserso. Resulta difícil concebir que un núcleo urbano tan reducido muestre sus estrechas calles atestadas de gente. Aunque quienes recorren los pueblos de la Comunidad de Madrid no deberían sorprenderse, pues suelen estar acostumbrados a las masificaciones de los lugares con encanto y los entornos naturales. 


Lo pintoresco de Patones reside en dos elementos, a saber: su ubicación en lo alto de una montaña; su ejemplaridad como representante de la arquitectura negra. Se conoce como pueblos negros a aquellos situados en el entorno de la Sierra de Ayllón cuyas construcciones emplean una técnica que utiliza la pizarra como material. Patones posee viviendas sencillas de dos plantas (muchas rehabilitadas para albergar negocios hosteleros), un iglesia del siglo XVII, una ermita románica y un edifico comunal que hacía las veces de escuela. En diez o quince minutos el viajero puede recorrer todo el perímetro de la aldea, un lugar que un día estuvo aislado y mantuvo su estatus de “estado independiente” y que hoy, convertido en producto de consumo de viajeros urbanitas, se muestra explotado y exhausto como una doncella mancillada y abandonada a su suerte en un bosque.

jueves, 29 de octubre de 2015

La Cava de San Miguel, 11, o tras los pasos de la Fortunata de Galdós


Las rutas literarias se han convertido en los últimos años en una alternativa cultural a las clásicas visitas a un castillo del medievo o a una casa museo. Se trata de un tipo de atracción más cercana a los intereses del turismo de invierno o, como se dice ahora, “de fin de semana”, que a los del turismo de masas que abarrota las playas de Levante. Su público suele estar compuesto por parejas de mediana o avanzada edad con inquietudes intelectuales; hombres y mujeres que leen con denuedo el capítulo introductorio de las guías (“un poco de historia”) antes de desayunar en el hotel y lanzarse a patear las calles; gente que cuando viaja no busca encontrar lugares extraordinarios sino encontrarse a sí misma.

La explosión de las rutas literarias como reclamo turístico se debe sobre todo a la popularidad de cierta literatura comercial, a productos de industria tales como El código Da VinciLa catedral del mar o La sombra del viento. Valga como ejemplo la lista que propone en su web La Guía del Ocio de Madrid, cuyo top tres está formado por: La sombra del vientoEl juego del ángel y La mano de Fátima. Cierto es que en ella también se menciona la Ruta de Don Quijote en La Mancha o la Ruta del Siglo de Oro en Madrid, pero me temo que casi todos los que se deslizan por el madrileño Barrio de las Letras lo hacen siguiendo las huellas de Alatriste y no las de Lope de Vega.

Entre las rutas madrileñas cabe destacar también, aunque no aparezca en la Guía del Ocio, la del Madrid de Benito Pérez Galdós, y más en concreto la de Fortunata y Jacinta. Fortunata es uno de los personajes literarios que mejor representa lo que hoy en día la España mediática llamaría “la princesa del pueblo”: una chica de clase baja cuyo carisma la conduce a ser popular, una joven sensual y salvaje que atrae por igual a obreros y señoritos. Galdós la presenta en la novela como “una mujer, joven, bonita, alta”, y puntualiza más adelante que es “una chica huérfana que vive con su tía, la cual era huevera y pollera, en la Cava de San Miguel”.

Texto publicado en la revista Fronterad, sigue leyendo: aquí